Dentro de una judía seca hay tres cosas metidas en un espacio de un centímetro: una planta ya construida en miniatura, una despensa que la alimentará durante sus primeros días y un envase impermeable que mantiene todo eso en suspensión durante años. Esa combinación, que aparece por primera vez en el registro fósil hace unos 360 millones de años, es lo que permitió a las plantas colonizar tierra firme y lo que hoy hace posible que metas un sobre en un cajón en septiembre y siga funcionando en marzo.

Reconocer cada una de esas piezas no es un ejercicio de examen. Explica por qué unas semillas hay que enterrarlas y otras no, por qué la profundidad de siembra depende del tamaño del grano, por qué algunas necesitan pasar frío antes de nacer y por qué a los cotiledones no hay que tocarlos cuando repicas.

Qué es una semilla

Una semilla es un óvulo fecundado y madurado. Tras la fecundación, el óvulo desarrolla un embrión, acumula reservas y endurece sus cubiertas, hasta quedar en un estado de deshidratación extrema: la humedad interna baja con frecuencia al 5-12 % y el metabolismo se ralentiza casi hasta detenerse. Es un ser vivo en pausa, no un objeto inerte. Respira, muy despacio, y por eso se conserva mejor en frío y en seco.

No hay que confundir semilla con fruto. El grano de trigo, el aquenio del girasol («pipa» con cáscara) y el fruto seco del arce son frutos que contienen una semilla. En cambio la pipa pelada, la lenteja o el hueso de aguacate pelado sí son semillas propiamente dichas.

Las partes de una semilla

De fuera hacia dentro, toda semilla tiene tres bloques: cubiertas, tejido de reserva y embrión.

Las cubiertas o tegumentos

La capa externa es la testa, dura y a menudo impermeable, formada a partir de las cubiertas del óvulo. Debajo puede haber una segunda capa más fina, el tegmen. Juntas cumplen tres funciones: protección mecánica frente a insectos y hongos, barrera contra la entrada de agua y de oxígeno, y control del momento de germinar.

Sobre la testa se ven, a simple vista en una judía o un haba, dos marcas:

  • El hilo (hilum), la cicatriz ovalada que dejó el funículo, el cordoncito que unía la semilla a la pared del fruto. Es su cordón umbilical.
  • El micrópilo, un poro diminuto junto al hilo por donde entró el tubo polínico en su día y por donde entra el agua ahora. Si pones habas a remojo, es por ahí por donde empiezan a hincharse.

En algunas especies hay además el rafe, una línea en relieve, y en otras un arilo, una excrecencia carnosa y de color llamativo que atrae a hormigas o pájaros para que dispersen la semilla. El arilo rojo del tejo (Taxus baccata) y el envoltorio anaranjado de la nuez moscada son arilos.

El tejido de reserva: endospermo y cotiledones

El embrión no puede fotosintetizar hasta que despliega hojas, así que necesita comida para el trayecto. Esa comida se guarda de dos maneras según la especie:

  • En el endospermo o albumen, un tejido independiente formado en la doble fecundación. Es el caso del trigo (la harina es endospermo), del maíz, del ricino y del tomate. Se dice que son semillas albuminadas.
  • En los propios cotiledones, que absorben el endospermo durante la maduración y se quedan con las reservas. Es el caso de la judía, el guisante, la calabaza, el almendro o la encina. Son semillas exalbuminadas.

El contenido cambia mucho: almidón en los cereales, proteína en las leguminosas, aceite en girasol, colza, lino y almendra. Ese detalle importa para conservar: las semillas oleaginosas se enrancian y pierden viabilidad antes que las amiláceas, y por eso las semillas de cebolla, puerro o chirivía duran uno o dos años mientras las de calabacín o pepino aguantan cinco o seis.

