Más del 90 % de la materia seca de una planta procede del aire y del agua, no del suelo. Ese dato, que suena raro la primera vez, resume mejor que ninguna definición qué es un vegetal: un organismo capaz de construirse a sí mismo con dióxido de carbono, agua y luz, y de hacerlo tan bien que el resto de la vida terrestre depende de ello. El abono que echas no es comida: es una pequeña fracción mineral, entre el 1 y el 5 % del peso seco, sin la cual la maquinaria no funciona, pero que no aporta el material de construcción.
Entender las características que comparten todas las plantas explica bastantes decisiones de jardín que de otro modo se toman por costumbre: por qué las crasas se riegan de otra manera, por qué una gardenia amarillea en suelo calizo, por qué una lavanda no rebrota o por qué un pascuero no vuelve a ponerse rojo.
Las siete características que definen a una planta
Son eucariotas y pluricelulares. Sus células tienen núcleo verdadero y orgánulos con membrana, y se organizan en tejidos especializados: epidermis, parénquima, tejidos conductores, meristemos.
Tienen pared celular de celulosa. Esta es la diferencia estructural de fondo con un animal. La pared rígida da forma y sostiene, pero también condena a la planta a crecer por adición de células nuevas en puntos concretos en lugar de moverse. En los tejidos de sostén esa pared se refuerza con lignina, que es lo que llamamos madera.
Son autótrofas fotosintéticas. Fabrican su propio alimento a partir de materia inorgánica usando la energía de la luz, gracias a las clorofilas a y b alojadas en los cloroplastos. Existen excepciones parásitas y micoheterótrofas —la cuscuta (Cuscuta spp.), el jopo (Orobanche), Monotropa— que han perdido total o parcialmente esa capacidad, pero son la rareza.
Acumulan almidón como reserva de energía, no glucógeno, y lo almacenan en plastos dentro de raíces, tubérculos, bulbos o semillas.
Tienen una vacuola central grande que puede ocupar el 80 o el 90 % del volumen celular. La presión que ejerce contra la pared —la turgencia— es lo que mantiene erguidas las partes tiernas. Cuando una planta se marchita y las hojas cuelgan como un trapo, lo que has perdido es turgencia, no todavía la vida: si repones agua a tiempo, se recupera en horas.
Son sésiles. No pueden huir del frío, de la sequía ni del herbívoro, así que resuelven los problemas con química (aceites esenciales, alcaloides, taninos) y con arquitectura. Toda su plasticidad está en cómo crecen.
Tienen crecimiento indefinido y localizado en meristemos. A diferencia de un animal, que alcanza un tamaño adulto y para, la planta conserva toda la vida tejidos embrionarios capaces de generar órganos nuevos. Los meristemos apicales alargan tallos y raíces; el cámbium, en las leñosas, engorda el tronco. Sobre ese hecho se apoya toda la jardinería: podas, esquejes, injertos y acodos funcionan porque hay meristemos disponibles.
Fotosíntesis: qué ocurre realmente
La ecuación global es sencilla: 6 CO2 + 6 H2O + luz → C6H12O6 + 6 O2. Ocurre en dos etapas dentro del cloroplasto. En la fase luminosa, en las membranas de los tilacoides, la clorofila capta fotones, se rompe la molécula de agua y se libera el oxígeno que respiramos; se generan ATP y NADPH. En la fase oscura o ciclo de Calvin, en el estroma, esa energía sirve para fijar el CO2 atmosférico y montar azúcares.
El intercambio de gases se hace por los estomas, poros microscópicos situados sobre todo en el envés de la hoja, con densidades típicas de entre 100 y 1.000 por milímetro cuadrado. Ahí está el gran dilema de la planta: para entrar CO2 hay que abrir el estoma, y con el estoma abierto se pierde agua. De ahí salen tres estrategias distintas que sí notas en el jardín.
Plantas C3. La vía común: trigo, rosal, haya y el grueso del arbolado y del herbáceo de clima templado. Rinden bien con temperaturas moderadas y se paran cuando el calor y el déficit hídrico obligan a cerrar estomas. Por eso en julio en la meseta un césped de raigrás (Lolium perenne) se planta y sufre.
Plantas C4. Concentran el CO2 antes de fijarlo, lo que las hace mucho más eficientes con calor y luz intensa: maíz, sorgo, caña de azúcar y las gramíneas de estación cálida como la grama (Cynodon dactylon) o Zoysia. Es la razón técnica por la que en el sur peninsular un césped de bermuda aguanta agosto con la mitad de agua que uno de raigrás.
