Medio milímetro. Ese es el tamaño típico de las semillas fósiles de angiosperma que se han recuperado en yacimientos del Cretácico inferior de Portugal y del este de Estados Unidos, con una antigüedad que ronda los 125 a 130 millones de años. Caben varias decenas en la cabeza de un alfiler, y bajo microscopía de rayos X conservan intactas la cubierta, el tejido de reserva y el embrión. Ese embrión es la parte interesante del asunto: es minúsculo, ocupa una fracción ridícula del volumen de la semilla. Y ese detalle cambia bastante lo que se creía sobre cómo eran las primeras plantas con flores.

Semillas fosilizadas del Cretácico inferior vistas al microscopio

De dónde salen estas semillas y por qué se conservaron

Los yacimientos más productivos están en la cuenca lusitánica portuguesa (localidades como Vale de Água, Catefica o Buarcos) y en la Formación Potomac de Virginia y Maryland. Son sedimentos de ambientes costeros y fluviales del Barremiense y el Aptiense, la etapa en la que las angiospermas todavía eran una minoría dentro de una vegetación dominada por coníferas, helechos, cícadas y bennettitales.

El modo de conservación es lo llamativo. Estas flores y semillas no están aplastadas en una laja como los fósiles vegetales habituales: están carbonizadas, convertidas en carbón vegetal por incendios forestales del Cretácico. Es un pequeño golpe de suerte de la tafonomía. El fuego consume el agua y los compuestos volátiles pero deja un residuo carbonoso rígido, químicamente inerte y resistente a la compactación. Un fragmento vegetal carbonizado que acaba enterrado en un sedimento fino conserva su volumen y su estructura celular en tres dimensiones durante cien millones de años. Es la razón de que se pueda hablar de la forma del embrión y no solo de la silueta de la semilla.

El otro salto lo dio la técnica de estudio. La microtomografía de rayos X con radiación de sincrotrón permite escanear una semilla de menos de un milímetro y reconstruirla por dentro, capa a capa, con resolución de micras y sin partirla. Antes de eso, medir un embrión fósil de ese tamaño era prácticamente imposible.

Qué significa un embrión diminuto

En una semilla, el cociente entre el tamaño del embrión y el tamaño total de la semilla no es un dato anecdótico. Un embrión pequeño rodeado de mucho tejido de reserva implica dos cosas.

La primera es que la semilla, al desprenderse de la planta madre, está inmadura. El embrión tiene que seguir creciendo dentro de la semilla antes de poder germinar. Eso es lo que hoy llamamos latencia morfológica, y si además necesita un tratamiento de frío o de calor para desbloquearse, latencia morfofisiológica. Son las latencias más lentas que existen: entre que la semilla cae y la radícula asoma pueden pasar meses o incluso dos estaciones completas.

La segunda es una consecuencia ecológica. Un banco de semillas latentes en el suelo es la estrategia de las plantas que viven en ambientes inestables: riberas que se inundan, claros que se abren y se cierran, suelos removidos. Plantas pequeñas, de ciclo corto, oportunistas, que producen mucha semilla barata y esperan bajo tierra a que llegue el hueco. Nada que ver con la imagen de los grandes árboles.

Este conjunto de rasgos —semilla muy pequeña, embrión subdesarrollado, latencia, flores diminutas de pocos milímetros que aparecen en los mismos yacimientos— apunta a que las primeras angiospermas no fueron árboles, sino hierbas y arbustos de pequeño porte que colonizaban terrenos perturbados. La comparación cuantitativa con la flora actual encaja: las plantas de hoy con semillas y embriones de esas proporciones son mayoritariamente herbáceas y leñosas pequeñas de sotobosque y de ribera, no árboles de dosel.

El contexto: qué había en la Tierra hace 130 millones de años

Conviene situar la cifra. Hace 130 millones de años estamos en el Cretácico inferior, con los continentes todavía relativamente juntos, un clima global más cálido que el actual y sin casquetes polares permanentes. Las angiospermas están apareciendo en el registro fósil, pero son un componente secundario del paisaje. Su expansión explosiva —la que Darwin llamó el "abominable misterio"— llega después, entre el Albiense y el Cretácico superior, cuando en pocas decenas de millones de años pasan de rareza a grupo dominante.

España tiene un papel en esta historia. En los yacimientos de Las Hoyas (Cuenca) y El Montsec (Lleida), del Barremiense, se conserva Montsechia vidalii, una planta acuática sumergida sin pétalos reconocibles, con hojas diminutas y una única semilla por estructura reproductora, y que está entre las angiospermas más antiguas descritas. En China, la Formación Yixian aporta Archaefructus, de edad comparable y también acuática. Que dos de los candidatos más antiguos sean plantas de agua ha dado bastante que hablar sobre el ambiente en el que nacieron las flores.

