En noviembre conviven en el mismo expositor de cualquier centro de jardinería dos plantas que comparten nombre y poco más. Una viene en maceta de plástico, con flores enormes de colores saturados y una etiqueta que dice «planta de interior». La otra, si es que está, se vende como tubérculo seco en una bolsa, cuesta más y aguanta a la intemperie los inviernos de Burgos. Ambas son ciclámenes, y confundirlas está en el origen de buena parte de los disgustos que da este género.

El malentendido tiene consecuencias prácticas. La rusticidad que da fama al ciclamen pertenece a las especies silvestres mediterráneas y de montaña; la belleza espectacular de floristería pertenece a los híbridos de una especie del Mediterráneo oriental que no soporta las heladas. Merece la pena separar las dos historias antes de hablar de cuidados.

Flores de ciclamen con los pétalos reflejados hacia atrás

Qué es exactamente un ciclamen

El género Cyclamen reúne una veintena larga de especies de la cuenca mediterránea, con extensiones hasta el mar Negro y el Cáucaso. Botánicamente pertenece a las primuláceas, la familia de las prímulas, aunque su aspecto no lo sugiera.

Su órgano de reserva no es un bulbo, por mucho que se venda en la sección de bulbosas. Es un tubérculo macizo, aplastado como un panecillo, sin túnicas ni escamas y sin capacidad de producir hijuelos salvo en contadas especies. De ahí se derivan dos consecuencias importantes: un tubérculo dañado se pudre con facilidad porque no tiene envoltura protectora, y la única forma seria de multiplicar un ciclamen es la semilla, no la división.

La flor es inconfundible: cinco pétalos girados hacia atrás sobre un pedúnculo curvado, como si el viento la hubiera puesto del revés. Tras la fecundación, en varias especies el pedúnculo se enrolla en espiral y deposita la cápsula sobre el suelo, donde las hormigas se llevan las semillas atraídas por un apéndice carnoso y azucarado. Esa es la razón de que aparezcan plantas nuevas a metros de la madre.

Las especies rústicas, las de jardín

Son las que justifican el título. Resisten el frío, se naturalizan y una vez instaladas duran décadas; hay tubérculos silvestres con más de cincuenta años y el tamaño de un plato.

Cyclamen hederifolium es el más útil y el más agradecido. Florece de septiembre a noviembre, antes de sacar las hojas, que después cubren el suelo todo el invierno con jaspeados plateados distintos en cada planta. En verano desaparece por completo. Aguanta sin daño temperaturas de -15 °C o menos, tolera la caliza y —esto es lo decisivo en España— pasa el verano dormido, así que prospera bajo árboles en sombra seca donde casi nada más cuaja.

Cyclamen coum toma el relevo en pleno invierno: flores cortas y rechonchas, de rosa intenso a blanco, entre enero y marzo, con hojas redondeadas. Igual de rústico. Plantados juntos, hederifolium y coum cubren de flor un rincón desde septiembre hasta marzo.

Cyclamen repandum florece en abril y mayo, con pétalos estrechos y retorcidos de un carmín brillante. Es algo más delicado con las heladas tardías y prefiere suelos que no se sequen del todo en primavera. Su pariente Cyclamen balearicum, de flores blancas veteadas y muy perfumadas, es una joya autóctona de las Baleares y del noreste peninsular, más adecuada para clima suave.

Para coleccionistas quedan C. purpurascens, de hoja persistente y floración estival perfumada en zonas frescas, y las especies de otoño más termófilas como C. graecum y C. africanum, que en el sur peninsular se cultivan bien pero exigen un verano seco y caliente.

Cómo plantar los ciclámenes rústicos

Primer consejo, y va contra lo que sugiere el escaparate: compre plantas en maceta, no tubérculos secos en bolsa. Un tubérculo de Cyclamen deshidratado durante meses en un almacén enraíza mal y el porcentaje de fracasos es alto. Una planta con hojas, adquirida en otoño, arranca casi siempre.

La profundidad depende de la especie, porque no todas emiten las raíces por el mismo sitio. C. hederifolium las saca por la cara superior y los hombros del tubérculo, así que se planta casi en superficie, con 3-4 cm de tierra por encima. C. coum enraíza por la base y quiere el tubérculo con la parte alta al ras del suelo. Si hay duda sobre qué cara va arriba, la señal es la cicatriz de los pedúnculos viejos y la concavidad central: ese es el ápice.

