Un kiwi plantado hace seis años, sano, vigoroso, que florece cada primavera y no ha dado un solo fruto: el problema no es el abono ni el riego, es que esa planta es macho, o es hembra y no tiene ningún macho a tiro de polen. Lo mismo explica por qué un pistachero no llena, por qué un acebo comprado con bolas rojas nunca las repite y por qué en un huerto de calabacines caen las primeras flores sin cuajar. Detrás de todos esos casos hay una misma cuestión botánica: cómo reparte cada especie sus órganos sexuales entre las flores y entre los individuos.
Los términos dioica y monoica describen precisamente eso. Vienen del griego: oikos es «casa», di- es «dos» y mono- es «una». Una especie dioica reparte los sexos en dos casas distintas, es decir, en dos plantas distintas; una especie monoica los tiene todos bajo el mismo techo, en el mismo pie. Saber en qué grupo cae lo que se planta cambia decisiones muy concretas: cuántos ejemplares comprar, de qué variedades, a qué distancia y en qué orientación respecto al viento dominante.
El sexo de las plantas se decide en dos escalones
El error más extendido en este asunto es mezclar dos niveles que son independientes. El primer escalón es la flor; el segundo, la planta.
En el nivel de la flor, una flor puede ser hermafrodita (también llamada bisexual, perfecta o completa) cuando lleva estambres y pistilo a la vez, como la del almendro, el rosal, el tomate o el naranjo. O puede ser unisexual (imperfecta o diclina) cuando lleva solo estambres —flor masculina o estaminada— o solo pistilo —flor femenina o pistilada—.
En el nivel de la planta, y solo cuando la especie tiene flores unisexuales, se pregunta dónde están esas flores. Si el mismo pie lleva flores masculinas y femeninas, la planta es monoica. Si cada pie lleva únicamente flores de un sexo, la especie es dioica.
De aquí sale la confusión más repetida: monoica no es sinónimo de hermafrodita. Un nogal es monoico, pero ninguna de sus flores es hermafrodita: tiene amentos masculinos colgantes por un lado y flores femeninas discretas en la punta de los brotes por otro. Y un almendro no es monoico ni dioico, sencillamente porque no tiene flores unisexuales; es una especie de flores hermafroditas, y el vocabulario mono/dioico no se le aplica. Cuando alguien dice «mi limonero es monoico» normalmente quiere decir que se autofecunda, que es otra cosa distinta.
La segunda confusión, igual de común, es dar por hecho que una planta monoica u hermafrodita se poliniza sola sin ayuda. No siempre. Muchas especies llevan mecanismos que impiden la autofecundación: autoincompatibilidad genética (el propio polen no germina en el propio estigma, como en el avellano o en muchos cerezos) y dicogamia, que consiste en desfasar en el tiempo la madurez de los dos sexos dentro de la misma planta. El nogal es el ejemplo clásico de dicogamia: hay variedades protándricas, que sueltan el polen antes de que sus propias flores femeninas estén receptivas, y protóginas, al revés. Por eso se plantan polinizadores.
Qué son las plantas dioicas
Una especie es dioica cuando cada individuo es funcionalmente macho o hembra durante toda su vida. El pie masculino produce polen y no da fruto nunca; el femenino produce óvulos y, si recibe polen compatible, es el único que fructifica. Se calcula que rondan el 5-6 % de las plantas con flor, una minoría, pero una minoría con mucho peso en el jardín y en el frutal.
La dioecia tiene una ventaja evolutiva evidente: garantiza el cruzamiento y con él la variabilidad genética, porque hace imposible la autofecundación. El precio es igual de evidente: hace falta que haya dos pies compatibles razonablemente cerca y un vector —viento o insectos— que lleve el polen de uno a otro. La mitad de la población, además, no produce cosecha.
En horticultura esto se traduce en cuatro consecuencias prácticas:
Hay que comprar los dos sexos. Y comprarlos identificados, lo que en la práctica significa comprar plantas injertadas o de esqueje de variedad conocida, no de semilla. Un kiwi de semilla no revela su sexo hasta que florece, y eso puede tardar de cinco a siete años.
