Un árbol adulto en un día caluroso de julio puede mover cientos de litros de agua desde el suelo hasta las hojas, y lo hace sin ningún órgano que bombee, sin músculo y sin gastar energía en el trayecto. Ese líquido que circula por dentro es la savia, y entender cómo se mueve explica de golpe media docena de decisiones prácticas de jardinería: cuándo podar, cuándo injertar, por qué el pulgón segrega melaza o por qué un herbicida sistémico llega a la raíz.

Qué es la savia

La savia es la disolución acuosa que circula por los tejidos conductores de las plantas vasculares. No es sangre vegetal, aunque la comparación se repita: no transporta oxígeno, no la impulsa una bomba central y no hay un circuito cerrado de ida y vuelta.

Hay dos savias distintas, con composición, recorrido y mecanismo diferentes, y circulan por dos sistemas de tuberías separados.

Esquema del floema y el xilema en el tallo de una planta

La savia bruta: agua y minerales que suben

La savia bruta es agua con sales minerales disueltas: nitratos, fosfatos, potasio, calcio, magnesio, hierro y los micronutrientes, más algunos aminoácidos y hormonas. Está muy diluida, apenas unas décimas de gramo de soluto por litro, y sabe a agua. Sube desde la raíz hasta la última hoja por el xilema, formado por vasos y traqueidas, células que al madurar mueren y quedan convertidas en tubos huecos con las paredes reforzadas de lignina. La madera de un tronco es, literalmente, xilema acumulado año tras año.

El ascenso se explica por la teoría de la cohesión-tensión. Al abrirse los estomas para captar CO₂, la hoja pierde agua por transpiración; esa pérdida genera una tensión, una succión, que tira de la columna de agua. Como las moléculas de agua se atraen entre sí por puentes de hidrógeno (cohesión) y se pegan a las paredes del vaso (adhesión), la columna se comporta como un hilo continuo y sube entera. La energía no la pone la planta: la pone el sol al evaporar el agua de la hoja. Por eso un árbol de cuarenta metros puede llevar agua a la copa sin ningún corazón.

Existe además la presión radicular, un empuje desde abajo que la raíz genera bombeando iones al xilema y arrastrando agua por ósmosis. Es un mecanismo secundario y de poca potencia, pero es responsable de dos fenómenos que se ven en el jardín: la gutación, esas gotitas que amanecen en el borde de las hojas de la fresa o de la vid en noches húmedas y que la gente confunde con rocío, y el lloro de la vid, el goteo abundante que sale de una cepa podada a finales de febrero o marzo. Ese líquido transparente que rezuma es savia bruta empujada por la raíz, no savia elaborada.

La savia elaborada: azúcares que se reparten

La savia elaborada es el producto de la fotosíntesis en circulación. Es un líquido viscoso, espeso y muy concentrado —del 10 al 30 % de materia seca—, en el que el azúcar dominante es la sacarosa, acompañada de aminoácidos, potasio, hormonas, proteínas y ARN mensajero.

Viaja por el floema, formado por tubos cribosos que, a diferencia del xilema, son células vivas, aunque hayan perdido el núcleo, asistidas por las células acompañantes contiguas. En un tronco, el floema está justo bajo la corteza; el xilema, hacia dentro. Ese detalle anatómico tiene consecuencias prácticas enormes.

El movimiento se explica por la hipótesis del flujo por presión de Münch: en un órgano fuente (una hoja madura fotosintetizando, o un tubérculo movilizando reservas en primavera) se carga sacarosa en el floema, entra agua por ósmosis desde el xilema vecino y sube la presión; en un órgano sumidero (una raíz, un fruto engordando, un brote nuevo) se descarga el azúcar, sale el agua y baja la presión. El gradiente de presión hace fluir la savia de la fuente al sumidero.

De ahí se deduce algo que casi nadie tiene claro: la savia elaborada no baja siempre. Va donde haga falta. En junio baja hacia raíces y frutos; en marzo, al brotar, sube desde las reservas del tronco y la raíz hacia las yemas. Es un flujo bidireccional, y bastante lento: unos 0,5 a 1 metro por hora, frente a los varios metros por hora, hasta decenas, que alcanza la savia bruta en el xilema de una especie de porosidad anular.

Dos errores muy repetidos

«En invierno la savia baja al tronco y a las raíces». Es una imagen cómoda, pero no describe lo que pasa. Lo que ocurre en otoño es que la planta traslada azúcares y nutrientes móviles fuera de la hoja antes de tirarla y los almacena en el parénquima del tronco y la raíz en forma de almidón, no como líquido acumulado. En invierno el flujo se reduce muchísimo porque no hay hoja que transpire ni fotosíntesis que alimente el floema, pero no hay ningún depósito que se vacíe y se llene. Que la poda de invierno funcione bien se debe a la parada vegetativa y a que las reservas están puestas a salvo, no a que «la savia se haya ido».

