El tronco de un árbol parece una pieza maciza y uniforme, pero es un órgano estructurado en capas concéntricas, cada una con una función distinta y con una parte viva sorprendentemente pequeña. Un roble de un metro de diámetro está vivo únicamente en unos pocos milímetros justo bajo la corteza; todo el interior es madera muerta que solo cumple una función mecánica.
Saber dónde está cada capa no es curiosidad académica. Explica por qué una herida circular en la corteza mata un árbol adulto, por qué se puede vaciar un tronco por dentro sin que el árbol muera, por qué el descortezado por roedores o desbrozadora es tan grave y por qué se poda respetando el cuello de la rama.
Qué es un árbol y qué es el tronco
Un árbol es una planta leñosa perenne con un eje principal único y bien diferenciado —el tronco— que se ramifica a cierta altura del suelo formando una copa. Esa es la diferencia con un arbusto, que ramifica desde la base y no tiene un eje dominante. La frontera no siempre es nítida: una encina, un avellano o un madroño pueden crecer como árbol o como arbusto según el manejo y las condiciones.
El tronco cumple tres funciones simultáneas: sostener la copa y elevarla por encima de la competencia para captar luz, conducir agua y savia entre raíz y hojas, y almacenar reservas de almidón que financian la brotación de primavera.
Una aclaración importante sobre crecimiento: un árbol no sube en altura toda su longitud, solo crece por los extremos. El crecimiento en longitud se produce en los meristemos apicales de ramas y raíces. Si clavas un clavo a un metro y medio del suelo, dentro de veinte años seguirá a un metro y medio, aunque el árbol haya crecido diez metros. El tronco sí engorda, pero eso es crecimiento secundario en grosor, obra del cámbium.
Las capas del tronco, de fuera hacia dentro
Corteza externa o ritidoma
Es la capa que vemos y tocamos, formada por tejido muerto y suberificado. Su función es de protección: aísla del calor y el frío, frena la desecación, dificulta la entrada de hongos e insectos y en algunas especies protege del fuego. El alcornoque (Quercus suber) lleva esta adaptación al extremo con una capa de súber gruesa que le permite rebrotar tras un incendio y que se aprovecha comercialmente como corcho.
Al ser tejido muerto no se estira, así que a medida que el tronco engorda se agrieta, se descama o se desprende en placas. Ese patrón es tan característico que sirve para identificar especies en invierno: las placas irregulares que dejan manchas claras del plátano de sombra (Platanus x hispanica), la corteza blanca y papirácea del abedul (Betula pendula), el aspecto reticulado y oscuro de la encina, la lisura gris del haya (Fagus sylvatica) o del carpe.
Corteza interna o floema (líber)
Justo debajo, y ya viva, está el floema. Es el tejido que transporta la savia elaborada: los azúcares fabricados en las hojas viajan por aquí hacia las raíces, los frutos, las yemas y cualquier tejido en crecimiento.
Es la capa más crítica del árbol y también la más vulnerable, porque está a milímetros de la superficie. De ahí que un anillado —un corte que rodee completamente el tronco a través de la corteza— sea mortal. El árbol seguirá subiendo agua un tiempo, incluso brotando en primavera, pero la raíz deja de recibir azúcares, agota sus reservas y muere; con ella se va el árbol entero. Puede tardar uno o dos años, lo que hace que muchas veces no se relacione la causa con el efecto.
Las causas habituales de anillado en jardín son perfectamente evitables: ataduras de tutor que no se aflojan y acaban incrustándose, alambres o protectores olvidados, roedores y conejos que roen la base en invierno, y sobre todo golpes de desbrozadora y cortacésped repetidos en la base del tronco. Este último es probablemente el mayor asesino de árboles jóvenes en jardines y parques. Un alcorque limpio, un acolchado alrededor —sin tocar el tronco— o un protector de base resuelven el problema.
Cámbium vascular
Es una lámina de células meristemáticas de apenas unas pocas células de espesor, invisible a simple vista, y es literalmente la fábrica del árbol. Se divide produciendo floema hacia fuera y xilema hacia dentro. Todo el grosor que gana un tronco en su vida sale de aquí.
Como produce mucho más xilema que floema, la madera se acumula año tras año mientras la corteza se mantiene relativamente fina. Su actividad es estacional en climas con invierno marcado, y de esa estacionalidad nacen los anillos.
El cámbium es la razón de que funcionen los injertos. Para que un injerto prenda, el cámbium del patrón y el de la púa deben quedar en contacto: si se alinean, ambos generan tejido de unión —callo— y se sueldan en un sistema vascular continuo. Si no se alinean, el injerto fracasa por muy bien atado que esté. Y es también la razón de que un árbol pueda compartimentar heridas: el cámbium de los bordes va formando un rodete que crece hacia el centro y acaba cerrando el corte.
Albura
Es la parte viva y funcional del xilema, la madera joven de las capas más externas. Por ella asciende la savia bruta, agua y sales minerales, desde la raíz hasta las hojas. Es de color claro, más húmeda y menos densa que la madera del centro.
El ascenso funciona sin ninguna bomba: la evaporación de agua en los estomas de las hojas genera una tensión que tira de la columna de agua, cohesionada por los puentes de hidrógeno entre moléculas. Es la corriente de transpiración, un mecanismo capaz de elevar agua decenas de metros movido solo por el sol y la sequedad del aire.