Entre las flores fósiles del Cretácico inferior también aparecen formas emparentables con familias que siguen entre nosotros. Las Calycanthaceae, la familia del Calycanthus, son uno de esos linajes basales dentro de las Laurales que llevan aquí desde entonces; sus flores, con muchos tépalos espirales indiferenciados en vez del clásico esquema cáliz-corola, se parecen bastante a lo que enseñan las flores fósiles de aquel momento.

Flor de Calycanthus occidentalis con tépalos espirales

El malentendido: fósil no significa viable

Aquí hay que ser tajante, porque el titular se malinterpreta con facilidad. Una semilla de 130 millones de años no germina, no puede germinar y no germinará nunca. No queda ni una molécula viva en ella: es carbón, un molde carbonoso de lo que hubo. La información que aporta es morfológica, no biológica.

Los récords reales de germinación están varios órdenes de magnitud por debajo, y son de todos modos espectaculares:

Alrededor de 32.000 años con Silene stenophylla, regenerada en 2012 a partir de tejido placentario de frutos inmaduros conservados en madrigueras de ardilla en el permafrost siberiano. No fue germinación de semilla en sentido estricto, sino cultivo in vitro de tejido.

Unos 2.000 años con la palmera datilera de Masada, en Israel, cuyas semillas dieron plantas viables ya en el siglo XXI.

Alrededor de 1.300 años con el loto sagrado (Nelumbo nucifera) de un lago desecado de China, quizá el caso mejor documentado de longevidad real de una semilla.

Esos son los límites físicos: frío estable, sequedad, oscuridad, ausencia de oxígeno. Fuera de esas condiciones, una semilla ortodoxa bien guardada en casa aguanta años, no siglos, y hay especies —el castaño, el roble, el aguacate, muchas palmeras— cuyas semillas son recalcitrantes y mueren si se dejan secar unas semanas. La longevidad de las semillas es un rasgo de especie, no una propiedad general.

Lo que esto tiene que ver con tu semillero

La latencia morfofisiológica que se lee en aquellas semillas fósiles sigue viva en el jardín de hoy, y es la explicación de un montón de fracasos de siembra que se atribuyen erróneamente a "semilla mala".

Especies con embrión inmaduro en el momento de la dispersión, que por tanto necesitan una fase cálida seguida de una fase fría antes de germinar, y que en condiciones naturales suelen tardar dos inviernos: el acebo (Ilex aquifolium), el fresno (Fraxinus excelsior), las peonías (Paeonia), Anemone nemorosa y Hepatica nobilis, muchas Apiaceae y Ranunculaceae, y buena parte de las umbelíferas silvestres.

De ahí salen tres reglas prácticas:

No tires el semillero antes del segundo año. Una bandeja sin nada verde en junio no significa siembra fallida, solo siembra a medias. Se siembra acebo en otoño, no sale nada en primavera, se vacía la bandeja en junio y se pierde una germinación que iba a llegar en la primavera siguiente. Un semillero de estas especies se etiqueta, se deja a la sombra en un rincón del jardín, se mantiene apenas húmedo y se olvida durante veinticuatro meses.

Estratifica en el orden correcto. Estas semillas no piden solo frío. Piden calor primero (unos dos a tres meses a temperatura ambiente, 18-22 °C, en sustrato húmedo) para que el embrión termine de crecer, y frío después (dos a cuatro meses entre 2 y 5 °C, es decir, la nevera o directamente el invierno peninsular a la intemperie) para levantar el bloqueo fisiológico. Meterlas en la nevera nada más recogerlas, que es lo que se hace por defecto, no funciona en estas especies porque el embrión aún no está listo.

Siembra fresco cuando puedas. La siembra inmediata tras la recolección, en otoño, dejando la bandeja a la intemperie, reproduce la secuencia natural sin que tengas que gestionar nada. En el clima peninsular funciona bien salvo en el sureste árido, donde el invierno puede quedarse corto de horas de frío y conviene recurrir a la nevera.

Un último apunte: la pulpa de los frutos carnosos suele contener inhibidores de la germinación. Limpiar bien la semilla de acebo, de tejo o de rosal antes de sembrar no es manía, es quitar de en medio un freno químico.

En resumen

Las semillas de angiosperma de hace unos 130 millones de años recuperadas en Portugal y Norteamérica se conservan carbonizadas por incendios cretácicos y se estudian por microtomografía de sincrotrón sin destruirlas. Miden menos de un milímetro y su embrión es diminuto en proporción al tejido de reserva, lo que indica semillas con latencia y apunta a que las primeras plantas con flores fueron hierbas y arbustos oportunistas de ambientes perturbados, no árboles. Ninguna de esas semillas es viable —el récord real de germinación está en el orden de los milenios, no de los millones de años—, pero el rasgo que revelan sigue operando: las especies cuyo embrión llega inmaduro a la dispersión, del acebo a la peonía, necesitan calor y luego frío, y a menudo dos inviernos, antes de asomar. Saberlo es la diferencia entre esperar y tirar la bandeja.


Contenidos relacionados