Una hoja cae al fondo de un lago hace veinte millones de años, se hunde en un limo sin oxígeno y queda sepultada. Cuando alguien parte esa roca hoy, aparece el dibujo completo de sus nervios, el borde dentado y hasta las marcas que le dejó un insecto al mordisquearla. De eso se ocupa la paleobotánica: de leer plantas que dejaron de existir mucho antes de que hubiera nadie para verlas.

Es una disciplina de frontera, con un pie en la botánica y otro en la geología. Del lado botánico aporta anatomía, morfología y sistemática; del geológico, estratigrafía, sedimentología y técnicas de datación. El resultado es una historia de las plantas que abarca unos 470 millones de años y que explica, entre otras muchas cosas, por qué el jardín que cuidas está compuesto casi enteramente por un grupo evolutivo que llegó tarde.

Qué estudia exactamente

El objeto de estudio son los restos vegetales fósiles, y aquí conviene deshacer un malentendido frecuente: en paleobotánica casi nunca aparece una planta entera. Lo que se encuentra son piezas sueltas —una hoja, un fragmento de tronco, una semilla, un cono, un grano de polen— que se depositaron por separado porque las plantas se desmontan al morir mucho más que los animales.

Esto tiene una consecuencia práctica curiosa: los paleobotánicos han tenido que trabajar durante mucho tiempo con taxones de órganos, es decir, nombres científicos que designan una hoja, un tronco o una semilla, sin saber si pertenecían todos al mismo vegetal. Con el tiempo, y con hallazgos de piezas todavía conectadas, se han ido reconstruyendo plantas completas y unificando nombres. Reconstruir un árbol del Carbonífero es, literalmente, un trabajo de encaje.

Dentro de la disciplina hay varias especialidades bien definidas. La palinología estudia granos de polen y esporas, resistentes como pocas estructuras orgánicas gracias a la esporopolenina de su pared; es la rama más aplicada, porque el polen sirve para datar estratos y para reconstruir vegetaciones antiguas con precisión. La paleoxilología se centra en las maderas fósiles y su anatomía. La antracología analiza carbones vegetales de yacimientos arqueológicos. La paleoetnobotánica o arqueobotánica investiga qué plantas usaba, comía y cultivaba la gente del pasado, y es la que ha permitido trazar la domesticación del trigo, del olivo o de la vid.

Helecho fosilizado sobre roca

Cómo se fosiliza una planta

Que un vegetal llegue a fósil es improbable. La materia vegetal se descompone rápido: hongos y bacterias la degradan en semanas. Para que se conserve hace falta que algo interrumpa esa descomposición, y eso casi siempre significa enterramiento rápido en un medio sin oxígeno: el fondo de un lago, una laguna litoral, un delta, una turbera, una zona inundada por una avenida o una capa de ceniza volcánica.

De ahí que el registro fósil vegetal esté fuertemente sesgado. Está sobrerrepresentada la vegetación de zonas húmedas y bajas, cerca del agua; está casi ausente la de laderas secas y montañas, porque allí los restos se oxidan y desaparecen. Cuando se lee una reconstrucción de un paisaje del pasado hay que tener presente ese filtro.

Los modos de conservación son varios y cada uno guarda un tipo de información distinta.

Compresión. El resto queda aplastado entre capas de sedimento y su materia orgánica se reduce a una fina película carbonosa. Es el fósil típico de hoja en lutitas y pizarras. Conserva contorno, nervadura y, con suerte, la cutícula, que puede aislarse químicamente y observarse al microscopio: entonces se ven los estomas uno a uno. La densidad de estomas de hojas fósiles se usa hoy como indicador de la concentración de CO2 atmosférica en el pasado, porque las plantas fabrican menos estomas cuando hay más CO2 disponible.

Impresión. Solo queda la huella en la roca, sin materia orgánica. Da forma pero no anatomía.

