Un girasol no es una flor. Lo que cortamos y ponemos en el jarrón son entre mil y dos mil flores diminutas apiñadas sobre un mismo receptáculo, cada una con sus estambres, su ovario y su semilla futura. Ese conjunto tiene nombre propio en botánica: inflorescencia. Y entender cómo se organiza no es un capricho de taxónomo, porque de ello dependen cosas tan prácticas como dónde hay que podar, cuándo se recolecta, por qué unas flores duran tres semanas en la planta y otras tres días, o por qué hay años en los que el olivo carga y otros en los que no.
Qué es exactamente una inflorescencia
Una inflorescencia es la rama o sistema de ramas de una planta que lleva flores y solo flores. Es decir: la porción del vegetal especializada en florecer, con sus propios ejes, sus propias brácteas y un límite bastante claro respecto a la parte vegetativa que la sostiene.
Conviene fijar el vocabulario básico, porque después se usa todo el rato:
El pedúnculo es el eje que sostiene la inflorescencia entera y la une al tallo. El raquis (o eje principal) es la prolongación del pedúnculo dentro de la inflorescencia, de la que salen las flores. El pedicelo es el rabito individual de cada flor: si lo tiene, la flor es pedicelada; si no lo tiene y se inserta directamente sobre el raquis, es sésil. Las brácteas son hojas modificadas, normalmente más pequeñas o de otro color, que acompañan a las flores; cuando son muy pequeñas y están sobre el pedicelo se llaman bractéolas, y cuando forman un anillo en la base de la inflorescencia se llaman involucro.
Ese aparato aparentemente ornamental resuelve un problema muy concreto: la planta no vive de flores bonitas, vive de producir semillas. Agrupar muchas flores pequeñas en una estructura visible desde lejos multiplica la señal para los polinizadores con un gasto de tejido mucho menor que el de fabricar una única flor enorme. Y escalonar su apertura reparte el riesgo: si una helada tardía de abril arrasa las primeras flores abiertas, todavía quedan botones cerrados detrás.
Una flor sola también cuenta: unifloras y plurifloras
La primera división es de sentido común. Hay plantas que producen una sola flor por eje, en el extremo de un tallo o en la axila de una hoja, sin ningún acompañamiento. Se habla entonces de inflorescencia uniflora o, más habitualmente, de flor solitaria. Es el caso del tulipán (Tulipa gesneriana), la amapola (Papaver rhoeas), la magnolia estrellada (Magnolia stellata) o las camelias.
Cuando el eje lleva dos o más flores hablamos de inflorescencia pluriflora, y ahí empieza la variedad real. Las plurifloras se clasifican, antes que por su forma, por un criterio de crecimiento que lo condiciona todo.
Racimosas y cimosas: la distinción que de verdad importa
En una inflorescencia racimosa (también llamada indefinida, abierta o monopódica) el eje principal conserva una yema activa en la punta y sigue alargándose mientras florece. Las flores nacen lateralmente y van abriéndose de abajo arriba, o de fuera adentro si la inflorescencia es aplanada. Ese orden se llama acropétalo. En la práctica significa que la inflorescencia tiene flores marchitas abajo, flores abiertas en medio y botones verdes arriba, todo a la vez, y que la floración se prolonga durante semanas. La digital (Digitalis purpurea), el altramuz y la gladiola son ejemplos evidentes.
En una inflorescencia cimosa (definida, cerrada o simpódica) ocurre lo contrario: el eje principal termina en una flor y deja de crecer. El crecimiento continúa a partir de ramas laterales que nacen por debajo y que a su vez terminan en flor. Por tanto la primera flor en abrirse es la central o terminal, y la apertura progresa hacia fuera y hacia abajo. Es el patrón del clavel, de las siemprevivas, de muchas cariofiláceas y borragináceas.