Plantas CAM. Abren los estomas de noche, fijan el CO2 en forma de ácido málico y lo procesan de día con los poros cerrados. Es la solución de cactáceas, agaves, aloes, Kalanchoe, Crassula y la piña. La consecuencia práctica: una crasa gasta agua muy despacio, tolera sustrato seco durante semanas y muere con facilidad por exceso de riego, no por defecto. En invierno, con el sustrato frío y la planta parada, un riego de más basta para pudrir el cuello.
Respiración vegetal: el malentendido más repetido
Fotosíntesis y respiración no son la misma cosa al revés, ni se turnan día y noche. La planta respira las 24 horas, igual que un animal: quema azúcares con oxígeno en las mitocondrias para obtener energía y libera CO2. Lo que ocurre es que de día, con luz suficiente, la fotosíntesis supera con mucho a la respiración, y el balance neto es consumo de CO2 y producción de oxígeno. De noche solo queda la respiración.
De ahí sale la idea, todavía muy extendida, de que no conviene tener plantas en el dormitorio porque «roban» oxígeno. Los números no la sostienen: una persona adulta dormida consume del orden de 15-20 litros de oxígeno por hora, mientras que una planta de interior de tamaño medio respira una cantidad del orden de mil veces menor. Habría que llenar la habitación de vegetación hasta no poder entrar para que la diferencia fuese medible.
Sí hay una consecuencia real de la respiración nocturna: las raíces también respiran, y para eso necesitan aire en el sustrato. Un suelo encharcado o un sustrato compactado asfixia la raíz, que muere y deja de absorber agua. Por eso una planta ahogada muestra los mismos síntomas que una sedienta —hojas mustias, colgando— y por eso regar más al ver ese síntoma es la forma más rápida de rematarla. Antes de regar, mete el dedo cinco centímetros en el sustrato.
Las partes de una planta y para qué sirve cada una
La raíz ancla, absorbe agua y sales minerales y almacena reservas. La absorción no la hace la raíz gruesa, sino los pelos absorbentes de los últimos centímetros de las raicillas nuevas, un tejido finísimo y frágil que se destruye al trasplantar sin cuidado. Además, la inmensa mayoría de las especies vive asociada a hongos formando micorrizas, que multiplican la superficie de exploración a cambio de azúcares. Un suelo tratado a fungicida o removido en exceso pierde esa red.
El tallo sostiene y transporta. Por el xilema sube el agua con las sales desde la raíz hasta la hoja; por el floema bajan y se reparten los azúcares fabricados. En las leñosas, entre ambos hay una capa de células vivas, el cámbium, responsable del engrosamiento y de que un injerto prenda: si los cámbiums del patrón y de la púa no contactan, no hay soldadura posible.
La hoja es la fábrica. Cutícula cerosa arriba para no perder agua, parénquima en empalizada, donde se concentran los cloroplastos, parénquima esponjoso con cámaras de aire, estomas normalmente en el envés. La transpiración a través de esos estomas es la que genera la tensión que arrastra la columna de agua desde la raíz hasta la copa: una planta que no transpira, tampoco absorbe. De ahí que en días de viento seco y calor la planta pierda agua más rápido de lo que puede reponerla aunque el sustrato esté húmedo.
La flor es el órgano reproductor de las angiospermas: cáliz de sépalos, corola de pétalos, androceo (estambres, parte masculina) y gineceo (pistilo, parte femenina). Tras la fecundación, el ovario se convierte en fruto y los óvulos en semillas. Conocer si una especie es autofértil o necesita polinizador cambia por completo el resultado en frutales: un almendro, buena parte de los cerezos dulces y muchos manzanos y perales requieren una variedad compatible cerca para cuajar.
Cómo se orientan y se regulan
Sin sistema nervioso, la planta se coordina con hormonas. Las auxinas gobiernan la dominancia apical y el fototropismo: cuando despuntas un brote terminal, eliminas la fuente de auxina que frenaba las yemas laterales y la planta ramifica. Ese único hecho explica el pinzado de los geranios, el recorte de un seto o la formación de una copa. Las giberelinas alargan entrenudos y rompen la latencia de las semillas; el etileno, un gas, dispara la maduración del fruto y la caída de hojas, y por eso una manzana madura acelera la maduración de la fruta que tenga al lado.
También responden al fotoperiodo, es decir, a la duración de la noche. El pascuero o flor de Pascua (Euphorbia pulcherrima) y el crisantemo son plantas de día corto: solo forman flores y brácteas de color si reciben unas catorce horas de oscuridad ininterrumpida durante seis u ocho semanas. Un pascuero que pasa el otoño en un salón con luz encendida por la noche no volverá a colorear, por bien regado que esté.
