Mete un geranio en un cubo de agua y en una semana estará muerto. No por ahogarse en el sentido literal: la planta muere porque el agua encharcada contiene unas treinta veces menos oxígeno disuelto que el aire de los poros de un sustrato bien drenado, y las raíces, que respiran igual que las hojas, se asfixian y se pudren. Que existan miles de especies capaces de vivir precisamente ahí, con los pies permanentemente sumergidos, es el resultado de un conjunto de adaptaciones muy concretas. A esas plantas las llamamos acuáticas, o hidrófitas.

Qué se considera una planta acuática

Una planta acuática es aquella que ha adaptado su ciclo vital al medio acuático y necesita del agua para completarlo, ya viva completamente sumergida, flotando en la superficie o con las raíces y la base del tallo bajo el agua y el resto fuera. El término técnico habitual es macrófito acuático, que engloba tanto a plantas con flor como a helechos y musgos acuáticos, y las deja separadas de las algas.

Un detalle que sorprende: casi ninguna de estas plantas desciende de antepasados acuáticos. Las plantas con flor conquistaron primero la tierra firme y después, en decenas de linajes independientes, algunas volvieron al agua. Por eso las hidrófitas conservan estomas, cutícula o lignina —herencias de la vida terrestre— aunque a menudo reducidas o desplazadas de sitio.

Cómo resuelven el problema del oxígeno y de la sujeción

Las adaptaciones se repiten con muy pocas variaciones y merece la pena conocerlas, porque explican buena parte de su comportamiento en un estanque doméstico.

Aerénquima. Es la adaptación central. Los tallos, pecíolos y raíces desarrollan grandes cámaras de aire interconectadas que forman un sistema de conducción desde las partes emergidas hasta las raíces enterradas en el fango. Un pecíolo de nenúfar seccionado muestra a simple vista esos canales. En algunas especies el flujo es incluso activo: la presión generada en las hojas jóvenes empuja aire hacia el rizoma y este sale por las hojas viejas.

Estomas en la cara superior. En una planta terrestre los estomas se concentran en el envés, protegidos de la insolación. En una hoja flotante de nenúfar están en el haz, que es la única cara en contacto con el aire. El envés no tiene ninguno, y por eso una hoja flotante volteada por el viento o por el chorro de una fuente deja de funcionar y acaba pudriéndose.

Cutícula reducida o ausente en las sumergidas. Bajo el agua no hay riesgo de deshidratación, así que la planta prescinde de la capa cerosa y absorbe agua, gases y nutrientes por toda la superficie foliar. Esto tiene una consecuencia práctica importante: las plantas sumergidas absorben nutrientes directamente del agua, y por eso son las que compiten con las algas.

Tejidos de sostén mínimos. El agua sostiene, de modo que no hace falta gastar en lignina. Sacadas del agua, estas plantas se derrumban como un trapo. Es también la razón de que se estropeen tan rápido durante el transporte si van sin agua.

Heterofilia. Muchas producen dos tipos de hoja en el mismo individuo: finamente divididas y filiformes bajo el agua, para ofrecer superficie sin resistencia a la corriente; enteras y anchas en la parte emergida o flotante. El ranúnculo acuático (Ranunculus aquatilis) es el ejemplo de manual.

Nenúfar en flor con sus hojas flotando sobre la superficie del agua

Los cuatro grupos que hay que distinguir

La clasificación útil para quien monta un estanque no es la taxonómica, sino la que se basa en dónde vive cada planta respecto a la lámina de agua. De ella depende a qué profundidad se planta cada cosa, que es el error número uno de los estanques recién hechos.

Palustres o de ribera

Viven con las raíces en el fango y el resto del cuerpo al aire, en aguas de 0 a 30 cm de profundidad. Son las que dan volumen y verticalidad al borde del estanque y las que mejor retiran nitratos del agua.

Aquí entran la espadaña o enea (Typha latifolia, muy invasiva por rizoma: plantarla siempre confinada en cesta), el lirio amarillo de agua (Iris pseudacorus), autóctono en toda la Península y prácticamente indestructible, el junco (Juncus effusus), el papiro enano (Cyperus haspan), la menta de agua (Mentha aquatica), el berro (Nasturtium officinale) y la Pontederia cordata. El papiro grande (Cyperus papyrus) solo aguanta el invierno al aire libre en el litoral mediterráneo y en el sur; en el interior peninsular se hiela.

De hoja flotante y raíz fija

Enraízan en el fondo y suben las hojas hasta la superficie mediante pecíolos largos. Son los nenúfares (Nymphaea), el nenúfar amarillo (Nuphar lutea), el loto sagrado (Nelumbo nucifera), la Nymphoides peltata y el Aponogeton distachyos, este último interesante porque florece en invierno y descansa en verano.

Conviene no confundir nenúfar y loto: el nenúfar apoya la hoja sobre el agua y la flor queda a ras de superficie; el loto levanta hojas y flores por encima, a veces un metro, y su hoja es peltada y repele el agua. El loto además necesita veranos largos y calurosos —brota tarde, hacia mayo, y no rinde en climas de verano fresco como la cornisa cantábrica.

Plantación de arroz inundada

Flotantes libres

No tocan el fondo: flotan a la deriva con las raíces colgando en el agua. Absorben nutrientes directamente y crecen a velocidades disparatadas, lo que las hace muy eficaces contra las algas y, a la vez, potencialmente peligrosas.

