Las dos primeras «hojas» que asoman en un semillero de tomate no son hojas. Son cotiledones, y llevaban meses formados dentro de la semilla antes de que tú la sembraras. Distinguirlos de las hojas verdaderas es lo que decide cuándo abonar, cuándo repicar y cuándo hay que preocuparse por una plántula que amarillea.
Qué es un cotiledón
Un cotiledón es una hoja embrionaria: una pieza del embrión que ya viene hecha dentro de la semilla, junto a la radícula (la futura raíz), el hipocótilo (el tramo de tallo bajo los cotiledones) y la plúmula (el primer brote de hojas verdaderas). No se forma al germinar; se despliega.
Su función depende de dónde haya guardado la semilla sus reservas, y ahí hay dos modelos:
- Semillas con reserva en el cotiledón (exalbuminadas). El cotiledón es grueso, carnoso y actúa como despensa. Judía, guisante, haba, girasol, calabaza, almendra y aguacate son ejemplos claros: las dos mitades del hueso de un aguacate son sus dos cotiledones.
- Semillas con reserva en el endospermo (albuminadas). El alimento está en un tejido aparte y el cotiledón funciona como órgano absorbente que lo transfiere al embrión. Es el caso de los cereales, donde ese cotiledón único recibe el nombre de escutelo, y también del ricino o la palmera datilera.
En cualquiera de los dos casos, lo que hay que retener es que una plántula recién nacida no come del sustrato. Vive de lo que traía puesto. Ese detalle tiene consecuencias muy prácticas que veremos en el apartado del abonado.
Uno, dos o muchos: qué dice el número
La cuenta de cotiledones dio nombre a los dos grandes bloques de plantas con flor:
Monocotiledóneas, con uno: gramíneas, cebolla, ajo, puerro, espárrago, palmeras, lirios, orquídeas, Aloe vera, plátano. Suelen tener nervadura paralela, raíz fasciculada, flores con piezas en múltiplos de tres y haces vasculares dispersos por el tallo. Esto último explica algo que descoloca al podar: una palmera no engorda por crecimiento secundario ni cicatriza las heridas del estípite como lo hace un árbol, y tampoco se puede injertar.
Dicotiledóneas, con dos: tomate, judía, rosal, encina, girasol, cítricos, prácticamente todo el resto del huerto y del jardín ornamental. Nervadura reticulada, raíz pivotante, flores en múltiplos de cuatro o cinco y haces en anillo, lo que permite el engrosamiento del tronco.
Las gimnospermas juegan aparte: son policotiledóneas. Un pino germina con un penacho de entre 4 y 15 cotiledones en verticilo, muy fino y muy distinto de las acículas que vendrán después.
Aquí conviene corregir dos cosas que se repiten mucho. La primera es taxonómica: «dicotiledóneas» ya no se considera un grupo natural. La clasificación actual reconoce las eudicotiledóneas como grupo real y deja fuera a linajes basales como magnolias, laureles, ninfeas y el propio aguacate, que tienen dos cotiledones pero no pertenecen ahí. Se sigue usando el término por comodidad, no por rigor.
La segunda es de campo: contar cotiledones no clasifica de forma fiable. Hay dicotiledóneas de pleno derecho que emergen con un solo cotiledón funcional, como el ciclamen (Cyclamen persicum) o varias ranunculáceas. Si quieres saber ante qué estás en un semillero, mira los nervios de la primera hoja verdadera antes que el número de cotiledones.
Germinación epigea e hipogea: por qué manda en la profundidad de siembra
Este es probablemente el apartado con más aplicación directa. Hay dos formas de salir del suelo:
En la germinación epigea, el hipocótilo se alarga, se arquea en forma de horquilla y empuja los cotiledones fuera de la tierra. Allí se vuelven verdes y fotosintetizan durante unos días. Judía, girasol, calabacín, pepino, rábano, tomate, lechuga y la gran mayoría de las hortalizas de semillero funcionan así.
En la germinación hipogea, el hipocótilo apenas se estira: quien sube es el epicótilo y los cotiledones se quedan enterrados, agotándose bajo tierra. Guisante, haba, maíz, roble, castaño y nogal siguen este esquema.