La proporción no es 1:1. Un solo macho da polen de sobra para varias hembras. En kiwi se maneja un macho por cada 6-8 hembras; en pistachero, uno por cada 8-10; en palmera datilera, un pie masculino puede abastecer a cincuenta hembras si se poliniza a mano.
La colocación importa. En especies anemófilas (polinizadas por viento) conviene situar el macho a barlovento, es decir, del lado por el que sopla el viento dominante en la época de floración, y no en una esquina apartada. En especies entomófilas, como el kiwi, lo que importa es que las abejas encuentren ambos sexos en el mismo radio de vuelo: mejor un macho intercalado en la fila que un macho al final de la parcela.
La floración tiene que solaparse. Un macho que abre quince días antes que la hembra no sirve de nada. Por eso los viveros ofrecen machos concretos emparejados con hembras concretas: para el kiwi 'Hayward' se usa 'Tomuri' o 'Matua'; para el pistacho 'Kerman', el macho 'Peter'.
Ejemplos de plantas dioicas que se cultivan en España
Kiwi (Actinidia deliciosa y A. chinensis). El caso de manual. La flor masculina tiene un penacho de estambres y un ovario atrofiado; la femenina, estilos blancos radiales y estambres con polen estéril. Se cultiva sobre todo en la cornisa cantábrica y Galicia.
Pistachero (Pistacia vera). Dioico y anemófilo, con floración en abril. En Castilla-La Mancha, donde más ha crecido su cultivo, la falta de machos o su mala distribución es una causa habitual de «pistachos vanos», es decir, cáscaras sin grano.
Ginkgo (Ginkgo biloba). Aquí el sexo se elige por motivos opuestos: las semillas de los pies femeninos tienen una envuelta carnosa que al pudrirse en la acera huele a mantequilla rancia por su contenido en ácido butanoico. Para alineaciones urbanas se plantan clones masculinos injertados. Un ginkgo de semilla es una lotería que tarda veinte años en resolverse.
Chopos, álamos y sauces (Populus spp., Salix spp.). Mismo criterio: en jardinería pública se prefieren clones masculinos para evitar la borra algodonosa de las cápsulas femeninas, muy molesta en primavera.
Acebo (Ilex aquifolium). Solo los pies femeninos dan las bolas rojas, y solo si hay un macho cerca. Existen cultivares comerciales de cada sexo —'Alaska' o 'J. C. van Tol' como hembras, 'Blue Prince' como macho—; conviene fijarse, porque los nombres despistan: 'Golden King' es hembra y 'Golden Queen' es macho.
Tejo (Taxus baccata) y enebro (Juniperus communis). Dioicos; los arilos rojos del tejo y las gálbulas azuladas del enebro solo aparecen en pies femeninos.
Palmera datilera (Phoenix dactylifera) y cica (Cycas revoluta). En la cica se ve muy bien la diferencia: el pie masculino forma un cono alargado y erguido, y el femenino una estructura aplanada y algodonosa de megasporofilos.
Laurel (Laurus nobilis), lentisco (Pistacia lentiscus), aucuba (Aucuba japonica), skimmia (Skimmia japonica) y muérdago (Viscum album). En todos ellos el fruto es cosa exclusiva de las hembras.
En el huerto: espárrago (Asparagus officinalis), espinaca (Spinacia oleracea) y cáñamo (Cannabis sativa). En espárrago los pies masculinos son más productivos en turiones porque no gastan energía en semilla, y por eso se han seleccionado híbridos «todo macho».
Qué son las plantas monoicas
Una planta monoica tiene flores unisexuales de los dos sexos en el mismo pie, en zonas distintas y muchas veces en momentos distintos. Es una fórmula frecuente en especies polinizadas por viento, porque separar los sexos en el espacio reduce la autofecundación sin renunciar a la comodidad de bastarse un solo individuo.
El patrón típico: flores masculinas agrupadas en amentos colgantes, numerosísimas y con polen muy fino y seco, situadas por debajo o antes que las femeninas, que son pocas, discretas, sin pétalos vistosos y con estigmas grandes y plumosos preparados para interceptar polen del aire. Quien haya sufrido la alergia al polen de plátano de sombra, ciprés o abedul en febrero y marzo conoce el resultado.
