Un anillo de corteza arrancado alrededor del tronco, de tres dedos de ancho y completo, mata a un árbol adulto. No de forma inmediata: tardará una temporada, puede que dos, en agotar las reservas de la raíz y venirse abajo. Pero está sentenciado desde el momento del corte, y entender por qué es la manera más rápida de entender qué es la corteza y para qué sirve.
Qué hay exactamente bajo la superficie
En botánica, corteza es todo lo que queda por fuera del cámbium vascular. No es solo la capa rugosa y seca que se ve y se toca: eso es la parte final de un conjunto de tejidos superpuestos, cada uno con su función.
De dentro hacia fuera, en un tronco leñoso maduro:
Cámbium vascular. Una lámina de células vivas de un espesor microscópico, la fábrica del árbol. Hacia el interior produce madera (xilema); hacia el exterior, líber (floema). Todo el crecimiento en grosor sale de ahí.
Floema o líber. La corteza interna viva. Es la tubería que baja los azúcares fabricados en las hojas hasta las ramas, el tronco y sobre todo las raíces. Es blanda, húmeda y se despega con facilidad en primavera, cuando el cámbium está en plena actividad; de ahí que la madera «se descorche» en esa época.
Felógeno o cámbium suberoso. Un segundo cámbium, más externo, que genera el corcho. Al crecer el tronco, la corteza externa no puede estirarse, así que el árbol va formando peridermis sucesivas hacia dentro.
Súber o corcho. Células muertas, huecas y con las paredes impregnadas de suberina, una sustancia grasa e impermeable. Es aislante térmico, barrera frente a la desecación y freno frente a hongos e insectos.
Ritidoma. El conjunto de tejidos muertos acumulados en el exterior, que es lo que en el lenguaje corriente llamamos corteza a secas. Su aspecto es una firma de especie: lisa en haya y carpe, en placas en el plátano de sombra, en escamas pentagonales en el pino piñonero, agrietada en cuadros en el alcornoque viejo, fibrosa y colgante en el eucalipto.
Repartidas por la superficie hay lenticelas, pequeñas aberturas de tejido poroso que permiten el intercambio de gases entre los tejidos vivos y el aire. Se ven muy bien en el cerezo y en el abedul, como pequeños guiones horizontales.
Para qué sirve
Transporta. Es la función menos evidente y la más crítica. El agua sube por la madera, pero el alimento baja por el líber. Sin líber funcional, la raíz deja de recibir azúcares.
Impermeabiliza. Un tronco desnudo perdería agua por evaporación a la misma velocidad que una hoja. La suberina lo evita.
Protege del fuego. En especies mediterráneas es una adaptación de primer orden. El alcornoque (Quercus suber) sobrevive a incendios que arrasan todo alrededor porque su corcho aísla el cámbium del calor; rebrota y sigue. El pino resinero pierde la parte baja de la copa y aguanta gracias a la corteza gruesa del tronco.
Defiende químicamente. Taninos, resinas y alcaloides concentrados en la corteza disuaden a insectos perforadores y frenan hongos. La resina del pino y la goma del cerezo son respuestas de sellado ante una herida.
Almacena. Buena parte de las reservas de almidón del árbol en invierno están en el parénquima de la corteza interna y de los radios leñosos.
Fotosintetiza. En ramas jóvenes y en algunas especies de corteza verde, la clorofila bajo la epidermis aporta un extra de fotosíntesis que puede ser significativo en invierno, con el árbol sin hojas.
Por qué un anillo completo es mortal
Cortar un anillo de corteza que rodee el tronco por entero se llama anillado o cinchado, y secciona el líber en toda la circunferencia. Las hojas siguen recibiendo agua y siguen fabricando azúcares, pero esos azúcares no pueden bajar. La raíz consume sus reservas, se queda sin suministro y muere; cuando la raíz falla, el agua deja de subir y la copa se seca. Por eso el árbol anillado en primavera suele aguantar todo el verano con aspecto normal y colapsar al año siguiente.