La consecuencia práctica: una semilla epigea tiene que levantar peso, así que no la entierres de más. Una judía sembrada a 6 cm en un suelo arcilloso que forma costra después de regar se queda por el camino. Las hipogeas toleran mucho mejor la siembra profunda, que además les protege del frío y de los pájaros. La regla general sigue siendo sembrar a una profundidad de dos o tres veces el diámetro de la semilla, pero con las epigeas conviene quedarse en el extremo bajo del rango.
Ojo también con el defecto contrario. Sembrar demasiado superficial provoca el problema del casco: la cubierta de la semilla no se queda retenida en la tierra y la plántula emerge con la cáscara pegada, aprisionando los cotiledones. Es típico en girasol, calabaza y albahaca. Si ocurre, humedece la cubierta con un pulverizador, espera un rato y retírala con las uñas; forzarla en seco arranca los cotiledones enteros.
Luz y ubicación desde el primer día
El error más habitual en semilleros caseros es germinar en un sitio cálido pero oscuro y tardar dos días en mover las bandejas. Con eso basta para provocar ahilamiento: el hipocótilo se estira buscando luz, queda largo, blanco y filiforme, y la plántula no se recupera del todo.
En cuanto asome el primer cuello, la bandeja va al sitio más luminoso que tengas. Tras la nascencia también ayuda bajar la temperatura unos 3-5 °C respecto a la de germinación: se frena el estiramiento y engrosa el tallo. Si el semillero está en el alféizar de una ventana, gíralo cada día o dos, porque las plántulas se inclinan enseguida hacia el cristal.
Sobre temperaturas de referencia para semilleros peninsulares: el tomate germina bien entre 20 y 25 °C en unos 5-8 días; el pimiento y la berenjena piden más, 25-28 °C, y tardan de 10 a 15; las cucurbitáceas nacen en 4-6 días con 22-25 °C. La lechuga es la excepción llamativa: por encima de unos 27 °C entra en termoinhibición y no germina, así que las siembras de agosto conviene hacerlas a la sombra y con el sustrato fresco.
Un apunte más: algunas semillas necesitan luz para germinar (lechuga, apio, petunia, begonia, albahaca). Esas se siembran a voleo sobre el sustrato y se cubren apenas con una capa mínima de vermiculita, o no se cubren.
Riego: donde se pierden más semilleros
El sustrato debe estar húmedo de forma constante pero nunca encharcado. Con plántulas de esta talla la diferencia entre las dos cosas es de un día.
Riega desde abajo, colocando la bandeja en un recipiente con dos dedos de agua durante diez o quince minutos y retirándola después, o con pulverizador si es en superficie. Una regadera normal descalza las plántulas y salpica tierra sobre los cotiledones, que es justo por donde entran los hongos. Y hazlo por la mañana: el sustrato mojado toda la noche a temperatura templada es el escenario ideal del problema que viene ahora.
El damping-off o mal del semillero, causado sobre todo por Pythium, Rhizoctonia solani y Phytophthora, es la causa número uno de fracaso. Se reconoce sin margen de duda: la plántula aparece por la mañana doblada, con el tallo estrangulado y acuoso justo en la línea del sustrato, mientras los cotiledones todavía se ven verdes. Se extiende en círculo desde un punto y en 48 horas puede llevarse una bandeja entera. No tiene cura una vez declarado; la planta afectada se retira con su cepellón.
Se previene con medidas de cultivo, que aquí son mucho más eficaces que cualquier producto: sustrato específico de semillero sin reutilizar, bandejas desinfectadas, siembra clara en lugar de densa, ventilación diaria si usas tapa o mini-invernadero, y nada de exceso de nitrógeno.
Abonado: todavía no toca
Mientras la plántula solo tenga cotiledones, no la abones. Está viviendo de las reservas de la semilla y no puede aprovechar el aporte; lo único que consigues es acumular sales en un cepellón diminuto y quemar unas raíces que apenas tienen unos milímetros. Que el sustrato de semillero venga pobre en nutrientes no es un defecto del producto, es intencionado.
