Un bulbo del tamaño de una avellana, doce centímetros de tallo y una flor blanca colgante en pleno enero: eso es todo lo que da la campanilla de invierno, y por eso se le perdona lo demás. La especie que se cultiva casi siempre es Galanthus nivalis, de la familia de las amarilidáceas, la misma de los narcisos y las azucenas de San Juan. Es una planta de montaña europea, silvestre en el Pirineo y en algunos puntos del norte peninsular, y ese origen explica de golpe sus aciertos y sus fracasos en el jardín español.

Campanillas de invierno florecidas al pie de un árbol

Qué planta es exactamente

La campanilla de invierno es un geófito: pasa el verano bajo tierra convertido en un bulbo de uno o dos centímetros y solo emerge cuando llega el frío. Brota entre diciembre y febrero según la altitud, con dos o tres hojas estrechas, glaucas, y un único escapo floral de 10 a 20 cm que termina en una flor solitaria e inclinada.

Esa flor tiene un detalle que conviene mirar de cerca porque es lo que distingue unas especies de otras: los tres tépalos externos son blancos, alargados y colgantes; los tres internos son mucho más cortos, forman una campanita y llevan una mancha verde en forma de V o de herradura en el borde. En Galanthus nivalis esa mancha está solo en el ápice. En Galanthus elwesii, de origen turco y griego, la hoja es más ancha y suele haber mancha verde también en la base del tépalo interno.

Hay una confusión de nombres que sale una y otra vez. Leucojum vernum y Leucojum aestivum, los llamados campanillas de primavera o narcisos de otoño según la zona, se parecen mucho a simple vista, pero en ellos los seis tépalos son iguales entre sí y cada uno lleva su punto verde o amarillento en la punta. Si la flor tiene seis piezas del mismo tamaño, no es un Galanthus.

Toda la planta es tóxica por ingestión: contiene licorina y galantamina, este último un alcaloide que la industria farmacéutica extrae de las amarilidáceas para tratar síntomas del alzhéimer. No es una planta peligrosa de tener, pero el bulbo no se come y conviene no dejarlo al alcance de un perro que excave.

Dónde funciona y dónde no

Aquí está el nudo del asunto, y merece decirse sin rodeos: la campanilla de invierno no es una planta para el Mediterráneo cálido ni para el sur peninsular llano. Necesita un invierno frío de verdad para inducir la floración y, sobre todo, un suelo que no se caliente ni se seque del todo en verano. En Galicia, la cornisa cantábrica, el Pirineo, el Sistema Ibérico, Castilla y León o cualquier jardín de montaña se naturaliza y forma manchas que se van ensanchando solas. En Valencia, Murcia, Almería o el valle del Guadalquivir lo normal es que florezca el primer año con las reservas que traía el bulbo y luego se apague.

Si el jardín es cálido y aun así se quiere probar, Galanthus elwesii da bastante mejor resultado que G. nivalis: viene de climas con verano seco y aguanta mejor el calor estival del suelo. En zonas templadas de interior también ayuda plantar en la cara norte de un muro o bajo un caducifolio.

La ubicación ideal, en cualquier caso, es bajo la copa de árboles o arbustos de hoja caduca. En enero, sin hojas arriba, la campanilla recibe toda la luz que necesita; en julio, con la copa cerrada, el bulbo descansa a la sombra y en un suelo que no llega a hornearse. Debajo de un cerezo, un avellano, un arce o un seto de caducifolias es donde mejor se ven.

Cómo se planta

El bulbo de Galanthus tiene un problema serio que rara vez se advierte en el punto de venta: no soporta el almacenamiento seco prolongado. No tiene túnica protectora gruesa y se deshidrata en semanas. Los saquitos que llevan desde agosto colgados en una estantería con calefacción suelen contener bulbos blandos, arrugados y ya inviables. De ahí vienen la mayoría de los fracasos que se atribuyen a "mala suerte".

Dos maneras de esquivarlo:

Bulbo seco, comprado lo antes posible. A partir de septiembre, eligiendo bulbos firmes y carnosos al apretarlos, y plantándolos el mismo día. Descarta cualquiera que suene hueco o se hunda con el dedo. Profundidad de 7 a 10 cm hasta el cuello, es decir, unas tres veces la altura del bulbo, y separación de 5 a 8 cm. Plantar demasiado somero es otro error clásico: el bulbo queda expuesto a la desecación de mayo y no engorda.

En verde. Es el método que emplean los especialistas y el que casi garantiza el prendimiento. Consiste en trasplantar la mata entera con las hojas todavía puestas, justo después de la floración, entre finales de febrero y marzo. Las raíces siguen activas, el bulbo no llega a deshidratarse y arranca el año siguiente sin perder un ciclo. Si un vecino tiene una mata gorda, ese es el momento de pedirle un trozo.

El suelo debe ser fresco, con humus, profundo y con drenaje. No le molesta la caliza: en la naturaleza vive sobre sustratos básicos con frecuencia. Lo que no tolera es un suelo compactado y encharcado en invierno, ni una arena que se seque en primavera. Una capa de dos o tres dedos de compost o de mantillo de hojas por encima cada otoño mantiene la humedad y aporta lo poco que necesita.

