Una bellota de encina pesa alrededor de cuatro gramos y rueda, como mucho, un par de metros ladera abajo. El vilano de un diente de león pesa menos de un miligramo y se ha registrado a más de cien kilómetros del punto de partida. Las dos estructuras hacen exactamente lo mismo: llevar un embrión a un sitio donde pueda germinar. Que las soluciones sean tan opuestas explica buena parte de cómo funcionan la propagación en el jardín y la regeneración de un bosque.

Qué es exactamente una semilla

Una semilla es un óvulo fecundado y maduro. No es un trozo de planta ni un órgano de reserva: es una planta joven en pausa, empaquetada con comida y protegida por una cubierta. Tiene tres partes, y las tres importan a la hora de sembrar.

El embrión. La plantita en miniatura. Ya trae diferenciados la radícula (la futura raíz), el hipocótilo (el tallito que empujará hacia arriba), uno o dos cotiledones (las primeras hojas, a menudo cargadas de reservas) y la plúmula o gémula, el ápice del que saldrán las hojas verdaderas. Que haya uno o dos cotiledones es lo que separa a monocotiledóneas de dicotiledóneas.

El tejido de reserva. En las angiospermas es el endospermo, un tejido triploide que alimenta al embrión durante la germinación. En el trigo o el maíz ocupa casi todo el grano; en la judía o la calabaza el endospermo se consume durante el desarrollo y las reservas acaban en los cotiledones, que por eso están gordos y son lo primero que emerge. En las gimnospermas el tejido nutricio es distinto en origen: procede del gametofito femenino, es haploide y se forma antes de la fecundación.

La cubierta o testa. Deriva de los tegumentos del óvulo. Es la que regula la entrada de agua y de oxígeno, y por tanto la que decide cuándo se despierta el embrión. Si se mira una alubia con lupa se ve el hilo, la cicatriz del cordón que la unía a la vaina, y junto a él un poro diminuto, el micrópilo, por donde entró el tubo polínico y por donde entra el agua al remojar.

Semillas de distintas especies mostrando variedad de tamaños, formas y cubiertas

De dónde sale: el origen de cada semilla concreta

El proceso empieza en el ovario de la flor, donde se alojan los óvulos. Cuando un grano de polen compatible llega al estigma, germina y emite un tubo polínico que baja por el estilo hasta alcanzar el óvulo. En las plantas con flor ocurre entonces algo que no tiene equivalente en el resto de los seres vivos: la doble fecundación.

El tubo polínico descarga dos núcleos espermáticos. Uno se fusiona con la oosfera y forma el cigoto, que será el embrión. El otro se fusiona con dos núcleos polares de la célula central y da lugar al endospermo triploide. Es decir, el alimento y el hijo se generan en el mismo acto y solo si hay fecundación: la planta no invierte reservas en semillas vacías. Este mecanismo, descrito a finales del siglo XIX, es una de las claves del éxito de las angiospermas.

A partir de ahí, el óvulo entero madura hasta convertirse en semilla, y la pared del ovario se transforma en fruto. En las gimnospermas no hay ovario ni fruto: el óvulo está desnudo sobre una escama, y por eso las semillas de pino, abeto o ciprés se recogen de un cono y no de una pulpa.

Una invención con 360 millones de años

La semilla no ha existido siempre. Durante buena parte del Paleozoico las plantas terrestres se reproducían por esporas, como todavía hacen helechos y musgos, y esa estrategia tiene una servidumbre grave: la fecundación necesita agua líquida para que los gametos masculinos naden hasta el óvulo. Sin película de agua, no hay descendencia.

Hacia el Devónico superior, hace unos 360-370 millones de años, aparecen las primeras plantas con semilla que conocemos por el registro fósil. El paso previo fue la heterosporía: producir dos tipos de esporas, una grande y una pequeña, en vez de una sola. La grande se quedó retenida dentro del tejido materno, protegida por tegumentos, y el polen resolvió el transporte del gameto masculino por aire en lugar de por agua.

El resultado fue una unidad de propagación que puede secarse sin morir, esperar meses o años y viajar lejos. Con eso, las plantas colonizaron interiores continentales secos que las esporas no habían podido ocupar. Todas las coníferas, cícadas y plantas con flor descienden de aquel invento.