Que una planta sea monoica no garantiza que dé fruto sola. Por dicogamia, por autoincompatibilidad o simplemente por desajuste entre las dos floraciones, muchas monoicas necesitan compañía. El avellano (Corylus avellana) es monoico y autoincompatible: hay que plantar al menos dos variedades que solapen floración, y la floración cae en pleno invierno, entre diciembre y febrero. El nogal (Juglans regia) es monoico y dicógamo: variedades como 'Franquette' o 'Chandler' rinden mucho más con un polinizador adecuado.
Ejemplos de plantas monoicas del jardín y el huerto
Encina y demás quercíneas (Quercus ilex, Q. suber, Q. faginea). Amentos amarillentos muy visibles en abril-mayo y flores femeninas mínimas en las axilas de las hojas nuevas, que darán la bellota.
Castaño (Castanea sativa), nogal, avellano, abedul (Betula), aliso (Alnus glutinosa) y carpe (Carpinus betulus).
Coníferas: pinos (Pinus halepensis, P. pinea, P. sylvestris), abetos, cedros y cipreses (Cupressus sempervirens) son monoicos, con conos masculinos pequeños y efímeros y conos femeninos que se convertirán en piña. Ojo con la generalización: el tejo y los enebros, también coníferas, son dioicos.
Cucurbitáceas: calabacín, calabaza, pepino, melón y sandía. Es el ejemplo más útil del huerto porque la diferencia se ve a simple vista: la flor femenina lleva debajo un ovario engrosado con forma de fruto en miniatura; la masculina sale sobre un pedúnculo fino y liso. Las primeras flores de una mata de calabacín suelen ser todas masculinas, y su caída al cabo de un par de días no es un fallo de cultivo, es lo normal. Con calor excesivo, sequía o exceso de nitrógeno la planta retrasa las femeninas; con temperaturas más frescas las adelanta. Si en la mata coinciden flor masculina abierta y femenina abierta y aun así no cuaja, casi siempre falta polinizador: se resuelve pasando el polen a mano con un pincel a primera hora de la mañana, que es cuando la flor está receptiva.
Maíz (Zea mays). Penacho masculino en el ápice y mazorcas femeninas en las axilas, cada estigma —cada «pelo» de la mazorca— conectado a un grano. Por eso el maíz se siembra en bloque cuadrado y no en una fila larga: en fila, el polen se pierde de lado y las mazorcas salen desgranadas.
Begonia (Begonia spp.), ricino (Ricinus communis) y cocotero (Cocos nucifera) completan la lista de monoicas fáciles de observar; en la begonia, la flor femenina se reconoce por el ovario alado que lleva detrás.
Hermafroditas, polígamas y otros casos intermedios
La realidad no se agota en dos casillas. Hay especies polígamas, que combinan flores hermafroditas con flores unisexuales en el mismo pie (poligamomonoicas) o repartidas entre pies distintos (poligamodioicas). Varios arces, como Acer opalus o A. negundo, se mueven en ese terreno, igual que el fresno (Fraxinus).
Está también la ginodioecia, poblaciones con pies hermafroditas y pies exclusivamente femeninos, un fenómeno bien documentado en el tomillo (Thymus vulgaris) del Mediterráneo occidental.
Y está el caso del aguacate (Persea americana), que se cita a menudo como si fuera dioico y no lo es en absoluto: sus flores son hermafroditas, pero cada una abre dos veces con dicogamia sincronizada. Las variedades de tipo A ('Hass', 'Reed') abren por la mañana en fase femenina y a la tarde siguiente en fase masculina; las de tipo B ('Fuerte', 'Bacon', 'Zutano') hacen lo contrario. De ahí la recomendación de combinar un tipo A con un tipo B, no porque haya machos y hembras, sino porque sus horarios encajan.