Flor de Galanthus nivalis vista de cerca con la mancha verde de los tépalos internos

Riego y abonado

Durante el periodo de vegetación, de diciembre a mayo, el suelo tiene que estar fresco. En la mitad norte suele bastar con la lluvia; en un invierno seco o en un jardín bajo alero conviene regar cada 10 o 15 días. La fase decisiva no es la floración, sino las semanas posteriores: es cuando la hoja fabrica las reservas del año siguiente, y una primavera seca sin riego se traduce en menos flores el invierno próximo.

En cuanto la hoja amarillea, hacia mayo, se corta el riego por completo. El bulbo entra en reposo y a partir de ahí el agua sobra y solo favorece la podredumbre. Este es el motivo por el que las campanillas plantadas en medio de una pradera de césped con riego automático de verano acaban desapareciendo.

Abonado, poco. Un abono con dominante de potasio y fósforo, tipo el de bulbosas, aplicado una vez al inicio de la floración y otra al terminarla. Nada de nitrógeno alto: da hojas largas y blandas y menos flor.

Por qué no florece

Cuando una mata sale con hojas pero sin flores, la causa está casi siempre en esta lista:

Se cortaron las hojas antes de tiempo. El fallo número uno. Después de florecer, las hojas parecen sobrar y se recortan para "dejarlo limpio". Sin ellas el bulbo no recarga y el año siguiente no tiene material para formar la flor. Hay que esperar a que amarilleen solas, seis u ocho semanas después de la floración.

El bulbo aún no tiene tamaño. Los bulbillos hijos y las plantas de semilla tardan tres o cuatro años en alcanzar el calibre de floración. Salen hojas, y es normal.

La mata está apelotonada. Después de cinco o seis años en el mismo sitio, la competencia entre bulbos hace caer la floración. Se levanta la mata en verde tras la floración, se separa a mano y se replanta en el acto, sin dejar secar.

Falta frío. En zonas de invierno suave el bulbo no completa la inducción floral. No hay técnica que arregle eso, solo cambiar de especie o de planta.

Se plantó demasiado somero o demasiado tarde. Un bulbo plantado en enero, ya con brote, florece poco o nada ese año.

Multiplicación

La vía práctica es la división de matas en verde, en febrero o marzo, nada más pasar la flor. Se cava con horca alrededor, se separan los bulbos con la mano procurando no romper las raíces y se replantan a la misma profundidad y de inmediato. Un riego después del trasplante y listo.

También se reproduce por semilla, que germina bien pero exige paciencia: tres o cuatro años hasta la primera flor. En el jardín lo hace sola, porque la semilla lleva un eleosoma, un apéndice graso que atrae a las hormigas y estas la transportan. Por eso las manchas viejas aparecen desplazadas del sitio original.

Problemas sanitarios

El más grave es la botritis del Galanthus (Botrytis galanthina): el brote sale y se pudre por la base con un moho gris ceniciento, sobre todo en inviernos húmedos y templados. No hay tratamiento cómodo en jardín doméstico; lo que funciona es arrancar la mata afectada con un cepellón generoso, no compostarla y no volver a plantar bulbosas ahí durante un par de años.

La mosca del narciso (Merodon equestris) pone huevos junto al cuello y la larva vacía el bulbo por dentro: la señal es una mata que sale débil, con hojas finas y sin flor, y un bulbo blando que al abrirlo aparece hueco y con una larva gorda. Se elimina y punto. Babosas y caracoles muerden los escapos recién salidos en las noches templadas de enero. Y en plantaciones densas y viejas puede aparecer moteado por virus transmitido por pulgón; las plantas con hojas jaspeadas de amarillo se retiran.

En maceta

Se puede, pero es la opción más delicada, porque el cepellón de una maceta se calienta y se seca en verano mucho más que el suelo. Si se hace: maceta de al menos 20 cm de profundidad, sustrato con compost y algo de arena, y en cuanto la hoja seca la maceta se retira a un rincón sombrío y fresco del norte de la casa, sin riego pero sin llegar al polvo absoluto. Cada dos años toca renovar sustrato y separar bulbos. Es más fiable un rincón en tierra bajo un arbusto que cualquier maceta.

Con qué acompañarla

Florece cuando casi nada compite, así que se luce con poco. Funcionan bien a su lado el eléboro (Helleborus foetidus, Helleborus × hybridus), el Cyclamen coum, el acónito de invierno (Eranthis hyemalis), los crocus tempranos como Crocus tommasinianus y los helechos, que tapan el hueco cuando la campanilla desaparece en mayo. Ese último punto importa: es una planta que deja un vacío desde junio hasta diciembre y conviene tenerlo previsto en el diseño del arriate.

En resumen

La campanilla de invierno pide poco pero pide cosas concretas: frío invernal, suelo fresco con humus bajo un caducifolio, plantación profunda con bulbos que no hayan estado meses secándose y, sobre todo, hojas intactas hasta que amarilleen solas. Si el jardín está en la mitad norte o en zona de montaña, con eso se naturaliza y va a más cada año. Si está en la franja mediterránea cálida, lo honesto es probar con Galanthus elwesii y no contar con ella para siempre. Y cuando toque multiplicar o comprar, hacerlo en verde justo después de la floración: es el gesto que más diferencia marca entre una mata que prospera y un puñado de bulbos que no vuelven a salir.


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