En el expositor de cualquier centro de jardinería, en septiembre, todo va en la misma bolsa de rejilla y bajo el mismo cartel: «bulbos de flor». Dentro conviven al menos cinco órganos vegetales distintos, con anatomías que no se parecen en nada, que se plantan a profundidades diferentes, en posiciones diferentes, en estaciones diferentes y que se multiplican y se conservan cada uno a su manera. «Bulbo» es ahí una categoría comercial, no botánica. Y las plantas que se pierden cada temporada por tratar un rizoma como si fuera un bulbo, o por guardar en un cajón seco algo que no puede deshidratarse, son consecuencia directa de esa confusión.

Distintos tipos de bulbos y órganos de reserva subterráneos

El concepto que sí es común: el geófito

Lo que de verdad comparten todas estas plantas es una estrategia de supervivencia, no una estructura. Se llaman geófitos: vegetales que almacenan agua, almidón y nutrientes en un órgano subterráneo, brotan y florecen durante la estación favorable, y luego pierden toda la parte aérea y esperan bajo tierra a que pasen el frío, la sequía o ambos.

Esa estrategia ha aparecido de forma independiente en muchos linajes vegetales, y cada uno ha engordado la parte que tenía a mano: unos las hojas, otros el tallo, otros la raíz. De ahí que un tulipán, una dalia y un lirio hagan lo mismo con piezas que no son homólogas. Reconocer qué pieza tienes en la mano es lo que permite decidir cómo plantarla, y para eso hay tres preguntas útiles: ¿tiene capas u hojas modificadas?, ¿tiene nudos y yemas repartidas?, ¿tiene un punto de crecimiento único o varios?

Bulbos verdaderos

Un bulbo verdadero es un tallo comprimidísimo rodeado de hojas modificadas carnosas. La parte de tallo se reduce a un disco duro en la base, el disco basal o platillo, del que salen las raíces por debajo y del que arrancan las escamas por arriba. Si cortas un bulbo por la mitad en vertical ves capas concéntricas y, en el centro, el brote floral ya formado en miniatura. Una cebolla es el ejemplo doméstico perfecto.

Ese detalle explica algo importante: la flor del año que viene ya está hecha dentro del bulbo cuando lo compras. Por eso un tulipán florece el primer año casi con seguridad aunque lo plantes en condiciones mediocres, y por eso el segundo año, si el suelo o el clima no acompañan, suele fallar. Los hay de dos tipos.

Bulbos tunicados

Llevan una túnica exterior papirácea, seca, que protege las escamas internas de la desecación y de los golpes. Tulipán (Tulipa), narciso (Narcissus), jacinto (Hyacinthus), ajos ornamentales (Allium), amarilis (Hippeastrum), nazarenos (Muscari), nerine, agapanto de bulbo. Son los que mejor aguantan el almacenaje y el transporte: se pueden tener meses fuera de la tierra en un sitio fresco, seco y ventilado sin que pase nada. Por eso son los que dominan el comercio internacional.

Bulbos escamosos o imbricados

No tienen túnica. Las escamas carnosas quedan sueltas, superpuestas como las tejas de un tejado, y a la vista parecen una alcachofa gorda. Los azucenas y lirios de verdad (Lilium) y las coronas imperiales (Fritillaria) son el caso típico. La consecuencia práctica es directa: se deshidratan con facilidad y no soportan un almacenaje largo en seco. Un bulbo de Lilium que llega blando y arrugado en su bolsa ya ha perdido parte de su potencial. Se plantan nada más comprarlos y, si hay que esperar, se mantienen en turba o serrín ligeramente húmedos.

Otra particularidad de los Lilium: muchos emiten raíces caulinares por encima del bulbo, en la porción de tallo enterrada. Por eso se plantan más hondos que otros bulbos de tamaño similar, a unos 15-20 cm, y por eso agradecen un acolchado que mantenga esa zona fresca.

Cormos

Un cormo es un tallo engrosado macizo. Si lo cortas no encuentras capas: encuentras un tejido compacto y uniforme, como el de una patata pero de forma achatada. Por fuera lleva restos secos de hojas viejas, lo que hace que se confunda con un bulbo tunicado, y se distingue porque en la superficie se aprecian anillos horizontales —los nudos— con yemas, y una o varias yemas principales en la parte superior. Gladiolo (Gladiolus), azafrán y crocus (Crocus), fresia (Freesia), crocosmia, ixia y colchico son cormos.

Su ciclo tiene una peculiaridad que sorprende a quien la ve por primera vez: el cormo se consume por completo cada temporada. La planta gasta sus reservas para crecer y florecer, y mientras tanto forma un cormo nuevo encima del viejo, que queda debajo reducido a un disco marchito. Alrededor aparecen además pequeños cormillos o hijuelos. Al desenterrar un gladiolo en otoño encontrarás esa estructura: cormo nuevo arriba, cormo agotado abajo, y un puñado de cormillos del tamaño de un guisante. Lo que se guarda es el nuevo; los cormillos se pueden cultivar aparte, pero tardan uno o dos años en alcanzar tamaño de floración.

