Entre 350.000 y 390.000 especies de plantas vasculares tienen hoy un nombre científico aceptado. La horquilla es tan amplia porque no existe un registro único ni una autoridad que zanje el recuento: hay bases de datos que suman los nombres publicados, otras que descuentan los sinónimos, y cada año se describen unas 2.000 especies nuevas mientras cientos de nombres antiguos se retiran por duplicados. La cifra que se dé depende de qué se cuente y de cuándo se pregunte.

Eso no significa que la respuesta sea inútil. Sirve para hacerse una idea del orden de magnitud, para entender por qué unos grupos aportan decenas de miles de especies y otros apenas unas decenas, y para desmontar de paso alguna confusión habitual sobre qué es una planta y qué no lo es.

Vegetación densa de selva tropical, donde se concentra buena parte de la diversidad vegetal del planeta

La cifra global, desglosada

Si se reparte ese total por grandes grupos, el desequilibrio salta a la vista. Las angiospermas —las plantas con flor y con fruto— acaparan casi todo: entre 340.000 y 370.000 especies según el criterio que se aplique. Todo lo demás cabe en el margen restante.

Los helechos y licofitos aportan entre 12.000 y 13.000 especies. Las gimnospermas, el grupo al que pertenecen las coníferas, apenas llegan a 1.100 o 1.200 especies en total: unas 615 coníferas, alrededor de 350 cícadas, un centenar largo de gnetales y un único Ginkgo biloba. Un solo género de orquídeas puede tener más especies que todas las gimnospermas del planeta juntas.

Fuera de las plantas vasculares están los briófitos: unos 12.000 musgos, unas 7.500 hepáticas y en torno a 200 antocerotes, que suman alrededor de 20.000 especies. Son plantas de pleno derecho, aunque carezcan de vasos conductores y de raíces verdaderas.

Sumando todo, el reino vegetal ronda las 400.000 especies descritas. Y ahí es donde conviene detenerse en la pregunta que casi nadie se hace: ¿qué estamos metiendo dentro de "planta"?

Las algas complican el recuento

La costumbre de contar las algas entre las plantas viene de los manuales antiguos, cuando se clasificaba por aspecto y forma de vida: si era verde y fotosintetizaba, era planta. La genética ha desordenado ese esquema por completo.

Las algas verdes (clorofitas y carofitas) sí comparten ancestro con las plantas terrestres; de hecho, las plantas terrestres son un linaje que salió de dentro de las algas verdes de agua dulce. Las algas rojas, como Chondrus crispus, están emparentadas de forma más lejana pero dentro del mismo gran grupo. En cambio, las algas pardas —los sargazos, las laminarias, el kelp de los bosques submarinos— no son plantas en absoluto: pertenecen a los estramenopilos, un linaje que está más cerca de las diatomeas y de ciertos organismos parásitos que de un roble. Adquirieron la fotosíntesis por su cuenta, engullendo a otro organismo que ya la tenía.

Por eso las cifras de algas bailan tanto. Hay unas 50.000 especies descritas en el conjunto de organismos que se llaman "algas", y las estimaciones de lo que queda por describir multiplican esa cifra varias veces. Pero solo una parte de ellas cuenta como planta en sentido estricto. Cuando alguien da un total de "especies de plantas" y no aclara si incluye algas, el número puede variar en decenas de miles.

Algas verdes creciendo sobre rocas de la zona intermareal

Cuántas quedan por descubrir

Las estimaciones más manejadas apuntan a que el número real de plantas con flor podría acercarse a las 450.000. Es decir, faltarían por describir entre el 10 % y el 15 % de las que existen, unas decenas de miles de especies.

Lo llamativo es dónde están. Buena parte de esas especies pendientes ya se encuentra recogida y prensada en los herbarios de los grandes jardines botánicos, esperando que alguien las estudie. El tiempo medio entre que un ejemplar se recolecta y se publica como especie nueva ronda las tres décadas. El cuello de botella no es la exploración, sino el número de taxónomos capaces de hacer ese trabajo, que lleva décadas cayendo.

