«Árbol madre» no es un término botánico. No aparece en las claves de determinación ni describe un órgano, un sexo ni una especie. Es una etiqueta funcional que se usa en dos ámbitos muy distintos —la ecología forestal y la producción de planta— y que en los últimos años ha saltado a la divulgación cargada de una imagen maternal que conviene revisar con cuidado. Vale la pena separar los tres significados, porque solo uno de ellos está realmente asentado.

Árbol grande y viejo destacando en el interior de un bosque

El árbol madre en ecología forestal

En este sentido, un árbol madre es un ejemplar viejo, grande y dominante que ocupa una posición central en el funcionamiento de un rodal. Suele reunir varios rasgos: copa por encima del dosel general, sistema radicular extenso y profundo, producción abundante y regular de semilla, y una asociación micorrícica muy desarrollada, es decir, sus raíces finas están colonizadas por hongos del suelo que a su vez conectan con las raíces de árboles vecinos.

En un hayedo de Navarra o del Pirineo, en un robledal cantábrico o en un pinar de Pinus nigra de Cazorla, esos ejemplares de dos o tres siglos concentran una biomasa, una cantidad de semilla y una cantidad de micelio en el suelo que ningún árbol joven puede igualar. Lo mismo ocurre con las encinas centenarias de una dehesa extremeña o con las sabinas de Juniperus thurifera del páramo soriano.

La expresión se popularizó a partir de los trabajos de la ecóloga canadiense Suzanne Simard sobre las redes micorrícicas comunes, lo que la divulgación bautizó como wood wide web. La idea que llegó al gran público es que los árboles viejos reconocen a su descendencia y le envían azúcares por esa red subterránea, alimentando a las plántulas que crecen a su sombra.

Lo que sabemos y lo que no sobre esa red

Aquí conviene ser honesto, porque es donde la divulgación se ha adelantado a la evidencia. Está bien establecido que existen micorrizas y que son la norma, no la excepción: la práctica totalidad de las plantas leñosas vive asociada a hongos que les ceden agua y nutrientes minerales —fósforo sobre todo— a cambio de carbono. En hayas, robles, encinas, castaños, abedules y pinos la asociación es de tipo ectomicorrícico, con el hongo envolviendo las raicillas; en fresnos, arces, olmos y las frondosas de ribera es arbuscular, con el hongo penetrando en las células corticales. También está demostrado que un mismo hongo puede colonizar simultáneamente las raíces de varios árboles, de modo que la conexión física es real.

Lo que no está demostrado es el resto de la historia. Una revisión crítica publicada en 2023 por Justine Karst, Melanie Jones y Jason Hoeksema repasó los trabajos de campo citados habitualmente y concluyó que las afirmaciones más divulgadas —que esas redes son ubicuas en los bosques, que transfieren recursos en cantidades que mejoran la supervivencia de las plántulas y que los árboles viejos dirigen preferentemente carbono a su propia descendencia— están respaldadas por muy pocos estudios, a menudo con resultados contradictorios o interpretados más allá de lo que permiten los datos. Se ha detectado paso de carbono entre plantas, sí, pero en cantidades pequeñas y sin que esté claro si acaba en el árbol receptor o se queda en el propio hongo, que no es un cable pasivo sino un organismo con sus propios intereses.

Dicho de otro modo: la conexión existe, el altruismo maternal está por demostrar. El árbol no «decide» nada, no tiene descendencia identificable a efectos prácticos y el hongo no trabaja gratis. Conviene desconfiar de las versiones que presentan el bosque como una familia cooperativa; la competencia por la luz, el agua y los nutrientes sigue siendo la fuerza dominante en un rodal denso, y ese mismo árbol viejo es el que priva de luz a todo lo que tiene debajo.

Lo que un árbol viejo sí hace por el bosque

Que la parte más espectacular del relato esté en cuestión no resta importancia a estos ejemplares. Sus funciones comprobadas son muchas y suficientes por sí solas:

Producción de semilla. La fructificación abundante llega tarde. Un haya no entra en plena producción hasta pasados los cuarenta o cincuenta años, y una encina tarda del orden de dos décadas en dar bellota en cantidad. Los ejemplares maduros aportan la mayor parte del banco de semillas del rodal, y además una semilla de mayor tamaño y con más reservas, que germina mejor.

Inóculo micorrícico en el suelo. Bajo un árbol viejo el suelo está cargado de micelio y esporas. Una plántula que germina ahí se microriza en semanas; una que germina en un suelo agrícola abandonado puede tardar años o no conseguirlo. Este efecto es real, está bien medido y explica buena parte de la ventaja de regenerar bajo cubierta arbolada.

Microclima. La sombra parcial reduce la evaporación, amortigua las máximas de julio y protege del hielo tardío. En el clima mediterráneo esto no es un detalle: la mortalidad estival de plántulas de encina o de pino en descubierto es altísima, y la cubierta de un adulto —o de un matorral nodriza como una aulaga o un enebro— es a menudo la diferencia entre que haya regeneración o no.

Estructura y hábitat. Oquedades, madera muerta en pie, corteza gruesa, ramas gruesas horizontales. Un árbol viejo aloja aves trepadoras, murciélagos forestales, insectos saproxílicos y líquenes que no viven en un árbol joven. En muchos montes españoles esa es la principal razón de conservación.

