El nombre de Scilla peruviana engaña: la planta no tiene nada de peruana. Es ibérica y norteafricana, crece de forma silvestre en Andalucía, Extremadura, el sur de Portugal y buena parte del litoral mediterráneo, y llegó al catálogo de Linneo con ese epíteto por un malentendido con el barco que transportó los primeros bulbos, llamado Peru. Vale la pena empezar por ahí porque ese equívoco resume bien lo que pasa con las escilas: se venden como bulbo exótico cuando muchas de ellas son plantas de nuestro propio campo, adaptadas al clima que tenemos y capaces de vivir décadas en una jardinera con muy poca intervención.
Qué es una Scilla y qué no lo es
Scilla es un género de plantas bulbosas de la familia Asparagaceae (subfamilia Scilloideae, la que antes se trataba como familia Hyacinthaceae). Son geófitos: pasan la estación desfavorable bajo tierra, reducidos a un bulbo tunicado, y emiten hojas y flores cuando les toca. Las hojas son basales, acintadas o lanceoladas, y las flores se agrupan en racimos con seis tépalos, casi siempre en azules, violetas y blancos, con algún rosa en cultivares seleccionados.
Aquí conviene aclarar un lío de etiquetas que sigue vivo en los viveros. Varias plantas que se vendieron durante décadas como Scilla ya no lo son:
- La campanilla o jacinto de los bosques que en España aparece como Scilla campanulata es en realidad Hyacinthoides hispanica, y su prima británica es Hyacinthoides non-scripta.
- La escila de otoño, Scilla autumnalis, está hoy en el género Prospero (Prospero autumnale), aunque casi nadie la pida así.
- La cebolla albarrana, ese bulbo enorme que asoma en secarrales y ribazos del sur, fue Scilla maritima y luego Urginea maritima; ahora es Drimia maritima.
El cambio de nombre no es una manía de botánicos aburridos: importa porque las exigencias de cultivo de esos grupos son distintas. Una Hyacinthoides quiere sombra fresca de bosque caducifolio; una Scilla peruviana quiere sol y verano seco. Comprarlas creyendo que son lo mismo es la vía rápida para perder una de las dos.
Las especies que de verdad interesan en España
Scilla peruviana es la más espectacular y la más nuestra. Bulbo grande, de 5 a 8 cm, roseta de hojas anchas que brota en otoño con las primeras lluvias y una inflorescencia cónica de hasta cien flores azul violáceo que se abre de abajo arriba entre abril y mayo. Vive en vaguadas y pastizales que se encharcan en invierno y se secan a fondo en verano; ese ciclo explica todo su manejo. Existe la forma blanca alba, algo menos vigorosa.
Scilla siberica, pese al nombre, procede del Cáucaso y el sur de Rusia. Es diminuta, de 10 a 15 cm, con flores azul intenso colgantes que aparecen entre febrero y marzo. El cultivar Spring Beauty es el habitual en el comercio. Es rustiquísima y se naturaliza sola, pero necesita frío invernal de verdad; en el litoral mediterráneo o en el valle del Guadalquivir tiende a florecer cada vez peor a partir del segundo o tercer año.
Scilla bifolia es la escila de dos hojas, autóctona de la mitad norte peninsular, montañas del centro y Pirineos. Florece en cuanto se retira la nieve, en febrero o marzo, con racimos laxos de flores azul cielo. Es perfecta para naturalizar bajo árboles de hoja caduca porque completa su ciclo antes de que la copa cierre.
Scilla lilio-hyacinthus es una rareza que merece más atención de la que tiene: crece en hayedos y robledales húmedos de Pirineos, Cordillera Cantábrica y Sistema Ibérico, y su bulbo es escamoso, parecido al de un lirio, en lugar de tunicado. Eso significa que no soporta guardarse seco: si la compras, se planta de inmediato.
Scilla hyacinthoides, mediterránea, levanta varas florales de hasta un metro con cientos de flores pequeñas en mayo. Y Prospero autumnale (la antigua Scilla autumnalis) hace lo contrario que todas las anteriores: florece a finales de verano y principios de otoño, en agosto y septiembre, con las flores rosadas saliendo de suelo desnudo antes de que aparezcan las hojas.
Ubicación y suelo
La regla general para las especies mediterráneas —peruviana, hyacinthoides, autumnale— es sol directo o media sombra ligera. Con menos de cuatro horas de sol la peruviana hace hoja grande y floja y flor escasa o ninguna. Las especies de montaña y bosque —bifolia, lilio-hyacinthus, siberica— aceptan y agradecen la sombra proyectada por árboles de hoja caduca, porque cuando ellas están en activo el árbol aún no tiene hojas.
