El guisante del huerto, la mimosa que florece en enero y el algarrobo centenario del secano comparten familia botánica, aunque no lo parezca. Lo que los une no está en el porte ni en la flor, sino en el fruto: una vaina que se abre por dos costuras. Ese detalle da nombre a todo el grupo, las leguminosas, hoy formalmente Fabaceae.

Qué define a una leguminosa

Las Fabaceae (nombre alternativo válido: Leguminosae) son la tercera familia más numerosa de plantas con flor, por detrás de orquídeas y compuestas, con unas 19.000-20.000 especies repartidas en cerca de 770 géneros. Están presentes en todos los continentes salvo la Antártida y en prácticamente todos los ambientes: selva tropical, desierto, alta montaña, dunas costeras y el secano manchego.

Esa diversidad se traduce en formas de vida muy distintas. Hay leguminosas herbáceas anuales (la lenteja, el garbanzo), vivaces (la alfalfa), arbustivas (retamas y aliagas), trepadoras (la glicina) y arbóreas que superan los treinta metros. No existe un aspecto típico de leguminosa; existen unos rasgos técnicos compartidos.

Habas en vaina, fruto típico de las leguminosas

El fruto: la legumbre y sus variantes

El carácter diagnóstico de la familia es el fruto. La legumbre es un fruto seco que procede de un solo carpelo y que, al madurar, se abre por dos líneas de sutura: la ventral, donde van insertas las semillas, y la dorsal, que corresponde al nervio medio de la hoja carpelar. Cualquiera que haya visto secarse una vaina de habas en la mata, retorcerse y soltar las semillas de golpe, ha visto el mecanismo funcionando.

Ahora bien, la familia ha modificado ese esquema muchas veces:

El lomento no se abre por las suturas sino que se fragmenta en trozos, uno por semilla; ocurre en Ornithopus y Hedysarum. Hay legumbres indehiscentes, que no se abren en absoluto y son carnosas o coriáceas, como la del algarrobo (Ceratonia siliqua) o la del tamarindo (Tamarindus indica). Hay frutos convertidos en sámara alada, adaptados al viento, como en Tipuana tipu. Y está el caso extremo del cacahuete (Arachis hypogaea): tras la fecundación, el pedúnculo se alarga, se clava en el suelo y el fruto madura enterrado, un fenómeno llamado geocarpia.

Hojas, estípulas y movimientos

La hoja típica es alterna, compuesta y con estípulas en la base del pecíolo. Puede ser paripinnada (con un número par de foliolos y sin foliolo terminal), imparipinnada, bipinnada —el caso de acacias y mimosas, con ese aspecto de pluma— o trifoliolada, como en tréboles y judías. También hay simplificaciones llamativas: en Cercis siliquastrum, el árbol del amor, la hoja es simple y acorazonada, y en muchas retamas y aliagas las hojas se han reducido casi a nada y la fotosíntesis la hacen los tallos verdes, una adaptación clara a la sequía.

Las estípulas pueden transformarse en espinas (Robinia pseudoacacia) o crecer hasta parecer hojas más grandes que los propios foliolos (el guisante). En muchos géneros trepadores, los foliolos terminales se convierten en zarcillos.

En la base de cada foliolo hay a menudo un engrosamiento llamado pulvínulo, un pequeño motor hidráulico que mueve el foliolo cambiando la turgencia de sus células. De ahí vienen los movimientos nictinásticos: los foliolos de muchas leguminosas se pliegan al anochecer y se abren de día. La sensitiva (Mimosa pudica) lleva el mismo mecanismo al extremo y responde al tacto en un segundo.

La flor: tres modelos distintos

Aquí es donde se rompe la idea de que todas las leguminosas tienen la flor del guisante. Hay tres arquitecturas florales bien diferenciadas dentro de la familia.

La flor papilionácea es la más conocida: marcadamente simétrica por un solo plano, con cinco pétalos desiguales. El superior y más grande es el estandarte; dos laterales forman las alas; y los dos inferiores, soldados entre sí, forman la quilla, que envuelve estambres y pistilo. Los estambres suelen ser diez, con nueve soldados por sus filamentos y uno libre (androceo diadelfo). El diseño es una máquina de polinización: el peso del abejorro abre la quilla y le espolvorea el polen en el vientre. Es la flor de la glicina, del altramuz, de la judía o de la retama.

La flor tipo cesalpinioide es menos cerrada: pétalos libres, simetría bilateral suave y estambres bien visibles. Es la de Cassia fistula, la de Cercis o la de Caesalpinia gilliesii, hoy tratada como Erythrostemon gilliesii.

La flor mimosoide va por otro camino: flores pequeñas, de simetría radial, agrupadas en cabezuelas globosas o espigas, con la corola reducida y los estambres largos y numerosos, que son los que dan el color y el volumen. El pompón amarillo de Acacia dealbata no es una flor, es una inflorescencia compacta de decenas de ellas.

Flor de Caesalpinia gilliesii, leguminosa ornamental

Los nódulos y la fijación de nitrógeno

El rasgo por el que las leguminosas son económicamente decisivas no se ve desde arriba. En sus raíces se forman nódulos, engrosamientos de pocos milímetros habitados por bacterias del suelo del grupo de los rizobios (Rhizobium, Bradyrhizobium, Sinorhizobium y otros géneros).