El otro dato incómodo: los análisis de riesgo de extinción sitúan alrededor de dos de cada cinco especies de plantas vasculares en alguna categoría de amenaza. Una fracción de las especies que aún no tienen nombre desaparecerá antes de recibirlo.

Qué es exactamente una especie de planta

Contar especies presupone que sabemos dónde acaba una y empieza otra, y en botánica eso es más resbaladizo que en zoología. Las plantas se hibridan con facilidad entre especies distintas, duplican su genoma con frecuencia y algunas producen semilla sin fecundación.

Ese último fenómeno, la apomixis, es el que más ruido mete en las cuentas. Géneros como Rubus (las zarzas), Taraxacum (los dientes de león) o Hieracium generan linajes clonales estables y ligeramente distintos entre sí. Un especialista puede reconocer más de 700 "microespecies" de zarza solo en Europa; otro botánico las agruparía en unas pocas decenas de especies agregadas. Ninguno de los dos está equivocado: aplican criterios distintos. Solo en estos tres géneros, la diferencia entre un criterio y otro se cuenta por miles.

Conviene añadir una aclaración que en jardinería se pasa por alto constantemente: las variedades de jardín no son especies. El género Rosa tiene unas 150 especies silvestres, pero se han registrado más de 30.000 cultivares de rosal. Los tulipanes de bulbo comercial son cultivares derivados de un puñado de especies. Un cultivar es una selección hecha por el ser humano, se nombra entre comillas simples y no entra en ningún recuento de biodiversidad. El catálogo de un vivero y la flora de un territorio son dos listas que no se cruzan.

Árboles, arbustos, hierbas: formas, no grupos

Aquí está la confusión más extendida de todas. Cuando se enumeran "los tipos de plantas" —árboles, arbustos, hierbas, trepadoras, suculentas— no se está describiendo la clasificación botánica, sino formas de crecimiento. Son categorías ecológicas, no ramas del árbol genealógico de las plantas.

La diferencia es importante porque una misma familia puede contener todas esas formas a la vez. En las leguminosas hay árboles enormes, arbustos, hierbas anuales y trepadoras volubles. Y al revés: la forma suculenta ha aparecido de manera independiente más de sesenta veces en linajes que no tienen relación cercana. Un cactus americano y una Euphorbia africana pueden parecer gemelos —tallo carnoso, columnar, con espinas, sin hojas— y no estar más emparentados entre sí que un pino y un almendro. Se parecen porque el desierto impone las mismas soluciones a quien viva en él.

Repasemos las formas con lo que aporta cada una:

Árboles. Porte leñoso con un tronco dominante. No hay una lista cerrada de "especies de árbol", porque la frontera con el arbusto la marca el hábito, no la genética: la misma encina (Quercus ilex) crece como árbol de veinte metros en dehesa y como arbusto achaparrado en un carrascal batido por el viento. Los recuentos publicados hablan de unas 60.000 especies arbóreas en el mundo, con márgenes amplios precisamente por ese motivo. Aquí está el récord de longevidad: Pinus longaeva supera los 4.800 años.

Arbustos. Leñosos ramificados desde la base, sin tronco único. Dominan los matorrales mediterráneos y son la forma que mejor tolera el ciclo de sequía estival y fuego que caracteriza a buena parte de la Península.

Hierbas. Sin tejido leñoso persistente; la parte aérea muere o se reduce cada temporada. Es la forma más abundante con diferencia, y engloba desde las gramíneas que alimentan al planeta hasta la digital (Digitalis purpurea), venenosa y a la vez origen de un fármaco cardíaco.

Trepadoras. Delegan el sostén en un soporte ajeno y gastan en crecer lo que otras gastan en tronco. En selva tropical llegan a suponer una cuarta parte de las especies leñosas de la parcela.

Suculentas. Almacenan agua en hojas, tallos o raíces. Las cactáceas, entre 1.500 y 1.900 especies, son americanas sin excepción salvo Rhipsalis baccifera, presente también en África y Madagascar.

Coníferas. Este sí es un grupo taxonómico real, y por eso su número es tan preciso frente a los anteriores: unas 615 especies. Pocas en número, pero dominantes en superficie: cubren la mayor extensión forestal del hemisferio norte.

