En 1791, en el Real Jardín Botánico de Madrid, Antonio José Cavanilles publicó la descripción de un género recién llegado de Nueva España y lo bautizó Dahlia, en honor al botánico sueco Anders Dahl. Los tubérculos habían viajado desde México dos años antes, enviados por Vicente Cervantes. Es decir: la planta es mexicana, pero el nombre con el que hoy la conoce el mundo entero se puso en Madrid. Y la historia no acaba ahí, porque de aquellas primeras plantas de flor sencilla salió, en poco más de medio siglo de cruces europeos, uno de los grupos de plantas ornamentales más diversos que existen.
Hoy hay más de 50.000 cultivares registrados y la dalia es flor nacional de México por decreto desde 1963. Para el jardinero español lo relevante es otra cosa: es una planta que florece sin parar desde comienzos del verano hasta las primeras heladas, justo en el tramo del año en que muchos arriates se quedan mudos.
Qué es exactamente una dalia
El género Dahlia pertenece a las compuestas (Asteraceae), la misma familia del girasol y la margarita. Son unas 42 especies repartidas por México y Centroamérica, casi todas de zonas montañosas frescas, entre los 1.500 y los 3.000 metros. Ese detalle explica bastante de su comportamiento en España: agradecen el sol, pero sufren con los golpes de calor seco de julio y agosto en el interior.
Las dalias de jardín no son ninguna especie pura, sino un enjambre de híbridos que se agrupa bajo el nombre Dahlia × hortensis (antes se usaba mucho Dahlia variabilis, nombre que hoy se considera superado). En su ascendencia están sobre todo Dahlia pinnata y Dahlia coccinea. Aparte quedan curiosidades como Dahlia imperialis, la dalia arbórea, que levanta cañas de cuatro a seis metros y florece en noviembre, cuando ya casi nada florece; en el litoral mediterráneo y en Canarias se cultiva bien, en el interior la hiela antes de que abra.
Y aquí va la primera corrección importante: la dalia no es un bulbo. Lo que se planta es una raíz tuberosa, que no es lo mismo. Un bulbo verdadero (un tulipán, un narciso) lleva dentro las yemas de la próxima planta. Un tubérculo de dalia es solo un almacén de reservas: las yemas están en el cuello, en el trozo de tallo viejo al que van unidos los tubérculos. Esto no es una pedantería botánica, tiene una consecuencia práctica brutal a la hora de dividir, como veremos.
Los tipos de flor, y por qué conviene saberlos
Comprar dalias sin fijarse en el grupo al que pertenecen es la manera más rápida de acabar con un arriate descompensado. Las clasificaciones oficiales manejan más de una decena de grupos; en la práctica, con distinguir estos se apaña uno bien:
Sencillas y de collarín. Un solo anillo de lígulas alrededor del disco central, o dos en el caso de las de collarín, que llevan un segundo anillo de pétalos cortos y de otro color. El cultivar 'Chimborazo', granate con collarín crema, es un clásico de este grupo. Son las mejores para insectos polinizadores, porque el disco queda accesible.
Decorativas. Flores completamente dobles, con lígulas anchas y romas. Aquí están las gigantes de más de 25 cm que en catálogos anglosajones llaman dinnerplate. Espectaculares, pesadas y absolutamente dependientes de un buen tutor.
Cactus y semicactus. Lígulas enrolladas hacia atrás en forma de tubo, con aspecto erizado. Aguantan peor la lluvia fuerte porque retienen agua entre los pétalos.
Bola y pompón. Flores esféricas, muy compactas, de 5 a 15 cm. Son las más productivas y las mejores para cortar: tallos firmes y muchísimas flores por planta.
Enanas de arriate. Series tipo 'Figaro' o 'Bishop's Children', de 30 a 50 cm, que además se pueden sembrar de semilla y florecen el primer año. Para macetas y bordes son insustituibles.
