Manzana, pera, membrillo, cereza, ciruela, melocotón, almendra, níspero, fresa, mora, frambuesa y escaramujo salen todos de la misma familia botánica. A eso hay que sumarle el rosal, el cerezo de flor japonés, el espino albar, la fotinia, el piracanto, el cotoneaster y la espirea. La familia Rosaceae reúne alrededor de 90 géneros y entre 2.500 y 3.000 especies, y en la horticultura española pesa más que ninguna otra: es a la vez la despensa de la fruta de hueso y de pepita, la base de buena parte del seto ornamental y la vegetación espontánea de cualquier orla de bosque húmedo.

Conocer la familia no es un ejercicio de erudición. Las rosáceas comparten plagas, enfermedades, patrones de injerto, exigencias de frío invernal y problemas de suelo. Quien entiende qué tienen en común un peral y un piracanto plantado a diez metros deja de cometer errores caros.

Prunus serrulata Kanzan en plena floración

Qué define a una rosácea

El rasgo más útil sobre el terreno está en la flor. Las rosáceas tienen flores actinomorfas y pentámeras: cinco sépalos, cinco pétalos libres y un número elevado de estambres, casi siempre múltiplo de cinco (10, 15, 20 o muchos más). Esa corola abierta, radiada y de acceso fácil explica por qué son plantas melíferas de primer orden y por qué el peral y el manzano dependen tanto de la abeja.

La segunda clave es el hipanto, un receptáculo ensanchado en forma de copa, tubo o urna sobre el que se insertan sépalos, pétalos y estambres. De cómo se comporte ese hipanto sale casi toda la diversidad de frutos de la familia, y también un buen número de malentendidos:

  • Si el hipanto queda seco y en forma de urna, encierra aquenios: es el caso del escaramujo del rosal. Lo que se recolecta no es un fruto, sino un falso fruto (cinorrodón); los frutos verdaderos son las pepitas peludas del interior.
  • Si el receptáculo se vuelve carnoso y sobresale, tenemos la fresa. La parte roja que se come es receptáculo, y los puntitos amarillos de la superficie son los frutos de verdad, aquenios.
  • Si el hipanto se suelda al ovario y engorda, sale un pomo: manzana, pera, membrillo, níspero, serba, fruto del espino. La carne procede en buena parte de tejido del receptáculo, y el corazón cartilaginoso es el ovario auténtico.
  • Si el ovario único madura en un fruto carnoso con hueso leñoso, tenemos una drupa: cereza, ciruela, melocotón, albaricoque, almendra.
  • Si muchos carpelos independientes fructifican juntos sobre un mismo receptáculo, sale una polidrupa: mora y frambuesa. Ni una ni otra son bayas, aunque se vendan en la sección de bayas.
  • Y si los carpelos se mantienen secos y se abren por una sutura, tenemos folículos, como en la espirea.

El tercer rasgo es vegetativo y sirve de mucho en identificación de campo: las rosáceas tienen hojas alternas y estípulas en la base del pecíolo. Las estípulas pueden ser diminutas y caedizas, pero están. Cuando alguien duda entre una rosácea y una leguminosa arbustiva, mirar la estípula y contar los pétalos resuelve la papeleta en diez segundos.

El porte, en cambio, no define nada: dentro de la familia hay árboles de quince metros (Prunus avium, Sorbus domestica), arbustos espinosos (Prunus spinosa, Crataegus monogyna), lianas sarmentosas (Rubus), herbáceas perennes estoloníferas (Fragaria, Potentilla) e incluso plantas casi almohadilladas de alta montaña (Dryas octopetala, en el Pirineo).

Las subfamilias: lo que se enseñaba y lo que se acepta hoy

Aquí conviene corregir algo que sigue circulando en apuntes y viveros. Durante décadas la familia se dividió en cuatro subfamilias definidas por el tipo de fruto: Rosoideae (aquenios), Prunoideae o Amygdaloideae (drupas), Maloideae o Pomoideae (pomos) y Spiraeoideae (folículos). Es una clasificación cómoda y todavía se usa como atajo didáctico, pero los estudios moleculares la desmontaron: agrupar por tipo de fruto juntaba linajes que no eran hermanos.

La clasificación aceptada actualmente reconoce tres subfamilias:

Rosoideae. Número cromosómico base x=7. Frutos secos en aquenio o polidrupas. Aquí están Rosa, Rubus (zarzas, frambuesos), Fragaria, Potentilla, Geum, Filipendula, Sanguisorba, Agrimonia y Alchemilla. Predominan las herbáceas y los arbustos sarmentosos, y es el grupo donde más abunda la apomixis: en géneros como Rubus y Alchemilla hay enjambres de microespecies poliploides que producen semilla sin fecundación, lo que ha vuelto su taxonomía notoriamente espesa.

