Una barbuda recogida a las nueve de la mañana puede ser un charco de tinta negra a las dos de la tarde. Esa carrera contra el reloj explica casi todo lo que hay que saber sobre Coprinus comatus: por qué no se vende en fruterías, por qué se recoge cerrada y por qué quien la prueba recién cogida no entiende que se le tenga tan poco aprecio.

Se la conoce como barbuda, matacandil, apagador, seta de tinta o chipirón de monte, según la zona. El epíteto comatus significa «cabelludo» y describe con exactitud las escamas fibrosas que cubren el sombrero.

Ejemplares jóvenes de Coprinus comatus con el sombrero cerrado y escamoso

Cómo se reconoce

Es una de las pocas setas que se identifica de un vistazo, y eso la convierte en una buena candidata para quien empieza, siempre que se respeten los caracteres uno por uno.

El sombrero del ejemplar joven es cilíndrico u ovoide, alargado como un dedo o un huevo estirado, de 4 a 10 cm de alto y rara vez más de 5 cm de ancho. Está cubierto de escamas blancas o levemente ocres, algodonosas, dispuestas en hileras concéntricas, sobre fondo blanco. La punta suele ser más parda. Solo cuando envejece se abre en campana y se levanta por el borde.

Las láminas son muy apretadas, libres (no llegan a tocar el pie) y de un blanco puro en el ejemplar joven. Con las horas viran a rosado, luego a gris y por último a negro, y en ese momento empiezan a licuarse desde el borde del sombrero hacia arriba. La esporada es negra, dato que descarta de golpe a los géneros de esporada blanca.

El pie es blanco, hueco, fibroso, fácilmente separable del sombrero, de 10 a 25 cm, algo bulboso en la base pero sin volva. Lleva un anillo móvil, un aro fino que se desliza arriba y abajo con el dedo y que a menudo acaba caído en la base o directamente perdido.

La carne es blanca, fina, blanda, de olor suave y agradable. No amarillea, no enrojece y no huele a nada desagradable.

La delicuescencia: la seta que se autodigiere

Los coprinos han resuelto la dispersión de esporas de una forma poco común entre las setas. En lugar de dejar que las esporas caigan libremente entre láminas separadas, apiñan las láminas hasta casi tocarse y, según van madurando de abajo arriba, disuelven el tejido con sus propias enzimas. El resultado es un líquido negro que gotea y deja las esporas expuestas al aire y a los insectos que acuden al goteo.

Ese proceso, la delicuescencia o autolisis, no se detiene al cortar la seta. En un día caluroso, unas pocas horas dentro de la cesta bastan para que un ejemplar impecable llegue a casa convertido en tinta. La nevera lo ralentiza, no lo para. De ahí las dos reglas prácticas del que recoge barbudas: cogerlas cerradas y blancas, y cocinarlas el mismo día, a poder ser en las horas siguientes.

Un truco de campo que funciona: cortar el pie ya en el monte y transportar los sombreros en una sola capa, sin apretar. El aplastamiento acelera la autolisis. Y descartar sin contemplaciones cualquier ejemplar que ya haya empezado a ennegrecer por el borde de las láminas; no es tóxico, pero en la sartén se convierte en una pasta gris de aspecto lamentable.

Esa tinta se ha usado históricamente como tinta de escritura, y aún hoy algunos documentalistas la emplean por curiosidad: al secar deja un trazo pardo-negruzco en el que, con lupa, se distinguen las esporas.

Degradación de la seta barbuda: las láminas ennegrecen y se licúan

Dónde y cuándo aparece en España

Coprinus comatus no es una seta de bosque maduro. Es saprófita y nitrófila: vive de materia orgánica en descomposición y prospera donde el suelo está removido y rico en nitrógeno. Sus sitios habituales son céspedes y praderas de siega, cunetas y taludes, bordes de caminos, campos de golf, jardines urbanos, escombreras viejas, huertos abandonados, majadas y cualquier terreno que haya recibido estiércol.

Sale en grupos numerosos, a veces en corros o en hileras, y con frecuencia repite en el mismo sitio año tras año mientras el sustrato le dure. Es tan poco exigente que a veces asoma entre las juntas del pavimento o levanta una capa de gravilla.

La temporada principal va del final del verano a noviembre, con el grueso en octubre en la mitad norte peninsular. Necesita lluvia seguida de días templados: aparece entre tres y siete días después de una buena tormenta, con temperaturas suaves de 10 a 20 °C. En la franja atlántica y en zonas de regadío puede dar una segunda salida en primavera, y en céspedes regados en verano no es raro verla fuera de temporada. En el sur y el interior seco depende por completo de que llueva.

Con qué se puede confundir

El conjunto de sombrero cilíndrico escamoso, láminas blancas apretadas y anillo móvil es muy característico, pero conviene tener presentes tres cosas.

Otros coprinos. Coprinopsis atramentaria, el coprino gris, comparte hábitat y también se licúa, pero tiene el sombrero liso o apenas fibriloso, gris pardo, más acampanado que cilíndrico, y crece en cepellones densos, con los pies naciendo casi del mismo punto, junto a tocones y raíces enterradas. Coprinopsis picacea (la pica de urraca) es mayor, con el sombrero pardo oscuro roto en grandes placas blancas, y no se recomienda su consumo.

