Un enebro rastrero aplastado contra la roca a 2.200 metros en el Pirineo, que no levanta cuarenta centímetros del suelo y se extiende como una alfombra, es una conífera exactamente igual de legítima que una secuoya de cien metros. Con esa imagen en la cabeza, la pregunta se responde casi sola: conífera y árbol no son la misma categoría, ni siquiera categorías del mismo tipo. Una habla de parentesco y de cómo se reproduce la planta; la otra, solo de la forma que tiene.
Merece la pena desmontarlo con calma, porque de esta confusión salen bastantes errores de jardín: se planta un ciprés donde cabía un arbusto, se poda una tuya esperando que rebrote y no rebrota, o se da por hecho que todo lo que tiene acículas es un pino.
Qué convierte a una planta en árbol
Ser árbol no es una posición en la clasificación botánica, sino una descripción del porte. La definición de manual pide tres cosas: tallo leñoso perenne, un eje principal dominante —el tronco— que se mantiene desnudo hasta cierta altura, y un tamaño adulto que suele fijarse por convenio en cinco o seis metros. Por debajo de esa altura, o cuando la planta ramifica desde la base sin tronco claro, hablamos de arbusto; si se arrastra por el suelo, de mata rastrera.
Los tres criterios son útiles, pero ninguno es exacto. Un mismo Juniperus communis es un arbolillo de seis metros en un valle abrigado y una alfombra leñosa en la cresta ventosa de la misma sierra. Un olivo viejo tiene varios troncos y nadie duda de que es un árbol. Y buena parte de lo que compramos en vivero como «arbolito» es en realidad un arbusto injertado sobre un pie alto. El porte depende del genotipo, sí, pero también del suelo, del viento, del frío y de la mano que lo ha podado.
Conviene quedarse con esto: árbol es un adjetivo de tamaño y arquitectura, no un grupo de parentesco. No existe «el grupo de los árboles» en el árbol de la vida, porque el porte arbóreo ha aparecido y desaparecido decenas de veces de forma independiente en linajes que no tienen nada que ver entre sí.
Qué es una conífera
Aquí sí hablamos de parentesco. Las coníferas forman un grupo natural dentro de las gimnospermas, plantas con semilla que no producen flores ni frutos verdaderos. Su marca de identidad es reproductiva: los óvulos van desnudos sobre las escamas de un cono o estróbilo, y allí se quedan hasta transformarse en semilla. Sin ovario que los envuelva, no hay fruto en sentido estricto. La piña del pino no es un fruto: es un cono leñoso con semillas entre las escamas.
El otro rasgo, menos visible pero muy consistente, está en la madera. Las coníferas conducen el agua mediante traqueidas, células alargadas y estrechas, sin los vasos anchos que tienen las frondosas. Por eso su madera es homogénea, ligera y fácil de trabajar, y por eso se la llama comercialmente madera blanda, aunque un tejo no tenga nada de blando.
Dentro del grupo están los pinos (Pinus), abetos (Abies), piceas (Picea), cedros (Cedrus), alerces (Larix), cipreses (Cupressus), tuyas (Thuja), enebros y sabinas (Juniperus), tejos (Taxus), araucarias, secuoyas, criptomerias y podocarpos, entre otros.
Sí, salvo unas cuantas excepciones
Casi cualquier conífera que nos venga a la cabeza es un árbol, y bastantes de ellas son los árboles más extremos del planeta. El organismo más alto que existe es una secuoya roja (Sequoia sempervirens) que roza los 116 metros. El de mayor volumen es una secuoya gigante (Sequoiadendron giganteum). Los individuos vivos más longevos conocidos son pinos longevos (Pinus longaeva) de casi cinco mil años. Las tres marcas están en manos de coníferas.
