Un cormo de Amorphophallus konjac no florece hasta que pesa cerca de un kilo, y llegar a ese kilo son cuatro o cinco temporadas de cultivo bien llevadas. Quien compra un tubérculo del tamaño de una nuez esperando la flor para la primavera siguiente se va a llevar un chasco; lo que va a tener, eso sí, es una hoja enorme y de aspecto tropical que ya justifica la maceta por sí sola.

Es una planta fácil de mantener y difícil de florecer, y esa distinción organiza todo lo que hay que saber sobre ella.

Inflorescencia de Amorphophallus konjac con la espata púrpura abierta

Qué planta es, y qué planta no es

Amorphophallus konjac —sinónimo antiguo Amorphophallus rivieri— es una arácea originaria del sudeste asiático, del sur de China, Vietnam y zonas de Indonesia, cultivada desde hace siglos en Japón por su tubérculo, del que se obtiene la harina de konjac y con ella el konnyaku y los fideos shirataki. En España se vende como planta de colección con nombres como lengua de diablo, planta vudú o flor cadáver.

Ese último nombre es el origen de una confusión que conviene deshacer. La "flor cadáver" gigante de los reportajes de televisión es Amorphophallus titanum, una especie de Sumatra cuya inflorescencia supera los tres metros, que requiere invernadero tropical y que florece cada muchos años en un puñado de jardines botánicos del mundo. El konjac es su pariente pequeño y doméstico: la inflorescencia mide entre 60 centímetros y metro y medio, huele igual de mal pero durante menos tiempo, y se cultiva perfectamente en una maceta de terraza. Comprar un konjac creyendo que se compra un titanum termina en decepción; comprar un konjac sabiendo lo que es, no.

Otro matiz técnico que cambia el manejo: lo que se planta no es un bulbo sino un cormo, un tallo subterráneo engrosado y macizo, sin capas ni escamas. No se comporta como una cebolla de tulipán. En concreto, cada temporada el cormo viejo se consume por completo y en su lugar se forma uno nuevo, encima, más grande si el año ha ido bien y más pequeño si ha ido mal. Todo el cultivo consiste, en el fondo, en conseguir que el cormo del año que viene sea mayor que el de este.

Un ciclo al revés: primero la flor, después la hoja

El konjac es caducifolio y tiene un reposo invernal completo: de octubre-noviembre a abril no hay nada visible sobre la tierra. Al despertar en primavera, el cormo emite una sola cosa. Si aún no tiene tamaño de floración, emite una única hoja. Si ya lo tiene, emite la inflorescencia, y solo cuando esta se ha marchitado —o a veces ya no ese año— saldrá la hoja.

La hoja es lo más espectacular en el día a día, y sorprende a quien no la ha visto: un pecíolo único, liso, de 60 centímetros a metro y medio de alto, con un moteado verde grisáceo y crema que imita la piel de una serpiente, rematado por una lámina profundamente dividida en tres ramas y estas a su vez en segmentos, formando una copa horizontal que puede pasar del metro de diámetro. Parece un arbolito, pero es una sola hoja. Crece además a una velocidad llamativa, varios centímetros al día en pleno arranque.

Esa hoja permanece activa de mayo a octubre. Cuanto más grande y más tiempo dure, mayor será el cormo nuevo. Por eso todo lo que la dañe —sol directo abrasador, sequía, un golpe que rompa el pecíolo, un trasplante a destiempo— se paga en el tamaño del tubérculo y, por tanto, se retrasa la floración.

La flor: termogénesis y mal olor

La inflorescencia aparece a finales de invierno o principios de primavera, directamente del suelo y sin hoja acompañante. Se compone de una espata —una bráctea acampanada, verdosa por fuera y púrpura oscuro casi granate por dentro, con el borde ondulado— y un espádice, la columna central rugosa de color púrpura oscuro que sobresale muy por encima de la espata y que concentra las flores verdaderas, diminutas, en su base: las femeninas abajo y las masculinas justo encima.

Lo interesante ocurre la primera tarde. El espádice es termogénico: quema reservas y eleva su temperatura más de diez grados por encima del ambiente, lo que volatiliza los compuestos azufrados y aminados responsables del olor. El resultado es un hedor inconfundible a carne descompuesta que, unido al color de la espata, imita un cadáver para atraer a los polinizadores naturales de la especie, moscas y escarabajos carroñeros.

En la práctica doméstica esto significa dos cosas. La primera, que el olor es intenso pero corto: es fuerte la primera noche y el primer día, va decayendo y a las 48 horas ha desaparecido casi por completo, aunque la inflorescencia siga en pie una semana o más. La segunda, que una planta en flor no se tiene dentro de casa. Al patio, a la terraza o al invernadero, y ya se entrará después.