Dryadoideae. Pequeña y sin apenas peso en España (Dryas octopetala en pastos calcícolas de alta montaña), pero con un rasgo excepcional dentro de la familia: fija nitrógeno atmosférico mediante nódulos actinorrícicos con la bacteria Frankia. Ninguna otra rosácea lo hace.

Amygdaloideae. La subfamilia grande, que absorbió a las antiguas Prunoideae, Maloideae y Spiraeoideae. Dentro de ella conviven tribus muy distintas y esa distinción sí sigue siendo operativa en el huerto:

  • Amygdaleae, con el único género Prunus (x=8): cerezo, guindo, ciruelo, endrino, melocotonero, albaricoquero, almendro, cerezo de Santa Lucía, laurel cerezo, loro. Drupa, hoja simple, glucósidos cianogénicos en semilla y hoja.
  • Maleae, las antiguas pomoideas (x=17, resultado de una duplicación antigua del genoma): Malus, Pyrus, Cydonia, Eriobotrya, Crataegus, Sorbus, Amelanchier, Cotoneaster, Pyracantha, Photinia, Chaenomeles. Fruto en pomo. Ese x=17 tan raro es lo que delata que el grupo comparte un antepasado común pese a la variedad de aspectos.
  • Spiraeeae y tribus afines (x=9): Spiraea, Physocarpus, Sorbaria, Holodiscus, Kerria, Exochorda. Arbustos ornamentales de fruto seco, sin interés frutal.

La consecuencia práctica de las Maleae merece subrayarse: manzano, peral, membrillero, níspero japonés, espino albar, serbal, piracanto, cotoneaster y fotinia son parientes cercanos. Comparten el mismo grupo de patógenos y, en parte, compatibilidad de injerto. De ahí que se pueda injertar peral sobre membrillero (dos géneros distintos) y que un seto de piracanto pueda arruinar un peral vecino.

Rosáceas en España: cultivadas y silvestres

En producción, la familia sostiene el grueso de la fruticultura peninsular: melocotón y nectarina en el valle del Ebro y Murcia, cereza en el Jerte, el Valle del Ambroz y Aragón, ciruela en Extremadura, almendro en el interior y el levante, manzana en Girona y Asturias, pera en Lleida y La Rioja, níspero japonés (Eriobotrya japonica) en Callosa d'en Sarrià, membrillo en el Guadalquivir y fresa (Fragaria × ananassa) en Huelva.

En el monte, la lista es igual de larga: zarza (Rubus ulmifolius), majuelo (Crataegus monogyna), endrino (Prunus spinosa), rosal silvestre (Rosa canina), mostajo y serbal (Sorbus aria, S. aucuparia, S. domestica), guillomo (Amelanchier ovalis), fresa silvestre (Fragaria vesca), reina de los prados (Filipendula ulmaria), agrimonia, pimpinela y un buen puñado de Potentilla. Muchas de ellas forman las orlas espinosas que protegen el bosque, y varias son excelentes candidatas para setos de aprovechamiento con frutos comestibles.

Manzano, Malus domestica, con fruto maduro

Lo que las rosáceas exigen en el jardín y el huerto

Horas de frío. Las rosáceas leñosas de clima templado entran en dormición y necesitan acumular un número mínimo de horas por debajo de 7 °C para brotar y florecer con normalidad. El cerezo suele situarse por encima de las 800, el manzano en un rango parecido, el melocotonero varía muchísimo según variedad y el almendro es de los más bajos. Si la necesidad no se cubre, la brotación se retrasa y se vuelve irregular, la floración se escalona y el cuajado cae. Este es el error número uno al plantar frutales en la costa mediterránea y en Canarias: comprar una variedad pensada para el interior. Existen variedades de bajo requerimiento de frío precisamente para eso, y son la única solución razonable en zonas de invierno suave.

Polinización cruzada. Buena parte de los Prunus, Malus y Pyrus presentan autoincompatibilidad gametofítica: el propio polen no fecunda porque lo reconoce y lo bloquea. Plantar un cerezo solo en el jardín y esperar cerezas es una decepción anunciada, salvo que sea una variedad autofértil. Lo mismo pasa con muchos manzanos y perales. La regla: comprobar el grupo de compatibilidad y plantar al menos un polinizador que coincida en época de floración, o elegir explícitamente variedades autofértiles. El melocotonero y el albaricoquero suelen ser autofértiles y por eso dan menos problemas al aficionado.

Suelo y patrones. La familia no tolera el encharcamiento; la asfixia radicular y las podredumbres de cuello por Phytophthora se llevan por delante más frutales que cualquier plaga. En los suelos calizos de medio país, el problema añadido es la clorosis férrica: hojas amarillas con nervios verdes. La respuesta no es echar quelato de hierro cada primavera de por vida, sino elegir patrón desde el principio; hay portainjertos seleccionados justamente por su tolerancia a la caliza activa. Para peral en suelo calizo, por ejemplo, el patrón de membrillero es mala idea y conviene ir a franco o a patrones adaptados. Y ojo con las incompatibilidades: algunas variedades de peral sobre membrillero necesitan un intermediario para no acabar rompiendo por el punto de injerto años después.

