Entre el 80 % y el 90 % de las raíces de un árbol adulto están en los primeros 60 centímetros de suelo, y muchas se extienden hasta dos o tres veces el radio de la copa. Un plátano de sombra de doce metros de copa puede tener raíces activas a quince metros del tronco, a la profundidad de una acera. Con esos números encima de la mesa, la pregunta de si las raíces son peligrosas se responde mejor: no lo son por naturaleza, pero sí lo son cuando se planta la especie equivocada en el sitio equivocado, y sobre todo cuando alguien las corta sin saber lo que corta.

La imagen del árbol invertido es falsa

Se dibuja el árbol como una copa arriba y un espejo simétrico abajo, una raíz principal gruesa que se hunde varios metros. Ese esquema solo describe a algunas especies jóvenes y a unos pocos géneros adaptados a suelos profundos. El sistema radical de un árbol adulto en un suelo normal se parece mucho más a un plato ancho y poco hondo, o a una copa de vino apoyada sobre su base: un cuerpo central de raíces gruesas de anclaje bajo el tronco, del que salen raíces horizontales largas que terminan en una malla finísima de raicillas absorbentes, casi todas en el horizonte superficial.

La razón es sencilla y explica todo lo demás: las raíces respiran. Consumen oxígeno y liberan CO₂ igual que las hojas. El oxígeno del suelo está arriba, en los poros grandes que conectan con la atmósfera; a partir de cierta profundidad, y salvo en suelos muy sueltos o pedregosos, escasea. Las raíces no eligen la profundidad, la aceptan. Por eso un pino en arena costera puede enraizar tres metros y ese mismo pino en una arcilla compactada de urbanización se queda en cuarenta centímetros.

La segunda parte del mito es la de la raíz pivotante. En vivero, las plántulas de dicotiledóneas suelen emitir una radícula que se hunde. En cuanto encuentra un horizonte compacto, la capa freática o simplemente falta de oxígeno, esa raíz principal deja de dominar y el sistema pasa a ser lateral. En un árbol de treinta años es raro reconocer la pivotante original.

El hábitat manda más que la especie

La forma de la raíz es, en buena medida, la memoria de dónde evolucionó la especie y de dónde está plantada ahora. Conviene separar las dos cosas.

Suelos profundos y secos en superficie. Especies de clima mediterráneo continental como la encina (Quercus ilex), el algarrobo (Ceratonia siliqua) o el almendro desarrollan raíces capaces de descender bastantes metros buscando agua estable, con la condición de que el suelo las deje pasar. La encina joven invierte tanto en raíz que su parte aérea parece estancada durante años; es lo normal y no debe corregirse con abonado.

Riberas y suelos húmedos. Chopos (Populus), sauces (Salix), alisos (Alnus glutinosa) y fresnos evolucionaron con el agua a mano. Su estrategia es ocupar rápido mucha superficie con raíces vigorosas y agresivas, tolerantes a la falta de oxígeno. Trasplantados a un jardín urbano, siguen comportándose igual: son los que dan problemas.

Suelos someros y rocosos. Pinos de montaña y quercíneas sobre roca desarrollan raíces que se meten por las diaclasas y engrosan dentro de ellas. Ese mismo comportamiento, en una ciudad, se traduce en raíces dentro de las juntas de un bordillo.

Y por encima de todo esto está el suelo real donde vive el árbol. Una capa compactada a treinta centímetros —una zahorra de obra, un antiguo camino, la solera de una edificación anterior— obliga a cualquier especie a hacer raíz superficial, sea cual sea su genética.

Raíces superficiales de un árbol levantando el terreno

¿Hasta dónde llegan de verdad?

Como orden de magnitud aplicable a un árbol de jardín o de calle en la Península:

Extensión horizontal: entre 1,5 y 3 veces el radio de la copa en condiciones normales, y hasta más si hay una fuente de agua o de aire en una dirección concreta. Las raíces absorbentes finas no se detienen en la línea de goteo de la copa; esa frontera, que tanto se repite, marca solo la zona de mayor densidad.

Profundidad: la inmensa mayoría en los primeros 60 cm, y las raicillas activas en los primeros 20-30 cm, donde coinciden agua, oxígeno y materia orgánica. Raíces de anclaje algo más hondas bajo el tronco. Profundidades de varios metros existen, pero son excepción ligada a suelos muy permeables.