Las manejables en un estanque pequeño son la lenteja de agua (Lemna minor), la castaña de agua (Trapa natans) y, con reservas, el jacinto de agua y la lechuga de agua. Aquí hay que ser muy claro: varias flotantes que se vendieron durante años en España están hoy en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, y su posesión, comercio y transporte están prohibidos. Es el caso del jacinto de agua o camalote (Eichhornia crassipes), que ha llegado a tapizar tramos enteros del Guadiana, del helecho de agua (Azolla filiculoides) o del Myriophyllum aquaticum. Antes de comprar cualquier flotante conviene comprobar la especie concreta en el catálogo vigente, y bajo ningún concepto vaciar un estanque doméstico en un arroyo, una acequia o una charca: es el mecanismo por el que se han producido casi todas las invasiones documentadas.

Sumergidas u oxigenadoras

Viven enteras bajo el agua, con flores que a veces asoman para polinizarse. Son la parte invisible y la más importante del equilibrio biológico: consumen nitratos y fosfatos, dan refugio a la microfauna y oxigenan el agua durante el día.

Las más usadas son la cola de zorro (Ceratophyllum demersum), que ni siquiera necesita enraizar, la Vallisneria spiralis, la Hottonia palustris y los Potamogeton. La Elodea canadensis y la Egeria densa, clásicas de acuario, son colonizadoras agresivas y hay que tratarlas con la misma precaución legal que a las flotantes invasoras.

El error de creer que las oxigenadoras oxigenan siempre

Merece un apartado propio porque es una idea muy extendida y es falsa. Una planta sumergida hace la fotosíntesis con luz, y entonces libera oxígeno. De noche no hay fotosíntesis, pero sí respiración, de modo que la planta consume oxígeno igual que los peces. En un estanque muy cargado de vegetación, en una noche calurosa de julio y con el agua a 26 o 28 °C —que retiene bastante menos oxígeno que a 15 °C—, la concentración puede caer hasta niveles críticos de madrugada. Es una causa habitual de peces muertos al amanecer que se atribuye erróneamente al calor o a la comida.

La respuesta correcta no es quitar plantas, sino mover la superficie: una pequeña cascada o un aireador durante la noche resuelve el problema, porque el intercambio de gases ocurre en la interfase agua-aire. Eso sí, si hay nenúfares hay que colocarlos lejos del chorro.

Plantar y mantener: lo que de verdad marca la diferencia

Época. La primavera, de abril a junio, cuando el agua ya supera los 12-15 °C de forma estable. Plantar en marzo con el agua fría hace que el rizoma se quede parado y a veces se pudra antes de arrancar.

Sustrato. Tierra franco-arcillosa pesada, sin materia orgánica fresca, sin turba y sin abono soluble. La turba flota, acidifica y enturbia; el compost fresco fermenta bajo el agua y consume oxígeno. Si se quiere abonar, tabletas de liberación lenta específicas para acuáticas, clavadas en la cesta a finales de primavera. Todo nutriente que acabe suelto en el agua alimenta a las algas, no a la planta.

Cestas, no fondo libre. Cestas de rejilla forradas con arpillera, rellenas de tierra y rematadas con 2-3 cm de grava por encima. La grava impide que la tierra se disperse y que los peces la escarben. Además, la cesta permite subir o bajar la planta apoyándola sobre ladrillos, algo imprescindible con los nenúfares.

Profundidad de los nenúfares. Se instalan por etapas: primero a 20 cm sobre ladrillos, y a medida que las hojas alcanzan la superficie se va bajando la cesta. La posición definitiva depende del vigor de la variedad —las enanas rondan los 20-40 cm sobre el rizoma, las medianas 40-60 y las vigorosas pueden llegar a 80-100 cm—. Un nenúfar enano puesto directamente a un metro no vuelve a salir; una variedad vigorosa en 25 cm levanta las hojas fuera del agua y se deforma.

Sol. Las de flor quieren mucho: un nenúfar necesita cinco o seis horas de sol directo para florecer bien. En sombra crece hoja y nada más.

Cobertura. El objetivo razonable es que entre el 50 % y el 65 % de la superficie quede cubierta por hojas flotantes en pleno verano. Esa sombra baja la temperatura del agua y limita el agua verde por algas unicelulares mucho mejor que cualquier producto. Pasarse del 70 % dificulta el intercambio de gases.

Invierno. En el interior peninsular, con heladas fuertes, los rizomas de nenúfar sobreviven si están por debajo de la cota de hielo: basta con bajar la cesta al punto más profundo en noviembre. Las especies subtropicales —papiro grande, lotos delicados, flotantes tiernas— hay que retirarlas a un recipiente en invernadero o galería fresca.

Un caso a medio camino: el arroz

El arroz (Oryza sativa) ilustra bien dónde está la frontera de la definición. Es una gramínea que tolera la inundación gracias al aerénquima de sus tallos, pero no necesita el agua para vivir: existen variedades de secano perfectamente productivas. El encharcado de los arrozales de la Albufera valenciana o del Delta del Ebro no es una exigencia fisiológica del cultivo, sino una herramienta agronómica: la lámina de agua controla las malas hierbas terrestres, que sí se asfixian, y amortigua las oscilaciones de temperatura. Es una planta tolerante a la inundación más que estrictamente acuática, y esa distinción vale para muchas palustres de jardín, que sobreviven en tierra húmeda igual de bien que sumergidas.

En resumen

Las plantas acuáticas son vegetales terrestres que volvieron al agua y resolvieron el problema del oxígeno con aerénquima, estomas desplazados al haz y tejidos de sostén reducidos. Para el jardín se ordenan en cuatro grupos según su posición respecto a la lámina de agua —palustres, de hoja flotante con raíz fija, flotantes libres y sumergidas—, y respetar la profundidad propia de cada grupo es lo que separa un estanque que funciona de uno que se llena de algas. Conviene plantar en cesta con tierra pesada y grava, en primavera, buscar entre un 50 y un 65 % de cobertura, mover la superficie del agua por la noche en verano y verificar siempre que la especie que se compra no figure en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras. Lo que se tira a una charca ya no se recupera.


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