En las laderas arenosas del oeste de Sudáfrica, los babuinos escarban la tierra para desenterrar unos bulbos dulces y comérselos. De ese hábito viene el nombre del género: los colonos neerlandeses llamaron a la planta bobbejaan —babuino— y de ahí derivó Babiana. El detalle no es anecdótico, porque explica por qué sus cormos están tan enterrados y por qué, si se plantan someros, la planta se pasa el primer año hundiéndose sola hasta la profundidad que le conviene.
Qué es una babiana
Babiana es un género de la familia de las iridáceas, parientes por tanto de los gladiolos, los lirios, las freesias, las ixias y las esparaxis. Reúne unas noventa especies, casi todas endémicas de Sudáfrica —sobre todo de la provincia de El Cabo— con alguna extensión hasta Namibia.
No son bulbos en sentido estricto, sino cormos: tallos engrosados y macizos, aquí pequeños, de 1 a 3 cm, recubiertos de túnicas fibrosas parecidas a la arpillera. Cada temporada el cormo viejo se consume y se forma uno nuevo encima, además de cormillos laterales.
La planta es de porte bajo: entre 15 y 30 cm en la mayoría de las especies cultivadas, con algún ejemplar que llega a 40. Las hojas son su rasgo más reconocible: lanceoladas, dispuestas en abanico, plegadas en pliegues longitudinales marcados como un acordeón, y casi siempre cubiertas de un vello corto que las vuelve suaves al tacto. Aunque la planta no esté en flor, esas hojas plisadas y peludas bastan para identificarla.
Las flores se abren en espigas cortas de seis a diez unidades, con seis tépalos, a veces simétricas y a veces con el tépalo superior más desarrollado a modo de capucha. La gama de color es amplia: azul intenso, violeta, malva, carmesí, crema, blanco y amarillo, muchas veces con manchas contrastadas en la base de los tépalos. Varias especies son notablemente fragantes, sobre todo al final de la tarde.
Especies que se encuentran en España
Babiana stricta es la más común en el comercio y de la que proceden la mayoría de las variedades de jardín. Flores de tonos azul lavanda, violeta, blanco o crema, a menudo perfumadas. Los lotes que se venden en tienda como «babiana mezcla» suelen ser híbridos de esta especie.
Babiana rubrocyanea, la más llamativa: azul cobalto en la mitad exterior de los tépalos y rojo intenso en el centro. Es exigente con el drenaje y algo más caprichosa que B. stricta.
Babiana angustifolia, de hojas más estrechas y flores azul violáceo con marcas amarillas o crema en los tépalos inferiores.
Babiana villosa, de un carmesí profundo con anteras negras muy visibles, un contraste poco frecuente entre las bulbosas.
Babiana ringens, curiosa por su estructura: produce un eje estéril rígido que sobresale del ramillete y funciona como percha para el nectarínido que la poliniza en su tierra de origen. Sin ese pájaro no cuaja semilla en cultivo, pero se multiplica igualmente por cormillos.
El ciclo, que es lo que hay que entender
Aquí está el punto que decide el éxito o el fracaso. Las babianas proceden de una zona de lluvias invernales y verano seco, un régimen prácticamente idéntico al mediterráneo. Su ciclo, en consecuencia, es el siguiente:
Otoño: con las primeras lluvias y el descenso de temperatura, el cormo brota y saca sus hojas plisadas.
Invierno: crecimiento vegetativo. La planta está verde y activa mientras el resto del jardín está parado.
Primavera: floración, típicamente de marzo a mayo según la zona y la especie.
Verano: el follaje amarillea, se seca, y el cormo entra en reposo absoluto bajo tierra.
El error habitual es tratarla como un gladiolo, es decir, plantarla en primavera esperando flores en verano. Con ese calendario el cormo se pudre o brota a destiempo, y en cualquiera de los dos casos se pierde la temporada. La babiana se planta en otoño, y punto.
Plantación
Época: de septiembre a noviembre. En el litoral mediterráneo y en Andalucía puede adelantarse a septiembre; en el interior, mejor octubre, para que el cormo tenga tiempo de enraizar antes de los primeros fríos.
Profundidad: más de la que uno esperaría por su tamaño. Entre 8 y 12 cm, lo que equivale a cuatro o cinco veces la altura del cormo. Esta profundidad no es un capricho: aísla del calor estival, ancla la mata para que las espigas no se tumben y reproduce lo que la propia planta consigue en la naturaleza con sus raíces contráctiles. Un cormo plantado a 3 cm dedicará su primer año a bajar por sus medios en lugar de a florecer.
Distancia: de 8 a 10 cm entre cormos. Son plantas menudas y solo lucen en grupo; los tresillos aislados pasan desapercibidos. Diez o quince cormos juntos por mancha es un mínimo razonable.
Orientación: pleno sol. A la sombra estiran los tallos, se tumban y florecen escasamente.
Suelo: arenoso, suelto y con drenaje excelente. Tolera suelos pobres sin dificultad y también los calizos. En terreno arcilloso hay que enmendar con arena gruesa y grava, plantar en un caballón elevado, o directamente pasar a maceta.
Riego y abonado
Después de plantar, un riego para asentar la tierra. A partir de ahí, riego regular durante todo el otoño y el invierno siempre que no llueva, manteniendo el sustrato fresco pero nunca encharcado. En la costa mediterránea, las lluvias de la estación cubren buena parte de la necesidad.
Durante la floración conviene no dejar que la tierra se seque del todo: la falta de agua en primavera acorta la duración de las flores.