El embrión

Es la planta en miniatura, ya con su eje polarizado. Tiene cuatro partes:

  • Radícula: la raíz embrionaria. Es lo primero que sale, siempre, en toda germinación. Si al abrir una semilla en remojo ves un puntito blanco asomando, es la radícula.
  • Hipocótilo: el tramo de tallo que queda por debajo de los cotiledones.
  • Cotiledones: las hojas embrionarias. Una en las monocotiledóneas (cereales, cebolla, palmeras), dos en las dicotiledóneas (judía, tomate, roble), y varias en las gimnospermas: un piñón de Pinus pinea puede llevar entre seis y doce.
  • Epicótilo y plúmula: el tramo de tallo por encima de los cotiledones y la yema apical con las primeras hojas verdaderas ya esbozadas.

En las gramíneas la terminología cambia y conviene conocerla porque en cereales aparece siempre: el único cotiledón se llama escutelo y actúa de órgano absorbente, chupando el almidón del endospermo; el brote se protege con una vaina llamada coleóptilo y la raíz con la coleorriza. La capa de aleurona, que rodea el endospermo, es la que libera las enzimas que rompen el almidón en azúcares utilizables.

Semilla de aguacate abierta mostrando sus cotiledones y el embrión

Cómo se ponen en marcha esas partes

La germinación arranca con la imbibición: la semilla absorbe agua por el micrópilo y por la testa, y puede llegar a duplicar su volumen. Ese hinchamiento reactiva las enzimas dormidas, que empiezan a desdoblar el almidón en azúcares y las proteínas en aminoácidos. Sube la respiración, y ahí es donde se necesita oxígeno: un sustrato encharcado o compactado ahoga la semilla antes de que llegue a salir.

Luego rompe la testa la radícula, se ancla, y solo después empuja el tallito. El orden es siempre ese, y tiene lógica: primero asegurar el suministro de agua, después arriesgarse a salir a la luz.

A partir de ahí hay dos formas de emerger, y saber cuál usa tu cultivo cambia cómo lo siembras y cómo lo trasplantas:

  • Germinación epigea: el hipocótilo se alarga y saca los cotiledones al exterior, que se ponen verdes y hacen de primeras hojas. Judía, girasol, calabaza, lechuga, tomate, pino. En estos casos los cotiledones son el motor de la plántula durante una o dos semanas: si se los arrancas al repicar, o si los pudres regando por encima, la planta se queda parada.
  • Germinación hipogea: los cotiledones se quedan bajo tierra y solo emerge el epicótilo con la plúmula. Guisante, haba, maíz, roble, encina. Aquí la yema apical sale ya protegida y la plántula resiste mejor una helada tardía o un pisotón.

Cuando la semilla no quiere germinar todavía: la dormición

Que una semilla viable no germine al ponerla en tierra húmeda y caliente no significa que esté muerta. Muchas especies llevan mecanismos de dormición que impiden nacer en el momento equivocado, y cada uno de ellos reside en una parte concreta de la semilla.

Dormición física (testa impermeable). El agua no puede entrar. Es lo habitual en leguminosas de semilla dura: acacias, algarrobo (Ceratonia siliqua), árbol del amor (Cercis siliquastrum), altramuz, retamas. Se resuelve con escarificación: lijar suavemente la testa por el lado opuesto al hilo, o sumergir las semillas en agua muy caliente retirada del fuego y dejarlas enfriar en ella 24 horas. Sirven las que se han hinchado; las que sigan igual de duras necesitan repetir el tratamiento.

Dormición fisiológica (embrión inmaduro o inhibido). El embrión necesita pasar un invierno antes de arrancar. Es la norma en rosáceas de clima templado —manzano (Malus domestica), peral, cerezo, majuelo—, en arces y en muchas vivaces de montaña. Se resuelve con estratificación fría: mezclar las semillas con sustrato apenas húmedo en una bolsa perforada y guardarlas en la parte baja de la nevera, entre 3 y 5 ºC, durante uno a tres meses según especie. En el manzano suelen bastar entre 60 y 90 días. Sembrar en otoño al aire libre logra lo mismo de forma natural, y en buena parte de la Península es la vía más cómoda.

