Antes de que existiera la aspirina, en media Europa se masticaba corteza de sauce para bajar la fiebre. Ese salto (de un remedio de aldea a un principio activo aislado en laboratorio, la salicina de Salix alba) resume bastante bien de qué va la etnobotánica: de estudiar en serio lo que la gente ha sabido siempre sobre las plantas, con método científico y sin tratarlo como folclore pintoresco.

Qué estudia exactamente la etnobotánica

La etnobotánica es la disciplina que estudia las relaciones entre los grupos humanos y las plantas: qué especies usan, para qué, cómo las nombran, cómo las recolectan o cultivan, qué normas regulan su acceso y cómo ese conocimiento se transmite de una generación a la siguiente.

El término lo acuñó el botánico estadounidense John William Harshberger a finales del siglo XIX, hacia 1895, aunque en su formulación original se refería sobre todo a identificar las plantas usadas por los pueblos indígenas. La disciplina moderna es mucho más ancha: no se limita al catálogo de especies, sino que se interesa por el sistema de conocimiento completo, incluidas las clasificaciones populares, que a menudo no coinciden con las taxonómicas y sin embargo son coherentes y funcionales dentro de su lógica.

Es, por eso, una disciplina de frontera. Se apoya a la vez en la botánica (identificación, taxonomía, ecología), en la antropología (trabajo de campo, entrevistas, análisis cultural), en la lingüística (nombres vernáculos), en la farmacología y en la química de productos naturales. Un trabajo etnobotánico serio necesita a alguien que sepa determinar una Umbelliferae y a alguien que sepa entrevistar a un pastor de ochenta años sin ponerle palabras en la boca.

Un malentendido frecuente: no es lo mismo que "plantas medicinales"

Es habitual usar "etnobotánica" como sinónimo elegante de fitoterapia popular. No lo es, y la confusión empobrece la disciplina.

Los usos medicinales son solo una categoría entre muchas. Un inventario etnobotánico bien hecho recoge también usos alimentarios (verduras silvestres, frutos, condimentos), tecnológicos (cestería, cuerdas, mangos de herramienta, tintes, madera de carbonear), veterinarios, agrícolas (setos, abonos verdes, plantas indicadoras del momento de sembrar), rituales y festivos, combustibles, ornamentales y tóxicos, que también forman parte del saber: conocer la planta que mata el ganado es tan conocimiento como conocer la que lo cura.

En España, por ejemplo, el saber popular sobre el esparto (Stipa tenacissima) para hacer capachos, esteras y sogas, o sobre el mimbre (Salix spp.) para cestería, es material etnobotánico de primer orden, y no tiene nada que ver con la medicina.

Cómo se estudian los usos de las plantas

El método tiene una parte de campo y una parte de gabinete, y ambas son igual de exigentes.

Trabajo de campo. El instrumento central es la entrevista semiestructurada con personas que mantienen el conocimiento: pastores, hortelanos, herbolarios, recolectores, mujeres mayores del medio rural (que en muchas comarcas concentran el saber sobre plantas alimentarias y medicinales domésticas). Se trabaja con guion abierto y se evita inducir respuestas, porque preguntar "¿y esta la usaban para el estómago?" garantiza obtener un sí que no vale nada. Se usan también listados libres, recorridos por el terreno con la persona informante y ejercicios de identificación con la planta fresca en la mano.

Consentimiento previo. Antes de nada se explica quién eres, para qué vas a usar la información y dónde se va a publicar. No es un trámite: es la diferencia entre una investigación y una extracción.

Pliegos testigo. Esta es la pieza que separa el trabajo riguroso del anecdótico. Cada planta citada se recolecta, se prensa, se identifica por un especialista y se deposita en un herbario público con su número de registro. Sin ese respaldo, un nombre vernáculo no dice nada: "té de roca", "manzanilla" o "árnica" designan especies completamente distintas según la provincia, y sin pliego no hay forma de saber de cuál se hablaba.

Análisis. Los datos se ordenan por especie, por uso y por categoría, y se tratan con índices cuantitativos: número de citas por especie, índice de importancia cultural, factor de consenso entre informantes para una misma dolencia o uso. Ese consenso es un indicio interesante: cuando muchas personas independientes atribuyen el mismo uso a la misma planta, hay más motivos para sospechar que detrás hay un efecto real.

Devolución y verificación. El trabajo termina volviendo a la comunidad en forma de publicación accesible, y en algunos casos continúa en el laboratorio, con análisis fitoquímico o farmacológico de las especies más citadas.

Persona manipulando hojas de hiedra

La etnobotánica en España

La península ibérica es un territorio excepcional para esta disciplina: alta diversidad vegetal, mucha variedad de ambientes en poco espacio, una historia larga de usos ganaderos y agrícolas y, sobre todo, una tradición escrita que arranca muy atrás.

El precedente clásico es el De Materia Medica de Dioscórides, del siglo I, comentado y traducido al castellano por Andrés Laguna en 1555. En el siglo XX, la figura de referencia es Pío Font Quer, cuyo Plantas medicinales. El Dioscórides renovado (1962) sigue siendo el libro que más gente ha usado para poner nombre científico a un remedio de casa.

El esfuerzo más ambicioso de las últimas décadas es el Inventario Español de los Conocimientos Tradicionales relativos a la Biodiversidad, promovido por el ministerio competente en medio ambiente y desarrollado por un equipo amplio de investigadores, que ha ido publicando volúmenes recopilando, comarca a comarca, los usos documentados de la flora y la fauna del país. Es un trabajo que llegó justo a tiempo: la generación que trabajó el campo antes de la mecanización y del éxodo rural de los años sesenta es la última que aprendió estos usos de primera mano.

