Alrededor del 95 % del peso seco de un roble no salió del suelo: salió del aire. Cuesta aceptarlo mirando un tronco de dos metros de perímetro, pero la madera, las hojas y las raíces están hechas sobre todo de carbono que la planta capturó del dióxido de carbono atmosférico, más el hidrógeno y el oxígeno del agua. El suelo aporta apenas un puñado de gramos de minerales por cada kilo de planta. Esa es la respuesta corta a qué comen las plantas, y explica de paso por qué el saco de abono no es, hablando con propiedad, comida.
La confusión viene del lenguaje. Llamamos "alimento para plantas" a lo que vendemos en el centro de jardinería, y de ahí se deduce que una planta come lo que le echamos a la tierra. En realidad la planta se fabrica su propia comida y usa los minerales del suelo como piezas de recambio y herramientas. Vale la pena separar las dos cosas, porque de esa distinción salen las decisiones de riego, abonado y luz que realmente funcionan.
La comida se fabrica dentro de la hoja
Las plantas son organismos autótrofos: sintetizan su propio alimento a partir de materia inorgánica. El proceso es la fotosíntesis y ocurre en los cloroplastos, sobre todo en las hojas. Con la energía de la luz, la clorofila rompe moléculas de agua y utiliza los electrones liberados para fijar el dióxido de carbono del aire en azúcares. La cuenta global, simplificada, es esta: seis moléculas de CO2 más seis de agua producen una de glucosa y liberan seis de oxígeno.
Los ingredientes son por tanto tres, y ninguno se compra en un saco: luz, dióxido de carbono y agua. El CO2 entra por los estomas, unos poros microscópicos situados casi siempre en el envés de la hoja, que la planta abre y cierra según le convenga. El agua sube desde la raíz por el xilema. Y la luz marca el ritmo de todo: sin luz suficiente no hay azúcares, por mucho abono que haya en la maceta.
De esa glucosa sale todo lo demás. Parte se quema para obtener energía, parte se convierte en celulosa y lignina —el esqueleto de la planta—, parte se almacena como almidón en semillas, bulbos y tubérculos, y parte viaja por el floema hacia raíces, flores y frutos, que no fotosintetizan y viven de lo que las hojas les envían. Cuando podas media copa de un árbol, lo que le quitas no es solo estética: es su fábrica.
Conviene desmontar aquí otra idea repetida: las plantas no solo fotosintetizan, también respiran, y lo hacen las veinticuatro horas del día. Durante el día la fotosíntesis supera con mucho a la respiración y el balance es de consumo de CO2 y emisión de oxígeno; de noche solo queda la respiración, que consume oxígeno y quema azúcares. Esa respiración nocturna es la razón por la que una noche muy cálida perjudica a un cultivo: el árbol gasta en oscuridad buena parte de lo que fabricó de día.
Los diecisiete elementos esenciales
Aunque el grueso de la biomasa venga del aire y del agua, una planta no puede vivir solo de azúcares. Para construir proteínas, clorofila, membranas, enzimas y ADN necesita una lista corta de elementos químicos que sí toma del suelo. Se consideran esenciales diecisiete, y se agrupan según la cantidad que se requiere, no según su importancia: un déficit de cualquiera de ellos detiene el crecimiento igual de bien.
Del aire y del agua llegan el carbono, el hidrógeno y el oxígeno, que suman más del 90 % del peso seco.
Macronutrientes primarios. El nitrógeno (N) es la pieza de los aminoácidos, las proteínas y la propia clorofila; su carencia amarillea primero las hojas viejas, porque la planta lo recicla hacia las nuevas. El fósforo (P) interviene en el ATP, en los ácidos nucleicos y en el desarrollo de raíces, flores y semillas; su falta da plantas raquíticas con tonos violáceos en hojas y tallos. El potasio (K) no forma estructuras, sino que regula: abre y cierra estomas, activa enzimas, mejora el llenado del fruto y la resistencia a sequía y frío; se echa en falta como bordes secos y quemados en las hojas más antiguas. Son las tres cifras que aparecen en cualquier etiqueta de abono, siempre en ese orden.
Macronutrientes secundarios. El calcio (Ca) cementa las paredes celulares; su déficit, muy ligado a riegos irregulares, produce la conocida podredumbre apical del tomate. El magnesio (Mg) es el átomo que ocupa el centro de la molécula de clorofila —sin magnesio no hay verde— y su carencia se ve como amarilleo entre los nervios de las hojas viejas. El azufre (S) forma parte de dos aminoácidos y de muchas vitaminas.
Micronutrientes. Hierro, manganeso, zinc, cobre, boro, molibdeno, cloro y níquel se necesitan en cantidades minúsculas, a veces de partes por millón, pero son insustituibles. En España el que más problemas causa es el hierro, no porque falte en el suelo —los suelos calizos peninsulares suelen tener de sobra— sino porque a pH alto se encuentra en formas que la raíz no puede absorber. De ahí la clorosis férrica clásica en cítricos, hortensias, azaleas, arces o gardenias: hojas nuevas amarillas con los nervios marcadamente verdes. Añadir más hierro en polvo al suelo no lo arregla; hace falta un quelato adecuado a suelo calizo o corregir el pH.
