A mediados de septiembre, de un trozo de tierra que llevaba tres meses aparentemente vacío, empiezan a asomar unos tallos desnudos que en cinco o seis días alcanzan medio metro y se abren en un manojo de flores escarlata con los estambres disparados hacia fuera como alambres. No hay una sola hoja. Las hojas llegan después, cuando la flor ya se ha marchitado. Ese calendario invertido es la clave para entender a Lycoris radiata, y también el motivo de que a tanta gente se le muera sin saber por qué.
Origen y qué tipo de planta es
Lycoris radiata pertenece a las Amaryllidaceae, la familia de los narcisos, las nerinas y la amarilis. Es originaria de China y de zonas del Nepal, y llegó muy antiguamente a Japón y Corea, donde se naturalizó hasta convertirse en parte del paisaje agrícola. En japonés se llama higanbana, «flor del higan», porque florece justo en la semana del equinoccio de otoño. En castellano circula sobre todo como flor del infierno o lirio araña roja.
Un detalle botánico que explica su comportamiento: las plantas cultivadas en Japón —y las que se venden habitualmente en Europa— pertenecen a un clon triploide y estéril. No producen semilla viable. Todo lo que se propaga lo hace por bulbillos, lo cual significa dos cosas prácticas: no hay que preocuparse por que se escape del jardín sembrándose sola, y la única forma de multiplicarla es dividiendo la mata. En China existe además una forma diploide fértil, más difícil de encontrar en el comercio.
El bulbo es tunicado, de 3 a 4 cm, parecido a un bulbo de narciso pequeño y oscuro. Contiene licorina y galantamina, alcaloides tóxicos. Esa toxicidad tiene una historia detrás: en Japón se plantaba en los caballones de los arrozales y alrededor de los cementerios precisamente para que topos y roedores no cavasen allí. De ahí, y no de otra cosa, vienen sus asociaciones fúnebres y su nombre castellano.
Cómo es la flor y con qué se confunde
El escapo, sin hojas ni brácteas visibles, mide de 30 a 50 cm y remata en una umbela de cuatro a seis flores. Cada flor tiene seis tépalos estrechos, de un rojo escarlata puro, fuertemente recurvados y ondulados por el borde, casi rizados. Los estambres son lo que le da el aspecto de araña: sobresalen del perianto dos o tres veces su longitud, arqueados hacia arriba. La floración dura unos diez o doce días.
Se confunde con otras dos bulbosas que también florecen en otoño sobre tallo desnudo:
Nerine (sobre todo N. bowdenii y N. sarniensis): las flores son rosas o rojas, los tépalos se abren pero no se enrollan tanto, y los estambres, aunque salientes, no llegan al extremo desproporcionado de la Lycoris.
Amaryllis belladonna: flores en embudo, rosa pálido, grandes y perfumadas, sin nada de aspecto arácnido. La confusión ahí es solo por el hábito de florecer sin hojas.
Si los estambres sobresalen mucho más allá de los pétalos y la flor es de un rojo intenso, es Lycoris radiata. El género tiene además otras especies cultivables: L. aurea (amarilla), L. squamigera (rosa y la más resistente al frío) o L. sanguinea.
El ciclo, que es lo que hay que entender
Vale la pena escribirlo mes a mes, porque todos los cuidados se deducen de aquí:
Junio a agosto: reposo total. El bulbo está bajo tierra, sin hojas, y necesita estar seco y templado. Es su verano de descanso.
Finales de agosto y septiembre: la bajada de la temperatura nocturna y la primera humedad disparan los escapos florales. En la costa mediterránea y en el sur suele ser la segunda quincena de septiembre; en el norte, algo antes.
Octubre a abril: tras la flor salen las hojas, acintadas, de 30 cm, verde oscuro con una franja más clara en el nervio. Es su estación de crecimiento activo. Durante todo el invierno la planta está trabajando: fotosintetiza y recarga el bulbo.
Mayo: las hojas amarillean y se secan. Vuelta al reposo.
De ahí salen dos consecuencias que van en contra de la intuición de quien está acostumbrado a los bulbos de primavera. Primera: se abona en otoño e invierno, no en verano. Segunda: en verano no se riega, y desde luego no se planta en un arriate con riego automático diario.
Cuáles son sus cuidados
Cuándo plantar. Con el bulbo dormido, entre junio y comienzos de agosto. Si se compra más tarde y ya trae el escapo asomando, se planta igualmente y de inmediato, sin descabezarlo.
A qué profundidad. Aquí está el error más repetido. La Lycoris radiata se planta somera: con el cuello del bulbo justo al nivel del suelo o apenas asomando. Solo en zonas de invierno frío se cubre con 2 o 3 cm de tierra, y aun así conviene compensar con acolchado en lugar de enterrarla más. Plantada a la profundidad que se usaría para un tulipán, hace hoja durante años y no florece nunca. La distancia entre bulbos, de 15 a 20 cm.
Suelo. Suelto, con materia orgánica y drenaje real, de ligeramente ácido a neutro. En terreno arcilloso y compacto, o se enmienda con arena gruesa y compost, o se planta en un montículo elevado, o directamente en maceta. El encharcamiento estival es lo único que la mata con rapidez.