Permineralización o petrificación. Aguas cargadas de sílice o carbonato penetran en los tejidos y precipitan dentro de las células antes de que estas se destruyan. El resultado conserva la estructura tridimensional interna: se pueden hacer cortes y ver traqueidas, radios, haces vasculares. Es el modo de conservación más valioso y el que hay en los bosques petrificados. En España hay ejemplos notables de troncos silicificados en Aragón y en Castilla y León.

Moldes y contramoldes. Frecuentes en troncos huecos: el sedimento rellena el interior y al desaparecer la madera queda un molde interno con el relieve de la médula o de la corteza.

Inclusión en ámbar. La resina de coníferas atrapa flores, hojas, polen e insectos y los conserva con un detalle que ningún otro medio iguala. El yacimiento de El Soplao, en Cantabria, y los de Peñacerrada (Álava) y San Just (Teruel) han dado ámbar cretácico de hace unos cien millones de años con material vegetal y con los insectos que polinizaban aquellas plantas.

Cómo se preparan y limpian los fósiles

El trabajo de laboratorio empieza donde acaba el martillo, y es más delicado de lo que parece. La primera advertencia va contra el instinto: una compresión vegetal no se lava a chorro ni se cepilla con energía. La película carbonosa que forma el fósil tiene décimas de milímetro y se levanta con el agua o con la cerda dura. Muchos ejemplares se han perdido en el fregadero antes de llegar a estudiarse.

La preparación mecánica se hace bajo lupa binocular, retirando matriz con agujas montadas, bisturíes y microcinceles neumáticos, siempre trabajando desde el fósil hacia fuera y no al revés. Es lento y no tiene atajos.

La preparación química depende de la roca. Si la matriz es carbonatada, se ataca con ácido clorhídrico diluido, controlando el tiempo. Si es silícea, se emplea ácido fluorhídrico, un reactivo extremadamente peligroso —ataca el hueso a través de la piel— que solo se maneja en laboratorio con protocolos estrictos. Nada de esto tiene versión doméstica.

Para estudiar cutículas se aplica la maceración: se sumerge el fragmento en una mezcla oxidante que disuelve la materia carbonosa y libera la película cuticular, que después se neutraliza, se aclara y se monta en porta. En permineralizaciones se usa la técnica del peel de acetato: se pule la superficie del corte, se ataca ligeramente con ácido, se cubre con acetona y una lámina de acetato de celulosa, y al secar se despega una réplica que reproduce la anatomía celular y puede observarse directamente al microscopio. Es un método barato, no destructivo en la práctica y todavía plenamente vigente.

En palinología el proceso es distinto: se disgrega la roca, se eliminan carbonatos y silicatos con ácidos, se hace acetólisis para limpiar el contenido celular y queda un residuo concentrado de granos de polen y esporas que se monta en glicerina o silicona.

Terminada la preparación, la conservación importa tanto como la extracción. Los ejemplares se consolidan con resinas acrílicas reversibles, se etiquetan con su procedencia estratigráfica exacta —un fósil sin dato de dónde salió pierde la mitad de su valor— y se guardan en seco. Este último punto no es menor: si el fósil contiene pirita, la humedad ambiental por encima del 55-60 % desencadena la llamada enfermedad de la pirita, una oxidación que produce ácido sulfúrico y desmenuza la pieza desde dentro.

Qué hemos aprendido gracias a ella

La paleobotánica ha reconstruido una secuencia que cambia bastante la idea intuitiva que uno tiene de las plantas.

Las primeras plantas terrestres vasculares aparecen en el Silúrico, hace unos 425 millones de años: tallos bifurcados de pocos centímetros, sin hojas ni raíces verdaderas, con esporangios en el extremo. En el Devónico surgen la hoja plana, la raíz y la madera, y con ellas los primeros árboles y los primeros suelos forestales, un cambio que alteró la química de la atmósfera y el clima del planeta.

El Carbonífero es la época de los grandes bosques de licopodios arborescentes de más de treinta metros, equisetos gigantes y helechos con semilla, en un mundo sin flores. Aquellas turberas son el carbón que se ha extraído en Asturias, León y Puertollano, y por eso las cuencas mineras españolas son a la vez yacimientos paleobotánicos de primer orden.

