A finales de junio, en los claros de un hayedo del Pirineo o en un prado de siega de la Cordillera Cantábrica, aparece un tallo de metro y medio del que cuelgan boca abajo quince o veinte flores rosadas con los pétalos enrollados hacia atrás como un turbante. Eso es el martagón, Lilium martagon, y es uno de los pocos lirios verdaderamente silvestres de la flora española. También es de los más agradecidos en el jardín, siempre que se entienda una cosa: no quiere el mismo trato que los liliums de bulbo grande que se venden en bolsa para plantar en marzo.

Flor colgante de Lilium martagon con los tépalos revueltos

Qué planta es exactamente

El martagón pertenece a la familia Liliaceae y tiene una distribución enorme: desde el noroeste de la península ibérica hasta Mongolia, atravesando toda la Europa montañosa y Siberia. En España vive en los Pirineos, la Cordillera Cantábrica, los Montes Vascos y el Sistema Ibérico, normalmente entre los 500 y los 2.000 metros, en bosques caducifolios claros, orlas de matorral y pastos de montaña. Suele estar sobre sustratos calizos, y ese detalle tiene consecuencias prácticas que veremos luego.

Se reconoce sin esfuerzo por dos rasgos. El primero son las hojas dispuestas en verticilos, es decir, en pisos de varias hojas que salen del mismo punto del tallo, concentradas en la mitad inferior; ningún otro lirio ibérico hace eso de forma tan marcada. El segundo son las flores: colgantes, de unos 4 o 5 cm, con los seis tépalos completamente revueltos hacia arriba, de color rosa púrpura salpicado de motas oscuras y con los estambres asomando hacia abajo con anteras anaranjadas. Existe la variedad album, de flores blancas puras y sin motas, que en sombra funciona muy bien porque literalmente ilumina el rincón.

Un tallo adulto lleva de 5 a 20 flores en racimo, y una mata vieja y bien asentada puede sacar varios tallos. Florece en junio y julio, más tarde cuanto mayor sea la altitud. El perfume es fuerte y aparece sobre todo al caer la tarde: la flor está adaptada a la polinización por mariposas nocturnas de trompa larga, los esfíngidos, y de ahí vienen tanto la forma colgante como el olor nocturno. De día, a pleno sol, muchos lo encuentran francamente desagradable; conviene saberlo antes de plantarlo junto a la ventana del dormitorio.

El bulbo es amarillento, de escamas imbricadas y sueltas, sin túnica que lo proteja. Esa ausencia de piel exterior explica por qué el martagón no soporta almacenarse seco, y es la causa número uno de fracasos con bulbos comprados.

Dónde plantarlo (y dónde no)

El martagón quiere media sombra con el suelo fresco. La combinación ideal en un jardín es sol de mañana y sombra desde el mediodía, o sombra ligera moteada bajo árboles de copa alta y raíz profunda. En sombra densa y seca bajo un cedro o un ciprés no prospera: sale enclenque y acaba desapareciendo. Aguanta el sol pleno solo en climas atlánticos frescos y con el suelo cubierto de mantillo.

Sobre el suelo hay que desmontar una idea muy repetida. Se dice que los liliums necesitan sustrato ácido, y con algunas especies es cierto (Lilium auratum, Lilium speciosum y los híbridos orientales derivados de ellas sufren de verdad con la cal). El martagón es exactamente el caso contrario: crece de forma natural sobre calizas y va perfectamente en suelos neutros o alcalinos, con pH entre 6,5 y 7,5 o incluso algo más. Enmendarle el hoyo con turba rubia ácida o con sustrato para acidófilas no le hace ningún favor. Lo que sí necesita es materia orgánica bien descompuesta y drenaje: mantillo de hojas, compost maduro y, si el terreno es arcilloso y compacto, un buen aporte de arena gruesa o grava fina en la zona de plantación.

Climáticamente, seamos realistas. El martagón es una planta de montaña europea, con veranos frescos y humedad edáfica constante. En Galicia, la cornisa cantábrica, el prepirineo, la meseta norte y cualquier zona de media montaña se cultiva sin problemas. En el interior seco y en el litoral mediterráneo cálido lo va a pasar mal: el verano largo por encima de 32-35 °C con el suelo recalentado agota el bulbo año tras año. En esas zonas hay dos salidas razonables: buscarle la cara norte de la casa con riego regular y un buen acolchado, o cultivarlo en maceta grande y honda (35-40 cm de profundidad mínimo) que se pueda mover a la sombra fresca en julio y agosto.

