Entre finales de octubre y principios de diciembre, cuando el suelo de la Península ya se ha enfriado por debajo de unos 15 ºC, se abre la ventana buena para enterrar los bulbos que florecerán en marzo y abril. Antes de eso hace demasiado calor bajo tierra; después, en enero, el bulbo llega tarde a hacer raíz y sale con el tallo corto. Esa franja de seis u ocho semanas es la que decide gran parte del resultado de la primavera siguiente, mucho más que cualquier abono posterior.

Este primer repaso se centra en los géneros que se plantan en otoño y florecen antes de que llegue el calor: tulipán, jacinto, freesia, narciso y ranúnculo. Todos comparten un mismo principio de cultivo (necesitan drenaje y un periodo frío), pero se comportan de forma muy distinta en el clima mediterráneo, y ahí es donde suele torcerse la cosa.

Grupo de tulipanes en flor en un macizo de primavera

Lo que un bulbo de otoño necesita antes de nada

Un bulbo es una reserva completa: dentro ya viene la flor formada en miniatura, hecha con el sol del año anterior. Eso explica dos cosas. La primera, que el primer año florezca casi cualquier bulbo comprado, incluso plantado mal. La segunda, que el segundo año dependa por entero de lo que la planta pueda acumular después de florecer, es decir, de las hojas.

El fallo que más bulbos mata en España no es el frío, es el agua estancada. En suelos arcillosos compactos, un bulbo enterrado en un hoyo que hace de cubeta se pudre en cuanto llega una semana de lluvia. Si el terreno es pesado, conviene levantar el macizo unos 15 cm sobre el nivel general, o mezclar arena gruesa de río y compost maduro en los 25 cm superiores. La arena fina de playa no sirve: compacta más.

Sobre la profundidad, la regla práctica es enterrar a dos o tres veces la altura del bulbo, medida desde el ápice. Un tulipán de 5 cm va a 12-15 cm; un jacinto, a 10-12; una freesia, a 5. Plantar demasiado somero es peor que demasiado hondo: el bulbo sufre las oscilaciones térmicas y tiende a dividirse en bulbillos pequeños que ya no florecen.

El estiércol fresco en contacto con el bulbo provoca podredumbres. Si se quiere aportar materia orgánica, que sea compost bien hecho e incorporado semanas antes. Como abono, un fosfopotásico ligero en el momento de la plantación y otro aporte al asomar las hojas basta; el exceso de nitrógeno da mucha hoja blanda y flores escasas, además de atraer pulgón.

Tulipán

Tulipa gesneriana y los cientos de híbridos comerciales derivados de ella proceden de las estepas de Asia central: veranos secos y ardientes, inviernos largos y fríos. Ese origen marca todo el manejo.

La creencia de que los tulipanes se plantan en septiembre viene de los catálogos holandeses y en España hace daño. Aquí, con el suelo todavía a 20 ºC, el bulbo brota antes de tiempo y se expone a la Botrytis tulipae, el llamado fuego del tulipán, que deja las hojas con manchas parduzcas y los capullos abortados. Lo razonable en el interior peninsular es plantar en noviembre, y en el litoral mediterráneo y el sur, incluso a primeros de diciembre.

El segundo asunto es el frío. El tulipán necesita entre 12 y 16 semanas por debajo de 9 ºC para alargar el tallo. En Castilla, Aragón o la meseta norte eso lo da el propio invierno. En Málaga, Valencia o Canarias no, y ahí es donde el bulbo florece a ras de suelo, con un tallo ridículo de cinco centímetros. La solución es comprar bulbos preenfriados o meterlos en la nevera entre seis y ocho semanas, en bolsa de papel perforada, a 4-5 ºC. Un detalle que cuesta caro olvidar: nunca junto a manzanas, peras u otra fruta madurando, porque el etileno que desprenden aborta el embrión floral y el bulbo saldrá ciego, con hojas y sin flor.

En clima mediterráneo los tulipanes de gran flor rara vez repiten bien más de dos años: el bulbo madre se agota y se fragmenta. Merece la pena tratarlos como planta de temporada en los macizos vistosos, y reservar la permanencia para los que sí naturalizan aquí, que son los Darwin híbridos y sobre todo las especies botánicas: Tulipa clusiana, Tulipa saxatilis, Tulipa sylvestris o Tulipa australis. Estas últimas son pequeñas, aguantan la sequía estival y vuelven año tras año sin ningún cuidado.