Tubérculos

Aquí es donde más se mezclan las cosas, porque bajo el mismo nombre hay dos órganos que se comportan de forma opuesta.

Tubérculos caulinares

Son tallos subterráneos engrosados, sin disco basal, sin capas y con yemas repartidas por toda la superficie —los «ojos» de la patata—. Begonia tuberosa (Begonia × tuberhybrida), caladio (Caladium), ciclamen (Cyclamen), anemona de los floristas (Anemone coronaria), aro (Zantedeschia de colores). Como las yemas están distribuidas, un tubérculo caulinar se puede dividir en trozos, siempre que cada porción lleve al menos una yema y se deje cicatrizar el corte un par de días antes de plantar.

Su otro problema es la orientación. Un tubérculo de begonia tiene una cara cóncava, donde están las yemas, y otra convexa, de la que salen las raíces. Plantado del revés, o brota con muchísimo retraso o se pudre. La cara cóncava va hacia arriba y se deja apenas cubierta. El ciclamen, por su parte, se planta con el tercio superior del tubérculo asomando sobre el sustrato; enterrarlo del todo es la causa más frecuente de que se pudra por el cuello en una maceta de interior.

Raíces tuberosas

Son raíces engrosadas, no tallos, y esa diferencia lo cambia todo. Dalia (Dahlia), ranúnculo (Ranunculus asiaticus), batata, boniato. Como son raíces, no tienen yemas en su superficie: las yemas están únicamente en el cuello, el trozo de tallo del año anterior al que se sujetan todas las raíces del manojo.

Esto tiene una consecuencia muy concreta y muy cara de aprender por las malas: al dividir un manojo de dalias en primavera, cada porción debe llevar obligatoriamente un fragmento de cuello con al menos una yema visible. Una raíz tuberosa separada sin cuello, por gorda y sana que esté, no brotará nunca. Se planta tumbada horizontalmente, a 10-15 cm, con el trozo de cuello hacia arriba.

El ranúnculo va del revés de lo que uno esperaría: sus garras se colocan con las puntas hacia abajo, apenas a 3-5 cm, y conviene rehidratarlas en agua templada durante tres o cuatro horas —no más, porque se asfixian— antes de plantarlas.

Rizomas

Un rizoma es un tallo que crece horizontalmente, por debajo o a ras del suelo, con nudos, entrenudos, yemas laterales y raíces adventicias por la cara inferior. Lirio común o de los jardines (Iris germanica), cala blanca (Zantedeschia aethiopica), cañacoro (Canna indica), muguet (Convallaria majalis), jengibre, agapanto y muchos helechos.

Al ser un tallo con crecimiento indefinido, el rizoma avanza: la mata se desplaza año tras año hacia donde apunta el ápice, y en el centro va quedando tejido viejo que ya no produce. Por eso los lirios rizomatosos se dividen cada tres o cuatro años, después de la floración, entre julio y septiembre, descartando la parte central agotada y conservando las porciones jóvenes de los bordes con dos o tres yemas y un abanico de hojas recortado a un tercio.

Y aquí está uno de los errores más repetidos en jardinería española: enterrar el rizoma del Iris germanica. Ese rizoma necesita que su cara superior quede al aire, expuesta al sol, medio asomando del suelo. Enterrado a diez centímetros, como se hace con un bulbo, la planta sobrevive y hace hojas pero deja de florecer, y a la larga acaba pudriéndose. La cala y la canna, en cambio, sí van enterradas a 8-10 cm, porque su ecología es de zona húmeda y no de secarral.

Flores de plantas bulbosas en el jardín

Cómo distinguirlos con el ejemplar delante

Sin cortar nada, sirve esta secuencia:

  • ¿Se pelan capas? Bulbo tunicado. Si en vez de capas hay escamas sueltas superpuestas y carnosas, bulbo escamoso.
  • ¿Es macizo, achatado, con anillos y una yema arriba? Cormo.
  • ¿Es macizo, irregular, con yemas repartidas por toda la superficie? Tubérculo caulinar.
  • ¿Es un manojo de piezas alargadas unidas por un extremo común? Raíces tuberosas.
  • ¿Es alargado, horizontal, con nudos y raíces solo por una cara? Rizoma.

Un truco añadido: si dudas de qué lado va hacia arriba, busca por dónde salen las raíces secas del año anterior. Esa cara es la de abajo, siempre. Y si ni así queda claro —pasa con anémonas y con algunos tubérculos deformes— plántalo de lado. La planta corrige la orientación por geotropismo y brota igualmente; lo que no perdona es quedar boca abajo del todo.

Diferencias prácticas que salen caras si se ignoran

Profundidad

La regla general —enterrar a dos o tres veces la altura del propio órgano— es un buen punto de partida para bulbos y cormos: tulipán 12-15 cm, narciso 12-15 cm, crocus 6-8 cm, gladiolo 10-12 cm. Pero tiene excepciones que no son negociables: los rizomas de iris van en superficie, el ciclamen asomando, la begonia apenas cubierta y los Lilium más hondo de lo que su tamaño sugiere. En suelos arenosos se planta algo más profundo, y en arcillosos algo menos.

