Cuando pasan las últimas heladas y el suelo se calienta por encima de 12 ºC, empieza la segunda tanda de plantación del año: los bulbos, tubérculos y rizomas que crecen con el calor y florecen entre junio y septiembre. En el sur y el litoral eso ocurre a mediados de marzo; en la meseta y el norte de interior, hacia mediados de abril, y en zonas de montaña conviene esperar a mayo o arrancarlos antes en maceta bajo techo.
Esta segunda entrega repasa cinco géneros de flor estival: lilium, amarilis, begonia tuberosa, agapanto y canna. Comparten calendario, pero poco más. Uno es un bulbo de escamas desnudas que no soporta secarse, otro un tubérculo que se planta cóncavo hacia arriba, otro un rizoma de riego abundante. Confundir sus manejos es de donde salen los fracasos más frecuentes.
Lilium
El género Lilium tiene una particularidad que conviene entender antes de comprar: su bulbo no tiene túnica protectora. Es un puñado de escamas carnosas superpuestas, sin piel exterior, de modo que se deshidrata en cuestión de semanas si se queda en una bolsa colgada de un expositor. Un bulbo de lilium blando, arrugado o con las escamas separadas ya ha perdido buena parte de su potencial. Se compra firme y se planta de inmediato; si hay que esperar unos días, se mantiene en turba ligeramente húmeda y en frío.
La profundidad es mayor de lo que la gente supone: tres veces la altura del bulbo, unos 15-20 cm en los calibres normales. La razón es que los híbridos asiáticos y orientales emiten raíces caulinares desde el tallo enterrado, por encima del bulbo, y son esas raíces las que sostienen la planta y alimentan una vara de metro y medio. Plantado somero, el lilium se vence y da flores pequeñas.
La excepción clásica es la azucena, Lilium candidum, la de toda la vida en los patios andaluces. Esta se planta en agosto o septiembre, no en primavera, y muy superficial, con apenas 2-3 cm de tierra sobre el bulbo, porque forma una roseta de hojas que pasa el invierno verde. Enterrarla como un lilium oriental es condenarla.
En cuanto al suelo, aquí está la decisión importante en España: los híbridos orientales (los muy perfumados tipo 'Stargazer' o 'Casa Blanca') son acidófilos y en los suelos calizos de gran parte del país amarillean por clorosis férrica. En zona caliza, cultívense en maceta con sustrato de brezo o de plantas de hoja ácida. Los híbridos asiáticos, sin aroma pero de colores más vivos, toleran pH neutro y son bastante más fáciles. Todos quieren la misma combinación: cabeza al sol, pie a la sombra y drenaje impecable, porque el encharcamiento pudre el bulbo en pocos días.
La plaga que ha cambiado el cultivo del lilium en los últimos años es el criocero (Lilioceris lilii), un escarabajo rojo brillante de un centímetro cuyas larvas, cubiertas de sus propios excrementos, devoran las hojas a velocidad notable. Se controla revisando las plantas cada pocos días desde abril y aplastando adultos y puestas; los tratamientos llegan tarde si se espera al daño visible.
Dos detalles de manejo: quitar las anteras cuando la flor abre evita las manchas de polen anaranjado, que no salen de la ropa, y al cortar flor hay que dejar al menos dos tercios del tallo con hojas en la planta. Cortar la vara entera a ras de suelo deja al bulbo sin fotosíntesis y el año siguiente no florece.
Amarilis
Aquí hay que aclarar un lío de nombres que arrastran los catálogos desde hace dos siglos. El bulbo enorme que se vende en Navidad, con dos o tres flores de trompeta gigantes sobre un escapo hueco, no es Amaryllis sino Hippeastrum, un género americano. La verdadera Amaryllis belladonna es sudafricana, florece a finales de agosto y en septiembre sobre un tallo desnudo, sin hojas (de ahí su apodo popular), y saca el follaje después, en otoño e invierno. Las dos son fáciles, pero se cultivan de forma distinta y quien compra una esperando la otra se lleva una sorpresa.
El Hippeastrum se planta en maceta ajustada, con solo dos o tres dedos de holgura alrededor del bulbo, y con un tercio del bulbo asomando por encima del sustrato. Enterrarlo entero favorece la podredumbre del cuello. Tras plantar, riego escaso hasta que el escapo mide unos diez centímetros; a partir de ahí, riego normal. Florece de seis a ocho semanas después de iniciar el crecimiento, lo que permite escalonar plantaciones.
