Ni es un bulbo ni viene de la India. La Canna indica crece a partir de un rizoma, un tallo subterráneo carnoso que avanza en horizontal, y su origen está en América tropical: Centroamérica, el Caribe y el norte de Sudamérica. El epíteto "indica" arrastra la vieja confusión de llamar Indias a lo que se traía del otro lado del Atlántico. La distinción no es una curiosidad de etiqueta: de que sea rizoma y no bulbo dependen la profundidad de plantación, la manera de dividirla y cómo se guarda en invierno.
Qué tenemos entre manos
Es la única especie ampliamente cultivada de la familia Cannaceae, con un solo género, Canna. Forma matas de 0,8 a 2,5 m según la variedad, con hojas grandes, ovaladas y enteras, muy parecidas a las del plátano, que salen enrolladas y se despliegan. En la especie tipo son verdes; en los cultivares hay bronces oscuros, púrpuras y variegados con nervios amarillos o rosados.
Las plantas que llegan hoy a los centros de jardinería rara vez son Canna indica pura: son híbridos, agrupados bajo el nombre horticultural Canna × generalis, obtenidos cruzando C. indica con C. glauca, C. iridiflora y otras. Eso explica la variedad enorme de alturas y colores y también que las semillas recogidas en casa no reproduzcan la planta madre.
La flor tiene una particularidad botánica que conviene conocer porque cambia la forma de podarla: lo llamativo no son los pétalos. Los pétalos verdaderos son pequeños y verdosos; las piezas anchas y coloreadas que forman la flor son estaminodios, estambres transformados en estructuras petaloides y estériles. Solo queda un estambre fértil, y encima con media antera. Por eso la flor se deshace enseguida, de manera desordenada, y por eso las cannas no atraen abejas tanto como uno esperaría: sus polinizadores naturales son colibríes.
Un dato que sitúa a la planta: en los Andes se cultiva desde hace milenios como alimento, con el nombre de achira, por el almidón de sus rizomas. No es tóxica en absoluto, cosa que la diferencia de buena parte de las bulbosas ornamentales.
Sol, y sol de verdad
La canna necesita un mínimo de seis horas de sol directo, y cuantas más mejor. A media sombra crece, alarga los entrenudos, se afea y florece con desgana o no florece. Esta es la primera causa de decepción: se planta bajo un árbol pensando que las hojas tropicales piden sombra, y ocurre lo contrario.
En el interior peninsular, con 38 o 40 °C en julio, aguanta perfectamente si tiene agua; una sombra ligera desde las cinco de la tarde evita que las hojas se quemen por los bordes, pero no es imprescindible. Lo que sí conviene es resguardarla del viento. Sus hojas son grandes y blandas y una racha las deshilacha en tiras que ya no se recuperan hasta que sale la siguiente. Contra una fachada, en un rincón protegido o formando grupo consigo misma, se conserva mucho mejor.
Suelo y agua
Quiere tierra profunda, fértil y que retenga humedad. Tolera pH desde ligeramente ácido hasta calizo, en torno a 6 y 7,5, así que en España sirve prácticamente cualquier suelo si se enriquece. Antes de plantar, incorporar compost o estiércol bien hecho, tres o cuatro kilos por metro cuadrado, cavando a dos palas de hondo.
El drenaje es su punto atípico: la canna soporta el exceso de agua mucho mejor que la mayoría de las plantas de rizoma. Sus parientes silvestres viven en bordes de arroyos y humedales, y de hecho puede cultivarse en la orilla de un estanque con el rizoma cubierto por unos centímetros de agua. Lo que no aguanta es el encharcamiento en invierno con la planta parada y fría: ahí sí se pudre.
En cuanto al riego, es lo que más se falla en clima español. En pleno verano una mata adulta en tierra pide un riego abundante dos o tres veces por semana, mojando el bulbo de raíces entero, y en maceta a diario en julio y agosto. Si la planta pasa sed, aborta los botones florales que ya tenía formados y los bordes de la hoja se secan en una franja marrón que no se cura. Un acolchado de 5 cm de corteza, paja o compost sobre el suelo ahorra bastante agua y mantiene la raíz fresca.