Cómo entra el alimento mineral
La planta no absorbe partículas de tierra ni trozos de materia orgánica. Absorbe iones disueltos en el agua del suelo —nitrato, amonio, fosfato, potasio, calcio— a través de los pelos radicales, las prolongaciones finísimas que se forman detrás del ápice de cada raíz. Esto tiene tres consecuencias muy prácticas.
La primera es que sin agua no hay nutrición, aunque el suelo esté lleno de nutrientes: en sequía la absorción se detiene. La segunda es que el pH manda. Cada elemento tiene un rango de pH en el que resulta asimilable, y la mayor disponibilidad conjunta se da entre 6 y 7. Por encima de 7,5 se bloquean hierro, manganeso y zinc; por debajo de 5,5 escasean calcio, magnesio y fósforo. Medir el pH del suelo o del agua de riego explica más problemas de nutrición que cualquier otra prueba. La tercera es que el oxígeno en la zona radicular es indispensable: la absorción de muchos iones consume energía, y esa energía sale de la respiración de la raíz. Un sustrato encharcado y sin aire deja a la planta con síntomas de hambre en medio de la abundancia.
A la absorción contribuye además una red que rara vez se ve. Las micorrizas, hongos asociados a las raíces de la inmensa mayoría de plantas terrestres, extienden el alcance de la raíz muchísimos centímetros y mejoran de forma notable la captación de fósforo y agua, a cambio de azúcares. Las leguminosas, por su parte, alojan bacterias del género Rhizobium en nódulos radicales, capaces de fijar el nitrógeno del aire y ponerlo a disposición de la planta; por eso las habas o los altramuces enriquecen el terreno y se usan como abono verde.
Materia orgánica, compost y abonos: qué hace cada cosa
El estiércol, el compost o las hojas caídas no alimentan directamente a la planta. Alimentan a la fauna y la microbiología del suelo —bacterias, hongos, lombrices—, que descomponen esa materia orgánica y liberan poco a poco los iones minerales que sí puede absorber la raíz. Ese rodeo tiene ventajas: la liberación es lenta y sostenida, y de paso el compost mejora la estructura del suelo, su capacidad de retener agua y su vida biológica. Los abonos minerales de síntesis se saltan el intermediario y aportan iones ya disponibles, lo que los hace rápidos y precisos, pero también fáciles de sobredosificar y sin efecto alguno sobre la estructura del terreno.
El error más frecuente en jardinería doméstica es tratar el abono como comida y aplicarlo cuando la planta va mal. Un exceso de sales en la solución del suelo invierte el flujo de agua y deshidrata la raíz: eso es lo que se ve como puntas quemadas y hojas caídas tras "darle un empujón". Las reglas que evitan el problema son sencillas: no abonar una planta seca —riega primero—, no abonar una planta enferma, recién trasplantada o parada por frío o calor extremo, y no abonar una planta a la que lo que le falta es luz. Si el limitante es la luz, más nitrógeno solo produce tallos largos, blandos y débiles.
Las plantas que comen de otra manera
Hay excepciones interesantes que confirman la regla. Las carnívoras —Dionaea muscipula, Drosera, Sarracenia, Nepenthes— fotosintetizan como cualquier otra planta: los insectos no les aportan carbono, sino nitrógeno y fósforo, que escasean en las turberas ácidas y encharcadas donde viven. Alimentarlas con carne picada o abonarlas al uso las mata.
Las parásitas sí roban comida elaborada. La cuscuta (Cuscuta) ha perdido casi la clorofila y se engancha al floema de su huésped con haustorios; el muérdago (Viscum album) es hemiparásito, porque conserva hojas verdes y fotosintetiza, pero toma agua y minerales del árbol. Y hay plantas sin nada de clorofila, como Monotropa o algunas orquídeas, que viven conectadas a hongos micorrícicos y, a través de ellos, de los azúcares de los árboles del bosque.
Las epífitas, en cambio, no parasitan nada: usan la rama como soporte y capturan agua y polvo mineral del ambiente, como los claveles del aire (Tillandsia), que absorben por tricomas de la hoja.
En resumen
Las plantas no comen tierra ni comen abono: comen azúcares que ellas mismas fabrican con luz, dióxido de carbono del aire y agua. Del suelo toman únicamente los minerales disueltos —nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, magnesio, azufre y un puñado de micronutrientes— con los que construyen clorofila, proteínas y enzimas. Por eso el primer factor a corregir cuando una planta no prospera es la luz, después el riego y la aireación de la raíz, después el pH, y solo al final el abono. Y por eso el compost funciona a medio plazo, alimentando el suelo que alimenta a la planta, mientras que el abono mineral actúa rápido y castiga sin piedad los excesos.