Tras la floración hay que cortar la flor marchita, para que no gaste en formar semilla, pero dejar las hojas hasta que amarilleen del todo, en torno a seis semanas. Atarlas en un moño o trenzarlas, costumbre bastante extendida, reduce la superficie expuesta al sol y adelgaza el bulbo del año siguiente.

Jacinto

Hyacinthus orientalis es el bulbo más denso en perfume de todo el grupo, hasta el punto de resultar excesivo en un interior pequeño. Se planta de octubre a noviembre, a 10-12 cm de profundidad y con 15 cm entre bulbos, en sol o media sombra.

El calibre importa más que en ningún otro bulbo. Los de 18-19 cm de circunferencia dan espigas enormes que se vencen con la primera lluvia; para exterior van mejor los de 15-16 cm, con tallos proporcionados. Los calibres grandes están pensados para forzado en interior, en jarrón de bulbo con el agua rozando la base sin tocarla, tras nueve o diez semanas en oscuridad y frío.

Conviene saber que, a partir del segundo año, la espiga se afloja: menos flores, más separadas, con aspecto silvestre. No es una enfermedad ni un fallo de cultivo, es el comportamiento normal del jacinto fuera del cultivo intensivo, y en un jardín naturalista queda mejor que la espiga apretada del primer año.

Un aviso práctico: los bulbos de jacinto contienen cristales de oxalato de calcio que provocan dermatitis por contacto, con picor y enrojecimiento. Al manipular varias docenas conviene ponerse guantes.

Freesia

La freesia no es un bulbo verdadero sino un cormo, un tallo engrosado que se consume por completo cada temporada y se reemplaza por uno nuevo encima. Procede de la provincia sudafricana del Cabo, con lluvias de invierno y verano seco, un calendario que encaja de forma casi perfecta con el clima mediterráneo litoral.

De ahí que en la costa mediterránea, en Andalucía occidental y en Canarias se plante en septiembre-octubre para florecer entre febrero y abril, mientras que en el interior frío hay que esperar a febrero-marzo, porque las heladas por debajo de -3 ºC arrasan el follaje. En zonas frías es planta de maceta que se guarda en galería o invernadero frío.

El punto crítico está en la temperatura durante las primeras semanas de crecimiento: la freesia necesita noches frescas, en torno a 10-14 ºC, para iniciar la espiga. Si las plantamos con calor todavía, las hojas crecen pero la flor no llega a diferenciarse. Los cormos se entierran a 5 cm, con la punta hacia arriba, separados unos 8 cm, y agradecen que se plante un grupo denso porque los tallos se sostienen entre sí. Aun así, casi siempre hay que ponerles una red horizontal o unas cañitas: la inflorescencia se dobla en ángulo recto y arrastra el tallo.

Grupo de freesias en flor

Para flor cortada se cortan cuando el primer botón de la espiga acaba de abrir; el resto abre en el jarrón y el aroma dura más de una semana. Terminada la floración, se deja secar el follaje y los cormos nuevos se levantan y se guardan secos hasta el otoño siguiente.

Narciso

Si hay que elegir un solo bulbo de otoño para un jardín español donde no se quiera trabajar mucho, es el narciso. El género Narcissus tiene su centro de diversidad en la propia Península: aquí crecen de forma silvestre Narcissus bulbocodium, Narcissus pseudonarcissus, Narcissus triandrus o Narcissus papyraceus, este último floreciendo en pleno diciembre y enero en el suroeste.

Se planta antes que el tulipán, en septiembre y octubre, porque enraíza pronto y con temperatura más alta. Va a 15 cm de profundidad, algo más que la mayor parte de los bulbos, y tolera suelos donde el tulipán no viviría, incluida arcilla razonablemente drenada y media sombra bajo caducifolios.

La gran ventaja del narciso es que naturaliza: cada mata se multiplica por bulbillos y las manchas crecen solas durante décadas. Además, todo el bulbo contiene alcaloides tóxicos (licorina, entre otros), lo que hace que ni roedores, ni topos, ni jabalíes lo toquen; en fincas donde los tulipanes desaparecen bajo tierra, el narciso sigue ahí. La contrapartida es la misma toxicidad: hay que lavarse las manos y no confundir nunca los bulbos con cebollas si se guardan en un cajón del huerto.