La simbiosis es un intercambio: la planta aloja y alimenta a la bacteria con azúcares, y la bacteria transforma el nitrógeno atmosférico (N₂) en amonio asimilable mediante la enzima nitrogenasa. Al cortar un nódulo activo el interior aparece rosado o rojizo; ese color lo da la leghemoglobina, una proteína que regula el oxígeno, porque la nitrogenasa se destruye en su presencia. Un nódulo blanco o verdoso por dentro no está fijando nada.

Dos matices que conviene tener claros. El primero: no todas las leguminosas nodulan. La capacidad está muy extendida entre las papilionoideas y las mimosoideas, pero es rara en el resto de la familia; el algarrobo y el árbol del amor, por ejemplo, no forman nódulos.

El segundo desmonta una creencia muy repetida en el huerto: sembrar leguminosas no enriquece el suelo de forma automática. Buena parte del nitrógeno fijado va a parar a la semilla, y si esa semilla se cosecha, el nitrógeno se marcha con ella. El suelo mejora cuando se incorporan los restos de la planta —raíces, tallos y hojas—, y muy especialmente cuando se cultiva la leguminosa como abono verde (veza, altramuz, trébol, alfalfa) y se entierra antes de que fructifique.

De ahí se deduce algo práctico: abonar con nitrógeno una leguminosa es contraproducente. Si lo tiene disponible, la planta deja de invertir en la simbiosis y los nódulos se atrofian. Un aporte de fósforo y potasio sí tiene sentido; el de nitrógeno, salvo un arranque mínimo en suelos muy pobres, sobra.

Subfamilias y tribus

Durante décadas la familia se dividió en tres subfamilias: Mimosoideae, Caesalpinioideae y Papilionoideae. Los estudios moleculares demostraron que ese esquema no reflejaba el parentesco real —las cesalpinioideas eran un cajón de sastre— y la clasificación vigente desde 2017 reconoce seis subfamilias: Cercidoideae, Detarioideae, Duparquetioideae, Dialioideae, Caesalpinioideae (que ahora incluye dentro a todas las antiguas mimosoideas) y Papilionoideae.

La subfamilia Papilionoideae es con diferencia la mayor, con alrededor de dos tercios de las especies, y es la que agrupa las tribus más familiares para cualquier hortelano o jardinero: Fabeae (guisante, haba, lenteja, veza), Phaseoleae (judía, soja, caupí), Trifolieae (tréboles, alfalfa), Cicereae (garbanzo), Genisteae (retamas, altramuces, escobones), Loteae (loto corniculado) y Robinieae, entre bastantes más.

Leguminosas en el jardín y el huerto español

En cultivo alimentario, la lista es la despensa clásica: Cicer arietinum (garbanzo), Lens culinaris (lenteja), Phaseolus vulgaris (judía), Vicia faba (haba), Pisum sativum (guisante), Glycine max (soja) y Arachis hypogaea (cacahuete). Habas y guisantes son de siembra otoñal o de final de invierno en gran parte de la Península, mientras que judías y cacahuete necesitan suelo caliente y no se siembran hasta abril o mayo.

En ornamentales, la familia aporta algunos de los árboles y arbustos más plantados aquí: Cercis siliquastrum, Ceratonia siliqua, Sophora japonica (hoy Styphnolobium japonicum), Gleditsia triacanthos, Albizia julibrissin, Wisteria sinensis, Laburnum anagyroides, Spartium junceum y los géneros Cytisus, Genista y Retama, que son además pilares del matorral mediterráneo. Y las forrajeras Medicago sativa y Trifolium spp., que sostienen una parte importante de la ganadería extensiva.

Antes de plantarlas, dos avisos

Invasoras. Varias leguminosas ornamentales se comportan aquí como especies invasoras. Acacia dealbata está catalogada como invasora en España y ha transformado paisajes enteros del noroeste peninsular tras los incendios, porque sus semillas germinan en masa con el calor del fuego. Robinia pseudoacacia rebrota de raíz con enorme facilidad y coloniza riberas y taludes. Antes de plantarlas conviene mirar la normativa autonómica.

Toxicidad. Que una familia dé alimentos básicos no significa que todo en ella sea comestible. Las semillas y vainas del Laburnum anagyroides contienen citisina y son muy tóxicas, un riesgo real en jardines con niños. Las judías secas de Phaseolus vulgaris contienen fitohemaglutinina y deben hervirse a fondo, nunca cocinarse a baja temperatura desde crudo. Y las habas pueden desencadenar crisis hemolíticas graves (favismo) en personas con déficit de glucosa-6-fosfato deshidrogenasa.

En resumen

Una planta leguminosa es un miembro de la familia Fabaceae, definida ante todo por su fruto en vaina que se abre por dos suturas, con hojas normalmente compuestas y estipuladas, flores que responden a tres patrones distintos —papilionáceo, cesalpinioide y mimosoide— y, en gran parte de sus especies, nódulos radicales con rizobios capaces de fijar el nitrógeno del aire. Es la tercera familia más diversa de plantas con flor y se reparte hoy en seis subfamilias, con las papilionoideas concentrando la mayor parte de las especies cultivadas. En el huerto conviene recordar dos cosas: que el beneficio para el suelo llega con los restos vegetales y el abono verde, no por el mero hecho de sembrarlas, y que aportarles nitrógeno desactiva justo aquello que las hace valiosas.


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