Y las de clima templado cuentan el frío. Los frutales de hueso y pepita necesitan acumular horas de frío por debajo de 7 ºC para romper la latencia y florecer con regularidad: un almendro se conforma con unos pocos cientos, mientras que un cerezo dulce puede exigir del orden de mil. Plantar una variedad de alta necesidad de frío en el litoral mediterráneo termina en floración escalonada, irregular y mala cosecha.
Los nutrientes, y por qué en España amarillean tantas plantas
Las plantas necesitan diecisiete elementos esenciales. Del aire y del agua toman carbono, hidrógeno y oxígeno. Del suelo, los macronutrientes —nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, magnesio y azufre— y los micronutrientes en cantidades mínimas: hierro, manganeso, cinc, boro, cobre, molibdeno, cloro y níquel. A grandes rasgos, el nitrógeno empuja hoja y tallo, el fósforo raíz y floración, el potasio calidad de fruto y resistencia a sequía y frío.
El problema más frecuente en la península no es la falta de nutriente, sino su bloqueo por pH. Buena parte de los suelos españoles son calizos, con pH por encima de 7,5, y en ese rango el hierro precipita en formas que la raíz no puede absorber aunque el suelo esté lleno de él. El resultado es la clorosis férrica: hojas nuevas amarillas con los nervios todavía verdes, muy visible en hortensia, azalea, camelia, gardenia, cítricos, arce japonés y frutales de hueso.
Echar más abono no lo arregla. Lo que funciona es corregir la disponibilidad: quelato de hierro EDDHA, que es el único que se mantiene estable por encima de pH 7,5 —los quelatos EDTA y DTPA se degradan antes—, aplicado al riego a la salida del invierno y repetido si hace falta, más materia orgánica para acidificar poco a poco y agua de riego lo menos dura posible. Y sobre todo, elegir bien: si tu suelo es calizo, plantar una camelia en pleno terreno es empezar una batalla larga; mejor en maceta con sustrato de acidófilas.
Qué tipos de plantas hay
Por complejidad evolutiva, de menor a mayor:
Briófitos (musgos y hepáticas). Sin tejidos conductores ni raíz verdadera, dependen del agua líquida para reproducirse y por eso viven pegados a la humedad. No tienen semillas.
Pteridófitos (helechos, colas de caballo). Ya tienen vasos conductores y pueden alcanzar buen tamaño, pero se reproducen por esporas, no por semillas, en los soros del envés de las frondes. En jardinería significan sombra, humedad ambiental alta y sustrato que no llegue a secarse del todo.
Gimnospermas. Producen semillas, pero desnudas, sin ovario que las encierre; agrupadas en conos o piñas. Aquí están las coníferas —pinos, cipreses, cedros, abetos, tejos—, las cícadas (Cycas revoluta) y el ginkgo (Ginkgo biloba).
Angiospermas. El grupo dominante, con flor verdadera, semilla protegida dentro de un fruto y unas 300.000 especies. Se dividen en monocotiledóneas —un cotiledón, hojas de nervios paralelos, haces vasculares dispersos y sin cámbium: gramíneas, palmeras, bulbosas, orquídeas— y dicotiledóneas, con dos cotiledones, nervios ramificados y capacidad de crecimiento en grosor.
En la práctica del jardín se usa además otra clasificación, por ciclo y por porte. Por ciclo: anuales (germinan, florecen y mueren en una temporada: caléndula, zinnia, albahaca), bienales (roseta el primer año, flor el segundo: digital, malva real) y perennes o vivaces, que viven varios años. Por porte: herbáceas, matas o subarbustos, arbustos, árboles, trepadoras, bulbosas y suculentas. Son etiquetas de manejo, no de parentesco, pero dicen más sobre cómo cuidar una planta que su familia botánica.
En resumen
Una planta es un organismo eucariota pluricelular con pared de celulosa, autótrofo por fotosíntesis, que almacena almidón, mantiene grandes vacuolas, no puede desplazarse y crece de forma indefinida gracias a sus meristemos. Construye su cuerpo básicamente con CO2 y agua; los minerales del suelo son imprescindibles pero minoritarios en peso.
Respira día y noche, no solo de noche, y también lo hacen sus raíces: por eso el encharcamiento mata por asfixia y sus síntomas se confunden con los de la sed. Fotosintetiza por vías distintas —C3, C4 y CAM— que explican por qué unas especies aguantan el verano español y otras no, y por qué las crasas se riegan poco y espaciado. Se regula con hormonas y responde al fotoperiodo y al frío acumulado, lo que condiciona desde el pinzado hasta la elección de variedad frutal.
Y hay una lección transversal: cuando una planta va mal, el fallo rara vez está en la falta de abono. Está en el agua, en el aire del sustrato, en el pH que bloquea un nutriente presente o en haber puesto la especie equivocada en el sitio equivocado.