Dos días al año. Ese es el tiempo que la dragontea huele a carne en descomposición, y es la razón por la que se la planta poco y se la retira a menudo antes de conocerla del todo. El resto de la temporada, Dracunculus vulgaris es una planta de follaje elegante, resistente al frío, indiferente a la sequía estival y sin plagas dignas de mención. Cuarenta y ocho horas de mal olor a cambio de eso es un trato razonable, siempre que se sepa dónde colocarla.

Qué es y de dónde viene

Pertenece a las aráceas, la familia del aro, la cala y el filodendro, y como todas ellas no tiene flores en el sentido corriente. Lo que parece una flor enorme es en realidad una inflorescencia: una espata —una bráctea modificada— de color púrpura oscuro, casi negro por dentro y verde manchado por fuera, que envuelve un espádice negro y aterciopelado sobre el que se disponen las flores verdaderas, diminutas y sin pétalos, femeninas abajo y masculinas encima.

Es originaria del Mediterráneo oriental: Grecia continental, Creta, las islas del Egeo, los Balcanes occidentales, Turquía. En la península ibérica y en Baleares aparece asilvestrada y naturalizada desde antiguo en zonas litorales y en huertas abandonadas, con lo que en la práctica se comporta como una planta mediterránea más. En castellano se la llama dragontea, dragonera, taragontía o hierba de las brujas, y en el ámbito anglosajón dragon arum o voodoo lily, nombre este último que comparte con varios Amorphophallus y Sauromatum y que es fuente constante de confusión en las tiendas.

Inflorescencia de Dracunculus vulgaris con la espata púrpura abierta y el espádice negro

El falso tallo y las hojas

Lo que se toma por tallo no lo es. Se trata de un pseudotallo formado por las vainas de los pecíolos, apretadas unas contra otras, que alcanza entre 60 cm y algo más de un metro y que va jaspeado de manchas violáceas, grises y verdosas sobre fondo claro. El parecido con la piel de una serpiente es lo que le ha dado casi todos sus nombres populares, en cualquier idioma que se mire.

Las hojas son pedatisectas: el limbo se divide en nueve a quince segmentos lanceolados que salen abiertos como los dedos de una mano extendida, con nervadura clara y buen porte. Se levantan en invierno y permanecen verdes hasta bien entrada la primavera, que es justo cuando el resto del jardín mediterráneo está más pelado. Ese es su valor ornamental real, y dura meses; la inflorescencia dura dos semanas.

La floración, el olor y el calor que lo transporta

En España florece entre finales de abril y mayo, algo antes en el litoral sur y hasta junio en zonas frescas de interior. La espata se abre por la mañana y ese mismo día, generalmente al mediodía, el espádice entra en termogénesis: quema reservas y eleva su temperatura varios grados por encima del aire circundante. No es un capricho metabólico. El calor volatiliza los compuestos azufrados y las aminas que producen el olor a carroña y los proyecta a distancia.

El objetivo son las moscas, sobre todo califóridos del género Lucilia y similares, que acuden buscando materia en descomposición donde poner sus huevos, caen a la cámara floral de la base de la espata y quedan retenidas allí una noche por unos pelos rígidos orientados hacia abajo. Al día siguiente las flores masculinas liberan polen sobre las prisioneras, los pelos se marchitan y las moscas salen cubiertas de polen, listas para repetir el error en otra planta. Es una polinización por engaño: la mosca no obtiene nada a cambio.

El punto que interesa al jardinero es que el olor se agota en uno o dos días, más intenso el primero, y con la espata ya abierta y estabilizada desaparece por completo. Quien planta una dragontea creyendo que va a apestar toda la primavera está siendo injusto con ella; quien la planta a dos metros de la ventana del salón, en cambio, se acordará de esos dos días. El sitio correcto es el fondo del jardín, bajo un arbusto, junto a un muro alejado del paso, o en cualquier rincón que se pueda esquivar durante una tarde.