Cuando las hojas empiecen a amarillear, en mayo o junio, se reduce el riego progresivamente hasta suprimirlo. En verano, agua cero. Un riego de agosto sobre un cormo dormido es la forma más rápida de perderlo por podredumbre. Y como corolario práctico: no se planta babiana en un arriate que se riegue en verano ni bajo el alcance de los aspersores del césped.
El abonado es sencillo. Un fertilizante bajo en nitrógeno y rico en potasio, de los que se venden para bulbosas o para tomate, aplicado cada dos o tres semanas desde que aparecen los brotes hasta que se abren las flores. El nitrógeno en exceso produce hojas grandes y blandas, más sensibles al frío y a los hongos, y menos flores.
Frío y clima peninsular
La babiana aguanta heladas ligeras, del orden de −3 a −5 °C durante periodos cortos, siempre que el suelo esté seco. El problema no es tanto el cormo enterrado, que resiste bien, como el follaje, que en invierno está en pleno crecimiento y se quema con las heladas fuertes.
Esto define su mapa en España. En el litoral mediterráneo, Andalucía, Levante, Baleares y Canarias se cultiva al aire libre sin ninguna precaución especial y llega a naturalizarse. En el interior con inviernos duros —meseta norte, zonas de montaña, valle del Ebro en su tramo frío— lo prudente es plantarla en maceta y guardarla en un invernadero frío, una galería o un porche resguardado durante las heladas, o bien cultivarla en el jardín con un acolchado grueso de paja o corteza y aceptando que algunos inviernos se perderá el follaje.
En maceta es una planta muy agradecida: tiesto profundo, mínimo 20 cm, sustrato de dos partes de tierra por una de arena gruesa, drenaje generoso en el fondo y muchos cormos juntos. Terminada la floración y seco el follaje, se retira el tiesto a un lugar fresco, oscuro y seco hasta septiembre, sin regar en absoluto. Se puede dejar el cormo en el mismo sustrato de un año para otro; conviene renovarlo cada dos o tres temporadas.
Multiplicación
Por cormillos. Es el método normal. Al final del verano, en pleno reposo, se levanta la mata y se separan los cormos hijos que se han formado alrededor del principal. Los de buen tamaño florecen la temporada siguiente; los más pequeños tardan uno o dos años. Vale la pena hacerlo cada tres o cuatro años, porque las matas apretadas florecen cada vez peor.
Por semilla. Se siembra en otoño, en bandeja con sustrato arenoso, cubriendo apenas las semillas, y se mantiene a temperatura suave y con humedad constante. La germinación llega en unas pocas semanas. Las plántulas se dejan sin trasplantar durante la primera temporada, aprovechando el mismo ciclo de la planta adulta —crecer en invierno, secar en verano—, y florecen a los dos o tres años. Es la vía obligada para las especies botánicas, que rara vez se encuentran como cormo comercial.
Problemas y errores frecuentes
Podredumbre del cormo. Casi siempre por humedad estival o por suelo pesado. Es, con diferencia, la primera causa de muerte de estas plantas.
No florece. Sombra, cormos demasiado pequeños, mata muy apretada tras varios años sin dividir, exceso de nitrógeno o follaje cortado en verde la temporada anterior.
Follaje cortado antes de tiempo. Ese periodo de amarilleo, que resulta feo, es cuando el cormo se recarga. Cortarlo por estética condena la floración del año siguiente. Si molesta, se disimula plantando delante alguna vivaz de verano.
Caracoles y babosas se ceban con los brotes tiernos de otoño, en un momento en que compiten con poca cosa más en el jardín.
Pulgón ocasional en las espigas florales, sin mayor trascendencia salvo por su papel como transmisor de virosis; se controla con jabón potásico.
Roedores. Los cormos son comestibles y apetecibles —los babuinos no fueron los primeros en darse cuenta—, y en huertos con topillos o ratones de campo puede compensar plantarlos dentro de una cesta de malla metálica.
Cómo usarla en el jardín
Por su altura pequeña, la babiana pide primer plano: bordes de arriate, jardineras de balcón, rocallas, jardines de grava, huecos entre losas de un camino. Combina de forma natural con las bulbosas sudafricanas de idéntico ciclo, que se plantan a la vez y se riegan igual: Sparaxis, Ixia, Freesia, Tritonia, Lachenalia, Ferraria. Un arriate montado exclusivamente con ese grupo funciona muy bien en clima mediterráneo, porque toda la parcela se riega y se seca al mismo tiempo, sin conflictos de calendario.
También sirve como flor de corte, en ramos pequeños; las espigas se cortan cuando las primeras flores están abiertas y el resto de los botones todavía cerrados.
Y una ventaja poco valorada: es una planta de jardín seco que no consume ni una gota en verano, justo cuando el agua escasea. En zonas con restricciones de riego estival, las bulbosas de El Cabo son una de las respuestas más sensatas que existen.
En resumen
La babiana es una iridácea sudafricana de cormo pequeño, hojas plisadas y vellosas y flores de colores intensos, muchas veces perfumadas, que aparecen en primavera. Su ciclo coincide punto por punto con el clima mediterráneo: se planta en otoño a 8 o 12 cm de profundidad, en pleno sol y en suelo arenoso; se riega de otoño a primavera; se deja secar el follaje sin cortarlo; y se mantiene absolutamente seca durante todo el verano. Si el jardín tiene inviernos con heladas fuertes, se cultiva en maceta y se resguarda. Con esas cuatro reglas —otoño, sol, drenaje y sequía estival— la planta se instala sola y va multiplicándose año tras año.