Cuándo y cómo plantar
El tubérculo se planta en primavera, cuando ha pasado el riesgo de helada y el suelo está a 12-15 ºC. En el litoral mediterráneo y el suroeste peninsular eso cae en marzo; en la meseta y la mitad norte, en abril o incluso primeros de mayo. Plantar antes no adelanta nada: el tubérculo se queda quieto en un suelo frío y húmedo, que es justo la combinación que lo pudre.
Se cava un hoyo de unos 15 cm, se coloca el tubérculo tumbado, con el trozo de cuello hacia arriba, y se cubre con 10-12 cm de tierra. Separación: 40 cm para las variedades bajas, 70-90 cm para las grandes, que ocupan mucho más de lo que uno calcula en abril.
El error más repetido con diferencia: regar nada más plantar. El tubérculo recién enterrado no tiene raíces con las que absorber agua, así que el riego solo sirve para encharcarlo. Se riega una vez, ligeramente, para asentar la tierra, y no se vuelve a regar hasta que asoman los primeros brotes, que suelen tardar de dos a cuatro semanas. A partir de ahí sí, y en serio: en pleno verano una dalia adulta en tierra pide un riego profundo dos o tres veces por semana, mejor eso que un riego superficial diario.
El suelo ideal es suelto, profundo, rico en materia orgánica y con pH entre 6 y 7. En suelos pesados de arcilla, lo razonable es cultivarlas en caballones elevados o en maceta grande, de 30 litros como mínimo.
El tutor y el despunte: las dos cosas que separan una dalia decente de una espectacular
El tutor se clava el mismo día de la plantación, no en agosto cuando la planta ya se está desplomando. Si se hinca la caña con la mata hecha, hay una probabilidad muy alta de atravesar un tubérculo, y esa herida es la puerta de entrada de las podredumbres. Una caña robusta de 1,5 m a 5 cm del tubérculo, y luego se va atando el tallo cada 30 cm conforme crece.
El despunte es igual de rentable y todavía se practica menos. Cuando la planta tiene unos 30-40 cm y tres o cuatro pares de hojas, se corta el brote apical justo por encima del tercer par. La planta responde ramificando desde las axilas y acaba dando el triple de flores, sobre tallos más cortos y firmes. Se retrasa la primera floración unas dos semanas; a cambio, la campaña entera es mucho mejor. La única excepción son quienes buscan flores gigantes de exposición, que hacen lo contrario: dejan el tallo principal y eliminan los laterales.
Durante la floración, la retirada de flores marchitas no es opcional. La dalia entiende que si ha hecho semilla ha cumplido y afloja la producción. El truco para no confundirse: el capullo sin abrir es redondo y firme; la flor pasada, ya sin pétalos, es cónica y puntiaguda. Se corta hasta el primer par de hojas por debajo, no solo la cabeza.
Abonado: menos nitrógeno del que se piensa
Se abona a partir de que la planta tiene 20-30 cm y hasta finales de agosto, cada dos o tres semanas, con un fertilizante bajo en nitrógeno y alto en potasio, del tipo 5-10-10 o similar. Un abono universal rico en nitrógeno produce dalias enormes, de un verde precioso, con tallos blandos que se parten al primer viento y con la mitad de flores. Además engorda mal los tubérculos, y de esos tubérculos depende la campaña siguiente. A partir de septiembre se suspende el abonado para que la planta empiece a madurar reservas.
Plagas y problemas habituales
Pulgón en los brotes tiernos de primavera, sobre todo. Además del daño directo, transmite virus, que es lo grave.
Araña roja en julio y agosto en zonas secas y cálidas: hojas mates, punteadas de amarillo y con telilla fina por el envés. Se combate subiendo la humedad ambiental y mojando el envés al atardecer.
Caracoles y babosas, que pueden arrasar los brotes recién emergidos en una sola noche de mayo. Es el momento de máxima vulnerabilidad de la planta.
Tijeretas, que se comen los pétalos por la noche y se esconden de día. El sistema de siempre funciona: una maceta pequeña boca abajo sobre la caña, rellena de paja o viruta, y se vacía por la mañana lejos del arriate.
