Hace unos 425 millones de años, la planta más alta del planeta medía tres centímetros. Era un tallito verde, sin hojas, sin raíces y sin flores, que se bifurcaba un par de veces y terminaba en unas cápsulas cargadas de esporas. Se llama Cooksonia y de ese diseño elemental desciende, por caminos larguísimos, el roble del parque y el geranio del balcón.

Reconstrucción de Cooksonia, planta vascular del Silúrico

Qué era exactamente Cooksonia

Cooksonia es un género fósil de plantas terrestres primitivas que vivió desde el Silúrico medio hasta el Devónico inferior, aproximadamente entre hace 425 y 405 millones de años. Fue descrito en 1937 por el paleobotánico británico William Henry Lang a partir de material recogido en la frontera entre Gales e Inglaterra, y su nombre es un homenaje a Isabella Cookson, paleobotánica australiana que trabajó con él y que fue una de las grandes especialistas en flora fósil del siglo XX.

Se la incluye tradicionalmente entre las riniofitas (Rhyniophytina), el grupo de plantas vasculares más sencillo que se conoce. No es un antepasado directo y demostrado de ningún grupo actual concreto: es, más bien, el retrato de un estadio evolutivo, el momento en que un vegetal aprendió a levantarse del suelo y a transportar agua por dentro.

Cómo era: el catálogo de lo que no tenía

Describir a Cooksonia es en buena medida enumerar ausencias, y esa es justamente la lección interesante.

No tenía hojas. Toda la fotosíntesis ocurría en la superficie del propio tallo, verde y cilíndrico. Las hojas, tal como las entendemos, aparecerían decenas de millones de años más tarde y por dos vías distintas: los micrófilos de licopodios y selaginelas, y los megáfilos de helechos y del resto de plantas superiores.

No tenía raíces. Se anclaba mediante ejes rastreros y rizoides, filamentos absorbentes parecidos a los de un musgo. La raíz verdadera, con su caliptra y su cilindro vascular, es un invento posterior.

No tenía flores, ni semillas, ni frutos. Se reproducía por esporas, y era homospórica: todas sus esporas eran iguales. Las esporas fósiles asociadas, del tipo Ambitisporites, son triletes, con la marca en forma de Y que delata que se formaron de cuatro en cuatro.

Lo que sí tenía era el rasgo decisivo: ramificación dicotómica —cada eje se dividía en dos ramas iguales— y esporangios terminales en el extremo de cada rama. Ese esporangio adoptaba formas distintas según la especie: de disco aplanado, de riñón, de copa o de trompeta.

Y bajo la superficie, dos innovaciones que lo cambiaron todo: una cutícula impermeable con estomas para regular la pérdida de agua, y un cordón central de traqueidas con engrosamientos anulares que conducía el agua desde la base hasta el ápice. Ese cordón es el bisabuelo de la madera.

Las especies del género

Se han descrito varias especies, que se distinguen sobre todo por la forma del esporangio y el grosor de los ejes:

Cooksonia pertoni es la más conocida y la que ha dado los ejemplares mejor conservados, con esporangios anchos y aplanados, en forma de disco poco profundo. Cooksonia hemisphaerica, la especie tipo, tiene el esporangio abombado como media esfera. Cooksonia caledonica y Cooksonia cambrensis muestran esporangios más anchos que altos, de perfil variable. Cooksonia bohemica, del Devónico inferior de la República Checa, es de mayor talla y ejes más robustos. Y Cooksonia paranensis, descrita en Brasil, extiende el registro del género al antiguo continente meridional de Gondwana.

El registro fósil del género es amplio: Gran Bretaña e Irlanda —de donde proceden los ejemplares más antiguos, del Silúrico de Irlanda—, Bohemia, Norteamérica, Bolivia y Brasil. También se conocen restos atribuidos al género en materiales silúricos y devónicos de la Península Ibérica, dentro de un registro paleobotánico ibérico de esa edad que es modesto pero real.