Pero el grupo también incluye plantas que nadie llamaría árbol:
La sabina rastrera (Juniperus sabina), habitual en las sierras calizas de la mitad este peninsular, crece pegada al suelo formando manchas de dos o tres metros de diámetro y apenas medio metro de alto. El enebro enano de alta montaña (Juniperus communis subsp. alpina) hace lo mismo por encima del límite del bosque. Varios podocarpos de Nueva Zelanda no pasan de arbusto. Y el propio tejo (Taxus baccata) se comporta con frecuencia como arbusto multicaule, sobre todo en repisas rocosas.
Hay incluso coníferas que ni siquiera son arbustos con forma reconocible: Parasitaxus usta, de Nueva Caledonia, es una conífera parásita sin clorofila que vive sobre las raíces de otra conífera. Un caso raro, pero suficiente para cerrar la discusión: ser conífera no obliga a nada en cuanto al porte.
Y al revés también falla. Un ciprés de Leyland recortado como seto durante veinte años no tiene tronco visible ni copa; sigue siendo genéticamente un árbol de treinta metros al que la tijera no deja expresarse.
Cuatro creencias que conviene corregir
«Conífera es sinónimo de hoja perenne.» Casi siempre coincide, pero hay excepciones importantes y muy cultivadas. El alerce (Larix decidua) pierde toda la acícula en otoño, teñida de un amarillo intenso, y pasa el invierno desnudo; es la conífera dominante en amplias zonas del Pirineo y de los Alpes. Lo mismo hacen el ciprés de los pantanos (Taxodium distichum), la metasecuoya (Metasequoia glyptostroboides) y el alerce dorado (Pseudolarix amabilis). Si alguien planta un alerce en el jardín y en diciembre lo ve pelado, no está muerto: está haciendo lo que le toca.
«Todas las coníferas tienen agujas.» Solo los pinos, abetos, piceas, cedros y alerces. Cipreses, tuyas, sabinas y Chamaecyparis tienen hojas escuamiformes, diminutas y superpuestas como escamas sobre la ramilla. Las araucarias tienen hojas anchas, rígidas y punzantes. Los podocarpos y Agathis, hojas planas y lanceoladas que a primera vista parecen de laurel. La forma de la hoja no define al grupo.
«El ginkgo es una conífera.» No lo es. Ginkgo biloba es una gimnosperma, sí, pero de un linaje propio y antiquísimo, sin ningún parentesco cercano con pinos ni cipreses. Tampoco lo son las cícadas (Cycas revoluta, la falsa palmera de tantos jardines mediterráneos) ni las efedras. Gimnosperma es el paraguas grande; conífera, una de las ramas de debajo.
«El enebro da bayas.» Esas bolitas azuladas de Juniperus communis con las que se aromatiza la ginebra son gálbulos: conos cuyas escamas se han vuelto carnosas y se han fusionado, imitando una baya. Sigue siendo un cono. El caso del tejo es distinto: el arilo rojo y carnoso que rodea la semilla no es ni cono ni fruto, sino una expansión que atrae a los pájaros. Y aquí un aviso serio: en el tejo todo es tóxico menos la carne roja del arilo —hojas, corteza, madera y sobre todo la semilla contienen taxinas, cardiotóxicas y potencialmente mortales—, de modo que es una planta a colocar con criterio si hay niños o ganado cerca.
Las coníferas que vemos en España
El territorio peninsular tiene una representación de coníferas notable, con especies repartidas por pisos de vegetación bien definidos.
En el litoral y el interior cálido mandan el pino carrasco (Pinus halepensis), el más resistente a la sequía y a los suelos calizos pobres, y el pino piñonero (Pinus pinea), de copa aparasolada inconfundible y del que salen los piñones. En arenales atlánticos y del interior, el pino negral o resinero (Pinus pinaster), el que se resinaba en Segovia y Soria.
Subiendo en altitud aparecen el pino laricio (Pinus nigra) en las serranías calizas de Cazorla, Cuenca o el Maestrazgo, y el pino albar o silvestre (Pinus sylvestris), de corteza asalmonada en la parte alta del tronco. Por encima de los 1.700 metros en el Pirineo toma el relevo el pino negro (Pinus uncinata), que forma el límite arbóreo.