Oídio a finales de verano, con noches frescas y días cálidos. Y virosis, que se manifiesta como mosaicos amarillentos, hojas deformadas y plantas que se van achaparrando año tras año. No tiene cura: la planta afectada se retira entera, tubérculo incluido, y no se divide ni se comparte.
Qué hacer en invierno
Aquí conviene ser realista con el clima de cada uno, porque no hay una respuesta única para toda España.
En el litoral mediterráneo, el sur y el noroeste atlántico, donde el suelo no llega a helarse en profundidad, los tubérculos pueden quedarse en tierra. Se cortan los tallos a 10 cm cuando la helada o el frío quema el follaje y se cubre la zona con 10 cm de acolchado. El riesgo real en esas zonas no es el frío, es un invierno lluvioso sobre un suelo que drena mal.
En la meseta, el valle del Ebro, zonas de montaña y en general donde se hielan varios centímetros de suelo, hay que desenterrarlos. El momento es después de la primera helada seria, cuando el follaje se ennegrece: hasta entonces la planta sigue engordando el tubérculo. Se cortan los tallos a 10-15 cm, se levanta la mata entera con horca, se sacude la tierra y se deja secar (curar) a la sombra y bajo techo unos días. Después, a una caja con viruta de madera, perlita o turba apenas humedecida, en un sitio oscuro, aireado y sin heladas, entre 5 y 10 ºC.
El fallo típico de la conservación va por los dos extremos. Si el ambiente es demasiado seco, en febrero los tubérculos están arrugados como pasas y muchos ya no brotan. Si está demasiado húmedo o quedó tierra pegada, se enmohecen. Merece la pena revisar la caja una vez al mes y retirar lo que se vea blando.
Multiplicación: dónde está la yema
La división se hace en primavera, poco antes de plantar, no en otoño al arrancar. La razón es práctica: en primavera las yemas ya se están hinchando y se ven, mientras que en noviembre hay que adivinarlas.
La regla es esta y no admite excepción: cada división tiene que llevar un trozo de cuello con al menos una yema, además del tubérculo. Un tubérculo suelto, por gordo y sano que parezca, no brotará nunca, porque no tiene yemas propias. Es el error clásico de quien divide por primera vez y separa los tubérculos como si fueran dientes de ajo. Se corta con un cuchillo limpio y afilado, dejando cada porción con su pedazo de corona.
De semilla también se puede, pero conviene saber qué se obtiene: las dalias dobles no dan descendencia igual a la madre, así que de la semilla de una decorativa saldrán plantas variables, casi siempre de flor más sencilla. Es un juego divertido para seleccionar, no un método de reproducción de una variedad concreta. Para conservar un cultivar, división o esqueje basal.
Para flor cortada
La dalia es de las mejores flores de corte del verano, con una salvedad que hay que tener clara: no sigue abriendo en el jarrón. Se corta cuando la flor está ya completamente abierta, y no antes; un capullo cortado se queda como está. Mejor a primera hora de la mañana, con el tallo bien hidratado, y directamente a un cubo con agua. Los tallos son huecos y se enturbian rápido, así que va bien cambiar el agua cada dos días. Duran de cuatro a siete días. Cuanto más se corta, más flores hace la planta, así que cortar es también una forma de cultivo.
En resumen
La dalia llegó de México, se bautizó en Madrid y desde entonces no ha dejado de multiplicarse en variedades. Cultivarla bien depende de media docena de decisiones concretas: plantar cuando el suelo se ha templado y no antes, no regar hasta que brote, clavar el tutor el mismo día de la plantación, despuntar a los 30 cm, abonar con poco nitrógeno y mucho potasio, y cortar flores sin piedad durante todo el verano. En invierno, quedarse quieto donde el clima lo permita y desenterrar donde no. Y al dividir, recordar que la vida no está en el tubérculo, sino en el cuello que lo sujeta.