Trescientos millones de años antes de que se abriera la primera flor, los bosques del planeta ya eran bosques: troncos de treinta metros, sotobosque denso, hojarasca acumulándose en pantanos. Aquellos árboles no eran árboles como los de ahora. Eran licopodios y helechos gigantes, y de su descomposición salió buena parte del carbón que quemamos desde el siglo XIX. Las pteridófitas son lo que queda de aquel linaje: unas 12.000 especies de helechos y algo más de un millar de licopodios que siguen reproduciéndose por esporas, sin flor, sin fruto y sin semilla.

Helechos creciendo en el sotobosque de un bosque húmedo

Qué es exactamente una pteridófita

La definición clásica es sencilla y funciona bien: plantas vasculares que se reproducen por esporas. Vasculares porque tienen xilema y floema, es decir, tejidos conductores que llevan agua desde la raíz hasta la última hoja y azúcares en sentido contrario. Eso las separa de los musgos y las hepáticas (briófitas), que no tienen esa fontanería y por eso no levantan más de unos centímetros del suelo. Y por esporas, lo que las separa de gimnospermas y angiospermas, las plantas con semilla.

Conviene decir una cosa que en muchos textos divulgativos se pasa por alto: Pteridophyta, como grupo, ya no se sostiene desde el punto de vista evolutivo. La clasificación moderna reconoce dos linajes distintos que se separaron hace más de 400 millones de años. Por un lado los licofitos (Lycopodiopsida), con hojas pequeñas de una sola nervadura llamadas micrófilos. Por otro los helechos en sentido amplio (Polypodiopsida), con hojas grandes y ramificadas, los megáfilos, que son las frondes que todos reconocemos. Los helechos están, de hecho, más emparentados con un pino o con un rosal que con un licopodio. El término «pteridófita» sigue usándose porque es cómodo y describe bien un modo de vida, pero es una etiqueta ecológica y morfológica, no una rama del árbol.

Cómo funciona su ciclo de vida

Aquí está lo verdaderamente peculiar del grupo, y lo que explica dónde viven y por qué. Las pteridófitas tienen alternancia de generaciones bien visible: dos plantas distintas, independientes, que se turnan.

La planta que vemos, el helecho de la maceta o el del barranco, es el esporofito, y es diploide (2n). En el envés de sus frondes fértiles aparecen los soros, esos puntos o rayas de color pardo que tanta gente confunde con cochinilla o con hongo. Un soro es un conjunto de esporangios, y en muchas especies está protegido por una membrana llamada indusio. Dentro de cada esporangio, por meiosis, se forman las esporas haploides (n). Cuando el esporangio se seca, un anillo de células con paredes engrosadas —el anillo o annulus— actúa como una catapulta y dispara las esporas al aire. Un solo helecho adulto puede liberar varios millones de esporas en una temporada.

La espora que cae en un sitio húmedo germina y da la segunda planta: el gametofito o protalo. Es una lámina verde acorazonada de medio centímetro, sin raíces verdaderas (se sujeta con rizoides) y fácil de confundir con una hepática. En su cara inferior desarrolla los órganos sexuales: anteridios que producen anterozoides con flagelo, y arquegonios con la oosfera. Y aquí llega el cuello de botella de todo el grupo: el anterozoide tiene que nadar. Necesita una película continua de agua líquida sobre el protalo para alcanzar el arquegonio. Sin lluvia, sin rocío persistente, sin humedad de suelo, no hay fecundación. Esa dependencia del agua para el sexo, y no una supuesta fragilidad de la hoja, es la razón de fondo por la que los helechos dominan barrancos, umbrías y bosques de niebla.

De la fecundación sale un cigoto que crece sobre el propio protalo hasta convertirse en un esporofito nuevo. El protalo se marchita y el ciclo vuelve a empezar.

La mayoría de helechos son homospóreos: todas sus esporas son iguales y el protalo produce ambos tipos de gametos. Unos pocos grupos son heterospóreos, con megasporas y microsporas separadas: las salviniáceas acuáticas (Azolla, Salvinia), Marsilea, y entre los licofitos Selaginella e Isoetes. La heterosporia es exactamente el paso previo al que dio origen a la semilla en otros linajes.