Otra excepción útil: hay frutos que se forman sin fecundación, por partenocarpia. El caqui 'Rojo Brillante' cuaja sin semillas y sin polinizador, y muchos pepinos de invernadero son híbridos partenocárpicos a los que conviene evitarles el polen para que no salgan deformes y con semilla.
Cuáles son las partes de una flor
Para distinguir sobre el terreno lo que se acaba de explicar hace falta reconocer las piezas. Una flor completa se organiza en cuatro verticilos insertados sobre el receptáculo, que se apoya a su vez en el pedúnculo.
Cáliz. El verticilo más externo, formado por los sépalos, casi siempre verdes. Su papel es proteger el capullo antes de la apertura.
Corola. Los pétalos, coloreados, cuya función es atraer polinizadores. Cáliz y corola juntos forman el perianto. Cuando sépalos y pétalos son indistinguibles, como en el tulipán o el lirio, se llaman tépalos y el conjunto es un perigonio.
Androceo. El aparato masculino: el conjunto de estambres, cada uno con un filamento que sostiene la antera, donde se forma y se libera el polen.
Gineceo. El aparato femenino, formado por uno o varios carpelos. Cada pistilo tiene tres partes: el estigma, superficie receptiva y pegajosa donde aterriza el polen; el estilo, el cuello por el que el tubo polínico desciende; y el ovario, que aloja los óvulos. Tras la fecundación, el ovario se transforma en fruto y cada óvulo en semilla.
Con este vocabulario, identificar el sexo de una flor en el jardín es cuestión de mirar dos cosas: si tiene anteras con polen y si tiene un ovario visible. Una flor masculina de calabacín no tiene nada engrosado bajo los pétalos; una femenina, sí. Un pie masculino de cica levanta un cono; uno femenino, una roseta lanuda. Y las flores de las especies anemófilas, esas que parecen «no flores», suelen carecer de corola precisamente porque no necesitan anunciarse: su polen viaja en el aire.
Errores frecuentes al comprar y plantar
Comprar una sola planta de una especie dioica. Vale para follaje ornamental, no para fruto. Antes de pagar, preguntar en el vivero si el pie es macho o hembra y si esa variedad exige polinizador.
Sembrar dioicas de semilla esperando cosecha. Se pierden años y sale una proporción azarosa de sexos.
Podar el macho «porque no da nada». Ocurre con frecuencia en kiwi. El pie masculino debe podarse justo después de la floración, no en el invierno con criterio de fructificación, porque si se le suprime la madera que va a florecer se queda la parcela sin polen.
Confundir falta de sexo con falta de polinizadores. En especies entomófilas, un jardín tratado con insecticidas en floración o una primavera lluviosa que impida el vuelo de las abejas dan el mismo resultado visible que la ausencia de macho. Antes de arrancar nada conviene descartar esa vía.
Dar por hecha la autofertilidad. Higuera, olivo, almendro, avellano o cerezo tienen cada uno su propio régimen de compatibilidad, y ninguno depende de que la especie sea monoica o dioica. Son preguntas distintas y hay que resolverlas por separado.
En resumen
Una flor es hermafrodita si lleva los dos sexos y unisexual si lleva uno. Cuando las flores son unisexuales, la especie es monoica si ambos sexos conviven en el mismo pie —encina, nogal, pino, calabacín, maíz— y dioica si cada pie es macho o hembra —kiwi, pistachero, ginkgo, acebo, tejo, palmera datilera, espárrago—. Monoico no significa hermafrodita, y ninguno de los dos garantiza que la planta fructifique sola: la autoincompatibilidad y la dicogamia pueden obligar a plantar un polinizador aunque el ejemplar tenga los dos sexos.
En la práctica, la regla es corta. Si la especie es dioica y se busca fruto o baya, hay que comprar planta identificada de los dos sexos, en proporción aproximada de un macho por cada seis a diez hembras, con floraciones solapadas y con el macho bien situado respecto al viento o al vuelo de las abejas. Si es monoica, basta un pie, pero conviene comprobar si la variedad necesita compañía. Y para no equivocarse mirando, dos referencias: anteras con polen indican masculinidad; un ovario engrosado bajo los pétalos, feminidad.