Empecemos por la palabra, porque la palabra está mal usada. Bianual significa, en castellano correcto, "dos veces al año"; lo que hace una planta que tarda dos años en completar su vida es ser bienal. El uso de "bianual" con el sentido de "bienal" está tan extendido en jardinería que ya nadie se corrige, y de hecho es como se busca en internet, pero merece la pena tener claro de qué se habla: de plantas que nacen un año, florecen al siguiente y mueren.

Qué hace exactamente una planta bienal

La clasificación clásica divide las plantas herbáceas por la duración de su ciclo. Una anual germina, florece, fructifica y muere dentro de la misma temporada. Una vivaz o perenne rebrota año tras año desde su cepa o sus raíces. La bienal está en medio y necesita dos periodos de crecimiento separados por un invierno.

El primer año la planta no florece. Emite hojas y forma una roseta basal pegada al suelo, mientras acumula reservas en una raíz engrosada o en la base del tallo. Toda la energía va a fabricar despensa. El segundo año, esa despensa se gasta de golpe: el tallo se alarga —lo que en el huerto se llama subida a flor o espigado—, aparecen las flores, se forman las semillas y la planta muere. Es un comportamiento monocárpico: florece una sola vez en su vida.

La pieza que conecta los dos años es el frío. La mayoría de estas especies necesitan un periodo de vernalización, varias semanas con temperaturas bajas (según la especie, entre 0 y 10 °C sostenidos durante seis a diez semanas), para que la roseta reciba la señal de que ha pasado un invierno y active la floración. Sin ese frío, la planta puede quedarse en roseta indefinidamente.

Flores de malva real, Alcea rosea, en una vara floral

La frontera es más borrosa de lo que parece

Aquí conviene desmontar la idea de que cada especie tiene una etiqueta fija. El ciclo depende también del clima donde se cultive. En el litoral mediterráneo, en el sur de Andalucía o en Canarias, donde el invierno rara vez acumula frío suficiente, hay bienales que no llegan a florecer nunca o que florecen mal. Al contrario, una siembra muy temprana puede provocar que la planta vernalice con el frío del final del invierno y florezca el mismo año, comportándose como anual.

Y en sentido inverso: en zonas de interior con veranos duros, plantas catalogadas como vivaces se comportan como bienales porque se agotan tras la primera floración. La Alcea rosea (malva real o vara de San José) es el ejemplo clásico de esta ambigüedad; se describe a veces como bienal y a veces como perenne de vida corta, y en la práctica suele dar flor el segundo año y morir o resembrarse sola. Lo mismo pasa con Rudbeckia hirta, que según el clima se cultiva como anual, como bienal o como vivaz efímera.

Flores amarillas de Rudbeckia hirta con el centro oscuro

Cuáles son bienales de verdad

Entre las ornamentales que se cultivan en España, las bienales más fiables son:

Digitalis purpurea (dedalera), que forma una roseta amplia el primer año y levanta una vara de hasta metro y medio el segundo. Es tóxica en todas sus partes, dato a tener en cuenta si hay niños o animales.

Myosotis sylvatica (nomeolvides), Dianthus barbatus (clavel del poeta), Campanula medium (farolillos), Lunaria annua —que pese al epíteto "annua" es bienal y da los característicos discos plateados el segundo año—, Matthiola incana (alhelí de jardín), Oenothera biennis (hierba del asno) y Verbascum thapsus (gordolobo), que en su primer año es solo una roseta de hojas afieltradas que suele confundirse con una mala hierba y arrancarse.

Y una aclaración sobre una confusión habitual: la amapola común (Papaver rhoeas) no es bienal, es anual. Germina en otoño o a finales de invierno y muere en el mismo verano. La que a veces se comporta como bienal o vivaz corta es la amapola de Islandia, Papaver nudicaule.

El pensamiento (Viola x wittrockiana) es técnicamente bienal, pero en jardinería española se maneja como anual de invierno: se siembra a finales de verano, se planta en octubre, florece de noviembre a abril y se retira cuando llega el calor, porque en mayo se estira y pierde toda la gracia.

