Eso blanco no es un pétalo. La parte que todo el mundo llama "flor de la cala" es una espata, una hoja modificada que envuelve al órgano floral de verdad: el espádice, ese cilindro amarillo del centro, cubierto de flores diminutas sin pétalos. Lo digo al principio porque explica cosas que luego resultan útiles, como por qué la espata se va poniendo verde a medida que envejece (sigue siendo una hoja y acaba recuperando la clorofila) o por qué una cala mal alimentada da hojas enormes y ninguna flor.
Aclarado eso, la cala merece el sitio que ocupa en los jardines españoles. Es una planta bulbosa (rizomatosa, para ser exactos) de porte rotundo, follaje limpio durante meses y una floración larga que llega justo cuando el jardín viene de pasar el invierno. Pero hay una distinción básica que casi nadie hace al comprarlas, y de la que depende que salgan bien o se pudran en un mes.
Dos calas muy distintas bajo el mismo nombre
El género Zantedeschia es sudafricano y pertenece a las aráceas, la familia del potos, el anturio y el aro. No tiene ningún parentesco con los lirios ni con las azucenas, por mucho que en inglés la llamen calla lily. Dentro del género hay dos grupos que se cultivan de manera opuesta:
La cala blanca, Zantedeschia aethiopica. Viene de zonas de El Cabo con lluvias de invierno, un régimen prácticamente idéntico al mediterráneo. Tiene rizoma, no tubérculo, es perenne, mantiene la hoja casi todo el año y aguanta el encharcamiento sin inmutarse: crece en cunetas, en bordes de arroyo y hasta con 15-20 cm de agua sobre la corona. En España florece de febrero a mayo, y en el norte húmedo se alarga bastante más. Resiste heladas de hasta unos -5 ºC; con acolchado y ya establecida puede perder la parte aérea a -8 ºC y rebrotar en primavera sin problema.
Las calas de color — Zantedeschia elliottiana (amarilla), Zantedeschia rehmannii (rosa y granate), Zantedeschia albomaculata y los híbridos comerciales que salen de ellas. Estas proceden de regiones de lluvias de verano, tienen tubérculo en lugar de rizoma, pierden toda la hoja en otoño y pasan el invierno en reposo seco. Son más pequeñas (30-60 cm frente al metro largo de la blanca), muchas llevan las hojas moteadas de blanco y, sobre todo, se pudren con una facilidad pasmosa si se les da el trato que agradece la blanca.
Ahí está el malentendido que más calas mata: se lee que la cala es planta de terreno húmedo, se aplica a un tubérculo de rehmannii plantado en abril, y en tres semanas hay una podredumbre blanda. Ciclo distinto, exigencias de drenaje distintas. Conviene saber cuál se tiene en la mano.
Dónde plantarla
La cala blanca acepta desde media sombra hasta sol pleno, pero la respuesta cambia mucho según la zona. En Galicia, la cornisa cantábrica o el norte de Portugal se puede poner a pleno sol si el suelo no se seca. De Madrid hacia el sur, y en todo el litoral mediterráneo, lo sensato es sol de mañana y sombra en las horas centrales: con 38 ºC y viento seco, las hojas se queman por los bordes y la floración se acorta.
Las de color piden más luz para dar color intenso a la espata, pero también agradecen protección de la solana en julio y agosto.
Suelo: rico en materia orgánica, ligeramente ácido a neutro, entre pH 5,5 y 6,5. La blanca se conforma con casi cualquier textura mientras haya agua; para las de color hay que garantizar drenaje, y en suelos arcillosos merece la pena plantarlas en caballón elevado o directamente en maceta con un sustrato al que se le ha añadido un 30 % de perlita o arena gruesa.
Un uso que se aprovecha poco: la cala blanca es una planta de borde de estanque de primer orden. Plantada en cesta de acuáticas y sumergida con 10-15 cm de agua sobre la corona, se comporta como una palustre y da un follaje espectacular. Ninguna cala de color tolera ese trato.
Cuándo se plantan (y no es en la misma época)
Los rizomas de cala blanca se plantan en otoño, de septiembre a noviembre, que es cuando arranca su ciclo natural de crecimiento con las primeras lluvias. Plantados entonces, se instalan durante el invierno y florecen en la primavera siguiente. Van a 10-15 cm de profundidad y separados 40-50 cm, porque forman matas anchas.
Los tubérculos de las de color se plantan en primavera, de abril a mayo, cuando el suelo ya está templado y no hay riesgo de helada. Más superficiales: 5-8 cm de profundidad, separados 25-30 cm, y con el lado de las yemas (los pequeños abultamientos) hacia arriba. Si hay dudas sobre la orientación, se planta de canto y la planta se orienta sola.
Detalle importante con las de color: después de plantar, riego escaso hasta que emerjan los brotes. El tubérculo todavía no tiene raíces que absorban ese agua, y la humedad estancada alrededor de un tubérculo herido en el manipulado es la receta exacta de la podredumbre bacteriana.
