Dentro de una hoja verde, sana y sin una sola mancha puede haber hifas fúngicas recorriendo los espacios entre células. No es una infección incipiente ni un fallo de las defensas de la planta: es una convivencia estable que lleva funcionando decenas de millones de años. A esos hongos que viven en el interior de los tejidos vegetales sin provocar síntomas visibles se les llama endófitos, y prácticamente no existe planta silvestre en la que no se encuentre alguno si se busca con las técnicas adecuadas.

El asunto interesa mucho más allá de la curiosidad botánica. Un endófito puede decidir si un pasto es tóxico para el ganado, si un césped deportivo aguanta la plaga de gusano gris o si un cultivo tolera dos semanas más de sequía. Y también puede ser un pasajero neutro que no aporta nada.

Hifas de hongos endófitos colonizando tejido vegetal

Qué es exactamente un endófito

La definición operativa es deliberadamente amplia: hongo que coloniza el interior de tejidos vegetales vivos durante al menos una parte de su ciclo, sin causar síntomas aparentes de enfermedad. Fíjate en lo que no dice. No dice que sea beneficioso. No dice que sea permanente. No dice que no vaya a cambiar de comportamiento.

Ahí está la primera idea que conviene corregir, porque circula mucho lo contrario: endófito no es sinónimo de simbionte beneficioso. Es una categoría definida por dónde vive y por la ausencia de síntomas en un momento dado, no por lo que aporta. Muchos patógenos importantes pasan largas fases endofíticas y latentes antes de manifestarse; Botryosphaeria, Diplodia o Colletotrichum viven meses dentro de madera y frutos aparentemente sanos y solo se convierten en un problema cuando la planta entra en estrés hídrico o el fruto empieza a madurar. La antracnosis latente del mango o del aguacate funciona exactamente así.

Segunda confusión frecuente: endófito y micorriza no son lo mismo. Las micorrizas arbusculares (Rhizophagus irregularis y compañía, del filo Glomeromycota) colonizan la corteza de la raíz, forman estructuras especializadas de intercambio —los arbúsculos— y extienden un micelio externo que trabaja como una prolongación del sistema radical para captar fósforo. Los endófitos en sentido estricto no forman esas estructuras de intercambio ni ese micelio externo captador. Comparten el hábitat interno y poco más. Y las rizobacterias fijadoras de nitrógeno son bacterias, no hongos: otra categoría distinta.

Dos mundos muy distintos bajo el mismo nombre

Meter todos los endófitos en un saco es la causa de casi todos los malentendidos, porque hay dos grupos que se comportan de manera opuesta.

Los endófitos clavicipitáceos de gramíneas. Son hongos del género Epichloë (muchos descritos en su día como Neotyphodium en su forma asexual) y colonizan sobre todo gramíneas de estación fría: festuca alta (Festuca arundinacea, hoy Lolium arundinaceum), raygrás inglés (Lolium perenne) y varias Festuca de hoja fina. Su colonización es sistémica: el micelio recorre las vainas foliares, el meristemo y llega al óvulo, de forma que pasa a la semilla. Se hereda de madre a hija sin fase infectiva libre. Un solo genotipo fúngico por planta, una relación estrechísima, y una consecuencia lógica: si el hongo solo viaja en la semilla de su hospedador, le conviene que ese hospedador sobreviva y produzca mucha semilla. La selección empuja hacia el mutualismo.

Los endófitos no clavicipitáceos. Es todo lo demás, y es muchísimo más diverso: ascomicetos de mil géneros que colonizan hojas, tallos, raíces y acículas de árboles, arbustos, helechos y musgos. Se transmiten horizontalmente, por esporas que llegan desde fuera. Una misma hoja de encina puede albergar decenas de especies distintas, y la comunidad cambia con la edad de la hoja, la altura en la copa, la lluvia y la contaminación. Dentro de este bloque están los endófitos septados oscuros (DSE) de las raíces, abundantísimos en suelos pobres, fríos o de alta montaña, y con un papel todavía discutido.

Entre los que más se han estudiado en aplicación: Serendipita indica (antes Piriformospora indica), endófito radical de amplio espectro; varias cepas de Trichoderma, que además de vivir en la rizosfera penetran las capas externas de la raíz; y hongos entomopatógenos como Beauveria bassiana y Metarhizium, que pueden establecerse como endófitos en la planta y matar insectos que se alimentan de ella.