Cansancio del suelo. Replantar una rosácea justo donde se arrancó otra da resultados pobres de forma casi sistemática: crecimiento lento, entrenudos cortos, raíz raquítica. El fenómeno se conoce como fatiga de replantación y combina nematodos, hongos del suelo y autotoxicidad de residuos radiculares. La solución práctica en jardín pequeño es cambiar de sitio, dejar el terreno unos años con otra cosa o sustituir un volumen generoso de tierra.

Enfermedades y plagas compartidas

Aquí es donde el parentesco se paga. Conviene tener presentes cuatro problemas:

Fuego bacteriano (Erwinia amylovora). Afecta exclusivamente a las Maleae: peral, manzano, membrillero, níspero, espino, serbal, piracanto, cotoneaster, fotinia. Los brotes se ennegrecen y se curvan en forma de cayado, las flores se necrosan y en tiempo cálido y húmedo puede aparecer exudado bacteriano. No tiene cura. Es organismo de cuarentena en la Unión Europea: si se sospecha, hay obligación de comunicarlo al servicio de sanidad vegetal de la comunidad autónoma. La consecuencia jardinera es directa: plantar setos de piracanto, cotoneaster o fotinia junto a una zona de producción de pepita es una imprudencia, porque actúan de reservorio.

Monilia (Monilinia laxa y M. fructigena). Golpea a los Prunus. Seca ramilletes florales y ramas jóvenes en primavera húmeda y pudre el fruto en el árbol, cubriéndolo de pústulas grises concéntricas. Los frutos momificados que quedan colgando todo el invierno son la fuente de inóculo del año siguiente: retirarlos y destruirlos vale más que cualquier tratamiento.

Sharka (virus de la sharka o Plum pox virus). Exclusivo de Prunus, transmitido por pulgones de forma no persistente y por material vegetal infectado. Deforma y mancha frutos y hojas y no tiene tratamiento. También está sometido a normativa específica, con arranque obligatorio en las zonas demarcadas. Comprar planta con pasaporte fitosanitario no es burocracia: es la única defensa real.

Hongos foliares. Moteado del manzano y del peral (Venturia), oídio del rosal (Podosphaera pannosa) y del manzano (P. leucotricha), roya de la zarza y del rosal (Phragmidium), abolladura y cribado en frutales de hueso. Todos comparten la misma lógica de manejo: aireación de la copa mediante poda, evitar el riego por aspersión sobre la hoja, retirar la hojarasca caída y no abonar en exceso con nitrógeno, que produce brotación tierna y suculenta, justo lo que buscan estos hongos.

Añádase la tuberculosis o chancro bacteriano (Pseudomonas syringae) en hueso, que aconseja podar los Prunus en verano o a final de invierno con tiempo seco y nunca en pleno periodo húmedo y frío, y la Drosophila suzukii, que en las dos últimas décadas se ha convertido en la plaga determinante de cereza y frutos rojos porque pone el huevo en fruta sana y todavía firme.

Un aviso sobre toxicidad

Las semillas y las hojas de muchos Prunus contienen glucósidos cianogénicos (amigdalina, prunasina), que al romperse el tejido liberan cianuro de hidrógeno. Por eso la almendra amarga lo es, y por eso los huesos de melocotón, ciruela o albaricoque no se comen. En ganadería el riesgo mayor está en el ramón podado y marchito de laurel cerezo (Prunus laurocerasus) o de otras especies del género: la hoja marchita es más peligrosa que la fresca, y basta que un caballo o una cabra acceda al montón de restos de poda. La pulpa del fruto, en cambio, no plantea ningún problema. Los frutos de Sorbus aucuparia crudos tampoco se recomiendan por su contenido en ácido parasórbico, que sí desaparece con la cocción.

En resumen

Las rosáceas se reconocen por sus flores de cinco pétalos con muchos estambres, sus hojas alternas con estípulas y un hipanto que, según cómo se comporte, produce aquenios, drupas, pomos, polidrupas o folículos. La vieja división en cuatro subfamilias por el tipo de fruto ha dado paso a tres —Rosoideae, Dryadoideae y Amygdaloideae—, con las antiguas pomoideas y prunoideas ahora dentro de la última como tribus Maleae y Amygdaleae.

En la práctica, ese parentesco explica lo importante: por qué el fuego bacteriano salta del piracanto al peral, por qué un cerezo aislado no cuaja, por qué el frío invernal condiciona dónde se puede plantar cada variedad y por qué no conviene replantar un frutal donde acaba de morir otro de la misma familia. Elegir variedad y patrón con criterio, garantizar polinización, dar drenaje y no mojar la hoja resuelve la mayor parte de los disgustos antes de que aparezcan.


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