El suelo importa menos que el drenaje. Las escilas toleran terrenos calizos, arcillosos y pobres siempre que el agua no se quede embalsada durante el reposo estival. En maceta funciona bien una mezcla de sustrato universal con un 30-40 % de arena gruesa de río, perlita o pómice; el sustrato de turba puro compacta y retiene demasiado. En suelo arcilloso pesado, plantar en caballón o en un montículo elevado resuelve el problema mejor que cualquier enmienda.
Un detalle que se pasa por alto: Scilla peruviana aguanta encharcamientos invernales que matarían a un tulipán, porque su hábitat natural son las depresiones que se inundan con las lluvias de noviembre. Lo que no perdona es el riego de julio y agosto. La secuencia mojado-en-invierno y seco-en-verano es exactamente la contraria a la que aplica quien riega el jardín entero con el mismo programador todo el año.
Riego y abonado
Se riega cuando hay hojas verdes y se deja de regar cuando amarillean. Dicho así parece obvio, pero implica calendarios muy distintos según la especie. La peruviana tiene hojas de octubre a junio, así que en zonas de invierno seco hay que regarla en pleno invierno, cada diez o quince días si no llueve. La siberica y la bifolia están activas apenas dos o tres meses y en ese tramo suele bastar con la lluvia. Prospero autumnale arranca con las primeras tormentas de septiembre.
En verano, con el bulbo dormido, el riego cero es lo correcto para las mediterráneas. El bulbo no necesita humedad para conservarse; lo que necesita es que no se le pudra el disco basal. En macetas plantadas solo con escilas, lo mejor es apartarlas a un rincón seco y a la sombra hasta septiembre.
El abonado se concentra en el momento posterior a la floración, que es cuando el bulbo rellena sus reservas para el año siguiente. Un fertilizante bajo en nitrógeno y alto en potasio —los de tomate sirven perfectamente— aplicado cada dos o tres semanas mientras la hoja siga verde da mejores resultados que cualquier aporte en el momento de plantar. En suelo, un puñado de compost bien hecho o de estiércol muy maduro en superficie al final del verano cubre el año. El estiércol fresco, en cambio, provoca podredumbres.
Y el error clásico: cortar las hojas en cuanto se marchita la flor, porque quedan feas. Esas hojas amarillentas están traspasando azúcares al bulbo. Quien las corta en mayo tiene flores más pequeñas al año siguiente y ninguna al tercero. Lo mismo vale para atarlas en un moño o segarlas con el cortacésped si están naturalizadas en césped: hay que esperar a que se sequen solas, unas seis semanas después de la floración.
Plantación y profundidad
Las escilas se plantan en otoño, de septiembre a noviembre, en cuanto baja el calor. Cuanto antes se planten las mediterráneas, mejor: la peruviana empieza a emitir raíces muy pronto y un bulbo que lleva meses en una malla de plástico en un almacén caliente pierde vigor.
La profundidad no es la misma para todas. La regla habitual de enterrar a dos o tres veces la altura del bulbo funciona para las pequeñas: siberica y bifolia van a 5-8 cm de profundidad y 5-8 cm entre bulbos, en grupos de veinte o más, porque de una en una no se ven. Scilla peruviana es la excepción importante: se planta somera, con el cuello del bulbo a ras de suelo o apenas cubierto, separando los bulbos 15-20 cm. Enterrarla a quince centímetros, que es lo que dicta el instinto viendo su tamaño, retrasa la floración años o la impide del todo.
El trasplante, si hace falta, se hace en pleno reposo estival, entre julio y agosto. Dicho esto, las escilas florecen mejor cuando se las deja tranquilas: una mata de peruviana tarda dos o tres años en asentarse y a partir de ahí solo va a más. No hay ninguna razón para desenterrarlas cada verano, al contrario de lo que se hace con gladiolos o dalias.
Rusticidad y clima
La resistencia al frío varía mucho dentro del género y es el dato que más se generaliza mal:
- Scilla siberica y Scilla bifolia aguantan sin problema por debajo de -20 ºC. En la meseta norte, Pirineos o Sistema Central están en su elemento.