Abonado
Es una planta glotona: fabrica dos metros de biomasa cada temporada. Desde que brota en primavera hasta finales de agosto agradece un abono líquido cada 15 días con el riego, o un granulado de liberación lenta en dos aplicaciones, abril y julio. Conviene que el potasio esté bien representado; si se abusa del nitrógeno el resultado es previsible: hojas enormes, tallos blandos que se doblan con el viento y pocas flores. A partir de septiembre se suspende el abonado para que el rizoma madure antes del frío.
Plantación y trasplante
Los rizomas se plantan cuando ha pasado el riesgo de helada y el suelo está a 12-15 °C: marzo en el litoral mediterráneo y el sur, abril o incluso principios de mayo en Castilla, Aragón o zonas de montaña. Plantar demasiado pronto en tierra fría no adelanta nada y expone el rizoma a pudrirse.
Se colocan tumbados, en horizontal, con las yemas hacia arriba y cubiertos por 8 a 10 cm de tierra. La separación depende del porte: 40 cm para variedades enanas, 60 o incluso 80 cm para las de dos metros. Un riego generoso al plantar y después poco hasta que asome el primer brote, que tarda entre dos y cuatro semanas.
En zonas de primavera tardía compensa arrancar antes: se plantan los rizomas en macetas de 3 litros en febrero o marzo, en invernadero, galería o una habitación luminosa a 18-20 °C, y en abril se pasan al jardín ya con hojas. Se gana un mes largo de floración.
Para cultivo en maceta, no escatimar: mínimo 30-40 litros y 40 cm de diámetro para una variedad alta. En un tiesto pequeño la planta se seca cada mediodía, se queda enana y florece mal.
Cómo mantener la floración de junio a noviembre
Aquí está el gesto que separa una canna vistosa de una mediocre, y se hace mal con muchísima frecuencia. Cada tallo de canna florece una sola vez y después no vuelve a dar flor: la mata se renueva emitiendo tallos nuevos desde el rizoma. Lo habitual es quitar las flores marchitas una a una y dejar el tallo ahí, con lo que la planta sigue gastando en un vástago agotado.
Lo correcto es doble. Primero, ir retirando las flores individuales conforme se marchitan, para que no cuaje semilla. Y cuando la inflorescencia entera ha terminado, cortar ese tallo a ras de suelo, no a media altura. El rizoma responde emitiendo brotes de sustitución y la mata encadena floraciones desde junio hasta la primera helada, que en buena parte de España llega en noviembre. En el litoral mediterráneo puede seguir floreciendo hasta diciembre.
Multiplicación
La división de rizomas a finales de invierno, en febrero o marzo, es el método de siempre y el único que conserva la variedad. Se desentierra la mata, se lava la tierra para ver las yemas y se corta con un cuchillo limpio en trozos con dos o tres yemas cada uno y un buen pedazo de rizoma detrás, que es la despensa del brote. Los cortes se dejan secar al aire un día en un sitio ventilado, o se espolvorean con azufre, antes de plantar. Desinfectar la hoja del cuchillo entre mata y mata: es la vía habitual de transmisión de virus.
Por semilla también sale, y es entretenido, pero las semillas son negras, esféricas y de cubierta durísima (de ahí que se hayan usado como cuentas de rosario). Necesitan escarificación: una lima o un corte con cúter en un lateral, evitando el hilio, y después 24-48 horas en remojo en agua tibia hasta que se hinchan. Germinan en dos o tres semanas a 22-25 °C. Ojo con la expectativa: como el material de jardín es casi siempre híbrido, los hijos no se parecerán a la madre.
Las matas se agotan con la aglomeración. Cada tres o cuatro años conviene levantarlas, dividirlas y replantarlas en tierra renovada, o la floración cae aunque los cuidados sean correctos.
Plagas y enfermedades
Araña roja (Tetranychus urticae): la plaga número uno en verano seco y caluroso. Punteado amarillento en el haz, aspecto polvoriento y telillas finas en el envés. Se combate subiendo la humedad ambiental con pulverizaciones de agua sobre el envés al atardecer y, si va a más, con jabón potásico o aceite de neem repetidos cada 7 días.
Pulgón en los brotes tiernos de primavera. Importa menos por el daño directo que por ser vector de virus.