Lo que se dispersa casi nunca es la semilla desnuda

Aquí conviene deshacer una confusión muy repetida. Lo que sopla del diente de león no es una semilla: es un fruto completo, un aquenio con un vilano de pelos. Lo que llamamos "pipa" de girasol es también un fruto, y la semilla está dentro, bajo esa cáscara rayada. La sámara del arce, el grano de trigo, la bellota y el aquenio de la fresa (esos puntitos de la superficie, que son los verdaderos frutos; la parte roja es el receptáculo engrosado) son frutos, no semillas.

La distinción no es pedantería: cambia cómo se siembra. Si el propágulo es un fruto seco e indehiscente, la cubierta que hay que superar no es la testa sino el pericarpo, y eso condiciona el remojo, la escarificación y el tiempo hasta la nascencia.

Cómo viajan las semillas

Toda planta tiene el mismo problema: está clavada en el suelo y su descendencia no puede quedarse debajo, donde competiría con la madre por luz, agua y nutrientes, y donde se acumulan sus patógenos específicos. Las soluciones son estas.

Viento (anemocoria). Exige propágulos ligeros o con superficie aerodinámica. Vilanos plumosos en compuestas (diente de león, cardos, Senecio), alas en arces, fresnos, olmos y ailanto, alas pequeñas en las semillas de pino, y polvo casi impalpable en las orquídeas, cuyas semillas pesan microgramos y carecen de reservas, por lo que dependen de un hongo micorrícico para germinar. Variante mecánica: las plantas "salero", como muchas amapolas, que sueltan la semilla por poros de la cápsula cuando el tallo seco se agita.

Animales que se las comen (endozoocoria). El fruto carnoso es un soborno. Zarzamora, madroño, majuelo, endrino, olivo, lentisco, hiedra o durillo pagan con azúcares a mirlos, currucas, zorros y tejones a cambio de transporte. La semilla va protegida por un endocarpo duro, sobrevive al tracto digestivo y aterriza con un depósito de abono. En muchas especies el paso por el estómago mejora la germinación al desgastar la cubierta, aunque no es imprescindible.

Animales que las almacenan. Es el caso de bellotas, hayucos, castañas, avellanas y piñones. El arrendajo (Garrulus glandarius) entierra miles de bellotas cada otoño a cientos de metros del árbol y no recupera todas. Buena parte de la expansión del encinar y del robledal peninsular se debe a esos olvidos.

Animales a los que se enganchan (epizoocoria). Ganchos, espinas y pelos rígidos: bardana (Arctium), amor de hortelano (Galium aparine), Xanthium, Torilis. Viajan en el pelo del ganado y en los calcetines del excursionista.

Hormigas (mirmecocoria). Algunas semillas llevan un eleosoma, un apéndice carnoso rico en lípidos. La hormiga se la lleva al hormiguero, consume el apéndice y descarta la semilla intacta en el basurero de la colonia, un sitio húmedo y fértil. Ocurre en violetas, ciclámenes, celidonia (Chelidonium majus) y numerosas euforbias.

Agua (hidrocoria). Semillas o frutos flotantes, con tejidos aerenquimatosos o cámaras de aire: aliso, nenúfar, junco, y en el extremo el coco, capaz de cruzar océanos.

Autocoria: la planta se dispara sola. La vaina de muchas leguminosas se retuerce al secarse y lanza las semillas a varios metros. El geranio silvestre monta un mecanismo de resorte con el pico del fruto. La balsamina (Impatiens) estalla al tocarla. Y el pepinillo del diablo (Ecballium elaterium), común en cunetas y escombreras mediterráneas, acumula presión hidrostática en el fruto y expulsa un chorro de semillas hasta varios metros cuando se desprende del pedúnculo.

Fuego y tiempo (serotinia). Un caso mediterráneo que merece mención aparte. El pino carrasco (Pinus halepensis) y el pino rodeno (Pinus pinaster) mantienen parte de sus piñas cerradas y selladas con resina durante años. El calor de un incendio funde la resina, las escamas se abren y liberan una lluvia de semillas sobre un suelo despejado de competencia y fertilizado por las cenizas. No es una dispersión en el espacio, sino en el tiempo.

Gravedad y humanos. La barocoria (caer y rodar) explica muchos nogales y castaños nacidos al pie del árbol padre. Y la antropocoria, voluntaria o no, es hoy el mayor vector de movimiento de semillas del planeta: sin ella no habría Ailanthus altissima, Cortaderia selloana ni Carpobrotus en media España.