«El látex que sale al cortar es savia». No lo es. El látex de la higuera, la adelfa, las euforbias o el ficus se produce en unas células propias, los laticíferos, y circula al margen del xilema y del floema; su función es defensiva. Lo mismo pasa con las resinas de los pinos, que salen de canales resiníferos, y con las gomas de los frutales de hueso. Cortar una higuera y ver salir un líquido blanco no significa que se esté «desangrando de savia».

Por qué esto le importa al jardinero

Corte de una rama recién podada

Anillado y estrangulamientos. Si retiras un anillo de corteza alrededor de un tronco, cortas el floema pero dejas intacto el xilema. La planta sigue subiendo agua y por eso no se marchita de inmediato, pero los azúcares no llegan a la raíz y el árbol acaba muriendo, a veces al cabo de un año o dos. Es exactamente lo que ocurre cuando se olvida un tutor atado con alambre o una etiqueta de vivero: el tronco engorda, el alambre se clava, el floema se interrumpe y el árbol se apaga por arriba sin causa aparente. Revisa las ataduras cada primavera.

Injertos. El injerto prende cuando entran en contacto los cámbiums de patrón y púa, la capa generadora que hay entre xilema y floema. Que el injerto de yema o de escudete se haga en agosto o a finales de invierno no es capricho: se hace cuando la corteza «se desprende», es decir, cuando el cámbium está activo y la savia en movimiento.

Plagas. Los pulgones, las cochinillas y la mosca blanca clavan el estilete en el floema y beben savia elaborada. Como está cargada de azúcar y es pobre en proteínas, tienen que ingerir volúmenes enormes para conseguir nitrógeno y eliminan el exceso de azúcar en forma de melaza, esa capa pegajosa que luego ennegrece con la negrilla. Las cigarras y algunos cicadélidos, en cambio, pinchan el xilema, que está aún más diluido, y por eso no dejan melaza. La transmisión de Xylella fastidiosa por el cercópido espumador se entiende justo por ahí: es una bacteria que coloniza el xilema y la mueve un insecto que se alimenta de él.

Tratamientos sistémicos. Un producto que solo se mueve por el xilema asciende, pero no baja a la raíz; uno con movilidad por floema, como el glifosato, se reparte por toda la planta y llega a los rizomas. Por eso el glifosato sobre grama o correhuela funciona si se aplica sobre planta en crecimiento activo y con hoja suficiente, y no sirve de nada aplicarlo sobre una mata agostada.

Savias que se cosechan. El jarabe de arce se obtiene de la savia xilemática de Acer saccharum extraída al final del invierno, cuando las alternancias de hielo y deshielo generan presión en el tronco; hacen falta unos cuarenta litros para un litro de jarabe. En el norte de Europa se recoge savia de abedul (Betula) del mismo modo, y en Canarias y México el aguamiel del agave o la savia de palmera dan guarapo y miel de palma.

Qué es una planta «de una savia»

En viveros forestales y de frutales se habla de planta de una savia, dos savias o tres savias. Aquí «savia» no se refiere al líquido, sino a un ciclo vegetativo completo: una savia equivale a un año de crecimiento en vivero.

Una planta de una savia es un plantón que ha vivido una sola temporada desde la siembra o el estaquillado. En la nomenclatura de vivero forestal se anota como 1+0: un año en semillero y ninguno tras repicar. Una de dos savias puede ser 2+0 (dos años en el mismo sitio) o 1+1 (un año en semillero y otro después de trasplantar), y el sistema radicular resulta bastante distinto en cada caso.

Para quien compra planta, la diferencia es real. La de una savia es más barata, más pequeña y se maneja mejor, pero necesita más cuidados los dos primeros veranos. La de dos o tres savias arranca con más porte y aguanta mejor la competencia de las hierbas, aunque su raíz sufre más en el trasplante si viene a raíz desnuda. En repoblaciones de encina o quercíneas en clima mediterráneo, la planta de una savia bien enraizada en envase suele dar mejores tasas de supervivencia que una planta mayor con la raíz mal formada, porque lo que decide es la relación entre raíz y parte aérea, no la altura del tallo.

En resumen

La savia bruta es agua con minerales que sube por el xilema, un tejido de células muertas, arrastrada por la transpiración de las hojas y ayudada en momentos puntuales por la presión radicular. La savia elaborada es una disolución concentrada de sacarosa que circula por el floema, un tejido vivo bajo la corteza, y va de las zonas que producen azúcar a las que lo consumen, hacia abajo o hacia arriba según la época. Ni «baja en invierno» ni es lo mismo que el látex o la resina. Saber por dónde va cada una explica por qué un alambre olvidado mata un árbol, por qué el pulgón deja melaza, cuándo prende un injerto o cómo llega un herbicida a la raíz. Y cuando en un vivero te ofrecen planta «de una savia», están hablando de años de cultivo, no del líquido.


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