Los grandes grupos, con nombres y ejemplos

Licofitos. Tres familias vivas. Lycopodium y géneros afines, los licopodios, de tallos rastreros cubiertos de escamitas, en montañas atlánticas del norte peninsular. Selaginella, con especies mediterráneas pequeñas como Selaginella denticulata, común en muros umbríos y taludes húmedos del sur, y la famosa Selaginella lepidophylla mexicana que se vende como «rosa de Jericó» y revive al mojarla. E Isoetes, plantas de aspecto de puerro sumergido que viven en lagunas temporales; en España varias especies son raras y están protegidas.

Equisetos. Los Equisetum, colas de caballo, son helechos aunque no lo parezcan. Tallos articulados, huecos, con verticilos de ramas finas y hojas reducidas a una vaina dentada en cada nudo. Acumulan sílice en la epidermis, hasta el punto de que se usaron para pulir madera y estaño. Equisetum arvense y Equisetum telmateia son frecuentes en cunetas húmedas y riberas de media península. Advertencia práctica: en un jardín, un equiseto instalado es casi imposible de erradicar, porque rebrota de rizomas que bajan más de un metro.

Ofioglosáceas y psilotáceas. Helechos de aspecto rarísimo, como Ophioglossum (lengua de serpiente), con una sola hoja y una espiga fértil, o Botrychium. Son plantas discretas, de praderas y pastos, que pasan desapercibidas.

Helechos leptosporangiados. El grueso del grupo, más del 90 % de las especies, y a lo que casi siempre nos referimos al decir «helecho». Aquí entran los que se ven en cualquier excursión por el norte: Pteridium aquilinum (helecho común o helecho águila), Dryopteris filix-mas (helecho macho), Athyrium filix-femina, Blechnum spicant, Polystichum setiferum, Osmunda regalis en suelos encharcados y ácidos. Y los pequeños rupícolas mediterráneos, mucho más resistentes a la sequía de lo que se supone: Asplenium trichomanes y Asplenium ruta-muraria en juntas de muros, Asplenium ceterach (doradilla), que se enrolla y parece muerta en agosto y se despliega verde con la primera lluvia de octubre, Polypodium cambricum sobre rocas calizas y Adiantum capillus-veneris, el culantrillo de pozo, en cualquier pared que rezume agua, desde Cádiz hasta el Pirineo.

Merecen mención aparte las joyas relictas del noroeste ibérico y de Canarias: Woodwardia radicans, Culcita macrocarpa, Vandenboschia speciosa, supervivientes de la flora subtropical del Terciario que se refugian en desfiladeros con niebla permanente. Están todas protegidas y no se recolectan bajo ningún concepto.

Su papel ecológico y económico

Las pteridófitas fueron las primeras plantas que resolvieron a la vez el transporte de agua y el soporte mecánico, y con eso inventaron el bosque. La caída del CO₂ atmosférico durante el Carbonífero y la formación de las cuencas carboníferas europeas son consecuencia directa de aquella biomasa acumulada en pantanos anóxicos.

Hoy siguen cumpliendo funciones concretas. Son bioindicadores muy finos: la composición de helechos de un barranco informa de la humedad, el pH y la continuidad del bosque mejor que casi cualquier otro grupo. Son colonizadoras de sustratos difíciles, taludes, muros y coladas volcánicas. Y algunas tienen un papel agronómico: el helecho acuático Azolla filiculoides vive en simbiosis con la cianobacteria Anabaena azollae, que fija nitrógeno atmosférico, y se ha usado durante siglos como abono verde en los arrozales asiáticos. En España, sin embargo, la Azolla es especie exótica invasora: cubre láminas de agua, bloquea la luz y provoca anoxia. No se introduce en balsas ni charcas.