Exposición. Sol pleno en el norte y en zonas de verano suave; en el interior de Andalucía, Extremadura o el valle del Ebro, mejor media sombra con sol de mañana. Lo que no admite es la sombra densa y permanente de un árbol de hoja perenne: en pleno invierno, que es cuando tiene hoja, necesita luz.
Riego. De octubre a abril, riegos moderados cuando no llueva, dejando secar la superficie entre uno y otro. En mayo se reduce y en verano se corta del todo. Hay un gesto que marca la diferencia: un riego generoso a finales de agosto, después del reposo seco, suele adelantar y uniformar la salida de los escapos. Es el equivalente doméstico de las primeras lluvias de otoño de su hábitat.
Abonado. Un fertilizante equilibrado, o rico en potasio, aplicado cada tres o cuatro semanas mientras tiene hojas, de noviembre a marzo. También funciona un aporte de compost maduro en superficie al empezar el otoño. Nada de abono en verano.
Frío. El bulbo tolera bien heladas moderadas, pero la hoja no: por debajo de unos -5 °C se quema, y si eso ocurre repetidamente el bulbo se queda sin poder alimentarse durante su única estación de crecimiento y acaba por no florecer. En la costa mediterránea, Levante, Andalucía, Canarias, Baleares y buena parte de Galicia va bien al aire libre. En la meseta, Aragón interior, Castilla y León o zonas de montaña conviene un acolchado grueso de hoja o paja sobre la mata en cuanto llegan los primeros fríos, o cultivarla en maceta y arrimarla a un porche o invernadero frío durante el invierno.
Multiplicación y trasplante
Se divide la mata cada cuatro o cinco años, en pleno reposo estival, separando los bulbillos que se han formado alrededor del bulbo madre y replantándolos enseguida a la misma profundidad somera. También se puede hacer despuntado o partido de bulbo (chipping), pero es una técnica de vivero que no compensa en casa.
Y una advertencia que evita disgustos: después de trasplantarla es normal que no florezca al primer otoño, y a veces tampoco al segundo. La Lycoris odia que le toquen las raíces y necesita uno o dos ciclos para restablecerse. Si el bulbo saca hojas sanas en invierno, está vivo y en camino; no hay que desenterrarlo para comprobarlo, que es exactamente lo que retrasa el proceso otro año más. Por la misma razón, una mata que lleva tiempo asentada y florece bien es mejor no moverla.
Si tras tres o cuatro años una planta bien instalada sigue sin dar flor, las causas probables son, por este orden: plantada demasiado profunda, demasiada sombra en invierno, riego estival que no le deja hacer su reposo, o hojas dañadas por heladas repetidas.
Problemas y precauciones
Las babosas y los caracoles muerden las hojas tiernas en los inviernos húmedos, y en macetas conviene revisarlas. La mosca del narciso (Merodon equestris) puede atacar a los bulbos de Amaryllidaceae, incluida esta: la larva vacía el bulbo por dentro y la señal es una planta que no brota o brota raquítica. La podredumbre por hongos de suelo aparece siempre asociada a exceso de agua en verano; se corrige con drenaje, no con tratamientos.
Sobre la toxicidad, conviene ser claro sin alarmismo: es tóxica por ingestión, sobre todo el bulbo, y produce vómitos y trastornos digestivos. No es peligrosa por tocarla, aunque la savia puede irritar pieles sensibles, así que unos guantes al dividir la mata no sobran. Fuera del alcance de niños pequeños y de perros con afición a cavar.
En el diseño del jardín hay que resolver un asunto estético: en septiembre los escapos salen de tierra pelada y quedan raros. La solución habitual es plantarla entre una cubierta baja y perenne —Ophiopogon japonicus, tomillo rastrero, geranios vivaces de porte bajo, Vinca minor— de modo que las flores emerjan de un fondo verde. Basta con que esa cubierta no exija riego abundante en verano, o se estropea el reposo del bulbo. En maceta, un recipiente ancho, de barro, con 5 o 6 bulbos, funciona muy bien y permite moverla a primer plano solo durante las dos semanas de floración.
En resumen
Lycoris radiata es una bulbosa de ciclo invertido: florece sin hojas a finales de verano, crece con hoja durante todo el invierno y duerme en verano. Sus cuidados se deducen enteros de ese calendario. Se planta en reposo estival, muy somera, con el cuello del bulbo a ras de suelo; se riega y se abona de otoño a primavera; se deja completamente seca de junio a agosto, salvo un buen riego a finales de ese mes para provocar la floración.
Necesita drenaje impecable, sol o media sombra con luz invernal suficiente, y protección de las heladas fuertes, que dañan la hoja más que el bulbo. No se mueve si no hace falta, y cuando se mueve hay que darle uno o dos años antes de esperar flor. Toda la planta es tóxica si se ingiere. Cumplidas esas condiciones, es de las bulbosas más agradecidas del otoño español: aparece sola, sin aviso, en el momento en que el jardín va de retirada.