Riego y abonado durante el año
La cala blanca quiere el suelo constantemente fresco desde otoño hasta el final de la floración. Después, en verano, en clima mediterráneo entra en un reposo parcial: las hojas se ponen feas, algunas amarillean, y lo correcto es reducir el riego, no aumentarlo. Es un reflejo casi automático ver las hojas mustias en julio y responder regando más, cuando lo que la planta está pidiendo es justo su descanso estival. En el norte peninsular, con veranos suaves y húmedos, ese reposo apenas se nota y la planta sigue verde.
Las de color se riegan de forma regular durante todo su periodo de crecimiento, de mayo a septiembre, dejando que la superficie del sustrato se seque ligeramente entre riegos, y se cortan los riegos por completo en otoño, cuando las hojas amarillean, para que el tubérculo entre en reposo seco.
El abonado tiene truco. Un fertilizante rico en nitrógeno da unas hojas enormes de verde profundo y casi ninguna espata; además, en las calas de color, el exceso de nitrógeno multiplica la susceptibilidad a la podredumbre bacteriana. Lo que va bien es un abono rico en potasio, tipo el que se usa para tomate o para geranios, cada dos o tres semanas desde que empieza el crecimiento activo hasta el final de la floración. Y basta.
Los problemas de verdad
Podredumbre blanda bacteriana. Es el principal enemigo de las calas de color y lo causan bacterias del género Pectobacterium (la antigua Erwinia). Los síntomas son inconfundibles: base de los tallos blanda, aguanosa, la planta se derrumba entera y el tubérculo huele mal. No hay tratamiento curativo doméstico. Se previene: cuchillo limpio y desinfectado al dividir, dejar cicatrizar los cortes uno o dos días antes de plantar, no herir el tubérculo, no regar sobre la corona y garantizar drenaje.
Trips. Deforman y manchan la espata justo cuando abre, que es cuando más duele. Se detectan por la plata característica sobre el tejido y los puntitos negros de excrementos.
Pulgón en los brotes de primavera y araña roja en ambiente seco y caluroso, sobre todo en macetas de terraza.
Caracoles y babosas, que en un jardín húmedo pueden dejar las hojas tiernas hechas un encaje en dos noches.
Y una causa de fracaso que no es plaga ni enfermedad: calas que no florecen. Casi siempre es una de estas cuatro cosas: demasiada sombra, exceso de nitrógeno, una división demasiado pequeña que aún no tiene reservas suficientes, o —en las de color— no haberles dado un reposo invernal seco y frío de verdad.
Multiplicación
Se multiplican por división, que es fácil y rápida. En la cala blanca se hace al terminar la floración o a comienzos del otoño: se levanta la mata, se separan los rizomas con hijuelos y cada porción con yema y raíces sirve para replantar. Conviene hacerlo cada tres o cuatro años, porque una mata muy apiñada florece bastante menos.
En las de color, la división se hace al final del reposo, en primavera, antes de plantar: se separan los tubérculos hijos que se han formado alrededor del principal, se dejan cicatrizar y se plantan. La semilla también funciona, pero tarda de tres a cuatro años en dar flor y los híbridos no salen iguales a la planta madre.
Como flor cortada
Aguanta de siete a doce días en jarrón, lo que la sitúa entre las mejores. Dos detalles que marcan diferencia: los tallos no se cortan, se arrancan con un giro seco desde la base, porque el tocón que quedaría al cortar tiende a pudrirse dentro de la mata. Y en el jarrón se pone poca agua, tres o cuatro dedos, no el jarrón lleno: el tallo es carnoso y hueco, y sumergido en profundidad se reblandece, se abre en tiras y se curva. Cambiar el agua cada dos días alarga notablemente el resultado.
Dos advertencias que conviene no saltarse
Es tóxica. Como todas las aráceas, toda la planta contiene cristales de oxalato de calcio. El jugo irrita la piel al manipularla y, si se muerde, produce ardor e inflamación en boca y garganta. Con niños pequeños o con perros y gatos que roan plantas, hay que tenerlo en cuenta a la hora de decidir dónde se planta. Guantes al dividir.
Se naturaliza con facilidad. En Galicia, la cornisa cantábrica y otras zonas húmedas, Zantedeschia aethiopica escapa del jardín y coloniza cunetas, márgenes de regatos y prados encharcados, desplazando vegetación de ribera. No es motivo para no cultivarla, pero sí para no tirar restos de división ni matas sobrantes cerca de un cauce ni en el monte. A la basura vegetal o al compost cerrado.
En resumen
Antes de comprar, hay que saber qué cala se está comprando. Si es la blanca, Zantedeschia aethiopica: rizoma, plantación en otoño, floración en primavera, suelo fresco o incluso encharcado, media sombra en el sur y descanso relativo en verano. Si es de color, elliottiana, rehmannii o sus híbridos: tubérculo, plantación en primavera, drenaje impecable, riego moderado y reposo seco en invierno, con las manos limpias y sin herir el tubérculo. Poco nitrógeno y bastante potasio en ambos casos, división cada tres o cuatro años, y guantes para manipularlas. Con eso, la cala es de las bulbosas más agradecidas que se pueden meter en un jardín español.