Lo que rara vez se hace y explica que el segundo año no florezca es el manejo posterior. Cortada la flor marchita (no el tallo hasta que se seque), la planta debe seguir en pleno sol con riego y abono equilibrado durante toda la primavera y el verano, incluso al aire libre en el jardín. En septiembre u octubre se retira el riego, se deja secar el follaje y el bulbo descansa entre ocho y diez semanas en seco, a unos 12-15 ºC. Ese reposo es el que dispara la floración siguiente. En el litoral mediterráneo y en Canarias, el Hippeastrum puede quedarse plantado en el jardín todo el año, en suelo drenado y a resguardo de heladas, y florece en primavera de forma espontánea.
La Amaryllis belladonna se planta en verano, con el cuello a ras de suelo, en un sitio soleado, seco y donde no se la moleste: detesta que la trasplanten y puede tardar dos años en reaccionar. A cambio, una vez establecida sale sola cada final de verano durante décadas y aguanta la sequía estival sin un riego.
Begonia tuberosa
Begonia × tuberhybrida resuelve un problema que pocas plantas de flor resuelven: color abundante y continuo en sombra fresca, de junio a octubre. Las variantes colgantes del grupo pendula son las reinas de los balcones orientados a norte y de los porches del Cantábrico.
El tubérculo es aplanado y tiene dos caras. La correcta hacia arriba es la cóncava, la que forma una especie de cuenco con los restos del tallo anterior; la convexa, redondeada, va abajo. Plantarlo del revés es el error más común con esta planta y retrasa o impide la brotación. Se coloca casi a ras, cubierto por uno o dos centímetros de sustrato ligero.
Se arranca en interior, en febrero o marzo, en bandeja con turba apenas húmeda y a 18-20 ºC. Cuando los brotes miden unos cinco centímetros se pasa a su maceta definitiva, y al jardín o al balcón solo después de la última helada. El sustrato debe ser aireado y con buena materia orgánica; el riego, regular pero sin encharcar, y siempre por la base, porque el follaje mojado y el aire quieto disparan el oídio, su problema sanitario número uno.
Sobre el clima: la begonia tuberosa detesta el calor seco. Por encima de 30 ºC sostenidos deja de abrir flores y se quema, así que en Sevilla, Córdoba o Zaragoza hay que darle sombra buena, humedad ambiental y protegerla del viento cálido; en el norte húmedo se cultiva casi sin esfuerzo. Otro detalle útil: cada nudo produce una flor doble grande, la masculina, flanqueada por dos flores simples con un ovario triangular detrás, las femeninas. Pinzando estas dos, la flor central crece bastante más.
Al llegar el otoño y las primeras noches frías, se reduce el riego, se deja amarillear el follaje y se corta cuando se desprende solo. Los tubérculos se sacan, se limpian de tierra, se secan unos días a la sombra y se guardan en turba o serrín seco a unos 10 ºC hasta febrero. Revisarlos a mitad de invierno y descartar los blandos evita perder el lote entero.
Agapanto
Agapanthus es un rizoma carnoso con raíces muy gruesas, no un bulbo, y eso condiciona su cultivo. Florece en pleno verano, con umbelas esféricas azules o blancas sobre varas de 60 a 120 cm, y en la costa mediterránea y atlántica se ha convertido casi en planta de jardín público por lo poco que pide una vez asentado.
Hay que distinguir dos grupos por su rusticidad. Los perennifolios, con Agapanthus praecox a la cabeza, mantienen la hoja todo el año, son los de mata más grande y resisten hasta unos -5 ºC; son los adecuados para el litoral y el sur. Los caducifolios, como Agapanthus campanulatus y Agapanthus inapertus, pierden la hoja en invierno y, con la mata seca y un buen acolchado, aguantan hasta -10 ºC o algo más: son la opción para el interior peninsular.
La causa habitual de que un agapanto no florezca tiene dos variantes. Una es el exceso de nitrógeno, que produce matas de hoja exuberante y ninguna vara; el abonado correcto es rico en potasio, del tipo que se usa para tomate o para geranios, desde la brotación hasta que asoman los botones. La otra es la sombra: en media sombra vegeta, pero para florecer bien quiere sol directo buena parte del día, con la excepción de las horas centrales en el sur más caluroso.
