En el vivero, los dos carteles cuelgan sobre el mismo pasillo. "Enredaderas" en un lado, "trepadoras" en el otro, y en ambos hay hiedras, jazmines y buganvillas mezclados sin criterio aparente. La confusión no es del vivero: en el habla corriente las dos palabras se usan como sinónimos. En botánica no lo son, y la diferencia tiene consecuencias muy concretas a la hora de montar un soporte y de decidir qué se planta contra una fachada.

La relación entre ambos términos es de género a especie. Trepadora es la categoría amplia: cualquier planta que crece en vertical apoyándose en un soporte ajeno en lugar de sostenerse con tejido propio. Enredadera, en sentido estricto, es un tipo concreto de trepadora: la que sube enrollando su tallo alrededor del soporte. Toda enredadera es trepadora; no toda trepadora es enredadera.

La estrategia común: ahorrarse el tronco

Antes de separar unas de otras conviene entender qué comparten. Un árbol invierte una parte enorme de su energía en fabricar madera de sostén: tronco y ramas que aguanten su propio peso durante décadas. Una trepadora se salta ese gasto y lo dedica íntegro a alargarse. Por eso una glicinia o una parra virgen recorren en dos temporadas lo que a un árbol le cuesta quince años, y por eso sus tallos son proporcionalmente finos y flexibles.

Ese ahorro tiene su factura. La planta depende de que el soporte exista y aguante; si el árbol que la sostiene cae, ella cae con él. Y en el jardín, esa dependencia se traduce en algo que se olvida con frecuencia: el soporte hay que dimensionarlo para la planta adulta, no para la que sale del vivero. Una glicinia madura puede pesar varios cientos de kilos y ejerce sobre la pérgola un empuje constante. Las estructuras de madera fina y las mallas de plástico grapadas a la pared duran tres o cuatro años, no veinte.

Túnel de glicinia en flor sostenido por una estructura metálica

Enredaderas: tallos volubles

La enredadera propiamente dicha sube por circumnutación: la punta del tallo describe círculos lentos en el aire, y cuando toca un objeto vertical lo rodea y sigue enrollándose sobre él. No hay órganos especializados, es el propio tallo el que hace de abrazadera.

Entran aquí la campanilla o don Diego de día (Ipomoea), la glicinia (Wisteria), la madreselva (Lonicera), el jazmín común (Jasminum officinale), la dulcamara y la judía de enrame del huerto.

Dos rasgos de las volubles condicionan su manejo y casi nunca se explican en el punto de venta:

El sentido de giro está fijado genéticamente. Cada especie enrolla siempre en la misma dirección y no se puede cambiar. Wisteria sinensis, la glicinia china, gira en un sentido; Wisteria floribunda, la japonesa, en el contrario. Si al plantar se enrolla el tallo en la dirección equivocada, la planta se desenrolla sola en unas semanas y se queda descolgada. Cuando una guía joven se resiste a quedarse donde la pones, prueba a darle la vuelta antes de atarla a la fuerza.

Necesitan un soporte estrecho. El tallo tiene que poder rodearlo. Un cable tensado, una caña, un tutor de 2 o 3 cm van bien; un pilar de obra de 30 cm no hay tallo voluble que lo abrace. Es el error más repetido en pérgolas: se planta una glicinia al pie de un poste grueso y la planta se queda amontonada abajo hasta que alguien le pone una guía fina hasta la viga.

Y una advertencia de vigor. Las volubles aprietan al engrosar. Una glicinia o una madreselva que enrollen un canalón, un bajante o la rama de un árbol joven acaban estrangulándolos: el tallo engorda, el lazo no cede y corta la circulación. Revisa cada invierno lo que han abrazado y libéralo antes de que apriete.

Flores de campanilla, una enredadera de tallo voluble

Las otras formas de trepar

El resto de trepadoras usa mecanismos distintos, y cada uno pide un soporte diferente.

Zarcillos. Órganos filiformes —tallos, hojas u hojuelas modificadas— que se enrollan al tocar algo fino. La vid (Vitis vinifera), la pasionaria (Passiflora caerulea), el guisante y las cucurbitáceas del huerto trepan así. Su límite es de milímetros: un zarcillo agarra alambre de 2 a 4 mm, malla de simple torsión o cordel, y resbala sobre un tubo de 4 cm. La clemátide es un caso aparte, porque quien se enrolla es el peciolo de la hoja, con la misma exigencia de grosor mínimo.

Raíces adventicias. Raicillas que brotan del tallo y se agarran a superficies rugosas. Es el sistema de la hiedra (Hedera helix), de la hortensia trepadora (Hydrangea petiolaris) y del trompetero (Campsis radicans). No necesitan soporte ninguno: suben directamente por el muro.

Discos adhesivos. La parra virgen japonesa (Parthenocissus tricuspidata) tiene zarcillos rematados en almohadillas que segregan un adhesivo y se pegan a la superficie, incluso lisa. Sube por cristal y por hormigón visto.