Volumen: un árbol adulto sano necesita del orden de 0,6 a 1 m³ de suelo utilizable por cada metro cuadrado de proyección de copa. Este es el dato que se ignora sistemáticamente al proyectar alcorques: un hoyo de 1 × 1 m rodeado de hormigón no sostiene un árbol de gran porte, lo condena a levantar el pavimento o a morirse despacio.

Los daños reales, y en qué orden ocurren

Levantamiento de pavimentos y bordillos. Es el más frecuente. No lo causa una raíz que «empuja» buscando salida: lo causa el engrosamiento secundario de una raíz que ya estaba ahí. La raíz crece bajo el pavimento porque debajo hay humedad de condensación y algo de aire, y cada año añade una capa de madera. La presión que genera un tronco leñoso al engrosar levanta cualquier baldosa. Es un proceso lento y perfectamente predecible.

Entrada en tuberías y saneamiento. Aquí hay que ser preciso, porque circula mucha inexactitud. Una raíz no perfora un tubo de PVC o de fundición en buen estado. Lo que ocurre es que una tubería antigua de gres o de hormigón con juntas de mortero degradadas pierde agua y vapor; ese vapor es una señal irresistible para las raicillas, que entran por la junta o la fisura ya existente, y una vez dentro engrosan y revientan la conducción desde el interior. Chopo, sauce, olmo, Ficus y ailanto son los campeones. La solución definitiva no es matar el árbol: es sustituir el tramo por tubo continuo estanco.

Daños en cimentaciones. El daño directo por presión de raíz en un cimiento correcto es raro. Lo que sí es real, y grave, es el fenómeno indirecto en suelos arcillosos expansivos: un árbol grande extrae mucha agua del terreno en verano, la arcilla se retrae, y el cimiento superficial de una construcción ligera se asienta de forma desigual. Aparecen grietas diagonales. Se da en arcillas plásticas, con árboles de alta demanda hídrica y cimentaciones antiguas y poco profundas. Cuidado con la solución precipitada: talar de golpe un árbol grande en ese contexto puede producir el movimiento contrario, el hinchamiento de la arcilla al recuperar humedad, y empeorar las grietas.

Rebrotes de raíz. La falsa acacia (Robinia pseudoacacia), el ailanto (Ailanthus altissima), el árbol del paraíso (Elaeagnus angustifolia) y algunos chopos emiten brotes desde raíces situadas a metros del tronco. Se convierten en un problema de invasión de jardín y de arriates. Y hay una trampa clásica: cortar el tronco multiplica los rebrotes, porque desaparece la dominancia apical. Con el ailanto, la tala sin más es el mejor modo de acabar con un bosquete.

El peligro que suele pasarse por alto. El riesgo mayor asociado a las raíces no es el que sufren las aceras, sino el que sufre el árbol: la pérdida de anclaje. Una zanja de servicios abierta a dos metros del tronco, un rebaje del terreno o una excavación de garaje pueden seccionar las raíces de anclaje de un lado. El árbol sigue verde dos o tres años y luego cae con el primer temporal serio. Lo mismo hacen las podredumbres de raíz y cuello (Armillaria mellea, Ganoderma, Kretzschmaria deusta), que vacían la madera sin síntoma aéreo evidente hasta que es tarde. Un árbol con setas en la base del tronco merece una revisión profesional, no una poda de copa.

Cómo evitar el problema antes de que exista

Todo lo que se hace después de plantar es un remedio; lo que de verdad funciona se decide antes.

Elegir la especie por su tamaño adulto y su comportamiento radical. Para un patio, una acera estrecha o un jardín pequeño, hay árboles que no dan guerra: árbol del amor (Cercis siliquastrum), arce menor (Acer campestre), madroño (Arbutus unedo), Lagerstroemia indica, Koelreuteria paniculata, cerezo de flor, ciruelo rojo, cítricos, olivo de porte controlado. Y hay especies que sencillamente no deben plantarse cerca de una edificación ni de una red de saneamiento: chopos y álamos, sauces, plátano de sombra, Ficus de gran porte, ailanto, falsa acacia, eucalipto, morera, paulonia.

Respetar distancias. Como regla práctica, un árbol debe plantarse a una distancia de la edificación equivalente a al menos la mitad de su altura adulta, y a su altura completa si el suelo es arcilla expansiva y la especie es de alta demanda de agua. En cuanto a lindes, el Código Civil español fija en su artículo 591 una distancia mínima de dos metros para árboles de porte alto y cincuenta centímetros para arbustos, salvo que exista ordenanza municipal o costumbre local que diga otra cosa, que casi siempre la hay: conviene mirar la ordenanza antes que el Código.