Amanitas jóvenes. La confusión es improbable, pero es la que puede costar cara. Cualquier amanita joven tiene volva en la base (una bolsa o un reborde), láminas blancas que no ennegrecen, esporada blanca y anillo fijo, no móvil. Un ejemplar sin excavar la base no se identifica: hay que sacar el pie entero del suelo antes de decidir.

Podaxis pistillaris, propia de zonas áridas del sureste y de Canarias, tiene un aspecto lejanamente parecido pero es un hongo cerrado, con la gleba pulverulenta y sin láminas verdaderas. No se confunde si se abre por la mitad.

La regla general no cambia: se come lo que se identifica con certeza, y se identifica lo que se ha visto entero, en su sitio, y en ejemplares jóvenes.

El asunto del alcohol: un mito heredado

Circula por manuales y por conversaciones de monte que la barbuda no debe comerse con vino porque produce un efecto antabús: enrojecimiento facial, taquicardia, náuseas y malestar durante horas si se toma alcohol antes o después.

Ese efecto existe y está bien documentado, pero corresponde a Coprinopsis atramentaria, el coprino gris, que contiene coprina, una sustancia que bloquea la degradación del acetaldehído igual que hace el disulfiram. Los análisis de Coprinus comatus no han encontrado coprina. La advertencia se trasladó de una especie a otra por la vecindad del nombre y del hábitat, y se ha repetido por inercia.

Dicho esto, hay dos matices razonables. El primero es que en una recolección mixta pueden colarse ejemplares de coprino gris sin querer. El segundo es que se han descrito reacciones individuales de intolerancia a esta seta, como con tantas otras. Quien la prueba por primera vez hará bien en tomar una ración pequeña, bien cocinada, y esperar.

La precaución que sí importa: los metales pesados

Los coprinos son acumuladores eficaces de metales pesados, en particular mercurio y cadmio, y también de plomo. Como crecen precisamente en los sitios que más contaminación reciben (cunetas de carreteras, solares urbanos, terrenos alterados junto a polígonos, escombreras), la coincidencia es incómoda.

La consecuencia práctica es sencilla: no se recogen barbudas del arcén de una carretera con tráfico, ni de suelos junto a instalaciones industriales, ni de céspedes urbanos que hayan podido recibir herbicidas. Sí de praderas, majadas, bordes de camino rural y jardines propios. Y como con cualquier seta silvestre, mejor un consumo ocasional que semanal.

En la cocina

La barbuda es una seta delicada, de sabor suave y textura tierna, con mucha agua. Eso condiciona el tratamiento.

Limpieza. Nunca bajo el grifo: absorbe agua y se deshace. Basta con retirar las escamas más sucias con los dedos o un cepillo blando y cortar la base terrosa del pie. El pie, fibroso y hueco, suele descartarse en los ejemplares grandes.

Cocción. Fuego vivo y sartén poco cargada. Al calentarse suelta una cantidad notable de agua; si se amontona, se cuece en su propio jugo y queda blanda. Lo habitual es saltear a fuego fuerte hasta que el líquido se evapora y empieza a dorar, con un poco de mantequilla o aceite de oliva y ajo. Cinco o seis minutos bastan.

Cómo se aprovecha mejor. Al ser de sabor discreto, funciona en preparaciones que no la tapen: revuelto con huevo, crema o sopa, salteado con gambas, sobre tostada, en tortilla, rellena y gratinada si los ejemplares son grandes, o rebozada en tempura, que respeta muy bien su textura. Combina mal con adobos fuertes, guisos largos y salsas de sabor dominante.

Conservación. En fresco, horas. Para guardarla, la única vía sensata es saltearla primero y congelar el salteado: cruda y congelada se convierte en papilla al descongelar. El secado no tiene sentido en una seta que se licúa; en cuanto pierde la turgencia, ya ha empezado a autodigerirse.

Se le atribuyen efectos sobre la glucemia y otras propiedades medicinales, con estudios todavía preliminares y en su mayoría de laboratorio. Es motivo para seguir el asunto con interés, no para tratarla como un remedio.

¿Se puede cultivar?

Sí, y de hecho es de las setas más fáciles de arrancar en casa. Fructifica sobre paja compostada, estiércol maduro o compost de champiñón, en cajones o en un bancal de jardín, con una capa de cobertura de tierra o turba encima. Le va bien entre 15 y 22 °C y necesita mucha humedad ambiental.

El motivo por el que no se ve en el mercado no es la dificultad de cultivo, sino la vida comercial nula: entre que se recolecta, se envasa, se transporta y se coloca en el lineal, ya sería tinta. Es una seta de autoconsumo y de proximidad, y ahí está buena parte de su gracia.

En resumen

Coprinus comatus es una seta saprófita y nitrófila que sale en otoño en praderas, cunetas rurales, céspedes y terrenos removidos, reconocible por su sombrero cilíndrico cubierto de escamas blancas, sus láminas apretadas que pasan de blancas a negras, su anillo móvil y la ausencia de volva. Se recoge joven y cerrada, porque se autodigiere en pocas horas hasta quedar en un líquido negro.

El efecto antabús con el alcohol pertenece al coprino gris Coprinopsis atramentaria, no a ella. Lo que sí conviene vigilar es dónde se recoge, porque acumula metales pesados y suele crecer justo en los terrenos más expuestos. En la cocina pide limpieza en seco, fuego fuerte, poco tiempo y acompañamientos suaves, y para guardarla, saltear y congelar. Cultivarla es sencillo; venderla, imposible.


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