Apoyantes o sarmentosas. No trepan por sí solas. Emiten varas largas que se apoyan y se enganchan con espinas o ganchos, pero requieren que alguien las ate. La buganvilla (Bougainvillea glabra), los rosales trepadores y el jazmín amarillo de invierno (Jasminum nudiflorum) están en este grupo. Si nadie las guía, forman una mata desordenada al pie del muro. El plumbago (Plumbago auriculata) se comporta igual.

El jazmín estrellado o falso jazmín (Trachelospermum jasminoides), muy usado hoy en setos y celosías por toda la costa mediterránea, es voluble: sube enrollando el tallo y agradece un enrejado o cables verticales, no una pared desnuda.

La hiedra y las paredes: qué es cierto y qué no

Corre la idea de que la hiedra destroza cualquier muro por el que suba. La realidad es más matizada, y merece la pena precisarla porque descarta plantas excelentes por un motivo equivocado.

Las raicillas de la hiedra no perforan un mortero sano ni un ladrillo en buen estado. Se adhieren en superficie. El daño aparece cuando la pared ya tiene un problema previo: juntas descarnadas, grietas, revoco despegado. Ahí las raíces entran, engordan y abren lo que ya estaba abierto. Sobre muro degradado, la hiedra acelera la ruina; sobre muro sano, hay estudios que le atribuyen un efecto protector, amortiguando la oscilación térmica y la lluvia batiente.

Donde no debe ponerse nunca una trepadora autoadherente es sobre fachadas con aislamiento por el exterior (SATE), monocapa, revestimientos de madera o cualquier acabado con juntas selladas. También conviene mantenerla lejos del alero: la hiedra se cuela bajo las tejas, levanta las de borde y se mete en el canalón. Un margen de medio metro por debajo del alero, recortado cada primavera, resuelve el problema.

Y un último dato práctico: la hiedra y la parra virgen dejan marca al arrancarlas. Los restos de raicillas y de discos permanecen adheridos y hay que cepillarlos; sobre una pared pintada, retirar la planta obliga a repintar. Si existe la menor posibilidad de querer quitarla en el futuro, mejor un enrejado separado 4 o 5 cm del paramento con una trepadora que se ate.

Cómo elegir para cada situación

La decisión se toma en dos pasos: primero el soporte que hay, después el clima y la exposición.

Muro de piedra o ladrillo sano, sin nada montado. Autoadherentes: hiedra a la sombra, hortensia trepadora en umbría fresca del norte peninsular, parra virgen si se quiere el color rojo del otoño. Descarta las autoadherentes en fachadas de aislamiento exterior.

Pérgola o porche. Volubles y de zarcillos, con guías finas hasta la parte alta. Glicinia si hay estructura metálica o de madera de sección seria; parra de uva si se quiere sombra en verano y sol en invierno, porque la caída de la hoja lo regula sola.

Valla metálica o celosía. Zarcillos y volubles se apañan solos. Jazmín estrellado en zona mediterránea, madreselva en clima más fresco, pasionaria donde no baje de −5 °C.

Muro con alambres tensados. Es la solución para las sarmentosas: rosal trepador o buganvilla, atados dos veces al año. La buganvilla solo en litoral y sur; por debajo de −2 o −3 °C sufre daños serios y en el interior peninsular no pasa de planta de maceta a resguardo.

Sobre la época de plantación: en la mitad sur y en la costa, el otoño —de octubre a noviembre— es el mejor momento, porque la planta enraíza durante todo el invierno y llega al verano con sistema radicular hecho. En zonas de invierno duro, mejor esperar a final de invierno o principios de primavera. Planta a 40 o 50 cm del muro, no pegada: al pie de una pared la tierra está seca y llena de escombro de obra, y la lluvia no llega por el efecto sombra del alero.

Y una precaución que ahorra disgustos: infórmate del vigor antes de comprar. Especies como el polígono trepador (Fallopia baldschuanica) cubren una valla en dos años y después no hay quien las contenga. Araujia sericifera, la planta de la seda, figura en el catálogo español de especies exóticas invasoras y no debe plantarse. En una medianera compartida, elegir una trepadora desbocada es una fuente segura de conflicto con el vecino.

En resumen

"Trepadora" es el término general para toda planta que sube apoyada en un soporte ajeno. "Enredadera" designa, con propiedad, a la que lo hace enrollando el tallo —glicinia, madreselva, campanilla, jazmín común—. Que en el lenguaje corriente se intercambien no es grave; lo que sí cuesta dinero es no distinguir el mecanismo de sujeción.

De ahí sale todo lo demás: las volubles necesitan soportes finos que puedan abrazar y aprietan lo que rodean al engrosar; las de zarcillo piden alambre o malla de pocos milímetros; las autoadherentes suben solas por muro sano pero están prohibidas sobre fachadas aisladas por el exterior y dejan marca al retirarlas; las sarmentosas, como la buganvilla o el rosal trepador, no trepan sin que alguien las ate.

Elige primero por el soporte disponible, después por clima y exposición, dimensiona la estructura para la planta adulta y planta separado del muro. Con eso resuelto, el mantenimiento se reduce a una revisión invernal y a soltar lo que haya empezado a estrangular algo.


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