Antes de comprar una hosta conviene saber una cosa incómoda: en buena parte de España esta planta no prospera en el jardín, por mucho mimo que se le ponga. Es una vivaz de bosque templado y húmedo, con invierno frío de verdad y verano suave, y esas condiciones se dan en la cornisa cantábrica, en Galicia, en el Pirineo y en zonas de montaña, pero no en Madrid, Sevilla o Valencia a pleno campo. Dicho esto, donde encaja no hay nada que la sustituya: es la planta de sombra por excelencia, y su gracia está en la hoja, no en la flor.

Qué es una hosta

El género Hosta pertenece a las asparagáceas (antes se clasificaba en liliáceas, y durante un tiempo en su propia familia, Hostaceae). Reúne alrededor de 45 especies naturales originarias de Japón, Corea, China y el extremo oriental de Rusia, donde crecen en claros de bosque, laderas húmedas y orillas de arroyo.

Es una vivaz rizomatosa y caducifolia. En invierno desaparece por completo bajo tierra —ni una hoja, ni un tallo— y rebrota a finales de marzo o en abril con unos brotes enrollados en punta que la afición llama "ojos". Las hojas salen todas de la corona, sin tallo, formando una roseta densa que va cerrándose sobre sí misma hasta cubrir el suelo.

Las flores se producen en un escapo vertical que se levanta por encima del follaje en verano, con campanillas tubulares de color lavanda, malva pálido o blanco. Salvo excepciones, son discretas y muchos jardineros las cortan para que la planta no gaste en semilla y para no romper la simetría de la mata. La excepción que merece la pena dejar es Hosta plantaginea, con flores blancas grandes y muy perfumadas al atardecer.

El rango de tamaños es enorme y no siempre se tiene en cuenta al comprar. Hay miniaturas como 'Blue Mouse Ears', que no pasa de 15-20 cm de alto, y gigantes como 'Empress Wu' o 'Sum and Substance', que superan el metro de altura y metro y medio de diámetro en una planta adulta. Una hosta tarda entre cuatro y seis años en alcanzar su tamaño y su color definitivos: lo que ves en el vivero es una versión juvenil.

Hostas plantadas bajo la sombra de un árbol

El follaje: azules, variegadas y amarillas

Hay más de 3.000 cultivares registrados y casi todos se eligen por la hoja: su color, su forma —de lanceolada a acorazonada—, su tamaño y su textura, que puede ser lisa, ondulada en el margen o fuertemente acostillada entre nervios.

El color condiciona directamente dónde debes plantarla, y este es el punto que más se falla:

Las azules no son azules. El aspecto glauco de cultivares como 'Halcyon', 'Blue Angel' o H. sieboldiana 'Elegans' viene de una capa de cera en la superficie de la hoja. Esa cera se degrada con el sol directo, el calor y el riego por aspersión sobre el follaje; a mediados de verano la hoja se vuelve verde. No es una enfermedad ni un fallo de abonado: es cera perdida, y no se recupera hasta la brotación del año siguiente. Las azules exigen la sombra más profunda y riego al suelo, nunca por encima.

Las amarillas y doradas ('Sum and Substance', 'August Moon') necesitan algo de luz para desarrollar el color; en sombra cerrada viran a verde lima apagado. Toleran algo de sol de mañana, y de hecho son las más resistentes del género a la insolación.

Las variegadas ('Patriot', 'Francee', 'Frances Williams') ocupan un término medio. La zona blanca o crema carece de clorofila y se quema con facilidad: es siempre la primera parte de la hoja que se agosta.

Sobre los bordes secos y marrones que aparecen en julio y agosto conviene deshacer un malentendido frecuente. Casi nunca son un hongo. Son quemadura por viento seco y por déficit hídrico: la hoja transpira más de lo que la raíz puede reponer y el margen, que es lo más alejado del sistema vascular, muere primero. Fungicida no arregla nada. Sombra, mulching y humedad constante, sí.