El momento de empezar es cuando aparece el primer par de hojas verdaderas, y se empieza suave: un abono líquido equilibrado a un cuarto de la dosis indicada en la etiqueta, cada diez o quince días, subiendo despacio. Un exceso de nitrógeno en esta fase da plántulas grandes, blandas, aguadas y mucho más sensibles tanto al hongo como al trasplante.
Tratamientos preventivos, sin milagros
Lo que de verdad funciona en esta etapa es el manejo: sustrato limpio, densidad baja, riego por abajo, aire en movimiento y luz suficiente. Añadido a eso, la inoculación del sustrato con hongos antagonistas del tipo Trichoderma harzianum tiene un respaldo razonable como preventivo, y un tratamiento cúprico a dosis baja puede usarse con la misma intención, nunca como cura.
De los remedios caseros que circulan (canela espolvoreada, infusión de manzanilla, cola de caballo) no se puede prometer gran cosa: si el semillero está encharcado y sin ventilar, ninguno lo salva. Corrige primero la causa.
Repicado y trasplante
El repicado —pasar cada plántula a su alvéolo o macetita individual— se hace cuando tiene de dos a cuatro hojas verdaderas, no antes. Con solo cotiledones el sistema radicular no aguanta la manipulación.
Al levantarla, sujétala siempre por un cotiledón, jamás por el tallo. Es la regla de oro del semillero y tiene una lógica sencilla: si aplastas un cotiledón la planta lo repone o prescinde de él, pero si machacas el hipocótilo has cortado la única vía de conducción que tiene. Ayúdate de un palito o una etiqueta rígida para hacer palanca por debajo del cepellón.
En el trasplante definitivo, el tomate admite y agradece que se entierre hasta la altura de los cotiledones: emite raíces adventicias por todo el tramo enterrado y gana anclaje, lo que además rescata a las plántulas ahiladas. Las brásicas (col, brócoli, coliflor) toleran lo mismo. En cambio pimiento, berenjena y sobre todo cucurbitáceas no deben enterrarse por el cuello: no forman esas raíces y lo único que provoca es podredumbre en la base.
En el calendario peninsular esto encaja en tomate y pimiento sembrados bajo cubierta entre finales de enero y marzo según la zona, para trasplantar al exterior una vez pasado el riesgo de heladas, que en el litoral mediterráneo suele ser abril y en el interior norte se va a mediados de mayo.
Cuándo se caen y cuándo hay que preocuparse
Los cotiledones amarillean, se arrugan y caen cuando la planta ya tiene tres o cuatro hojas verdaderas funcionando. Eso es normal y no hay que hacer nada: han terminado su trabajo y la planta reabsorbe lo que queda en ellos. Ver esa hoja marchita cuando el resto de la plántula crece con vigor no es señal de enfermedad ni de carencia.
Lo que sí es señal de alarma es que amarilleen muy pronto, cuando aún no ha salido ninguna hoja verdadera, y la plántula esté parada. Eso apunta a raíces asfixiadas por exceso de riego, a un sustrato demasiado frío o a un cepellón sin oxígeno. Y si además el tallo está oscuro y afinado en la base, ya no es una carencia: es damping-off.
También conviene proteger los cotiledones mientras estén. Una plántula que los pierde por un pellizco o por una caracola en los primeros días queda claramente retrasada respecto a sus hermanas, porque se ha quedado sin la despensa antes de tiempo.
En resumen
El cotiledón es la hoja embrionaria que ya viene formada en la semilla y que sirve de almacén o de órgano absorbente de las reservas. Su número separa a las monocotiledóneas (uno) de las dicotiledóneas (dos), con las gimnospermas emitiendo varios a la vez, aunque ni ese recuento clasifica con fiabilidad ni «dicotiledóneas» es hoy un grupo natural.
Para el semillero, tres consecuencias prácticas: la germinación epigea obliga a sembrar poco profundo porque los cotiledones tienen que salir a la superficie; mientras solo haya cotiledones no se abona, porque la planta come de la semilla; y al repicar se agarra por el cotiledón, nunca por el tallo, esperando a que haya dos o cuatro hojas verdaderas.
Riego por abajo, por la mañana, sustrato nuevo y luz desde el minuto uno resuelven la mayor parte de los problemas de esta fase. Y cuando los cotiledones amarilleen con la planta ya crecida, déjalos: es el final previsto de su trabajo.