Conviene saber también que florecer agota al cormo. Es una inversión energética grande y no es raro que, tras la floración, ese año la hoja salga pequeña o directamente no salga, y que el tubérculo pese menos en otoño que en primavera. Después de un año de flor toca un año de recuperación con abonado y riego generosos.

Plantación, sustrato y maceta

El momento de plantar en la Península es de abril a mayo, cuando la temperatura del sustrato se estabiliza por encima de los 15 °C. En el litoral mediterráneo o en Canarias puede adelantarse a marzo; en el interior norte, mejor esperar a que hayan pasado las heladas tardías.

La maceta debe ser ancha y sobre todo profunda, porque el cormo nuevo se forma encima del viejo y las raíces salen de su parte superior. Un tiesto de un diámetro dos o tres veces el del cormo, con altura suficiente para dejar 10 centímetros de sustrato por debajo, va bien. Un cormo adulto de 20 centímetros pide un contenedor de 30-40 litros, y agradece el barro por el peso: una hoja de metro y medio hace de vela con el viento y una maceta de plástico ligera acaba en el suelo.

Sustrato suelto, rico y con drenaje: una mezcla de mantillo o compost maduro (40 %), turba o fibra de coco (30 %) y perlita o arena gruesa (30 %) funciona bien, con pH ligeramente ácido a neutro. Nada de suelo compactado ni de sustratos que se apelmacen.

Se coloca el cormo con la yema —la depresión central, de donde saldrá el brote— hacia arriba, y se cubre con 5 a 10 centímetros de sustrato. Y aquí va la instrucción que más plantas salva: no se riega en el momento de plantar. Se deja el sustrato apenas húmedo y no se empieza a regar de verdad hasta que el brote asome. Un cormo dormido y mojado en un sustrato frío se pudre en cuestión de días, y esa es la causa de muerte más frecuente con diferencia.

Luz, riego y abonado en temporada

Luz filtrada o semisombra. En su hábitat crece en el sotobosque, y el sol directo del mediodía de un julio peninsular quema los segmentos de la hoja y deja manchas secas irreversibles hasta el otoño. Un lugar con sol de mañana y sombra a partir del mediodía, o bajo malla de sombreo del 50 %, es lo ideal.

Una vez desplegada la hoja, la planta pasa a ser exigente con el agua: riego abundante y regular, manteniendo el sustrato húmedo pero nunca encharcado, con el platillo siempre vacío. En verano en interior peninsular eso puede significar regar a diario. La humedad ambiental alta le sienta bien; en ambientes secos conviene agrupar macetas o pulverizar el entorno, no la hoja al sol.

Abonado: es una planta muy voraz porque está construyendo un tubérculo de kilo en cinco meses. Un abono líquido equilibrado cada quince días desde que la hoja está desplegada, cambiando en la última parte del verano a uno más rico en potasio para engordar el cormo, da resultados visibles. Se suspende por completo en septiembre, cuando la hoja empieza a amarillear.

La latencia: qué hacer en otoño e invierno

Entre finales de septiembre y noviembre la hoja amarillea y se derrumba. Es lo normal y no hay que hacer nada por evitarlo. En ese momento se reduce el riego progresivamente hasta suprimirlo, se deja que el pecíolo se seque solo y se corta a ras cuando ya está marchito.

A partir de ahí hay dos formas de invernar. La primera es dejar el cormo en su maceta, sin regar en absoluto, y guardar el tiesto en un sitio fresco, seco y libre de heladas —un garaje, un trastero, un porche cerrado— entre 10 y 15 °C. La segunda, y es la que prefiero, es sacar el cormo, limpiarlo de tierra y de raíces secas, revisarlo, dejarlo orear un par de días a la sombra y guardarlo en una caja con papel de periódico, viruta o turba seca, en las mismas condiciones.

La ventaja de sacarlo es que permite revisarlo: se detecta cualquier zona blanda o podrida, que se raspa con un cuchillo limpio hasta tejido sano y se espolvorea con azufre o un fungicida en polvo, y se separan los hijuelos. Además se puede pesar y anotar, que es la única manera seria de saber si se está avanzando hacia el tamaño de floración. Durante el invierno conviene mirar la caja cada tres o cuatro semanas.

Dos avisos sobre la latencia: por debajo de 8-10 °C el cormo sufre y con helada muere; y a más de 18-20 °C tiende a brotar antes de tiempo, en pleno enero, cuando aún no hay luz ni temperatura para sostener la hoja. El equilibrio está en ese rango de 10-15 °C.

¿Se puede plantar directamente en el jardín?

Dentro del género, el konjac es de los más resistentes al frío y hay cultivadores que lo mantienen plantado en tierra en climas bastante fríos con un acolchado grueso. La clave no es tanto la temperatura mínima como la humedad del suelo en invierno: un cormo dormido en suelo seco aguanta bastante frío, y ese mismo cormo en suelo frío y empapado se pudre con temperaturas muy suaves.