Dónde plantarla

La regla básica es sombra fresca con humedad estable. En la práctica, la mejor ubicación en la Península es sol de mañana hasta las diez o las once y sombra el resto del día, o bien sombra tamizada bajo árbol caducifolio durante toda la jornada.

Elige bien el árbol. Bajo especies de raíz superficial y voraz —arces plateados, abedules, algunas coníferas— la hosta compite mal por el agua y se queda raquítica. Funciona mejor bajo caducifolios de raíz más profunda, como robles, o al pie de un muro orientado al norte, que le da sombra sin robarle agua.

Hay un requisito menos conocido y decisivo: la hosta necesita frío invernal. Requiere un periodo de latencia con temperaturas bajas —del orden de un mes o mes y medio por debajo de unos 5 °C— para romper la dormancia y brotar de forma uniforme. Sin ese frío, la brotación es desigual y débil, y la mata se va agotando año tras año hasta desaparecer. Ese, y no el calor del verano, es el motivo real de que las hostas fracasen en el litoral mediterráneo cálido y en Canarias.

En clima de interior seco o en el sur, la vía practicable es el cultivo en maceta grande en un patio umbrío orientado al norte, con riego frecuente y aceptando que la planta será más pequeña de lo que promete la etiqueta. Y en maceta hay que protegerla del frío extremo del cepellón: la planta aguanta el invierno en tierra sin problema, pero en un tiesto expuesto la raíz se congela con mucha más facilidad.

Un detalle de diseño: como brota tarde, deja un hueco visible en el arriate durante marzo. Plantar bulbos de floración temprana —narcisos, escilas, muscari— entre las matas cubre ese periodo, y luego el follaje de la hosta tapa las hojas marchitas del bulbo. Es una de las asociaciones más eficaces que existen para un arriate de sombra.

Suelo, riego y abonado

Quiere un suelo profundo, fértil, rico en materia orgánica y con humedad constante pero sin encharcamiento permanente. El pH ideal está entre 6 y 7,5; tolera bien la neutralidad y se resiente en suelos muy calizos, donde suele mostrar clorosis internervial.

Si tu tierra es arcillosa y compacta, incorpora compost maduro y planta ligeramente elevada: el punto débil de la hosta es la podredumbre de corona por agua estancada en invierno, cuando la planta está sin hojas y no transpira. Si es arenosa, el problema es el contrario y la solución la misma: compost, para retener agua.

El riego debe ser regular durante toda la temporada de crecimiento, de abril a septiembre. Como orientación, unos 25-30 mm semanales repartidos en uno o dos riegos profundos, mejor que riegos diarios cortos que solo mojan la superficie. Riega siempre al suelo, no sobre la hoja: proteges la cera de las azules y no favoreces las manchas foliares.

El acolchado es casi obligatorio. Cinco centímetros de compost, corteza o mantillo mantienen la raíz fresca y ahorran la mitad de los riegos. Deja un par de centímetros libres alrededor de la corona para que no se pudra ni sirva de refugio a las babosas.

Abonado: es una planta agradecida pero no glotona. Basta una aportación de compost o de un abono equilibrado de liberación lenta al brotar, en marzo o abril. Evita los abonados nitrogenados fuertes: producen hojas grandes, blandas y acuosas, mucho más apetecibles para las babosas y mucho más propensas a quemarse. En verano no abones; la planta ya ha hecho todo su crecimiento foliar de la temporada en las primeras semanas.

En otoño, cuando el follaje amarillea, córtalo a ras y retíralo del jardín. Dejarlo sobre la corona es abrirle un hotel de invierno a los caracoles y a los huevos de babosa.