Esta diferencia tiene consecuencias directas en el jardín. En una racimosa larga, retirar la espiga entera en cuanto se secan las tres flores de abajo es tirar a la basura media floración. Lo razonable es esperar a que la punta haya terminado y entonces cortar el escapo completo por la base, que además es lo que evita que la planta gaste en semilla. En una cimosa, en cambio, quitar a tiempo la flor central agotada estimula el desarrollo de las laterales y prolonga el conjunto: es exactamente lo que se hace al despuntar un clavel o al pinzar los primeros botones de un crisantemo.
Los tipos de inflorescencia racimosa
Racimo. Eje alargado con flores pediceladas de longitud similar. La glicinia (Wisteria sinensis), el laburno, el jacinto o el grosellero. La vid produce racimos y de ahí viene el nombre común del fruto.
Espiga. Igual que el racimo, pero con flores sésiles pegadas directamente al eje. El llantén (Plantago) o la salvia rusa. En las gramíneas la unidad no es la flor suelta sino la espiguilla, un paquete de flores con sus glumas, y las espiguillas se agrupan a su vez en espigas (trigo, cebada) o en panículas (avena, arroz).
Panícula. Un racimo cuyas ramas laterales están a su vez ramificadas, con aspecto piramidal o de plumero. La lila (Syringa vulgaris), la hortensia paniculada, el arroz (Oryza sativa) o la flor del olivo (Olea europaea), que en la Península abre entre mediados de mayo y principios de junio según altitud y zona.
Corimbo. Las flores parten a distintas alturas del eje pero sus pedicelos, de longitud desigual, las sitúan todas a un mismo nivel, formando una superficie plana. El peral, el manzano silvestre, el espino albar o el Achillea.
Umbela. Todos los pedicelos salen del mismo punto, como las varillas de un paraguas, y el conjunto queda plano o abombado. Es la firma de las apiáceas: hinojo, zanahoria, eneldo, perejil. En ellas cada radio termina en otra umbela más pequeña, así que en rigor son umbelas compuestas. También la hiedra (Hedera helix) y los ajos ornamentales (Allium) forman umbelas.
Capítulo o cabezuela. El eje se ensancha y aplana hasta formar un receptáculo sobre el que se insertan decenas o cientos de flores sésiles, rodeadas de un involucro de brácteas. Es la estructura de las asteráceas y la razón de que el girasol del principio no sea una flor.
Amento. Espiga o racimo colgante, casi siempre de flores unisexuales y sin pétalos vistosos, que se desprende entero tras la floración. Chopos, sauces, avellanos, robles, encinas, plátanos de sombra. Son inflorescencias anemófilas, hechas para el viento, y explican buena parte del calendario alérgico de febrero y marzo en España.
Espádice. Espiga carnosa y engrosada, habitualmente envuelta por una bráctea grande y llamativa llamada espata. El anturio, la cala (Zantedeschia aethiopica), el aro (Arum italicum) o el potos. Lo que la gente llama "la flor blanca" de la cala es la espata; las flores auténticas son los granitos amarillos del espádice central.
Sicono. El caso extremo: el eje se invagina y forma una urna casi cerrada con las flores tapizando el interior. Es la higuera (Ficus carica). El higo no es un fruto en sentido estricto, sino una inflorescencia entera convertida en infrutescencia, polinizada en las variedades que lo requieren por una avispa minúscula, Blastophaga psenes.
Las cimosas y las formas mixtas
Las inflorescencias cimosas se clasifican por cuántas ramas laterales salen bajo la flor terminal. Si sale una sola, tenemos un monocasio: la inflorescencia se va desarrollando siempre hacia el mismo lado y adopta forma de espiral o de rabo de escorpión, como en los nomeolvides (Myosotis), la borraja (Borago officinalis) o los heliotropos. Si salen dos opuestas, es un dicasio, la forma en horquilla repetida de los claveles y las jaras. Si salen tres o más, se habla de pleiocasio, típico de muchas euforbias.
Y luego están los híbridos, que en jardinería son más frecuentes de lo que sugieren los libros. El verticilastro de las labiadas —romero, lavanda, salvia, menta— es una espiga aparente formada en realidad por pequeñas cimas agrupadas en las axilas de brácteas opuestas. El ciatio de las euforbias es una inflorescencia diminuta que imita a una flor: una flor femenina reducida a un ovario, rodeada de varias masculinas reducidas a un estambre, todo dentro de un involucro con glándulas nectaríferas. La flor de Pascua (Euphorbia pulcherrima) es exactamente eso, y sus supuestos pétalos rojos son brácteas foliares.