El emplazamiento ideal es media sombra bajo caducifolios, en suelo suelto, con hojarasca y buen drenaje. Toleran bien la cal. Lo único letal es el encharcamiento estival, cuando el tubérculo está dormido: un riego generoso de agosto en un suelo pesado puede matar una mata que llevaba veinte años ahí. Separación de 15-20 cm, y encima una capa fina de mantillo de hojas cada otoño, que además es donde germinarán las semillas que dispersen las hormigas.

El ciclamen de maceta: una planta de frío

El de las flores grandes es Cyclamen persicum, o más bien sus híbridos. Procede del Mediterráneo oriental, de Turquía, Chipre, Grecia y Oriente Próximo, y su ciclo natural es idéntico al de sus primos rústicos: crece y florece en invierno, duerme en verano. Solo que no aguanta las heladas y por debajo de unos 4-5 °C se estropea.

De ahí procede el mayor error de cultivo, que consiste en tratarlo como una planta tropical de interior. Un ciclamen dentro de un salón a 22 °C y con la calefacción encendida amarillea, aborta los capullos y se agota en tres semanas. Su temperatura óptima está entre 10 y 16 °C, con luz abundante pero no sol directo abrasador.

Traducido a la vivienda española: el mejor sitio para un ciclamen en invierno es una galería sin calefactar, un porche cubierto, un alféizar frío o una terraza orientada al norte protegida de la helada. En Valencia, Málaga o Canarias vive perfectamente en el exterior todo el invierno. En Soria o León hay que entrarlo las noches de helada y volverlo a sacar. Cuanto más fresco esté, más semanas dura la floración; con temperaturas de 12 °C es habitual encadenar flores de octubre a abril.

Planta de ciclamen en flor con hojas jaspeadas

El riego, causa número uno de fracaso

El tubérculo del ciclamen tiene todos los pecíolos y pedúnculos naciendo de una corona apretada en su parte alta. Si se moja esa corona y el agua queda retenida entre los tallos, aparecen botritis y podredumbres bacterianas, y en pocos días la planta se desmorona en un montón blando. Regar por encima con la regadera es, literalmente, la manera de matarlo.

El método correcto es regar por inmersión: se coloca la maceta en un recipiente con dos o tres dedos de agua, se deja absorber de quince a veinte minutos, y después se escurre a fondo y se vacía el plato. Nunca dejar agua estancada bajo la maceta. La alternativa, si se hace con cuidado, es verter el agua por el borde del tiesto sin tocar el centro.

La frecuencia la marca el peso de la maceta y el tacto del sustrato: cuando la superficie está seca al tacto un par de centímetros, toca. En un ambiente fresco eso puede ser una vez por semana. Un ciclamen sediento avisa dejando caer hojas y flores en bloque y se recupera en unas horas tras un riego, pero repetir ese susto varias veces acorta la floración.

El sustrato debe drenar bien: una mezcla estándar para plantas de flor aligerada con un 25-30 % de perlita o arena gruesa funciona. Y una precisión: al plantar o trasplantar un persicum, el tercio superior del tubérculo debe quedar por encima del sustrato. Enterrarlo del todo es la otra vía rápida hacia la podredumbre.

Abonado y limpieza

Durante el periodo de crecimiento y floración, un abono líquido para plantas de flor cada dos semanas, a media dosis, con más potasio que nitrógeno. El exceso de nitrógeno produce hojas grandes, blandas y muy apetecibles para los pulgones, y pocas flores. En cuanto la planta entra en reposo se suspende el abonado por completo.

Las flores marchitas y las hojas amarillas hay que retirarlas, y hay una forma correcta de hacerlo: se agarra el pedúnculo lo más abajo posible y se arranca de un tirón seco con un ligero giro, hasta que se desprende de la corona. Cortar con tijera deja un muñón que se pudre y contagia al tubérculo. Es un gesto que parece brusco la primera vez y luego resulta natural.