- Scilla peruviana resiste heladas moderadas, del orden de -8 a -10 ºC, sobre todo si son secas y breves. En Madrid o Zaragoza vive a la intemperie; en zonas de invierno largo y húmedo, la hoja se estropea aunque el bulbo rebrote.
- Prospero autumnale es muy tolerante al calor y a la sequía, poco exigente en frío.
El problema en España no suele ser el frío, sino la falta de él. Scilla siberica necesita un periodo de vernalización real, varias semanas por debajo de unos 5 ºC, para diferenciar bien la flor. En la costa mediterránea, en Canarias o en el bajo Guadalquivir florece el primer año —con las yemas ya formadas en el vivero holandés— y luego se degrada. Ahí lo sensato es tratarla como planta de temporada o, mejor, plantar peruviana, que hace el mismo trabajo ornamental y es de casa.
Multiplicación
Hay dos vías, y ambas son fáciles.
División de bulbillos. Los bulbos maduros producen hijuelos laterales. Se desentierra la mata en verano, con la planta dormida, se separan a mano los bulbillos que se desprenden solos —los que resisten, se dejan— y se replantan de inmediato a la misma profundidad. Los bulbillos pequeños tardan dos o tres años en alcanzar tamaño de floración. Si están en maceta, conviene hacerlo cada tres o cuatro años, cuando el cepellón se llena y la floración baja.
Semilla. Las escilas fructifican con facilidad y la semilla, sembrada fresca en otoño en bandeja con sustrato arenoso y dejada a la intemperie para que reciba frío, germina bien. El inconveniente es el tiempo: de tres a cinco años hasta la primera flor según la especie. A cambio, Scilla siberica y Scilla bifolia se resiembran solas y van formando manchas que crecen cada año sin que nadie las ayude, que es el mejor efecto que se les puede sacar.
Problemas y precauciones
Las escilas tienen pocos enemigos. Caracoles y babosas atacan los brotes tiernos en otoño e invierno, sobre todo los de peruviana, que emergen justo cuando hay más humedad. Los roedores rara vez las tocan, porque el bulbo es tóxico, cosa que sí ocurre con los tulipanes. La podredumbre basal por Fusarium aparece casi siempre por riego estival o drenaje deficiente, y no tiene tratamiento práctico: se descarta el bulbo afectado.
Conviene saber que todas las partes de la planta son tóxicas por ingestión. Contienen glucósidos con acción sobre el corazón, del mismo tipo que los que hacen de la cebolla albarrana un raticida tradicional. No es una planta peligrosa al tacto ni hay que evitarla por sistema, pero el bulbo no debe quedar al alcance de niños pequeños ni confundirse con una cebolla en el cajón del garaje. Y al manipular muchos bulbos, unos guantes evitan irritaciones en pieles sensibles.
Dónde quedan bien
Su tamaño contenido y su ciclo corto las hacen muy versátiles:
En rocalla y jardín seco, junto a lavandas, tomillos, salvias y gramíneas mediterráneas, con las que comparten exigencias de riego. La peruviana aporta un volumen de flor que ninguna otra bulbosa da en abril con tan poca agua.
Bajo árboles de hoja caduca, donde bifolia y siberica aprovechan la luz invernal y desaparecen antes de que el árbol dé sombra. Es el sitio donde mejor se naturalizan.
En maceta y jardinera, que es donde más rinden en balcones y patios. Un tiesto ancho y poco profundo, de 25-30 cm de diámetro, admite tres o cuatro bulbos de peruviana o veinte de siberica. Al terminar la floración basta con retirar la maceta a un rincón sin riego. También funcionan muy bien plantadas encima de bulbos de floración más tardía, en dos alturas, para encadenar floraciones en el mismo recipiente.
Como flor cortada, la vara de peruviana dura una semana larga en jarrón y se abre progresivamente. Eso sí, cortar flores resta reservas al bulbo, así que en matas jóvenes es mejor esperar.
En resumen
Las escilas son bulbosas de mantenimiento mínimo si se respeta su ritmo: plantación en otoño, agua mientras hay hoja verde, sequía absoluta en verano y ninguna prisa por cortar el follaje. Para el clima peninsular, Scilla peruviana es la apuesta más segura por ser autóctona, resistente y de floración generosa, y solo pide plantarse superficial y no regarse en agosto. Scilla siberica y Scilla bifolia dan lo mejor de sí en zonas con invierno frío de verdad, donde acaban naturalizándose solas. Y ninguna de ellas necesita que se la desentierre cada año: cuanto más tiempo lleven en el mismo sitio, mejor florecen.