Qué gana la planta

Cuando el trato funciona, los beneficios documentados van por cuatro vías.

Defensa química frente a herbívoros. Es el efecto mejor demostrado, y se debe a alcaloides que produce el hongo, no la planta. En las asociaciones con Epichloë aparecen cuatro familias principales: peramina, disuasoria de insectos y sin toxicidad conocida para mamíferos; lolinas, insecticidas de amplio espectro; ergovalina, una ergopeptina que es la responsable de la toxicosis del ganado; y lolitrem B, un neurotóxico que causa el temblor característico de los animales que pastan raygrás infectado. Un césped de festuca con endófito puede resistir ataques de Blissus, gusanos grises y larvas de gorgojo que arrasan una parcela vecina sin endófito.

Tolerancia a estrés abiótico. Hay casos espectaculares y bien documentados: Curvularia protuberata permite a una gramínea de los suelos geotérmicos de Yellowstone soportar temperaturas de raíz superiores a los 38 ºC, y lo hace solo si el propio hongo está infectado por un virus. Sin el virus no hay termotolerancia. En condiciones más domésticas, muchos endófitos mejoran el ajuste osmótico, aumentan la acumulación de prolina y azúcares y retrasan el cierre estomático bajo déficit hídrico.

Antagonismo frente a patógenos. Por ocupación del nicho, por competencia por nutrientes, por antibiosis directa y por inducción de resistencia sistémica en la planta, que llega a la infección con las defensas ya cebadas.

Nutrición y crecimiento. Algunos solubilizan fosfatos, producen sideróforos que quelatan hierro o segregan auxinas y giberelinas que estimulan la raíz. Es el efecto más variable y el que más se exagera en la publicidad comercial.

Planta con defensas reforzadas por microorganismos endófitos

El trato no siempre sale a cuenta

Alojar un endófito cuesta carbono. La planta cede fotoasimilados, y esa factura se paga siempre, haya o no beneficio a cambio. Por eso lo correcto es hablar de un continuo mutualismo-parasitismo cuyo saldo depende del contexto:

En suelo fértil, sin herbívoros y con agua abundante, la ventaja defensiva no sirve de nada y el coste sigue ahí: el endófito puede ser un parásito neto. Bajo sequía, herbivoría intensa o competencia fuerte, el mismo hongo pasa a ser rentable. El saldo depende también del genotipo concreto de ambos socios: la misma especie fúngica con dos cepas distintas da resultados opuestos, y ese es justamente el motivo por el que muchos ensayos de campo con bioinoculantes no reproducen lo que se vio en cámara de cultivo.

Hay además un mecanismo revelador. Epichloë typhina puede pasar de la transmisión vertical a la sexual formando estromas alrededor de la inflorescencia, un manguito blanquecino que esteriliza la espiga —lo que en inglés se conoce como choke—. Cuando el hongo deja de depender de la semilla de su hospedador para propagarse, se comporta como un patógeno castrador. Es la mejor prueba de que el mutualismo no es una virtud del organismo, sino el resultado de un balance de intereses.

Céspedes y pastos: la letra pequeña

Aquí es donde el tema deja de ser teórico y afecta a decisiones de compra.

Las variedades de festuca alta y raygrás inglés «endophyte enhanced» o E+ que se venden para céspedes deportivos y campos de golf son magníficas: más resistencia a insectos del suelo, más persistencia en verano, mejor comportamiento en sequía. Y son peligrosas para el ganado y para los caballos, porque la ergovalina provoca vasoconstricción periférica, hipertermia, caída de la producción de leche y, en casos graves de exposición prolongada al frío, necrosis de las extremidades; y el lolitrem B causa el cuadro de incoordinación conocido como temblor del raygrás. Nunca se siembra una variedad E+ pensada para césped en una parcela que vaya a pastarse.

La solución que usa el sector forrajero son los endófitos seleccionados, cepas que producen peramina o lolinas —protectoras frente a insectos— pero no ergovalina ni lolitrem B. Si compras semilla para praderas mixtas o para una finca con animales, comprueba en la etiqueta si el lote es E- (libre de endófito) o lleva una cepa seleccionada.