Plantación: profundidad, época y paciencia

La época buena es el otoño, de septiembre a noviembre. Los bulbos escamosos deben llegar carnosos y turgentes; si al comprarlos vienen blandos, arrugados o con las escamas separándose como hojaldre, están deshidratados y la tasa de arraigo cae en picado. Si no puedes plantarlos el mismo día, guárdalos en una bolsa con turba o vermiculita ligeramente húmeda, en un sitio fresco, nunca al aire.

Profundidad: unos 15 cm de tierra por encima del bulbo, que en la práctica significa un hoyo de 20-25 cm. Separación de 25-30 cm entre bulbos. En el fondo del hoyo va bien un puñado de grava o arena gruesa para que el agua no se estanque justo bajo la base del bulbo, que es por donde empieza la podredumbre. Encima, mantillo o compost mezclado con la tierra del sitio, y después un acolchado permanente de hojarasca o corteza de 5 cm que mantenga las raíces frescas en verano.

Y ahora la parte que nadie cuenta: el martagón es lento. Es habitual que el primer año tras la plantación saque un tallo raquítico con dos o tres flores, o que directamente no asome. No lo desentierres para ver qué pasa. Suele necesitar dos o tres temporadas para instalarse y a partir de ahí mejora cada año, ganando tallos y flores, hasta formar matas longevas que pueden durar décadas en el mismo sitio. Es una planta que castiga el trasplante y premia el olvido. Si tienes costumbre de reorganizar los arriates cada primavera, plántalo en un rincón donde no vayas a meter la azada.

Riego, abonado y mantenimiento anual

Durante la primavera y hasta que termina la floración, el suelo debe mantenerse fresco pero nunca encharcado. En pleno verano, con la planta ya en agostamiento, se riega menos, pero tampoco conviene que el bulbo pase meses en tierra polvo: recuerda que carece de túnica protectora y se deshidrata con facilidad. El acolchado hace aquí la mitad del trabajo.

De abonado, poco y bien. Un aporte de compost maduro o mantillo en superficie cada otoño suele bastar. Si quieres reforzar la floración, un fertilizante bajo en nitrógeno y alto en potasio aplicado al salir el brote en primavera y otro al aparecer los botones. Lo que no debe entrar nunca en el hoyo es estiércol fresco: quema las escamas y abre la puerta a las podredumbres bacterianas. El exceso de nitrógeno produce además tallos largos y blandos que se doblan con la primera tormenta y son un imán para el pulgón.

Tras la floración, corta las flores marchitas si no quieres semillas (así el bulbo no gasta energía en madurar cápsulas), pero deja el tallo y las hojas hasta que amarilleen del todo, normalmente ya entrado el otoño. Ese follaje seco es el que está recargando el bulbo para el año siguiente. Cortar en verde es el error clásico que explica que una mata florezca espléndida un año y flojee el siguiente. Cuando el tallo esté seco y quebradizo, se corta a ras de suelo y se retira, porque los restos son refugio de esporas de hongos.

Los tallos altos de las matas viejas y de los híbridos agradecen un tutor discreto en sitios ventosos, colocado antes de que crezcan para no atravesar el bulbo al clavarlo.

Problemas frecuentes

El enemigo número uno es el criocero del lirio (Lilioceris lilii), un escarabajo de un rojo brillante inconfundible, de menos de un centímetro, que aparece en primavera. Los adultos agujerean las hojas y las larvas, que se cubren de sus propios excrementos formando un grumo pardo repugnante, pueden defoliar una planta entera en una semana. La revisión visual cada pocos días desde marzo y el aplastado manual funcionan bien en jardín doméstico; si la población es grande, hay insecticidas autorizados, pero conviene aplicarlos fuera de las horas de vuelo de los polinizadores.

Las babosas y caracoles atacan los brotes cuando emergen, y un brote comido de raíz se pierde para toda la temporada. En primaveras húmedas y frías puede aparecer botritis (Botrytis elliptica), con manchas ovaladas parduzcas en las hojas que se extienden hacia arriba; se controla con aireación, evitando el riego por aspersión sobre el follaje y retirando las hojas afectadas.