El reposo estival: no está muerto

Al llegar la primavera, el ciclamen empieza a amarillear y a producir flores cada vez más pequeñas y de tallo corto. No es una enfermedad ni un error de cultivo: es el final del ciclo. Ahí es donde se tiran a la basura miles de plantas perfectamente sanas.

Lo que hay que hacer es acompañar la dormición. Se deja de abonar, se espacian los riegos progresivamente y se retiran las hojas conforme se secan. Cuando el follaje ha desaparecido, la maceta se pone en un lugar fresco, sombreado y seco, incluso tumbada de lado para que no reciba lluvia, y se olvida durante el verano. Un par de riegos muy ligeros en los meses más secos evitan que el tubérculo se deshidrate del todo, pero nada más.

A finales de agosto o en septiembre asoman los primeros brotes. Ese es el momento de trasplantar a sustrato nuevo, respetando la regla del tercio superior descubierto, reanudar el riego y sacar la maceta a un sitio luminoso y fresco. Un ciclamen conservado así florece mejor cada año, con el tubérculo cada vez más grande, y no cuesta nada. Solo requiere no confundir el reposo con la agonía.

Plagas y enfermedades

Ácaro del ciclamen (Phytonemus pallidus). El problema más específico y el más difícil de ver, porque es microscópico. Provoca hojas arrugadas, deformadas y con los bordes enrollados hacia abajo, y capullos que se abortan o se abren torcidos. Prospera con humedad alta y calor. Las plantas muy afectadas se descartan; no hay una solución cómoda en casa.

Trips y pulgones. Dejan flores moteadas y hojas pegajosas. Se controlan con jabón potásico bien aplicado por el envés, repitiendo a los siete días.

Larvas de escarabajo del vid u otiorrinco (Otiorhynchus sulcatus). Aparecen en macetas que llevan tiempo fuera: gusanos blancos en forma de C que devoran el tubérculo por dentro. La planta se marchita de golpe y ya no se recupera. Al trasplantar en septiembre conviene revisar el cepellón.

Botritis y podredumbres blandas. Casi siempre son consecuencia de riego sobre la corona, agua estancada, hojarasca muerta sin retirar o falta de ventilación. Se previenen con manejo, no con fungicidas.

Multiplicación por semilla

Es la vía natural y funciona bien si se respetan dos condiciones: semilla fresca y temperatura moderada. La siembra se hace a finales de verano o en otoño, remojando las semillas unas doce horas en agua templada, enterrándolas medio centímetro en un sustrato drenante y manteniendo la bandeja a oscuras entre 15 y 18 °C. Por encima de 20 °C la germinación se bloquea, que es el fallo más común de quien siembra en pleno agosto en el interior peninsular.

La nascencia tarda entre cuatro y ocho semanas y es desigual, así que no hay que descartar la bandeja pronto. Los persicum florecen a los doce o dieciocho meses; hederifolium y coum, a los dos o tres años. En el jardín, si el suelo está acolchado con hojas y no se escarda con azada, se resiembran solos y en unos años forman colonias.

Una advertencia sobre toxicidad

El tubérculo concentra saponinas, principalmente ciclamina, y es tóxico por ingestión para personas y animales domésticos. La cantidad presente en hojas y flores es menor, pero un perro o un gato que mordisquee la planta puede sufrir vómitos y diarrea, y la ingestión de tubérculo es un cuadro serio. Conviene situar las macetas fuera del alcance de mascotas y niños pequeños, y lavarse las manos después de manipular tubérculos partidos.

En resumen

El ciclamen no es una planta de interior cálido: es una planta de invierno fresco, con el calendario invertido respecto al resto del jardín, porque crece cuando otras duermen y descansa en verano. Para el jardín, Cyclamen hederifolium y Cyclamen coum resuelven la sombra seca bajo los árboles y se naturalizan solos; se plantan en otoño, casi en superficie, y se olvidan.

Para la maceta, el Cyclamen persicum dura meses en flor si se le dan 10-16 °C, mucha luz indirecta y riego por inmersión sin mojar nunca la corona. Cuando amarillee en primavera no está muerto: está entrando en reposo, y basta con secarlo, guardarlo en sombra fresca y volver a regar en septiembre para tenerlo otra temporada. Y en todos los casos, tubérculo con la parte alta al aire, agua por abajo y ni un solo día con el plato lleno.


Contenidos relacionados