Las gimnospermas dominan el Pérmico, el Triásico y el Jurásico: coníferas, cicadales, ginkgos, bennettitales. Y no es hasta el Cretácico inferior, hace unos 130 millones de años, cuando irrumpen las angiospermas, las plantas con flor, que en apenas unas decenas de millones de años pasan a dominar el planeta. Darwin llamó a esa expansión "el abominable misterio", y sigue siendo un problema abierto. En España, el yacimiento de Las Hoyas (Cuenca), del Cretácico inferior, ha aportado piezas clave de ese momento, entre ellas Montsechia vidalii, una planta acuática que figura entre las candidatas a angiosperma más antigua conocida.

Otra aportación de peso vino de un helecho con semilla del Pérmico, Glossopteris, cuyas hojas aparecen en Sudamérica, África, India, Australia y la Antártida. Esa distribución imposible para una planta separada por océanos fue uno de los argumentos que sostuvo la deriva continental de Wegener décadas antes de que se aceptara la tectónica de placas. Un fósil vegetal ayudó a demostrar que los continentes se mueven.

Hoja con nervadura marcada

Qué tiene que ver esto con tu jardín

Más de lo que parece. Varias plantas que se cultivan hoy con toda normalidad en España se describieron primero como fósiles y solo después se encontraron vivas, o bien sobrevivieron en refugios muy reducidos.

La metasecuoya (Metasequoia glyptostroboides) se describió a partir de fósiles a comienzos de los años cuarenta y poco después se localizaron árboles vivos en el centro de China. Desde entonces se ha plantado en parques de medio mundo, incluida la España húmeda y regadíos del interior, donde agradece suelo fresco y no tolera bien la sequía prolongada.

El ginkgo (Ginkgo biloba) es el único superviviente de un orden entero cuyas hojas, inconfundibles por su nervadura dicotómica y su lámina en abanico, se encuentran en rocas del Jurásico prácticamente idénticas a las que se barren hoy de las aceras. Esa nervadura sin nervio central es un rasgo primitivo que ninguna angiosperma comparte.

La araucaria (Araucaria araucana, Araucaria heterophylla) y las cícadas (Cycas revoluta) pertenecen a linajes que fueron dominantes en el Mesozoico. Y el pino de Wollemi (Wollemia nobilis), conocido solo por el registro fósil hasta que en 1994 se descubrió una población diminuta en un cañón australiano, se comercializa hoy en vivero.

Hay además un detalle de cultivo que la paleobotánica explica bien. Los helechos, los musgos y los equisetos necesitan agua líquida para reproducirse porque sus anterozoides nadan hasta el arquegonio; es un rasgo heredado de una etapa evolutiva anterior a la semilla. Cuando un helecho de jardín no se reproduce solo en un patio seco de Murcia, no es un capricho de la planta: es historia evolutiva de hace 400 millones de años operando en tu maceta.

En resumen

La paleobotánica estudia las plantas del pasado a partir de sus restos fósiles, y trabaja casi siempre con piezas sueltas —hojas, maderas, semillas, polen— que hay que recomponer. La fosilización exige enterramiento rápido en ausencia de oxígeno, y se produce por compresión, impresión, permineralización, moldes o inclusión en ámbar, cada modo con su tipo de información.

La preparación combina trabajo mecánico bajo lupa con técnicas químicas —maceración de cutículas, peels de acetato, tratamientos ácidos para palinología— y exige después una conservación cuidadosa, en seco y con la procedencia bien documentada.

Gracias a ella conocemos la secuencia que va de los primeros tallos silúricos a los bosques de carbón, al dominio de las gimnospermas y a la explosión de las plantas con flor en el Cretácico. España, con Las Hoyas, el ámbar de El Soplao y las cuencas carboníferas del norte, tiene un registro que no desmerece.


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