Traducido a España: en zonas costeras mediterráneas y atlánticas de inviernos suaves, con suelo arenoso o muy drenado y protegido de las lluvias con un acolchado de 15 centímetros de corteza u hojarasca, se puede dejar plantado y funciona. En el interior peninsular, con heladas fuertes y suelos arcillosos, no merece la pena arriesgar un tubérculo de cinco años: maceta, y a invernar bajo techo.

Multiplicación

Es una de las especies más generosas del género en este aspecto. El cormo produce hijuelos —cormos pequeños al final de estolones cortos— alrededor de la base, a veces media docena en una sola temporada. Se separan a mano en otoño, cuando se levanta la planta, se dejan orear y se plantan por separado a la primavera siguiente. Con buen cultivo, un hijuelo llega a tamaño de floración en tres o cuatro años.

También se puede dividir un cormo grande, cortándolo en porciones que lleven cada una al menos una yema visible, dejando secar la superficie de corte varios días al aire y espolvoreándola con azufre antes de plantar. Es más arriesgado y se hace sobre todo cuando hay que sanear una zona podrida.

La semilla exige polinización cruzada entre dos plantas en flor a la vez, algo poco probable en una colección pequeña, porque además las flores femeninas y masculinas de una misma inflorescencia maduran en momentos distintos precisamente para evitar la autofecundación. Si se logra, los frutos son bayas rojo anaranjado muy vistosas.

Plagas, problemas y toxicidad

El problema dominante es la podredumbre del cormo, casi siempre por exceso de riego en los extremos del ciclo —al plantar y al entrar en latencia— o por almacenamiento en sitio húmedo. Se previene con las pautas de riego de más arriba y se trata raspando y desinfectando.

De plagas, la araña roja es habitual si la planta pasa el verano en ambiente seco o resguardada del agua; ataca el envés de los segmentos y deja punteado amarillo. Los pulgones se ceban en el brote tierno recién emergido y pueden deformarlo, y las cochinillas algodonosas se refugian en la base del pecíolo. La solución es la de siempre: revisar el envés, tratar pronto con jabón potásico o aceite de neem y aumentar la humedad ambiental.

Sobre la toxicidad hay que ser claro, porque el nombre comercial confunde. El cormo crudo no es comestible: contiene abundantes cristales de oxalato cálcico que irritan boca, garganta y tubo digestivo. La harina de konjac que se compra en tienda ha pasado por un procesado con agentes alcalinos que elimina esa irritabilidad y deja el glucomanano, la fibra soluble responsable de su textura gelatinosa. Ningún tubérculo del jardín debe acabar en la sartén. Y al manipularlo o al cortarlo conviene usar guantes, porque la savia irrita la piel sensible. Mantener la planta fuera del alcance de niños y mascotas es lo prudente, como con cualquier arácea.

Errores frecuentes

Regar el cormo recién plantado. Sin brote no hay raíces activas que absorban: el agua solo sirve para pudrirlo.

Cortar la hoja cuando empieza a amarillear porque "afea". Ese amarilleo es la planta trasladando reservas al cormo nuevo; interrumpirlo reduce el tubérculo.

Invernar el cormo en casa, a 22 °C. Brota en enero, sale una hoja endeble y se pierde la temporada.

Ponerlo al sol pleno de verano pensando que es una planta tropical de mucha luz. Es una planta de sotobosque.

Esperar flor todos los años. Incluso un cormo adulto y bien cuidado alterna floración y recuperación; lo normal es que florezca con dos o tres años de intervalo.

Usar una maceta pequeña "para que no se pase de agua". El cormo puede duplicar volumen en una temporada y un contenedor justo limita el crecimiento y adelanta la sequía en pleno agosto.

En resumen

Amorphophallus konjac es una arácea de cormo, no de bulbo, con un ciclo invertido: reposo total en invierno, inflorescencia maloliente a principios de primavera cuando el tubérculo ya es lo bastante grande, y una única hoja gigante y moteada de mayo a octubre que es la que fabrica el cormo del año siguiente.

El cultivo cabe en cinco reglas: plantar en abril-mayo en sustrato suelto y rico, cubriendo 5-10 centímetros y sin regar hasta ver el brote; semisombra y riego abundante mientras la hoja esté activa, con abonado quincenal; retirar el agua en cuanto amarillee; invernar el cormo seco entre 10 y 15 °C, revisándolo de vez en cuando; y armarse de paciencia, porque de un hijuelo a la primera flor pasan tres o cuatro temporadas.

Y una advertencia final que evita sorpresas: el día que florezca, la planta tiene que estar en la terraza. El olor dura poco más de un día, pero mientras dura es exactamente el que la especie pretende imitar.


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