Para los grupos naturalizados, el mejor sistema es sembrarlos al voleo por el prado y plantarlos donde caigan, corrigiendo solo las agrupaciones demasiado juntas. El único cuidado real es no segar la hierba hasta seis semanas después de la floración. Si un macizo empieza a dar hojas abundantes y ninguna flor, la causa habitual es el apiñamiento: hay que levantarlo en verano, separar los bulbillos y replantar más espaciado. La otra causa posible es la mosca del narciso (Merodon equestris), cuya larva vacía el bulbo por dentro; contra ella lo eficaz es tapar los agujeros que dejan las hojas al secarse, calzando tierra sobre el cuello.

Ranúnculo

Ranunculus asiaticus no se vende como bulbo ni como cormo sino como garra: un manojo de raíces tuberosas secas, con aspecto de arañita, que hay que plantar con las patas hacia abajo y la corona hacia arriba. Puestas del revés, la mitad no llega a emerger.

Antes de plantar, las garras se rehidratan. Bastan de tres a cuatro horas en agua a temperatura ambiente, no más, y con agua renovada o un burbujeador si es posible. El remojo de un día entero, que a veces se recomienda, provoca fermentación y podredumbre en cuanto tocan la tierra. Los profesionales van más lejos y, tras el remojo, las mantienen dos semanas en una bandeja con sustrato apenas húmedo a unos 10 ºC hasta que se ven las primeras raicillas blancas; así se descartan las que no arrancan y las que van a pudrirse.

La profundidad es escasa, de 3 a 5 cm, y la separación de 20-25 cm porque la mata se hace ancha. Época: octubre-noviembre en el litoral y en zonas de invierno suave, para florecer de febrero a mayo; finales de invierno en el interior frío, porque las garras jóvenes se dañan por debajo de -4 o -5 ºC. Un acolchado de paja permite salvar heladas moderadas.

Piden sol pleno, fresco radicular y agua regular durante el crecimiento, pero detestan el encharcamiento y son muy propensas al oídio en primavera húmeda: conviene regar por la base, nunca mojando el follaje, y ventilar los grupos. Las series modernas de flor doble tipo pompón, con decenas de pétalos, son las que se ven en ramos de boda y las que mejor duran en jarrón; se cortan cuando el botón ya ha aflojado el color pero aún no ha abierto.

Cuando llega el calor, la planta amarillea y entra en reposo. Es el momento de dejar de regar, arrancar las garras, secarlas a la sombra y guardarlas en un lugar seco y aireado hasta el otoño siguiente. Si se dejan en tierra en un suelo que se riega en verano, se pudren casi con seguridad.

Errores que se repiten cada temporada

Plantar demasiado pronto. Ya se ha dicho con el tulipán, pero vale para el jacinto: el suelo caliente es el peor sitio donde puede estar un bulbo de otoño.

Regar poco en primavera. Se asume que el bulbo va solo. En marzo y abril secos, que en gran parte de España son la norma, un macizo de bulbos sin riego florece menos días y acumula peor reserva. El riego se mantiene mientras haya hojas verdes.

Cortar las hojas al terminar la flor. Estéticamente tienta, porque el follaje amarilleando afea. La solución no es cortarlo sino plantar los bulbos entre vivaces que los tapen al crecer: nepetas, geranios de mata, aquilegias.

Guardar los bulbos en bolsa de plástico. Condensan humedad y crían moho. Bolsa de papel, malla o caja de cartón con vermiculita, siempre en oscuridad y ventilación.

Comprar barato en marzo. Los bulbos rebajados a final de temporada llevan meses deshidratándose en una tienda caliente. Un bulbo sano pesa, está firme al apretarlo y no tiene manchas azuladas ni blandas en la base.

En resumen

Tulipán, jacinto, freesia, narciso y ranúnculo se plantan de septiembre a diciembre según especie y zona, y florecen entre enero y mayo. El narciso es el más fiable y el único que naturaliza sin ayuda en casi toda la Península. El tulipán da el efecto más espectacular pero, en clima mediterráneo, tiende a comportarse como planta de temporada salvo en las variedades botánicas y los Darwin híbridos. El jacinto exige controlar el calibre para que no se venza. La freesia funciona en el litoral plantada en otoño y en el interior plantada al final del invierno. El ranúnculo pide garras rehidratadas con moderación, plantación somera y sequía absoluta en verano.

Por encima de las diferencias, dos reglas atraviesan el grupo entero: drenaje antes que nada, y hojas intactas hasta que amarillean. Con eso resuelto, el resto es cuestión de elegir bien la fecha.


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