De ese fondo salen cosas muy reconocibles: las collejas (Silene vulgaris) para tortillas y potajes, los espárragos trigueros (Asparagus acutifolius), las tagarninas o cardillos (Scolymus hispanicus) de la cocina andaluza y manchega, la achicoria (Cichorium intybus) como sucedáneo de café, el poleo (Mentha pulegium), el té de roca (Jasonia glutinosa) en el Sistema Ibérico, o el uso de la rubia (Rubia tinctorum) y el glasto (Isatis tinctoria) como tintóreas.

Por qué importa

Porque ha dado medicamentos reales. Además del sauce y el ácido acetilsalicílico, el ejemplo canónico es la quina (Cinchona spp.), de cuya corteza salió la quinina contra el paludismo a partir de un uso conocido en los Andes. La digoxina procede de la digital (Digitalis purpurea, Digitalis lanata), que William Withering estudió en el siglo XVIII partiendo de un remedio popular inglés para la hidropesía. Y la artemisinina, uno de los antipalúdicos actuales, se aisló de Artemisia annua siguiendo la pista de un texto médico chino antiguo. Partir de una planta que ya se usa reduce enormemente el espacio de búsqueda frente al cribado ciego de miles de especies.

Porque conserva agrobiodiversidad. Las variedades locales de tomate, judía, melón o trigo se han mantenido gracias a redes de intercambio de semillas entre agricultores. Documentar esas variedades y los criterios con los que se seleccionaban es rescatar un material genético que la agricultura industrial ha ido dejando fuera.

Porque orienta la conservación. Saber qué especies se recolectan, en qué cantidad y en qué época permite regular la presión sobre poblaciones silvestres. El caso del té de roca o el de algunas orquídeas y setas recolectadas comercialmente lo ilustran bien.

Porque es patrimonio. El conocimiento sobre plantas es cultura tan legítima como una arquitectura popular o un repertorio de coplas, y desaparece más rápido y más silenciosamente. Cuando muere la última persona de un pueblo que sabía distinguir dos "tomillos" distintos, esa información no está en ningún libro.

Los límites: lo tradicional no equivale a lo seguro

Conviene decirlo con claridad, porque el mercado de lo "natural" ha hecho mucho daño: que un uso esté documentado en la tradición no demuestra que sea eficaz, y desde luego no demuestra que sea inocuo.

La etnobotánica documenta lo que la gente hace y ha hecho; establecer si funciona y con qué margen de seguridad es tarea de la farmacología y de los ensayos clínicos. Entre las plantas de uso popular hay tóxicos muy serios: la belladona (Atropa belladonna), el estramonio (Datura stramonium), el eléboro (Helleborus foetidus), la propia digital (con un margen entre dosis terapéutica y dosis letal estrechísimo) o las aristoloquias (Aristolochia spp.), que se han asociado a nefropatía grave. Hay también intoxicaciones frecuentes por confusión en la recolección, como la del cólquico (Colchicum autumnale) tomado por ajo silvestre.

Otra advertencia: los usos tradicionales están ligados a una preparación y una dosis concretas (una infusión ligera de hojas secas no es lo mismo que un extracto concentrado en cápsulas), y descontextualizarlos es precisamente donde aparecen los problemas.

Quién es dueño de ese conocimiento

Hay una dimensión ética que ya no se puede pasar por alto. Durante décadas se documentaron usos de comunidades locales que después dieron lugar a patentes y productos comerciales sin que aquellas recibieran nada. Es lo que se conoce como biopiratería.

El marco actual, el Convenio sobre la Diversidad Biológica y el Protocolo de Nagoya (en vigor desde 2014), reconoce la soberanía de los países sobre sus recursos genéticos y exige consentimiento informado previo y reparto justo de los beneficios derivados de su uso. Para el investigador esto se traduce en permisos, acuerdos escritos y transparencia sobre el destino de los datos.

Qué tiene esto que ver con tu jardín

Más de lo que parece. Buena parte de las plantas que hoy tenemos por ornamentales llegaron al jardín por una razón práctica: el laurel (Laurus nobilis) por la cocina, el romero (Rosmarinus officinalis) y la lavanda (Lavandula spp.) por su aroma y su uso doméstico, el saúco (Sambucus nigra) por sus flores y frutos, la higuera (Ficus carica) junto a la casa por la sombra y la fruta, el membrillero por la carne de membrillo.

Mirar el jardín con ojos etnobotánicos cambia también las decisiones de diseño: explica por qué ciertas especies aguantan bien en un sitio concreto (llevan siglos seleccionadas allí), da argumentos para plantar variedades locales en vez de material de catálogo, y convierte un seto o un rincón de aromáticas en algo con historia detrás. Si vives cerca de una zona rural, hablar con quien lleva allí toda la vida sobre qué crecía y para qué es, literalmente, hacer etnobotánica a pequeña escala.

Planta de jazmín Jasminum polyanthum

En resumen

La etnobotánica estudia la relación entre las personas y las plantas: usos alimentarios, medicinales, tecnológicos, veterinarios, rituales y ornamentales, junto con los nombres y las clasificaciones populares que los sostienen. Trabaja con entrevistas en el campo, consentimiento previo, pliegos depositados en herbario e índices de consenso, porque sin identificación botánica firme un nombre local no vale como dato. Importa porque ha alumbrado medicamentos, porque conserva variedades agrícolas y porque documenta un patrimonio que se está perdiendo con la generación que lo aprendió trabajando la tierra. Y tiene un límite que conviene repetir: que un uso sea tradicional no lo hace ni eficaz ni seguro; eso se demuestra aparte.


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