Musgos y helechos: pocos comparados con lo que parecen

Los musgos aportan unas 12.000 especies, más de las que pensaría cualquiera que solo los vea como una alfombra verde indistinta. Identificarlos exige lupa y a menudo microscopio, porque los caracteres que separan géneros están en la nervadura de la hoja o en la cápsula. Grupos como Sphagnum, el musgo de turbera, tienen un peso ecológico desproporcionado a su número: las turberas que forman almacenan más carbono que todos los bosques del mundo juntos.

Los helechos, con 12.000 o 13.000 especies, son un grupo antiguo que sigue diversificándose. Dominaron el paisaje del Carbonífero, retrocedieron cuando llegaron las plantas con flor y encontraron después un nicho nuevo como epífitos en los bosques tropicales, donde buena parte de su diversidad actual es en realidad reciente en términos geológicos. Los helechos arborescentes del género Cyathea conservan el porte de aquel mundo anterior.

Cuántas hay en España

La flora vascular de la Península Ibérica y Baleares ronda las 6.000 especies, y el conjunto del territorio español supera los 7.000 u 8.000 taxones si se cuentan subespecies y se suma Canarias. Es la cifra más alta de Europa, y no por casualidad: el solape de influencias atlántica, mediterránea, alpina y norteafricana, junto con un relieve que aísla poblaciones en sierras separadas, ha producido una acumulación de endemismos que ronda el millar y medio.

Canarias merece mención aparte. Con una superficie mínima, el archipiélago concentra alrededor de 600 especies vasculares endémicas, muchas de ellas resultado de radiaciones insulares: un antepasado llega a la isla y se diversifica en decenas de especies que ocupan nichos distintos. Los géneros Echium, Aeonium o Sonchus son ejemplos de manual.

Para quien cultiva un jardín, este dato tiene una lectura práctica. La paleta de plantas adaptadas al clima peninsular es enorme y está muy poco explotada comercialmente. Cuando un jardín en Albacete o en Murcia se riega tres veces por semana en agosto para sostener especies que exigen humedad constante, el problema no es la falta de opciones: es que las opciones locales no llegan a los puntos de venta.

Los casos que no encajan en ninguna casilla

Cualquier clasificación por formas de crecimiento deja fuera a las plantas que han renunciado a alguna de las funciones básicas.

El muérdago (Viscum album) es una hemiparásita: fotosintetiza, pero extrae agua y minerales del árbol donde se instala mediante un haustorio que perfora la madera. Otras han abandonado la fotosíntesis por completo y viven de hongos del suelo, como algunas orquídeas europeas sin clorofila. Rafflesia ha reducido su cuerpo a poco más que filamentos dentro del tejido de su hospedador, y solo se manifiesta al florecer.

Estas plantas cuentan como especies exactamente igual que un roble, aunque no tengan hojas, ni raíces funcionales, ni tronco. Son un recordatorio de que las categorías útiles para el jardinero —árbol, arbusto, trepadora— describen estrategias, y las estrategias pueden abandonarse.

En resumen

El número que hay que retener es del orden de 400.000 especies de plantas descritas, de las cuales entre 340.000 y 370.000 son plantas con flor, unas 13.000 helechos y licofitos, unas 1.100 gimnospermas y unas 20.000 briófitos. Podrían faltar por describir en torno a 50.000, la mayor parte de ellas en los trópicos, y una fracción notable ya está en los cajones de los herbarios.

La cifra exacta depende de tres decisiones: si se incluyen las algas —solo las verdes y las rojas encajan; las pardas no son plantas—, cómo se tratan los géneros apomícticos como Rubus o Taraxacum, y si se descuentan bien los sinónimos. Los cultivares de jardín, por numerosos que sean, no entran en el recuento.

Y la distinción que más cambia la forma de mirar un jardín: árbol, arbusto, hierba, trepadora y suculenta no son grupos botánicos, sino formas de vida que han aparecido una y otra vez en linajes sin parentesco. Un cactus y una euforbia suculenta se parecen porque comparten un problema, no un antepasado.


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