Flores de hosta en el escapo floral

Plagas y problemas

Babosas y caracoles. Son el enemigo número uno, sin discusión. Comen agujeros redondeados entre los nervios y pueden dejar una hosta hecha un encaje en dos noches de mayo húmedo. Actúa desde la brotación, cuando los brotes están enrollados y son más vulnerables: cebos de fosfato férrico (aptos en ecológico y seguros para mascotas y erizos, a diferencia del metaldehído), cinta de cobre en macetas, riego por la mañana para que el suelo esté seco al anochecer, y recogida manual a última hora con linterna, que es tediosa pero muy eficaz. Los cultivares de hoja gruesa y acostillada —los derivados de H. sieboldiana, y en general los azules— resisten bastante mejor que los de hoja fina.

Nematodos foliares (Aphelenchoides fragariae). Producen bandas necróticas paralelas a los nervios, con los bordes cortados en recto por las nervaduras. Aparecen a partir de julio y son inconfundibles por esa geometría. No hay tratamiento químico doméstico; se controla eliminando y quemando las hojas afectadas, no mojando el follaje y, si la mata está muy afectada, retirándola entera.

Virus X de la hosta (HVX). Es el problema serio del género. Da un moteado y unas manchas de aspecto de tinta corrida que parecen extenderse desde los nervios, a veces con hojas deformes. No tiene cura y se transmite por savia: al dividir, al cortar hojas con una tijera sucia. La planta infectada debe destruirse, y las herramientas desinfectarse con lejía diluida o alcohol entre planta y planta. Desconfía de una hosta muy barata con un veteado "curioso" que no corresponde al cultivar.

Vertebrados. Corzos y conejos la consideran una golosina; en zonas de montaña puede ser inviable sin cerramiento.

Y un aviso doméstico: las hojas de hosta contienen saponinas y son tóxicas para perros y gatos. Curiosamente, en Japón los brotes tiernos de algunas especies se consumen como verdura de primavera (urui), pero no es algo que tenga sentido trasladar al jardín de casa.

Multiplicación por división

La forma normal y fiable de multiplicarla es la división de mata. La semilla no sirve para reproducir un cultivar: la variegación y el tono azul no se transmiten y la descendencia sale verde y variable.

Los dos momentos buenos son a la brotación, en marzo o abril, cuando los ojos asoman y se ve perfectamente dónde cortar, o a finales de verano y principios de otoño, de septiembre a mediados de octubre, para que enraíce antes del frío. Evita dividir en pleno verano.

El procedimiento es sencillo: saca el cepellón entero con una horca, lava la tierra con la manguera para ver la corona y separa las porciones con un cuchillo limpio y afilado, dejando al menos tres ojos por división. Trozos de un solo ojo enraízan, pero tardan años en hacer una mata presentable. Replanta a la misma profundidad a la que estaba —enterrar la corona es un error clásico que acaba en podredumbre— y riega abundantemente durante las semanas siguientes.

No hace falta dividir por rutina. La hosta es de las pocas vivaces que mejora con los años sin degradarse, y una mata de diez años sin tocar es justamente el objetivo. Divide cuando quieras más plantas o cuando el centro empiece a apelmazarse, no antes.

En resumen

La hosta es una vivaz rizomatosa de bosque asiático que se cultiva por su follaje, con centenares de cultivares que van de los 15 cm al metro y medio. Pide sombra fresca, suelo profundo con materia orgánica, humedad constante, acolchado y un abonado moderado en primavera; y pide además un invierno frío de verdad, requisito que descarta buena parte del clima mediterráneo salvo en maceta y a resguardo.

Las tres cosas que marcan la diferencia entre una hosta espléndida y una decepcionante: control de babosas desde el mismo día en que asoman los brotes, riego al suelo y nunca sobre la hoja —sobre todo en las variedades azules, cuyo color es una cera que el sol y la aspersión destruyen—, y paciencia, porque solo hacia el cuarto o quinto año se ve de qué es capaz la planta. Los bordes marrones de agosto no son hongo, son sed y viento seco, y se corrigen con sombra y mulch, no con fungicida.


Contenidos relacionados