Bienales en el huerto: cuando florecer es un fracaso

Una parte importante de las hortalizas son bienales, y esto explica muchos problemas del huerto. La zanahoria (Daucus carota), la remolacha (Beta vulgaris), la cebolla (Allium cepa), el puerro, el apio, las coles (Brassica oleracea) y el perejil (Petroselinum crispum) engordan raíz, bulbo o cogollo el primer año y florecen el segundo.

Como lo que comemos es precisamente el órgano de reserva, al hortelano le interesa cosechar antes de que la planta florezca. Cuando una zanahoria o una remolacha suben a flor, la raíz se vuelve leñosa y fibrosa; cuando el perejil espiga, la hoja amarga. El disparador suele ser un frío fuera de tiempo: si se siembra demasiado pronto y una plántula joven se lleva varias semanas por debajo de 5-8 °C, interpreta que ha pasado el invierno y espiga en la primera temporada. Retrasar la siembra hasta que el suelo esté templado, en marzo o abril según la zona, evita buena parte de estos espigados prematuros.

La otra cara es que, para obtener semilla propia, hay que dejar unas cuantas plantas en el suelo un segundo año. Guardar semilla de zanahoria o de col exige planificar dos temporadas y proteger las plantas madre del invierno.

Cómo se cultivan y cuándo se siembran

El calendario es lo que más se falla. Una bienal ornamental se siembra de finales de primavera a principios de verano, entre mayo y julio, para que llegue al otoño con una roseta bien formada. Ese es el objetivo del primer año: una planta robusta, no grande. Las siembras de agosto suelen dar rosetas demasiado pequeñas, que pasan el invierno mal y florecen flojas.

En otoño, entre octubre y noviembre, se trasplantan a su sitio definitivo. Conviene que sea el sitio definitivo de verdad, porque el segundo año la raíz principal ya está desarrollada y muchas bienales, sobre todo las de raíz pivotante como la dedalera o el gordolobo, no toleran bien que las muevan.

Durante el invierno, el mayor riesgo no es el frío sino el exceso de agua. Una roseta parada, con el suelo empapado y sin evaporación, se pudre por el cuello. En la mitad norte peninsular, con las lluvias de invierno, suele bastar con no regar nada de noviembre a febrero y asegurar que el suelo drene; si es arcilloso, plantar en caballón o en un lomo elevado resuelve el problema.

Con el abonado, mano ligera. Un exceso de nitrógeno el primer año da hojas grandes y blandas que aguantan peor el invierno. Es preferible incorporar compost al preparar el terreno y, ya en el segundo año, cuando arranca la vara floral en primavera, aportar un fertilizante equilibrado o algo más rico en potasio.

El truco para tenerlas todos los años

El inconveniente evidente de una bienal es que un jardín sembrado de golpe florece un año sí y otro no. La solución es sembrar dos años seguidos: a partir del tercero siempre habrá un lote en roseta y otro en flor, y el hueco desaparece.

La alternativa más cómoda es dejarlas resembrarse solas. Dedaleras, nomeolvides, lunaria y gordolobos producen mucha semilla y se naturalizan sin ayuda si no se limpia el suelo a fondo. A cambio hay que aceptar que aparezcan donde quieran, que en un jardín informal suele ser una ventaja. Si prefieres controlarlo, corta las varas cuando las cápsulas empiecen a pardear, guarda la semilla en sobre de papel en un sitio seco y siémbrala tú al año siguiente.

Un último apunte contra un error muy repetido: no arranques la roseta del primer año pensando que la siembra ha fallado. Esa mata baja de hojas, sin ninguna flor y con aspecto de hierba, es exactamente lo que tiene que haber en octubre. La flor llega el año que viene.

En resumen

Una planta bienal —el término correcto, aunque se busque como "bianual"— reparte su vida en dos temporadas: hojas y reservas la primera, flores, semilla y muerte la segunda, con un invierno frío en medio que actúa de interruptor. Dedalera, nomeolvides, clavel del poeta, lunaria o gordolobo funcionan así en el jardín, y zanahoria, remolacha, cebolla o col hacen lo mismo en el huerto, donde su floración es justo lo que hay que evitar. Siembra entre mayo y julio, trasplanta en otoño al sitio definitivo, no las ahogues en invierno, siembra dos años seguidos para no quedarte sin flor y no confundas la roseta del primer año con un fracaso.


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