Dar volumen de suelo. Alcorques generosos, zanjas corridas en lugar de hoyos aislados, o suelos estructurales y celdas de suelo bajo el pavimento, que permiten compactar la superficie para que aguante el tránsito y a la vez dejan huecos donde la raíz crece con aire. Un árbol con suelo suficiente no necesita levantar nada.

Plantar bien. Dos errores de plantación causan más problemas radicales que cualquier especie mal elegida. El primero es enterrar el cuello de la raíz: el arranque de las raíces gruesas debe quedar a nivel del suelo, visible, no bajo diez centímetros de tierra ni bajo una montaña de mantillo pegada al tronco. El segundo es plantar el cepellón de contenedor sin tocarlo: si las raíces han girado dando vueltas dentro de la maceta, seguirán girando en el suelo y acabarán estrangulando al propio tronco años después. Hay que abrir el cepellón, cortar las raíces circulares y extenderlas. El hoyo, ancho y de fondo firme, sin abonos frescos y sin «cama» de mullido que luego se asienta.

Árboles bien establecidos en un espacio con suelo suficiente

Controlar raíces en un árbol que ya está

Barreras antirraíces. Láminas rígidas de polipropileno con nervios verticales, enterradas de canto entre el árbol y lo que se quiere proteger, a 60-90 cm de profundidad y sobresaliendo un par de centímetros del terreno para que ninguna raíz pase por encima. Los nervios desvían la raíz hacia abajo en lugar de dejar que la bordee. Se instalan lo más lejos posible del tronco y a lo largo del elemento a proteger, no rodeando al árbol: encerrar un árbol en un cajón de barreras es la forma segura de desestabilizarlo.

Poda de raíces, con criterio. Es una intervención seria, no una limpieza. Cada raíz cortada es follaje que el árbol ya no puede alimentar y anclaje que pierde. Reglas de trabajo aceptadas: no seccionar raíces dentro de un radio de unas cinco veces el diámetro del tronco medido a 1,3 m de altura; no eliminar más de un 20-25 % del sistema radical de una vez; no intervenir en dos lados opuestos ni en dos temporadas seguidas; hacerlo en otoño o final de invierno, nunca en pleno verano; cortar limpio con sierra o tijera, no arrancar con retroexcavadora, porque el desgarro abre la puerta a las podredumbres. Después, riego generoso durante toda la temporada siguiente. Si hay que abrir una zanja cerca de un árbol de valor, la solución técnica es la perforación dirigida por debajo o la excavación con aire comprimido, que descubre las raíces sin cortarlas.

Riego, y un matiz. Se repite que regar poco y profundo «hace bajar las raíces». Es verdad a medias: riegos frecuentes y superficiales mantienen la actividad radical pegada a la superficie, y riegos espaciados y abundantes favorecen que ocupe más profundidad. Pero ninguna pauta de riego hará que una raíz baje a donde no hay oxígeno. Si el suelo está compactado a treinta centímetros, ahí se quedará por mucho que se riegue.

Productos y remedios caseros. Sulfato de cobre, sal o sosa en el saneamiento no resuelven nada duradero y dañan la red y el suelo. Los inhibidores de raíces son una herramienta profesional muy concreta, no un producto de jardín. Y matar químicamente las raíces de un árbol vivo para proteger una acera equivale a matar el árbol, con la diferencia de que además queda en pie.

En resumen

Las raíces de los árboles no son peligrosas en sí: son superficiales porque necesitan oxígeno, se extienden mucho más allá de la copa y crecen donde encuentran agua y aire, no donde deciden atacar. Los daños que se les atribuyen tienen causas identificables —engrosamiento bajo pavimentos con poco suelo, entrada por juntas ya rotas de saneamientos antiguos, retracción de arcillas expansivas junto a cimentaciones ligeras— y todas se previenen eligiendo la especie según su tamaño adulto, respetando distancias de al menos media altura a la edificación y los dos metros de linde del artículo 591 del Código Civil, y dando al árbol volumen de suelo real. Cuando el problema ya existe, las barreras antirraíces bien instaladas y una poda de raíces medida en otoño resuelven la mayoría de los casos. Y conviene no olvidar el riesgo que se ignora: la raíz cortada en una zanja o podrida por hongos no rompe una acera, tumba el árbol entero.


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