Jan Baptista van Helmont plantó un esqueje de sauce de poco más de dos kilos en una maceta con casi noventa kilos de tierra seca, la regó durante cinco años y volvió a pesarlo todo. El árbol había ganado más de setenta kilos; la tierra había perdido apenas unos gramos. Su conclusión, publicada en 1648, fue que las plantas se hacen de agua. Se equivocaba en parte —la mayor porción de esa madera venía del dióxido de carbono del aire—, pero acababa de hacer algo que define a la botánica: preguntarle a una planta cómo funciona y medir la respuesta en lugar de suponerla.

Qué es la botánica

La botánica, o fitología, es la rama de la biología que estudia los vegetales: su estructura, su funcionamiento, su reproducción, su clasificación, su distribución geográfica y sus relaciones con el resto de seres vivos y con el medio. No es una disciplina descriptiva de coleccionista, aunque naciera así: hoy abarca desde la secuenciación del genoma de un trigo hasta el modelo que predice cómo se desplazará el hayedo cantábrico si suben dos grados las medias.

El límite de qué es "planta" se ha movido bastante. La botánica clásica metía en el mismo saco a las algas, los hongos, los líquenes y las cianobacterias, sencillamente porque no se movían. La biología molecular ha demostrado que los hongos están genéticamente más cerca de los animales que de las plantas, y las cianobacterias son bacterias sin más. Aun así, la tradición académica pesa: la micología y la ficología se siguen enseñando y publicando dentro de departamentos de botánica, y los herbarios conservan hongos junto a plantas vasculares.

En sentido estricto, el objeto de la botánica actual son las plantas terrestres o embriófitas —musgos, hepáticas, helechos, gimnospermas y angiospermas— y las algas verdes de las que descienden. Ahí caben las 300.000 y pico especies de plantas con flor descritas, más las que quedan por describir, que se estiman en decenas de miles.

Una historia de veintitrés siglos

El punto de partida reconocido es Teofrasto (c. 371-287 a.C.), discípulo de Aristóteles, que en Historia de las plantas y Sobre las causas de las plantas describió unas quinientas especies, distinguió entre árboles, arbustos y hierbas, separó monocotiledóneas de dicotiledóneas sin saber que lo hacía y explicó la germinación y el injerto. Fue el primero en tratar a las plantas como objeto de estudio y no solo como remedio o alimento.

Retrato de Teofrasto, considerado el padre de la botánica

Después vino Dioscórides, médico militar del siglo I, cuyo De materia medica recogía unas seiscientas plantas con sus usos y se copió, tradujo y consultó durante mil quinientos años. Ese es exactamente el problema de la Edad Media: no hubo botánica, hubo copia. Los herbarios medievales reprodujeron los mismos textos y las mismas ilustraciones cada vez más deformadas, hasta que muchos dibujos ya no permitían reconocer la planta.

El Renacimiento rompe el ciclo con la observación directa y la imprenta. Los herbolarios alemanes del siglo XVI —Brunfels, Fuchs, Bock— vuelven a mirar plantas reales y las ilustran con precisión. Andrea Cesalpino propone en 1583 la primera clasificación basada en caracteres de fruto y semilla en lugar de en el uso medicinal. Caspar Bauhin ensaya ya nombres de dos palabras. En 1665 Robert Hooke corta una lámina de corcho, ve cavidades y las llama células. En 1727 Stephen Hales publica Vegetable Staticks y funda la fisiología vegetal midiendo transpiración y presión de savia.

La fecha bisagra es 1753: Species Plantarum, de Carlos Linneo, que impone la nomenclatura binomial. Desde entonces cada especie tiene un nombre de género y un epíteto —Rosa canina, Olea europaea— válido en cualquier idioma. Su sistema sexual de clasificación, basado en contar estambres y pistilos, era artificial y se abandonó; la forma de nombrar sigue vigente y es la razón de que un jardinero de Murcia y otro de Nueva Zelanda puedan entenderse.

España tuvo un papel notable en el siglo siguiente. El Real Jardín Botánico se funda en 1755 en Migas Calientes y se traslada al Prado en 1781. De ahí salen las grandes expediciones ilustradas: la de Ruiz y Pavón a Perú y Chile, la de José Celestino Mutis al Nuevo Reino de Granada —con sus más de seis mil láminas—, la de Sessé y Mociño a Nueva España y la de Malaspina. Antonio José Cavanilles describe centenares de especies y publica las Observaciones sobre el Reyno de Valencia, que son geografía botánica antes de que existiera el término.

El siglo XIX y XX completan el edificio: Ingenhousz demuestra que la luz es imprescindible para que la planta libere oxígeno, Mendel obtiene las leyes de la herencia con guisantes en 1866, Sachs y Pfeffer consolidan la fisiología, Barbara McClintock descubre los elementos genéticos móviles en el maíz y en las últimas décadas la filogenia molecular ha reordenado el árbol de las plantas con flor —el sistema APG— desmontando parentescos que se daban por seguros. Muchas plantas han cambiado de familia por eso, y de ahí que la Chlorophytum o la Yucca ya no se clasifiquen donde las viejas guías decían.

Las ramas de la botánica

La disciplina se divide en dos grandes bloques. La botánica pura busca conocimiento del vegetal en sí mismo; la botánica aplicada lo pone a trabajar en agricultura, farmacia, silvicultura o jardinería. Dentro de ellas conviven especialidades muy distintas:

Taxonomía y sistemática. Describe, nombra y clasifica las especies, y reconstruye su parentesco evolutivo. Es la base sobre la que se apoya todo lo demás: sin saber qué planta es, ningún dato sobre ella sirve.