En jardinería, el grupo aporta un catálogo enorme de plantas de sombra: Nephrolepis exaltata (helecho de Boston), Asplenium nidus, Platycerium bifurcatum (cuerno de alce), Phlebodium aureum, Adiantum raddianum, Davallia canariensis o los rústicos Dryopteris y Polystichum para jardín de exterior.

Cultivarlas: lo que falla casi siempre

El error más repetido es tratar «humedad» y «riego» como si fueran lo mismo. Un helecho quiere humedad ambiental alta y sustrato uniformemente fresco, pero aireado. Encharcado no: los helechos de interior mueren más veces por pudrición de rizoma que por sed. Un sustrato con turba o fibra de coco más un 25-30 % de perlita o corteza fina drena y a la vez retiene, que es justo lo que hace falta.

Segundo error: pulverizar las hojas creyendo que eso sube la humedad. El efecto de un pulverizado dura unos minutos y no cambia la humedad relativa de la habitación; lo que sí hace, si el agua es dura, es dejar depósitos de cal en la fronde y favorecer manchas foliares. Funcionan mucho mejor un plato con arcilla expandida y agua por debajo del nivel de la maceta, agrupar plantas, o alejar el helecho del radiador y de la corriente de la puerta. En invierno, con calefacción, la humedad relativa de un salón puede caer por debajo del 30 %, y ahí las puntas de Adiantum y Nephrolepis se secan sin remedio.

Tercero, la luz. Sombra no significa oscuridad. En su hábitat reciben luz filtrada por el dosel, que es bastante más de la que llega a un rincón interior a tres metros de la ventana. Luz indirecta clara, ventana norte o este, o a un metro de una ventana sur con visillo. Sol directo de mediodía en verano quema las frondes en un par de días.

Cuarto, el abono. Son plantas sensibles a la salinidad. Fertilizante equilibrado a media dosis de la indicada, cada dos o tres semanas de abril a septiembre, y nada en invierno. Si el agua del grifo es muy caliza —el caso en gran parte del interior y el levante peninsular—, conviene alternar con agua de lluvia o filtrada, sobre todo con culantrillos y helechos de origen tropical.

Y una advertencia de seguridad: el Pteridium aquilinum contiene ptaquilósido, un compuesto cancerígeno demostrado en ganado, y tiamimasa, que destruye la vitamina B1. No es una planta comestible ni forrajera, por mucho que circulen recetas con brotes de helecho.

Multiplicarlas por esporas

Es un ejercicio lento pero muy agradecido. Se corta una fronde con soros maduros —de color marrón, no verdes ni ya vacíos y grisáceos— y se deja sobre un papel un par de días en sitio seco; las esporas caen como polvo fino. Se siembran en superficie, sin cubrir, sobre sustrato esterilizado (turba tamizada humedecida y pasada por microondas o agua hirviendo) en un recipiente transparente cerrado. A 18-22 °C y luz indirecta, aparece una película verde de protalos en cuatro a ocho semanas. A partir de ahí hay que mantener la superficie húmeda para que los anterozoides puedan nadar, y los primeros esporofitos reconocibles tardan otros dos o tres meses. Solo entonces se ventila poco a poco y se repica.

Para el jardín y el día a día, sin embargo, la vía rápida es la división de rizoma a la salida del invierno, entre febrero y abril, justo antes de que empiecen a desenrollarse los báculos, esos brotes en espiral que técnicamente se llaman circinados.

En resumen

Las pteridófitas son plantas vasculares sin semilla que se reproducen por esporas y que agrupan, bajo una etiqueta cómoda pero evolutivamente artificial, a licofitos y helechos. Su ciclo alterna un esporofito grande y visible con un gametofito diminuto e independiente, y la fecundación exige agua líquida: de ahí su ecología de umbrías, barrancos y muros que rezuman. En la península hay desde helechos de bosque atlántico hasta pequeños asplenios mediterráneos capaces de resecarse y revivir. Cultivarlas bien depende menos de regar mucho que de acertar con tres cosas: sustrato aireado, humedad ambiental real —no pulverizaciones— y luz filtrada abundante.


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