Reserva genética. Ha superado sequías, heladas y plagas durante siglos en ese sitio concreto. Su genotipo está probado localmente, algo que gana valor a medida que se busca material adaptado para restauración.

Árboles adultos sin hojas en un bosque en invierno

El árbol madre en selvicultura: los pies padre

Este es el uso más antiguo y el más preciso. En la regeneración natural de un monte, el gestor no corta todo el arbolado de una vez: deja en pie ejemplares seleccionados que aporten la semilla y la protección necesarias para que se instale el regenerado. Se les llama árboles semilleros, pies padre o árboles de reserva, según el método.

En el aclareo sucesivo uniforme, clásico en hayedos y pinares de Pinus sylvestris, se abre el dosel en varias cortas escalonadas —diseminatoria, aclaratoria y final— manteniendo una fracción de cabida cubierta suficiente hasta que el regenerado está instalado. En el método de árboles padre se dejan unos pocos ejemplares por hectárea, bien conformados y con copa amplia. Y en los entresacados por bosquetes o pie a pie, el arbolado adulto permanece de forma continua.

La selección no es aleatoria: se eligen los mejores fenotipos —tronco recto, copa equilibrada, buen estado sanitario— y se cuida su distribución para que el viento reparta la semilla. También se tiene en cuenta la resistencia al derribo, porque un árbol crecido en espesura y dejado de pronto al descubierto es vulnerable al viento hasta que engorda su sistema radicular.

La planta madre en vivero y en el huerto

El tercer significado no tiene nada que ver con bosques. En propagación, la planta madre o pie madre es el ejemplar del que se toma el material vegetativo: estaquillas, varetas para injerto, acodos o yemas. Es una figura de trabajo, y su selección determina todo lo que venga después, porque una planta clonada hereda literalmente el estado de su madre.

Los criterios son concretos: identidad varietal segura, buen vigor, ausencia de virosis y de plagas, y en frutales, comportamiento agronómico conocido. En viveros profesionales las plantas madre se mantienen en parcelas específicas, se someten a controles sanitarios y se renuevan periódicamente, porque las virosis se acumulan por vía vegetativa sin dar síntomas visibles durante años. De ahí que comprar planta certificada tenga sentido: no se paga la planta, se paga la sanidad de la madre.

Si vas a coger estaquillas de higuera, granado, olivo, laurel o membrillo en tu propia finca, aplica lo mismo a pequeña escala. Toma el material de un ejemplar sano y bien identificado, de brotes del año bien lignificados, en el reposo invernal para estaca leñosa —de diciembre a febrero en la mayor parte de la Península— y descarta cualquier planta con manchas, deformaciones foliares o crecimiento anómalo. Y ten presente que un árbol procedente de estaquilla o injerto es genéticamente idéntico a la madre, mientras que uno nacido de semilla no: la semilla es fruto de un cruce y no reproduce la variedad. Esa es la razón por la que sembrar un hueso de una buena cereza casi nunca da un cerezo igual.

En el ámbito forestal esta lógica está reglada. La comercialización de materiales forestales de reproducción en España clasifica el material según su origen y control en categorías —identificada, seleccionada, cualificada y controlada—, y existen huertos semilleros y rodales selectos catalogados de los que procede la semilla destinada a repoblaciones. También ahí hay árboles madre, solo que documentados.

Qué hacer con un árbol viejo si lo tienes

Si en tu finca hay una encina, un castaño, un nogal o un olivo centenario, unas cuantas decisiones marcan la diferencia:

No compactes el suelo bajo su copa. Es el daño más frecuente y el más invisible. Las raíces absorbentes de un árbol adulto están en los primeros 30-60 cm de suelo y se extienden bastante más allá de la proyección de la copa. Aparcar maquinaria, hacer un camino o asfaltar en esa zona lo condena a un declive lento de años.

No lo desmoches. Una poda drástica sobre madera vieja no lo rejuvenece; abre heridas que un árbol maduro cicatriza mal y facilita la entrada de hongos de pudrición. Si hay riesgo, poda de seguridad puntual y evaluación, no un corte de copa.

Deja la hojarasca. Retirarla escrupulosamente elimina el reciclado de nutrientes y el ambiente en el que vive el micelio.

Aprovéchalo como fuente. Recoge su semilla, o su suelo. Un cubo de tierra tomada bajo su copa e incorporada al hoyo de plantación de un árbol joven de la misma especie es una forma sencilla y barata de aportarle inóculo micorrícico adaptado al lugar.

En resumen

Un árbol madre es un papel, no una categoría botánica: el de un ejemplar viejo y dominante que aporta semilla, inóculo micorrícico, sombra y hábitat en un rodal; el de los pies padre que la selvicultura deja en pie para que el monte se regenere solo; y el de la planta madre de la que se toma material de propagación. La versión más romántica —el árbol que amamanta a sus hijos por una red subterránea— sigue siendo una hipótesis atractiva pero mal respaldada, y presentarla como hecho probado no hace falta para justificar su valor. Un roble de trescientos años ya aporta demasiado como para necesitar el adorno.


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