Infrutescencia de diente de león con los vilanos preparados para dispersarse con el viento

Qué le dice todo esto a quien siembra

La forma de dispersión de una especie anticipa qué necesita su semilla para germinar, y ahí es donde la botánica se vuelve útil en la maceta.

Cubiertas duras: latencia física. Las semillas que viajan enganchadas, enterradas o dentro de una vaina blindada suelen tener testas impermeables. Ocurre en leguminosas (algarrobo, retama, altramuz, acacias) y en jaras (Cistus). El agua no entra hasta que la cubierta se desgasta, se agrieta con el hielo o se abre con el calor de un fuego. En casa se resuelve escarificando: lija suave, un corte con cúter en la zona opuesta al hilo, o inmersión en agua a unos 80 °C dejándola enfriar durante la noche. En jaras el choque térmico breve con agua muy caliente funciona bien; el agua hirviendo mantenida sí mata el embrión.

Frutos carnosos de clima templado: latencia fisiológica. Las especies cuyas semillas se dispersan en otoño y no deben germinar hasta la primavera llevan un reloj interno que solo se pone a cero con frío húmedo prolongado. Rosáceas (manzano, majuelo, endrino, serbal), arces, tejo, fresno. Se resuelve con estratificación en frío: mezclar la semilla con sustrato apenas húmedo, meterla en bolsa perforada y mantenerla entre 3 y 5 °C durante 60 a 120 días según especie. Un error clásico es hacerlo en el congelador, donde no se cumple nada: el proceso requiere temperaturas bajas pero positivas, humedad constante y tiempo.

El atajo natural en clima peninsular es sembrar en semillero al aire libre en noviembre y dejar que el invierno haga el trabajo. En zonas de invierno suave, como el litoral mediterráneo o el sur, la estratificación en frigorífico suele ser más fiable que el invierno real.

Semillas recalcitrantes. Bellotas, castañas, nueces, aguacate y muchas especies tropicales no soportan la deshidratación. Si se secan por debajo de un umbral de humedad, el embrión muere y no hay forma de recuperarlo. No se guardan en un sobre: se siembran en cuanto se recogen, en otoño, o se conservan pocas semanas en frío y con humedad. Es el motivo por el que las bellotas de un sobre comprado en primavera casi nunca nacen.

Semillas ortodoxas. La mayor parte de las hortícolas y muchas ornamentales sí toleran el secado y se conservan años. La regla práctica de conservación es sencilla: frío, seco y oscuro. Sobre de papel, no bolsa de plástico hermética con semilla húmeda dentro, y a ser posible en la parte baja del frigorífico. Tomate, pimiento, calabaza o lechuga aguantan varias temporadas; cebolla, puerro, chirivía y zanahoria pierden viabilidad rápido y conviene renovarlas cada año.

Recolecta en el momento justo. Una semilla recogida antes de la madurez fisiológica no germina aunque tenga buen aspecto. La señal fiable es el cambio de color del fruto y el endurecimiento de la cubierta, no el tamaño. En especies con dehiscencia explosiva conviene embolsar la infrutescencia con una malla antes de que reviente, o se pierde la cosecha entera en un día de sol.

En resumen

Una semilla es un óvulo fecundado y maduro: embrión, reservas y cubierta protectora. Su origen inmediato está en la doble fecundación de la flor, que produce a la vez el embrión y el endospermo que lo alimentará. Su origen evolutivo se remonta al Devónico superior, cuando la retención de la megaspora y el polen liberaron a las plantas de necesitar agua para reproducirse.

Dispersarse no es opcional: quedarse bajo la madre condena a la descendencia. De ahí la variedad de soluciones, desde el vilano del diente de león y la sámara del arce hasta el fruto carnoso que soborna a un pájaro, el eleosoma que contrata a una hormiga, la vaina que se dispara sola o la piña serótina que espera a un incendio.

Y conviene recordar dos cosas prácticas: lo que sembramos muchas veces es un fruto entero y no una semilla desnuda, y la estrategia de dispersión de cada especie anticipa el tratamiento que va a necesitar. Cubierta impermeable, escarificación; dispersión otoñal en clima templado, estratificación en frío húmedo entre 3 y 5 °C, nunca en el congelador; semilla recalcitrante como la bellota, siembra inmediata sin dejar que se seque.


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