Un consejo que suena contraintuitivo pero funciona: el agapanto florece mejor apretado. En maceta hay que resistirse a trasplantarlo cada año; se deja tres o cuatro temporadas hasta que el cepellón levanta el sustrato, y solo entonces se divide, a comienzos de primavera. En suelo, la división del rizoma se hace cada cinco o seis años, con cuidado de no partir las raíces gruesas más de lo necesario.
El riego es abundante en primavera y verano, y muy reducido en invierno. Encharcamiento invernal más frío es la combinación que pudre el rizoma. Conviene cortar las umbelas pasadas si no se quieren semillas: en zonas costeras el agapanto se resiembra con facilidad y ha llegado a comportarse como invasor en algunos enclaves atlánticos, así que retirar los frutos antes de que se abran es también una forma de responsabilidad.
Canna
La caña de Indias, Canna indica y los híbridos reunidos bajo Canna × generalis, aporta al jardín de verano algo que los demás no tienen: follaje tropical. Hojas enormes verdes, bronce, púrpura o rayadas, de hasta dos metros de alto, coronadas por espigas de flores rojas, naranjas o amarillas desde julio hasta la primera helada.
El rizoma se planta en marzo o abril, colocado horizontal y con las yemas hacia arriba, a 8-10 cm de profundidad y con 40-50 cm entre plantas, porque la mata se hace ancha. Es una planta de consumo alto: quiere sol pleno, suelo rico y riego abundante, y tolera terrenos húmedos donde otros bulbos se pudrirían, incluido el borde de un estanque con el rizoma en tierra encharcada. En regadío es difícil pasarse.
La única precaución seria está en la compra. El virus del moteado amarillo de la canna se ha extendido mucho por el material de vivero y se transmite al dividir con herramienta contaminada. Se manifiesta como estrías cloróticas, punteado amarillo y hojas deformadas o desflecadas, y no tiene cura: la planta se degrada año tras año. Hay que descartar rizomas y plantas con esos síntomas, no aceptar divisiones regaladas de matas sospechosas, y desinfectar el cuchillo con alcohol entre planta y planta.
Sobre la invernada: en el litoral mediterráneo, Andalucía, Levante y Canarias, la canna se queda en tierra, se corta la parte aérea tras la primera helada o cuando se seca, y se cubre con diez centímetros de acolchado. En el interior frío hay que arrancar los rizomas tras la primera helada que quema el follaje, dejarlos secar un par de días y guardarlos en cajas con turba seca a unos 10 ºC, sin que lleguen a deshidratarse del todo. En primavera se dividen dejando dos o tres yemas por trozo.
Cómo combinarlos y qué esperar
Estos cinco géneros no compiten entre sí porque ocupan sitios distintos. La canna y el agapanto son las piezas estructurales del macizo soleado de verano; el lilium se intercala entre arbustos o vivaces que le den sombra al pie y sujeción a la vara; la begonia resuelve la zona sombreada y los balcones a norte; el amarilis funciona en maceta, en terraza, y en el sur también plantado en suelo.
En cuanto al abonado, el criterio general es aportar un fertilizante equilibrado al plantar y pasar a uno rico en potasio cuando aparecen los primeros botones. Y en cuanto a las heladas, la regla que evita más pérdidas es sencilla: ninguno de estos cinco tolera helada sobre el follaje en crecimiento. Adelantarse dos semanas a la fecha segura de la zona sale caro, y no adelanta la floración más que unos días.
En resumen
Lilium, amarilis, begonia tuberosa, agapanto y canna se plantan entre marzo y mayo según zona y dan flor de junio a octubre. El lilium exige bulbo fresco, plantación profunda y vigilancia del criocero, con sustrato ácido para los híbridos orientales en suelos calizos. El amarilis de Navidad es en realidad un Hippeastrum, se planta con un tercio del bulbo fuera y necesita un reposo seco en otoño para repetir. La begonia tuberosa va con la cara cóncava hacia arriba, en sombra fresca y sin mojarle la hoja. El agapanto florece mejor apretado, con potasio y sol, y se elige caducifolio en el interior y perennifolio en la costa. La canna pide agua, sol y comprobar que el rizoma esté libre de virus.
Ninguno es difícil. Lo que los distingue es que cada uno falla por un motivo concreto y distinto, y conocerlo de antemano ahorra una temporada entera de espera.