Es exactamente lo que hace, sin querer, una desbrozadora que roza la base del tronco cada vez que se siega alrededor. Golpe tras golpe, temporada tras temporada, el hilo va comiendo la corteza hasta cerrar el círculo. En jardinería es probablemente la primera causa de muerte de árboles jóvenes plantados en césped, muy por delante de las plagas.
La misma lógica explica los daños de conejos y roedores en invierno, que roen la corteza tierna de la base cuando escasea el alimento, y la estrangulación por ataduras: una atadura de tutor que no se afloja acaba incrustada, corta el líber y produce un engrosamiento por encima y un estrangulamiento por debajo. Un tutor debe revisarse cada año y retirarse a los dos o tres, cuando el árbol ya se sostiene solo.
Si el daño es parcial, hay margen. Un árbol puede cicatrizar una herida que abarque menos de un tercio de la circunferencia con relativa facilidad; a partir de la mitad, el pronóstico empeora mucho; completo, no hay solución práctica en jardinería particular.
Cortezas que se caen solas y no significan nada malo
Que un árbol suelte placas de corteza suele interpretarse como enfermedad, y en muchas especies es lo contrario: es su forma normal de renovar el ritidoma.
El plátano de sombra (Platanus × hispanica) se desprende en placas irregulares y deja un mosaico crema y verdoso. El eucalipto suelta tiras largas cada verano. El madroño (Arbutus unedo), el arce reznero (Acer griseum) y la júpiter (Lagerstroemia indica) se descaman continuamente y esa es justamente su cualidad ornamental. El abedul se abre en láminas de papel. El alcornoque desprende su corcho de forma natural, aunque en monte ordenado se saca a mano.
La diferencia entre una descamación normal y un problema está en lo que queda debajo: si aparece corteza nueva, sana, de color vivo, no hay nada que hacer. Si queda madera desnuda, seca, hundida o con manchas oscuras, ahí sí hay una lesión.
Otra idea muy extendida y falsa: los líquenes y musgos del tronco no son parásitos. Viven sobre la corteza sin penetrarla y no toman nada del árbol. Su abundancia indica humedad ambiental y aire limpio, no enfermedad. Rascarlos o tratarlos con productos hace más daño que bien.
Leer la corteza: lo que sí avisa de un problema
Chancros. Zonas deprimidas, de contorno marcado, a veces con la corteza agrietada en el borde y un reborde de tejido cicatricial. Suelen deberse a hongos que entran por una herida. Si el chancro rodea la rama, la parte de arriba se seca.
Exudados y gomosis. Los Prunus (cerezo, ciruelo, almendro, melocotonero) sueltan goma ámbar ante estrés, heridas o ataque. Un exudado oscuro, acuoso y maloliente en la base es otra cosa: apunta a podredumbre del cuello, con frecuencia por Phytophthora, muy asociada a riego excesivo o a suelo mal drenado.
Serrín y orificios. Agujeros redondos con serrín fino en el tronco o en la cruz indican perforadores. En encinas y robles, galerías anchas con serrín grueso son propias del Cerambyx; en pinos y frutales debilitados, orificios de pocos milímetros corresponden a escolítidos. En ambos casos, el ataque suele llegar sobre árboles ya estresados por sequía o mal manejo: el problema de fondo casi nunca es solo el insecto.
Grietas verticales de invierno. Aparecen en troncos jóvenes de corteza fina expuestos al sol de la tarde en zonas de heladas fuertes. La corteza se calienta durante el día, se desactiva la aclimatación al frío y la helada nocturna revienta el tejido.
Y aquí conviene corregir otra creencia: el encalado de los troncos, tan visto en frutales y en árboles de plaza en toda España, no funciona como insecticida. Lo que hace la capa blanca es reflejar la radiación solar y amortiguar los saltos térmicos que producen esas grietas, además de proteger un poco de la sequedad. Se aplica sobre todo en árboles jóvenes de corteza fina y en fachadas soleadas, a final de otoño, con lechada de cal diluida.