Más grave, porque no tiene cura, es el complejo de virosis (mosaicos y jaspeados) que transmiten los pulgones. Una planta con hojas moteadas de amarillo, tallos deformados y flores rayadas está infectada de forma permanente: hay que arrancarla y destruirla, no compostarla, y no propagar nunca a partir de ella. Controlar el pulgón es, en la práctica, la forma de prevenir el virus.

Un aviso que no es de jardinería pero importa: todos los Lilium, martagón incluido, son gravemente tóxicos para los gatos. Basta con que laman el polen del pelaje o mordisqueen una hoja para provocar un fallo renal agudo. Si convives con gatos, esta planta no debería estar en un patio o terraza accesible, y en flor cortada dentro de casa está descartada.

Por último: no se recolecta del monte. El martagón figura en catálogos regionales de flora protegida y sus poblaciones silvestres son lentas de recuperar, porque un bulbo tarda años en formarse. Se compra en vivero o se intercambia entre aficionados.

Mata de martagón en flor con las hojas dispuestas en verticilos

Cómo multiplicarlo

La vía más cómoda es separar los bulbos hijos de una mata bien establecida, en otoño, replantándolos de inmediato sin dejarlos secar. Ten en cuenta que al hacerlo interrumpes el ciclo de una planta que odia moverse, así que no lo hagas cada año: cada cinco o seis temporadas, y solo si la mata está muy densa.

El escamado también funciona: se desprenden escamas exteriores del bulbo con un trocito de la base, se colocan en una bolsa con vermiculita apenas húmeda y se mantienen a 20-22 °C en oscuridad hasta que forman bulbillos en la base. Con el martagón el proceso es más lento y menos productivo que con los híbridos asiáticos, y los bulbillos suelen necesitar además un periodo frío antes de emitir la primera hoja.

La siembra por semilla merece un párrafo aparte porque es donde más gente se rinde por desconocimiento. El martagón tiene germinación hipogea retardada: la semilla sembrada en otoño no da hoja visible en primavera. Lo que hace es formar bajo tierra un diminuto bulbillo durante el periodo cálido, y solo después de pasar un invierno frío emite su primera hojita, ya en la segunda primavera. Quien siembra, no ve nada en seis meses y tira la maceta al montón de compost está tirando semillas que estaban germinando perfectamente. La regla es sembrar en otoño en maceta honda, dejarla a la intemperie en semisombra, mantenerla apenas húmeda y no tocarla en dos años. Desde semilla hasta la primera flor pasan entre cinco y siete años. A cambio, es la única forma de obtener plantas garantizadamente libres de virus.

Los híbridos martagón

De los cruces de Lilium martagon con especies afines, sobre todo con el japonés Lilium hansonii, salieron los híbridos martagón, que en la clasificación hortícola de los liliums forman la División II. Conservan la silueta colgante y las hojas verticiladas de la especie, pero amplían la paleta hacia los amarillos, naranjas, cobrizos y granates oscuros, y suelen ser algo más vigorosos y más tolerantes que la especie pura. Cultivares como 'Claude Shride', de un granate profundo con motas doradas, o los de la serie Backhouse son buenos puntos de entrada si el martagón silvestre se te resiste. Los cuidados son los mismos: media sombra, suelo fresco con humus, tolerancia a la cal y ninguna prisa.

En resumen

Lilium martagon es un lirio de montaña europeo, presente de forma silvestre en el norte peninsular, con flores colgantes de tépalos revueltos, perfume nocturno y hojas en verticilos. Se planta en otoño a 15 cm de profundidad, en media sombra, sobre suelo rico en humus, bien drenado y tolerante a la cal, al contrario de lo que se suele suponer de los liliums. Necesita frescor en verano, lo que lo hace fácil en el norte y la montaña y difícil en el interior seco y el litoral cálido, donde hay que buscarle sombra y acolchado o cultivarlo en maceta.

Los tres errores que más lo matan son plantar bulbos deshidratados, cortar el follaje en verde tras la floración y desenterrarlo por impaciencia antes de que se asiente. Vigila el criocero rojo en primavera, las babosas al emerger los brotes y el pulgón como vector de virus. Si tienes gatos, ten presente que es tóxico para ellos. Y si te decides a sembrarlo, recuerda que su germinación es hipogea retardada: la primera hoja llega la segunda primavera y la primera flor, cinco o seis años después. Con esa paciencia, tendrás una mata que seguirá ahí cuando muchas otras plantas del arriate ya se hayan ido.


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