Morfología y anatomía vegetal. La primera estudia la forma externa —raíz, tallo, hoja, flor, fruto—; la segunda, la organización interna de tejidos: xilema, floema, cámbium, estomas. Es lo que explica por qué un anillado de corteza mata a un árbol y una poda de ramas no.

Fisiología vegetal. Estudia los procesos: fotosíntesis, respiración, transpiración, absorción de nutrientes, hormonas, floración inducida por fotoperiodo, latencia y vernalización. Es la rama con más aplicación directa en el jardín.

Citología y genética vegetal. La célula, los cromosomas, la poliploidía —tan frecuente en plantas cultivadas: el trigo panadero es hexaploide— y la mejora vegetal.

Ecología vegetal y fitosociología. Cómo se relacionan las plantas entre sí y con el medio, y cómo se agrupan en comunidades reconocibles: un encinar, un robledal, un tomillar. En España es una tradición fuerte, con la escuela de Rivas-Martínez y sus pisos bioclimáticos.

Fitogeografía. La distribución de las especies sobre el planeta y sus causas históricas y climáticas.

Paleobotánica y palinología. Plantas fósiles y polen. El análisis de polen conservado en turberas permite reconstruir qué bosque había en un valle hace ocho mil años, y también se usa en criminalística y en el estudio de las alergias.

Briología, pteridología, ficología, liquenología y micología. Especialidades por grupo: musgos, helechos, algas, líquenes y hongos.

Fitopatología. Enfermedades de las plantas y sus agentes: hongos, bacterias, virus, fitoplasmas. Detrás de cada plaga que arruina un cultivo hay un fitopatólogo intentando entenderla, desde la Phytophthora infestans de la patata hasta la Xylella fastidiosa que hoy amenaza al olivar y al almendro mediterráneos.

Etnobotánica y botánica económica. El uso humano de las plantas: alimentación, medicina, fibras, tintes, rituales. Recupera conocimiento tradicional antes de que se pierda.

Farmacognosia y dendrología. Principios activos de origen vegetal la primera —la aspirina viene del sauce, la digoxina de la digital, el taxol del tejo—; estudio de las especies leñosas la segunda.

Para qué sirve, y qué le aporta a quien tiene un jardín

Lo evidente primero: la alimentación mundial descansa sobre un puñado de especies vegetales, y mejorarlas, defenderlas de plagas y adaptarlas a sequías crecientes es trabajo botánico. También lo es buena parte de la farmacología, la gestión forestal, la restauración de suelos degradados, la evaluación de impacto ambiental y las listas rojas de especies amenazadas. La flora ibérica ronda las 6.000 especies de plantas vasculares, con un porcentaje alto de endemismos, y saber cuáles y dónde están es la condición previa para conservarlas.

Pero hay un retorno más doméstico. Casi todo lo que se hace mal en un jardín se hace mal por ignorar algo elemental de fisiología. Tres ejemplos que se repiten:

El abono no es comida. El experimento del sauce lo anticipaba: la materia de una planta procede sobre todo del CO2 del aire y del agua, no del suelo. Los fertilizantes aportan nutrientes minerales en cantidades pequeñas —nitrógeno, fósforo, potasio y micronutrientes—, que hacen falta pero no engordan a nadie por sí solos. Abonar una planta que está mal por falta de luz o por asfixia radicular no la salva; la remata, porque las sales aumentan la concentración de la solución del suelo y dificultan todavía más la absorción de agua.

El riego lo dicta la raíz, no el calendario. La raíz respira, y respirar exige oxígeno en los poros del sustrato. Un suelo encharcado deja a la raíz sin aire, se pudre, deja de absorber y la planta se marchita con los pies en el agua. Esa marchitez se confunde a diario con sed y se responde regando más. La comprobación es tocar el sustrato cinco centímetros por debajo de la superficie antes de regar.

Los nombres científicos no son pedantería. "Geranio" designa en las tiendas a los Pelargonium, mientras que el género Geranium es otra cosa con necesidades distintas. Lo mismo pasa con "jazmín", "lirio" o "cedro", que en castellano se aplican a plantas de familias sin relación. Cuando se compra una planta por su nombre binomial se sabe exactamente qué se lleva a casa y se puede buscar información fiable sobre su rusticidad y su cultivo.

A eso se añade que conocer la familia botánica de una planta predice su comportamiento. Las rosáceas —rosal, manzano, peral, níspero, membrillero— comparten sensibilidad al fuego bacteriano y al oídio. Las solanáceas —tomate, pimiento, berenjena, patata— comparten patógenos de suelo, y por eso no se plantan seguidas en el mismo bancal. Las leguminosas fijan nitrógeno atmosférico gracias a bacterias del género Rhizobium en sus nódulos radiculares, y por eso mejoran el suelo en una rotación. Todo eso es botánica aplicada al huerto de casa.

En resumen

La botánica es la ciencia que estudia las plantas en todos sus planos: forma, función, herencia, clasificación, distribución y uso. Arranca con Teofrasto, se estanca durante siglos de copia de manuscritos, resucita con la observación directa del Renacimiento, adquiere su lenguaje universal con Linneo en 1753 y se transforma en el siglo XX con la genética y la filogenia molecular. Sus ramas van de la taxonomía a la palinología, de la fisiología a la etnobotánica. Y sirve para mucho más que llenar herbarios: alimenta, cura, conserva ecosistemas y, en la escala pequeña de un jardín, explica por qué una planta se muere cuando todo parecía correcto.


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