Entre las joyas están el pinsapo (Abies pinsapo), abeto relicto exclusivo de la Sierra de las Nieves, Grazalema y Sierra Bermeja; el abeto blanco (Abies alba) del Pirineo; la sabina albar (Juniperus thurifera), que forma bosques abiertos únicos en Europa sobre los páramos fríos y secos de Soria, Guadalajara y Teruel; y el tejo, superviviente en barrancos húmedos del norte y de algunas sierras del sur. En Canarias, el pino canario (Pinus canariensis), con la capacidad excepcional entre los pinos de rebrotar de tronco tras un incendio.
Y luego están las plantadas: la Pseudotsuga o abeto de Douglas (Pseudotsuga menziesii), muy usada en repoblaciones productivas de la cornisa cantábrica por su crecimiento rápido y su madera excelente; el cedro del Himalaya (Cedrus deodara) y el del Atlas (Cedrus atlantica) en parques; y el ciprés común (Cupressus sempervirens), que además de su papel en cementerios funciona muy bien como cortavientos.
Lo que esto significa en el jardín
Que la conífera pueda ser árbol o arbusto tiene consecuencias prácticas inmediatas.
El tamaño adulto es el dato que hay que mirar, no el de la etiqueta del vivero. Un Cupressus sempervirens vendido en maceta de 20 litros con dos metros de alto llega a veinte o veinticinco metros. Un Cedrus deodara plantado a tres metros de la fachada acabará levantando el pavimento y tapando media casa. Una Sequoiadendron giganteum en un jardín de 200 metros cuadrados es, sencillamente, un error de escala que tardará treinta años en hacerse evidente y otros treinta en ser irreversible.
Para espacios pequeños existen coníferas que nunca serán árboles. Los cultivares enanos son plantas de verdad, no plantas jóvenes: proceden de mutaciones o de escobas de bruja que dan un crecimiento anual de dos a diez centímetros. Picea glauca 'Conica', Pinus mugo 'Mops', Chamaecyparis obtusa 'Nana Gracilis', Juniperus horizontalis como tapizante o Taxus baccata 'Repandens' resuelven un rincón sin comprometer los cimientos. Eso sí, revisa el crecimiento anual declarado: «enano» en catálogo a veces significa seis metros a los treinta años.
Y la regla de poda más importante: la mayoría de las coníferas no rebrota de madera vieja. Si recortas un ciprés de Leyland, una tuya o un Chamaecyparis por debajo de la zona verde, dejando ramillas desnudas y marrones, ese hueco no se cierra nunca. No hay yemas latentes en esa madera. Por eso los setos de conífera hay que recortarlos todos los años, siempre dentro del crecimiento verde —dos pasadas, una a finales de primavera y otra a finales de verano—, y por eso rejuvenecer un seto descuidado suele ser imposible: toca arrancarlo.
Las excepciones a esa regla son pocas y vale la pena memorizarlas: el tejo rebrota perfectamente de madera vieja, incluso de tocón, lo que explica que se pueda hacer topiaria con él durante siglos; también rebrotan Sequoia sempervirens, Cryptomeria japonica, Cunninghamia y, como decíamos, el pino canario. Todas las demás, mejor no ponerlas a prueba.
En resumen
Casi todas las coníferas son árboles, y entre ellas están los árboles más altos, más voluminosos y más viejos del mundo; pero el grupo se define por reproducirse mediante conos con la semilla desnuda y por tener madera de traqueidas, no por el porte. Sabinas rastreras, enebros alpinos y tejos arbustivos son coníferas de pleno derecho sin llegar a árbol, y algún cultivar enano se queda en cojín de veinte centímetros.
En sentido inverso, tampoco todo árbol de hoja perenne es conífera, ni todas las coníferas mantienen la hoja: el alerce, la metasecuoya y el ciprés de los pantanos se quedan desnudos cada invierno. A la hora de plantar, mira el tamaño adulto real y no la altura de venta, elige cultivares enanos si el espacio es corto, y recuerda que salvo el tejo y unas pocas más, una conífera podada en madera vieja se queda pelada para siempre.