Caracoles y babosas devoran los brotes recién emergidos y dejan las hojas nuevas agujereadas al desenrollarse. El daño se hace en abril y mayo, en cuanto sale el brote.
Orugas enrolladoras: pegan con seda los bordes de la hoja aún enrollada y comen dentro. Se ven muy feas pero rara vez comprometen la planta; se abren las hojas afectadas a mano y se retira la larva.
En enfermedades hay dos que merecen atención. La roya de la canna (Puccinia thaliae) aparece en veranos húmedos como pústulas anaranjadas en el envés: se retiran las hojas afectadas y se evita mojar el follaje al regar.
Y sobre todo los virus, un problema real en las cannas comerciales por décadas de propagación vegetativa. El virus del moteado amarillo de la canna y el mosaico amarillo del guisante producen rayas y jaspeados amarillos en la hoja, hojas deformadas y flores estriadas o abortadas. Aquí hay que decir algo incómodo: ese jaspeado se confunde a menudo con una variedad variegada y hay quien lo compra pensando que es una novedad. La diferencia es que el veteado de un cultivar como 'Striata' o 'Tropicanna' es regular, simétrico y sigue los nervios en todas las hojas, mientras que el del virus es irregular, cambia de hoja a hoja y va acompañado de deformación. No tiene cura. La planta se destruye, no se composta, y no se divide nunca con el mismo cuchillo que las sanas.
Rusticidad e invernada
La parte aérea se ennegrece con la primera helada, a 0 °C. El rizoma es algo más duro y sobrevive en tierra hasta unos -5 °C si el suelo drena y está acolchado; por debajo de eso muere.
En la práctica, para España, hay dos escenarios:
Litoral mediterráneo, sur, Canarias y zonas cálidas del oeste. La canna se queda en el suelo todo el año. Basta con cortar la mata a 10 cm cuando el follaje se estropee, en noviembre o diciembre, y dejarla.
Interior con heladas fuertes. Dos opciones. Si el suelo drena bien, cortar a ras y cubrir con 15 cm de hojarasca, paja o corteza; en Madrid o el valle del Ebro suele bastar. Si las heladas son severas o el suelo es arcilloso, desenterrar los rizomas tras la primera helada, sacudir la tierra sin lavarlos, dejarlos secar dos o tres días a la sombra y guardarlos en una caja con turba seca, vermiculita o viruta, en oscuridad, a 8-12 °C, en un lugar sin humedad. Revisar una vez al mes y descartar cualquiera que se ablande. El error clásico es guardarlos húmedos o en bolsa de plástico cerrada: se enmohecen enteros antes de febrero.
Qué mirar al comprar los rizomas
Un rizoma bueno pesa, está firme al apretarlo, no tiene manchas blandas ni zonas mohosas y muestra al menos dos o tres yemas visibles, esos conos rosados o blanquecinos. Los trozos pequeños de una sola yema salen adelante pero tardan una temporada entera en dar una mata decente. Si se compra la planta ya crecida, revisar el follaje a contraluz y descartar cualquier ejemplar con jaspeados amarillos irregulares por lo dicho arriba.
Un apunte final antes de plantar a lo grande: Canna indica se ha naturalizado en cauces y zonas húmedas de varias regiones cálidas de España y de Canarias, donde compite con la flora de ribera. En un jardín cerrado no plantea problemas, pero conviene no arrojar restos de poda ni rizomas sobrantes a un arroyo, una cuneta o un descampado próximo a un cauce.
En resumen
La Canna indica da cinco meses seguidos de flor a cambio de tres cosas concretas: sol pleno, agua abundante y suelo rico. El resto son detalles que multiplican el resultado. Plantar el rizoma tumbado a 8-10 cm cuando la tierra ya esté templada, cortar cada tallo florecido a ras de suelo para que el rizoma emita brotes de relevo, abonar cada quince días hasta agosto sin pasarse de nitrógeno y dividir la mata cada tres o cuatro años. En el interior frío, o acolchado grueso o rizomas guardados en seco a 8-12 °C. Y una precaución que ahorra disgustos: rechazar todo material con hojas jaspeadas de amarillo, porque eso no es una variedad bonita, es un virus que ya no se va.