Época de plantación

El calendario se parte en dos bloques que responden a climas de origen distintos:

De otoño (septiembre a diciembre) para florecer en primavera. Tulipán, narciso, jacinto, crocus, muscari, fritillaria, allium, ranúnculo, anémona. Necesitan pasar frío bajo tierra para inducir la floración, y son rústicos. En el sur de España y en el litoral mediterráneo, donde el invierno no da suficiente frío, tulipanes y jacintos se comportan casi como plantas de temporada: florecen bien el primer año y flojean después. Ahí funciona mejor comprar bulbos prerrefrigerados y plantarlos en diciembre, o directamente sustituirlos por narcisos, muscari y allium, que se adaptan mucho mejor.

De primavera (marzo a mayo, pasado el riesgo de heladas) para florecer en verano. Dalia, gladiolo, canna, begonia tuberosa, caladio, nardo, calas de colores. Son de origen subtropical y no toleran la helada: plantarlos antes de tiempo es apostar a que no vuelva una noche de -2 ºC.

Conservación fuera de la tierra

Ahí la diferencia es tajante. Los bulbos tunicados y los cormos aguantan secos meses enteros: en una malla o caja de cartón, a 8-15 ºC, en oscuridad y con ventilación. Los bulbos escamosos, las raíces tuberosas y los tubérculos carnosos no: se arrugan y mueren. Las dalias se guardan enterradas en turba, vermiculita o viruta apenas húmeda, a 5-10 ºC, revisándolas una vez en pleno invierno para retirar cualquier pieza podrida.

Conviene añadir un matiz que contradice una costumbre muy extendida: no todos los bulbos hay que sacarlos cada año. Los narcisos, muscari, allium, crocus, nerines y agapantos florecen mejor cuanto más tiempo llevan en el mismo sitio, y desenterrarlos por rutina solo les hace daño. Se levantan solo los que no resisten el invierno local —dalias, gladiolos, cannas y begonias en zonas con heladas fuertes o suelos que se encharcan— o los que han formado una mata tan densa que ha dejado de florecer.

Multiplicación

Cada tipo tiene su método natural: los bulbos tunicados producen bulbillos laterales que se separan en el reposo; los escamosos admiten el escamado, que consiste en desprender escamas individuales de un Lilium, meterlas en una bolsa con vermiculita húmeda a unos 20 ºC y esperar seis u ocho semanas a que formen bulbillos en la base; los cormos dan cormillos; los tubérculos caulinares se trocean con yema; las raíces tuberosas se dividen con cuello; y los rizomas se seccionan en porciones con yemas y raíces. Pedirle a un órgano el método de otro no funciona: partir en dos un bulbo de tulipán no da dos tulipanes.

El calibre y por qué aparece en la etiqueta

Los bulbos y cormos comerciales se venden por calibre, que es la circunferencia en centímetros medida en su parte más ancha, no el diámetro. Aparece en la bolsa como 11/12, 12/14, 14/16 y similares. Es información útil, porque el calibre está directamente relacionado con las reservas acumuladas y, por tanto, con que haya flor o no.

Por dar referencias habituales: en tulipán, un calibre 11/12 o superior garantiza floración; por debajo de 10 puede no florecer el primer año. En narciso se buscan 14/16 o más, y los calibres grandes suelen dar dos o tres flores por bulbo. En gladiolo, 12/14 en adelante. Un lote muy barato casi siempre lo es porque el calibre es pequeño, y sale caro cuando la mitad de la plantación se limita a echar hojas.

Errores frecuentes que vienen de confundir tipos

Cortar las hojas nada más marchitarse la flor. Vale para todos los grupos sin excepción. El órgano de reserva se rellena precisamente en esas semanas de hoja verde o amarilleante. Cortarla antes de que se seque sola compromete la floración siguiente.

Abonar en el momento de plantar y no volver a hacerlo. Es al revés: en el momento de plantar el órgano ya lleva sus reservas puestas. El abonado que rinde es el de después de la floración, rico en potasio y bajo en nitrógeno.

Guardar dalias o lirios como si fueran tulipanes. El resultado son manojos secos que ya no brotan.

Plantar todo a la misma profundidad. El programa mental de «un agujero de diez centímetros para todo» mata iris, ciclámenes y begonias.

Regar durante el reposo. El error más común en jardines con riego automático. Un bulbo mediterráneo dormido en verano no necesita agua; lo que necesita es no pudrirse. Agrupar las bulbosas en un mismo sector de riego, o en macetas que se puedan retirar, evita el problema.

En resumen

Bajo la etiqueta comercial «bulbos» conviven bulbos verdaderos —tunicados o escamosos—, cormos, tubérculos caulinares, raíces tuberosas y rizomas. Distinguirlos no es un ejercicio académico: determina a qué profundidad y en qué posición se plantan, si se pueden guardar secos, cómo se dividen y en qué época van a la tierra. Con la pieza en la mano bastan tres comprobaciones —si tiene capas, si tiene yemas repartidas y por dónde salieron las raíces del año anterior— para saber ante qué estás. Y dos reglas cruzan todos los grupos: la hoja se deja secar sola, y el abonado importante llega después de la flor, no antes.


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