Un árbol funciona perfectamente con relativamente poca albura, lo que explica un fenómeno desconcertante para el observador: un árbol puede estar hueco por dentro y seguir perfectamente vivo y frondoso. Muchos olivos y castaños centenarios lo están. Lo que sí compromete es la estabilidad mecánica, y ahí es donde entra la evaluación de riesgo: un tronco hueco puede ser aceptable si conserva suficiente espesor de pared, y peligroso si no.
Duramen
Es el corazón del tronco, la madera vieja que ya no conduce savia. A medida que la albura envejece, sus células mueren y los conductos se obturan e impregnan de resinas, taninos, gomas y otros compuestos. El resultado es una madera más oscura, más dura, más densa y mucho más resistente a hongos e insectos.
El duramen ya no participa en el metabolismo: su función es exclusivamente mecánica, sostener el peso de la copa. Su color oscuro y su durabilidad natural lo convierten en la parte más valorada de la madera de nogal, cerezo, roble, castaño o teca. La albura de esas mismas especies es más clara, más blanda y mucho más atacable.
Médula
En el eje central queda la médula, un tejido parenquimático de los primeros años de vida del tallo. En un árbol adulto es una zona diminuta y sin importancia funcional; en tallos jóvenes y en algunos arbustos —el saúco es el ejemplo clásico— es un cilindro esponjoso y bien visible.
Los anillos de crecimiento y qué cuentan
Cada anillo visible en un corte transversal corresponde, en climas templados, a un año de actividad. Se forma porque el cámbium trabaja de manera distinta según la estación: en primavera produce madera de vasos anchos y paredes finas, de color claro, para mover mucha agua; a finales de verano y en otoño produce madera densa y oscura, de crecimiento lento. El contraste entre ambas define el límite del anillo.
Su anchura registra las condiciones de cada año: anillos anchos indican temporadas favorables, con lluvia y buen crecimiento; anillos estrechos, años de sequía, defoliación por plaga, competencia o daños. Esta lectura es la base de la dendrocronología, que permite datar maderas de construcción histórica y reconstruir climas pasados.
Conviene matizar la regla del "un anillo, un año". Es fiable en climas con parada invernal clara, pero mucho menos en climas tropicales sin estación de reposo, y puede fallar con falsos anillos cuando un episodio de sequía a mitad de temporada frena el crecimiento y luego se reanuda. En zonas mediterráneas con sequía estival marcada este fenómeno no es raro. Contar anillos da una estimación buena, no una certeza absoluta.
Consecuencias prácticas para quien cuida árboles
El daño superficial es el más grave. Es contraintuitivo, pero cierto: una herida profunda en el duramen molesta menos que una superficial que arranque corteza en anchura. Lo vivo está fuera. Proteger la base del tronco de desbrozadoras, revisar y aflojar ataduras cada temporada y colocar protectores en zonas con conejos son medidas baratas que evitan pérdidas irreversibles.
Los árboles no cicatrizan, compartimentan. No regeneran el tejido perdido: lo aíslan levantando barreras químicas que impiden el avance de la pudrición, y luego el cámbium va cubriendo la herida desde los bordes. El corte de poda debe respetar el cuello de la rama, ese engrosamiento en la base donde está el tejido capaz de generar la barrera y el rodete de cierre. Un corte a ras del tronco elimina esa zona y abre una vía directa a la pudrición del leño. Y dejar un tocón largo tampoco sirve: el muñón muere, no se cierra y acaba siendo puerta de entrada de hongos.
Los selladores de heridas, mejor no. Las pastas asfálticas tradicionales retienen humedad bajo la capa, dificultan la compartimentación y pueden favorecer justo lo que pretenden evitar. La recomendación actual generalizada es hacer un corte limpio y bien situado, y dejar que el árbol trabaje.
Cuidado con el desmoche. Cortar la copa dejando muñones gruesos —el llamado terciado o desmochado— destruye la estructura, obliga al árbol a gastar reservas en brotes de emergencia mal anclados y deja heridas grandes que no cierran. Los rebrotes que surgen son vigorosos pero frágiles, y el árbol queda más peligroso a medio plazo que antes de la poda.
Escurrimientos y grietas dicen cosas. Un exudado oscuro y maloliente en la base puede indicar podredumbre o cancro bacteriano; serrín acumulado apunta a insectos perforadores; los cuerpos fructíferos de hongos en el tronco o en la base —yesqueros y similares— son señal de pudrición interna avanzada y motivo suficiente para pedir una evaluación profesional, sobre todo si el árbol está cerca de personas o edificios.
En resumen
El tronco de un árbol se organiza, de fuera hacia dentro, en corteza externa muerta que protege, floema vivo que baja los azúcares fabricados en las hojas, cámbium vascular —una lámina de pocas células que fabrica todo el crecimiento en grosor—, albura que sube agua y sales desde la raíz, duramen de madera muerta que solo sostiene, y médula central residual.
La parte viva es una franja delgadísima justo bajo la corteza, y ahí está la clave práctica: un árbol puede estar completamente hueco por dentro y seguir sano, pero una herida circular que corte la corteza y el floema en todo el perímetro lo mata sin remedio. Por eso las ataduras de tutor incrustadas, los golpes de desbrozadora en la base y los roedores en invierno son mucho más peligrosos de lo que aparentan, y por eso la poda debe respetar el cuello de la rama, que es el tejido con el que el árbol aísla la herida.