Pseudotallo jaspeado de Dracunculus vulgaris con manchas oscuras como piel de serpiente

Un ciclo al revés: verano dormida, invierno en hoja

Aquí está el malentendido más caro de este cultivo. La dragontea es un geófito mediterráneo de reposo estival. Su calendario no se parece al de un gladiolo ni al de una dalia, sino al de un ciclamen o un narciso silvestre:

Brota con las primeras lluvias de otoño, entre octubre y noviembre. Desarrolla el follaje durante el invierno. Florece en primavera. Fructifica y comienza a amarillear en junio. Y pasa el verano completamente seca y sin hoja, con el tubérculo dormido bajo tierra. Regar en julio y agosto una zona donde hay dragonteas plantadas es la forma más eficaz de pudrir los tubérculos. Si se cultiva en maceta, la maceta se retira a un rincón seco y se olvida hasta septiembre.

El otro extremo del malentendido es creerla tropical por su aspecto. No lo es en absoluto: aguanta sin problema los inviernos de casi toda la península y tolera heladas del orden de -10 °C con el tubérculo enterrado. En Galicia, la cornisa cantábrica y el norte húmedo el problema no es el frío sino el exceso de agua en verano, y ahí conviene plantarla en talud, en suelo muy arenoso o en macetón.

Cultivo práctico

Plantación. Los tubérculos se plantan en septiembre u octubre, antes de que broten. Son redondeados y aplanados, de 5 a 10 cm de diámetro en ejemplares adultos, y se entierran a unos 10-15 cm de profundidad, con la yema hacia arriba, separados 40 cm entre sí.

Suelo y exposición. Prefiere media sombra o sombra ligera, especialmente sombra de tarde en el sur, aunque a pleno sol también prospera si el suelo no se seca del todo en invierno. El suelo debe drenar bien; tolera la caliza sin problemas y agradece algo de materia orgánica, pero no necesita un sustrato rico. Un puñado de compost al plantar y otro cada otoño es todo el abonado que pide. Los excesos de nitrógeno dan mucha hoja blanda y poca inflorescencia.

Riego. Riegos de apoyo en otoño si las lluvias tardan y durante inviernos secos. Nada en verano. En maceta, lo mismo, con la ventaja de poder poner el tiesto a cubierto de las tormentas de agosto.

Multiplicación. El tubérculo produce cada año tubérculos hijos alrededor, con notable generosidad. Se separan al final del verano, cuando la planta está dormida, y se replantan de inmediato. De un ejemplar se pasa a una decena en pocos años, y ahí está su otra cara: en un jardín sin control puede colonizar arriates enteros y, en climas suaves y húmedos, comportarse como planta invasora fuera de su área, como ha ocurrido en algunas regiones del noroeste de Estados Unidos y del Reino Unido. También se reproduce por semilla, extraída de las bayas maduras y sembrada fresca en otoño, con floración a los cuatro o cinco años.

Frutos. Tras la floración el espádice se transforma en una espiga apretada de bayas que viran a naranja y rojo intenso a comienzos del verano. Son muy vistosas y muy tóxicas. Si hay niños en la casa, lo prudente es cortar la infrutescencia en cuanto empiece a colorear.

Toxicidad e irritación

Como el resto de aráceas, contiene rafidios de oxalato cálcico: cristales en forma de aguja que, al masticar cualquier parte fresca, se clavan en la mucosa y provocan quemazón inmediata, inflamación de labios y lengua y dificultad para tragar. No hay que confundir esto con un veneno sistémico, pero es un accidente doloroso y desagradable. La savia irrita también la piel sensible, así que conviene usar guantes al dividir tubérculos o al cortar el follaje seco. Y una precaución más concreta para el sur peninsular: la dragontea se ha usado tradicionalmente como planta medicinal, pero su consumo no tiene ningún respaldo y sí un riesgo cierto de irritación grave.

En resumen

Dracunculus vulgaris es una planta mediterránea rústica, no un capricho tropical, y su cultivo se reduce a tres reglas: tubérculo plantado en otoño a 10-15 cm en suelo drenante y media sombra, riego solo entre octubre y mayo, y sequía absoluta en verano. Ofrece follaje pedatisecto y pseudotallos jaspeados durante todo el invierno, una inflorescencia púrpura de tamaño desproporcionado en abril o mayo, y una fetidez que ocupa dos días y se resuelve plantándola lejos de las ventanas. A cambio, se multiplica sola —tanto que conviene vigilarla— y no exige prácticamente nada más que dejarla en paz cuando desaparece bajo tierra.


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