Un detalle práctico que se pasa por alto: el endófito muere en la semilla antes que la semilla. El micelio pierde viabilidad con el almacenamiento en calor y humedad, mucho más rápido que el embrión. Una partida guardada un par de veranos en un almacén sin climatizar puede germinar perfectamente y haber perdido la mitad de su carga endofítica. Semilla fresca y almacenamiento en fresco y seco si te interesa esa característica.

Ecología: quién coloniza qué y por qué

La comunidad endofítica de una planta no es un inventario fijo. Cambia con la estación, con la edad del órgano, con el suelo y con la vecindad. En hoja, la colonización horizontal empieza tras la brotación y aumenta durante toda la campaña: una hoja de olivo o de encina de dos años alberga mucha más diversidad fúngica que una recién desplegada. La humedad relativa y la mojadura foliar son los factores que más pesan, por lo que la carga endofítica de un olivar de Jaén y la de uno de la costa cantábrica no se parecen.

Al senescer la hoja, buena parte de esos endófitos pasan a saprótrofos y colonizan desde dentro la hojarasca, con ventaja de partida sobre los descomponedores que llegan de fuera. Es un papel poco reconocido pero relevante en el ciclado de nutrientes de un bosque o de un olivar con cubierta.

Detectarlos no es trivial: no se ven a simple vista. Se trabaja por aislamiento en medio de cultivo a partir de tejido desinfectado en superficie, por tinción de vainas foliares con azul de anilina o rosa de bengala y observación al microscopio, por inmunoensayos comerciales para Epichloë en semilla, y sobre todo por secuenciación de la región ITS, que ha revelado que la diversidad real es un orden de magnitud mayor de lo que mostraban los cultivos.

Qué puedes hacer en el jardín y en la huerta

Lo primero, calibrar expectativas. Un inoculante microbiano no compensa un riego mal calculado, un suelo compactado ni una carencia de nutrientes. Los efectos reales existen pero son modestos y dependen del contexto, y ningún producto va a igualar en resultado a corregir el drenaje o ajustar el pH.

Dicho eso, hay decisiones que sí cuentan:

Cuida el suelo. Materia orgánica, cubierta vegetal, mínimo laboreo y evitar el encharcamiento hacen más por la comunidad endofítica de tus plantas que cualquier bote. La rizosfera es la puerta de entrada de la mayor parte de los colonizadores horizontales.

Modera los fungicidas sistémicos. Los triazoles y las estrobilurinas aplicados en calendario preventivo reducen también los hongos beneficiosos que viven dentro de la planta. Tratar solo cuando hay umbral, y alternar materias activas, protege ambas cosas.

Elige bien el producto si vas a usar uno. En España conviven dos figuras legales distintas. Los preparados con Beauveria bassiana, Metarhizium o Trichoderma destinados a controlar plagas o enfermedades están registrados como productos fitosanitarios y llevan número de registro; los que se venden por su efecto sobre el desarrollo del cultivo entran en el marco de los bioestimulantes. Comprueba que figure la cepa concreta identificada con su código y la concentración de unidades formadoras de colonias, y desconfía de todo lo que se anuncie con «microorganismos beneficiosos» sin especificar cuáles.

En césped, decide antes de sembrar. Si es un césped ornamental o deportivo sin animales, una variedad con endófito te ahorrará insecticida. Si hay pastoreo, ni te lo plantees.

En resumen

Los endófitos son hongos que viven dentro de tejidos vegetales sanos sin dar síntomas. No son micorrizas y no son automáticamente beneficiosos: el término describe una localización, no una virtud. Los clavicipitáceos de gramíneas se heredan por semilla y su relación con la planta es estrecha y en general mutualista, sostenida por alcaloides que ahuyentan herbívoros; el resto se transmite por esporas, forma comunidades diversísimas y ocupa todo el rango que va del comensal al patógeno latente.

La lectura práctica: una defensa química que protege el césped puede intoxicar a una oveja, un endófito rentable en sequía puede ser un lastre en suelo fértil y regado, y ningún inoculante sustituye al manejo. Cuidar el suelo, no abusar de los fungicidas sistémicos y comprar semilla y productos con la cepa identificada es lo que de verdad mueve la aguja.


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