Una advertencia que la investigación reciente ha ido subrayando: Cooksonia es, en la práctica, un género de forma. Bajo ese nombre se han agrupado plantas que probablemente no son parientes cercanas entre sí, simplemente porque comparten el mismo aspecto sencillo de tallo bifurcado con esporangio en la punta. Los especialistas trabajan hoy en desmontar ese cajón de sastre.

El debate del tamaño: ¿podía vivir por su cuenta?

Hay una discusión de fondo que merece la pena conocer porque enseña algo real de fisiología vegetal. Los ejemplares más pequeños de Cooksonia pertoni tienen ejes de apenas medio milímetro de diámetro y unos pocos milímetros de altura. Se ha argumentado que un tallo tan fino, una vez descontada la cutícula, el cordón conductor central y el propio esporangio, deja tan poco tejido verde que difícilmente podría fabricar el alimento necesario para mantenerse y para producir esporas.

La consecuencia sería que esos ejemplares diminutos no eran plantas independientes, sino esporofitos parcialmente nutridos por el gametofito, la generación sexual que los precedía. Es exactamente lo que ocurre hoy en los musgos: la cápsula con esporas vive a costa de la planta verde que la sostiene. Si es así, Cooksonia ocuparía un punto intermedio fascinante entre el modelo briofítico y el de las plantas vasculares plenas.

Dos ideas extendidas que conviene corregir

No fue la primera planta terrestre. Es un titular cómodo, pero inexacto. Las esporas y criptosporas halladas en rocas del Ordovícico, de hace unos 470 millones de años, indican que ya había vegetación terrestre de tipo hepática cuarenta o cincuenta millones de años antes. Lo que Cooksonia representa es algo más preciso y más importante: está entre las primeras plantas vasculares conocidas, las primeras con tejido conductor de agua. Esa es la frontera que abrió el camino a la altura, y con la altura, a los bosques.

Tampoco tiene descendientes vivos identificables. Se lee a menudo que Psilotum nudum —el helecho sin hojas que sí se cultiva, y que en España aparece asilvestrado en puntos húmedos del sur y de Canarias— es un "fósil viviente" superviviente de aquel grupo. La genética lo desmintió hace tiempo: Psilotum es un helecho moderno que perdió hojas y raíces secundariamente, por simplificación. Se parece a Cooksonia por convergencia, no por herencia. La comparación sigue siendo útil para imaginar el aspecto de aquellas plantas, pero es una analogía, no un parentesco.

Por qué le importa esto a quien cultiva plantas

Cada gesto de jardinería habla del legado de aquella etapa. Cuando se riega, se está alimentando un sistema de conducción cuya versión inicial fue ese cordón de traqueidas. Cuando una planta se marchita a mediodía en agosto y se recupera al anochecer, lo que se está viendo es el compromiso que los estomas llevan negociando desde el Silúrico: abrirse para captar dióxido de carbono o cerrarse para no perder agua. Y cuando en el jardín aparecen musgos en las zonas de sombra húmeda mientras las plantas vasculares se reparten el resto, se está mirando la misma división del trabajo que se resolvió entonces.

El grupo al que pertenecía Cooksonia se extinguió sin dejar linaje reconocible, pero el plan corporal que ensayó —eje conductor, superficie impermeable con poros regulables, órganos reproductores en el extremo— se impuso. Del Devónico en adelante la carrera fue vertical: en apenas 40 millones de años se pasó de tres centímetros a los árboles de Archaeopteris y a los primeros bosques de verdad.

En resumen

Cooksonia fue un género de plantas del Silúrico y el Devónico inferior, de pocos centímetros de altura, sin hojas, sin raíces y sin semillas, formado por ejes verdes de ramificación dicotómica con esporangios en el extremo. Su importancia no está en lo que tenía sino en lo que estrenó: cutícula, estomas y traqueidas, el equipo mínimo para vivir fuera del agua y crecer hacia arriba. No fue la primera planta que colonizó la tierra —eso ocurrió antes, con vegetación de tipo hepática—, sino una de las primeras vasculares, y hoy se considera más un género de forma que un grupo natural. No tiene descendientes vivos identificables, y el parecido con Psilotum nudum es pura convergencia. Todo lo que se cultiva en un jardín funciona, en el fondo, con aquellas tres invenciones.


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