Cuando lo vistoso no son las flores
Merece la pena insistir en este punto porque es la confusión más repetida. En bastantes plantas de jardín, el color no lo ponen los pétalos sino estructuras accesorias de la inflorescencia:
En la buganvilla (Bougainvillea glabra), las tres "flores" moradas o magenta son brácteas papiráceas; las flores reales son tres tubitos blancos y estrechos en el centro. En la hortensia (Hydrangea macrophylla), el grueso del corimbo son flores estériles con sépalos agrandados que solo sirven de reclamo, mientras las fértiles, minúsculas, quedan escondidas. En el viburno bola de nieve o en el Cornus florido ocurre algo parecido.
La consecuencia práctica es doble. Primero, esas brácteas no se marchitan como los pétalos: duran semanas o meses, que es justo por lo que se cultivan esas especies. Y segundo, cuando alguien se queja de que su buganvilla "florece poco pero echa mucha hoja", el problema casi siempre es exceso de nitrógeno y de riego, no falta de sol: las brácteas se forman en respuesta al estrés hídrico moderado y a días cortos.
Por qué a un jardinero le sirve saber esto
Para podar en el sitio correcto. Las especies que florecen en inflorescencias terminales sobre madera del año (hortensia paniculada, buddleia, lagerstroemia, rosales de floración continua) se podan fuerte al final del invierno, en febrero, porque van a construir la inflorescencia desde cero en primavera. Las que florecen sobre madera del año anterior (lilo, forsitia, glicinia, hortensia común) se podan justo después de florecer; si se cortan en invierno se eliminan las inflorescencias ya formadas y esa temporada no hay flor.
Para limpiar flores marchitas con criterio. En umbelas, corimbos y capítulos hay que retirar la unidad completa por debajo del involucro, no flor a flor. En los capítulos de Cosmos, caléndula o rudbeckia, quitarlos a tiempo puede duplicar el periodo de floración, porque la planta interpreta que no ha logrado semilla y vuelve a intentarlo.
Para cortar flor en el momento justo. En una inflorescencia racimosa larga —gladiolo, delphinium, espuela de caballero, lisianthus— el corte se hace cuando han abierto entre un cuarto y un tercio de las flores inferiores; el resto abre en el jarrón. Si se espera a que abran todas, la vida en florero se reduce a la mitad.
Para entender la subida a flor en la huerta. Cuando una lechuga, una acelga o un cilantro "se espigan", lo que ocurre es que el meristemo vegetativo se ha convertido en inflorescencia por efecto del fotoperiodo y del calor. A partir de ese momento la planta deriva los azúcares a la floración, las hojas amargan y no hay riego ni abono que lo revierta. La solución es de calendario, no de cultivo: sembrar variedades resistentes al espigado y adelantar o retrasar la siembra para que el cultivo no coincida con los días largos de junio.
En resumen
La inflorescencia es la parte de la planta dedicada a llevar flores, y su arquitectura no es decorativa: determina el orden en que se abren, cuánto dura la floración y dónde queda la yema que producirá la del año siguiente. La división de fondo separa las racimosas, que crecen por la punta y florecen de abajo arriba de forma prolongada, de las cimosas, que terminan en una flor y se ramifican por debajo. De ahí salen las formas que uno reconoce a simple vista —racimo, espiga, panícula, corimbo, umbela, capítulo, amento, espádice, sicono— y sus variantes mixtas, como el verticilastro de las labiadas o el ciatio de las euforbias. Y conviene desconfiar de lo evidente: en el girasol, en la cala, en la buganvilla y en la flor de Pascua, lo que parece una flor es un conjunto de flores o un envoltorio de brácteas. Mirar esa estructura antes de coger la tijera evita la mayoría de los errores de poda.