Inhibidores químicos. La pulpa de muchos frutos carnosos contiene sustancias que frenan la germinación mientras la semilla siga dentro. Por eso las semillas de tomate, calabaza o níspero conviene lavarlas bien y secarlas antes de guardarlas.

Errores frecuentes al sembrar

Sembrar demasiado profundo. Es el fallo número uno con diferencia. La reserva de la semilla es finita y solo da para recorrer una distancia determinada; más allá, la plántula agota sus cotiledones antes de alcanzar la luz y muere bajo tierra sin que llegues a verla. La regla práctica es enterrar la semilla a dos o tres veces su propio grosor. Una semilla de lechuga, apenas cubierta; una haba, a tres o cuatro centímetros.

Enterrar las que necesitan luz. Algunas especies son fotoblásticas positivas: no germinan en oscuridad. Lechuga, apio, petunia, boca de dragón (Antirrhinum majus) o digital se siembran en superficie, presionando ligeramente contra el sustrato y sin cubrir, o cubriendo con una capa mínima de vermiculita que deja pasar la luz.

Sembrar lechuga en pleno verano y culpar a la semilla. Por encima de unos 25-28 ºC de temperatura del sustrato, las semillas de lechuga entran en termoinhibición y no nacen aunque estén perfectas. Solución: sembrar a la sombra, regar con agua fresca a última hora del día o sembrar en semillero en un sitio fresco.

Dejar secar el semillero durante la imbibición. Una vez que la semilla ha absorbido agua y ha iniciado el proceso, un secado la mata. No hace falta encharcar: humedad constante y suave. Un plástico o una tapa sobre la bandeja hasta que aparezcan los primeros brotes, retirándola en cuanto asomen para evitar el hongo del damping-off.

Guardar semillas de híbridos F1. Se pueden guardar y germinarán, pero la descendencia segrega: saldrán plantas dispares y por lo general peores que la madre. Para guardar simiente de un año para otro hay que partir de variedades de polinización abierta, no de híbridos, y tener en cuenta que calabacines, calabazas y cucurbitáceas en general se cruzan entre sí con enorme facilidad.

Fiarse de la prueba del vaso de agua. Que una semilla flote no demuestra que esté muerta: puede tener aire atrapado o simplemente ser ligera de por sí. Es un indicio grosero. La prueba fiable es germinar veinte semillas entre dos papeles de cocina húmedos dentro de una bolsa cerrada y contar cuántas brotan en una o dos semanas; si nacen doce, tienes un 60 % de viabilidad y siembras más denso.

Conservarlas mal. Calor y humedad son los dos enemigos, y actúan combinados. En un sobre de papel dentro de un bote hermético con algo de gel de sílice, en un sitio fresco y oscuro, la mayor parte de las hortícolas duran varios años. Encima del frigorífico o en un invernadero, no llegan a la temporada siguiente. Y conviene anotar siempre en el sobre la especie, la variedad y el año de recolección.

Semillas germinando con la radícula ya emergida

En resumen

Una semilla se compone de cubiertas (testa y tegmen, con el hilo y el micrópilo como marcas visibles), un tejido de reserva que puede ser el endospermo o los propios cotiledones, y un embrión formado por radícula, hipocótilo, cotiledones, epicótilo y plúmula. En las gramíneas esas piezas reciben nombres propios: escutelo, coleóptilo, coleorriza y capa de aleurona.

Cada parte tiene su traducción práctica. La testa manda sobre la entrada de agua, y de ahí la escarificación en las de cubierta dura. El embrión manda sobre el momento, y de ahí la estratificación en frío de manzanos, cerezos o arces. Las reservas mandan sobre la profundidad de siembra: dos o tres veces el grosor de la semilla, ni un dedo más. Y los cotiledones son la despensa y el primer par de hojas: protégelos al repicar, porque de ellos vive la plántula hasta que las hojas verdaderas se ponen a trabajar.


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