Los errores que más corteza estropean en un jardín
Amontonar acolchado contra el tronco. El famoso «volcán» de mantillo alrededor de la base mantiene la corteza del cuello permanentemente húmeda, invita a la podredumbre y favorece que salgan raíces adventicias que después estrangulan al propio árbol. El acolchado se extiende en corona, con un espacio libre de un palmo alrededor del tronco.
Sellar las heridas de poda. Las pastas cicatrizantes se siguen vendiendo, pero la arboricultura actual desaconseja su uso general: retienen humedad bajo la capa, no impiden la entrada de hongos y estorban el mecanismo real de defensa del árbol, que es compartimentar la herida generando barreras químicas internas y cerrar por los bordes. Lo que sí importa es cortar bien: respetar el cuello de la rama, sin dejar tocón y sin cortar a ras del tronco, porque es justo en ese anillo donde está el tejido capaz de cerrar.
Podar a destiempo o en exceso. Una poda severa deja al descubierto corteza que llevaba décadas a la sombra de la copa; en verano se quema literalmente, y la insolación es la puerta de entrada de perforadores y hongos. En el clima peninsular, esto se ve mucho en plátanos y moreras después de un terciado brusco.
Clavar, atar y colgar. Alambres, cadenas, chapas, cuerdas de columpio, tendederos. Todo lo que rodee un tronco acabará incrustado cuando el árbol engorde.
La corteza como producto
Corcho. España es el segundo productor mundial, con las dehesas de Extremadura, Andalucía y Cataluña a la cabeza. El descorche se hace en verano, cuando el corcho se separa fácil, y se repite cada nueve a catorce años según la comarca; la primera saca, el bornizo, da corcho irregular de uso industrial, y a partir de la tercera se obtiene el corcho de reproducción apto para tapones. Bien ejecutado, no daña al árbol: se retira el súber sin tocar la capa madre.
Especias y medicamentos. La canela es la corteza interna del Cinnamomum verum; la quinina se extrajo de la corteza de Cinchona; el ácido salicílico, precursor de la aspirina, se aisló de la corteza de sauce (Salix), un remedio antipirético tradicional muy anterior a la química moderna. Las cortezas ricas en taninos, como las del roble o la del castaño, han curtido pieles durante siglos.
Acolchado y sustrato. La corteza de pino triturada es el acolchado más habitual en jardinería española. Conviene usarla en capa de 5 a 7 cm, extendida sobre suelo limpio y bien humedecido, sin mezclarla con la tierra: al enterrarla, los microorganismos que la descomponen inmovilizan nitrógeno y las plantas se quedan cortas. En superficie, ese efecto es despreciable.
Y una precisión frecuente: la corteza de pino no acidifica el suelo de forma apreciable. Es ligeramente ácida al principio, pero su efecto sobre un suelo calizo, que es lo normal en buena parte de España, resulta insignificante frente a la capacidad tampón del carbonato. Si se busca acidificar para una hortensia o una camelia, hay que actuar con sustrato ácido y con azufre o quelatos, no con acolchado. Para lo que sí sirve, y muy bien, es para conservar humedad, moderar la temperatura del suelo y frenar hierbas anuales.
La corteza de pino en trozos gruesos, sin descomponer, es además el sustrato clásico de las orquídeas epífitas, que necesitan un medio aireado donde la raíz se seque entre riegos.
En resumen
La corteza es todo lo que hay por fuera del cámbium: el líber vivo que baja el alimento a las raíces, el felógeno que fabrica corcho, el súber impermeable y el ritidoma muerto del exterior. Transporta, aísla, protege del fuego y de los patógenos, almacena reservas y hasta fotosintetiza.
De ahí que las heridas anulares sean mortales y que las peores agresiones en un jardín sean domésticas: desbrozadora en la base, ataduras olvidadas, acolchado amontonado contra el tronco y podas severas que exponen corteza al sol de julio. Que un árbol suelte placas no suele ser síntoma de nada, ni lo son los líquenes; lo que hay que mirar son los chancros, los exudados oscuros del cuello y el serrín de los perforadores. El encalado es protección solar, no insecticida; las pastas selladoras de heridas están de más; y el acolchado de corteza de pino conserva humedad, pero no cambia el pH del suelo.