Existe una idea muy extendida, y bastante injusta, de que los cactus son plantas de color verde monótono que uno pone en un rincón porque no hay que regarlas. La realidad es la contraria: la familia de las cactáceas produce algunas de las flores más grandes y más saturadas de todo el reino vegetal, y muchas de ellas caben en una maceta de 15 cm en un patio de Sevilla, Valencia o Zaragoza.

La clave para que un cactus florezca no es el abono ni la suerte, sino dos condiciones que casi nadie cumple en interior y que un patio sí ofrece: mucha luz directa y un invierno frío y seco. Sobre esa base, estas cinco cactáceas son las que mejor rendimiento dan en un patio peninsular.

Rebutia: la más generosa en maceta pequeña

Si solo pudieras tener un cactus con flores, sería este. Las Rebutia —género de los Andes de Bolivia y el norte de Argentina, que incluye las plantas que muchos catálogos siguen vendiendo como Aylostera— son cactus globosos diminutos, de 3 a 8 cm de diámetro, que forman macollas de decenas de cabezas.

Lo extraordinario es la proporción: en abril y mayo una planta del tamaño de un puño produce entre veinte y cuarenta flores que la cubren por completo, en naranja, rojo, amarillo o magenta, cada una de 3 a 4 cm. Especies fiables son Rebutia minuscula, Rebutia heliosa y Rebutia muscula, esta última con una espinación blanca y densa muy decorativa incluso sin flor.

Florecen jóvenes, a los dos o tres años de semilla, y son de las cactáceas más resistentes al frío: soportan sin daño -5 ºC en seco, lo que en la mitad norte peninsular permite tenerlas fuera todo el año bajo un alero. Su único punto débil es el calor extremo: por encima de 38 ºC agradecen sombra a mediodía, algo que conviene tener en cuenta en el interior de Andalucía.

Rebutia en flor, cubierta de flores naranjas

Echinopsis: flores enormes y nocturnas

Las Echinopsis son el efecto teatral del patio. De un cuerpo globoso o cilíndrico surge un botón peludo que en pocos días se alarga hasta convertirse en un tubo de 15 a 25 cm rematado por una flor de hasta 15 cm de diámetro. En Echinopsis oxygona y Echinopsis eyriesii las flores son blancas o rosa pálido, abren al atardecer y desprenden un perfume intenso, dulce, que llena un patio cerrado.

La contrapartida es que duran una sola noche: al mediodía siguiente están marchitas. A cambio, una planta adulta produce varias tandas escalonadas entre mayo y julio, así que el espectáculo se repite.

Los híbridos modernos de Echinopsis —los llamados híbridos «Paramount» y sus descendientes— han cruzado estas especies con Trichocereus y ofrecen flores diurnas de colores imposibles en el género original: rojo escarlata, salmón, lila. Duran dos días y son la mejor opción si quieres verlas sin trasnochar.

Echinopsis es de los cactus más agradecidos que existen: crece rápido, produce hijuelos que se separan y enraízan en tres semanas, y aguanta hasta -7 ºC en sustrato seco. Es común encontrar ejemplares centenarios en patios de pueblo de Castilla plantados directamente en el suelo.

Flor blanca de Echinopsis oxygona abierta

Mammillaria: la corona de flores

Mammillaria es el género más numeroso de la familia, con más de 150 especies mexicanas, y su forma de florecer es distinta a la de los demás: las flores no salen del ápice, sino de las axilas entre los tubérculos, formando un anillo perfecto alrededor de la parte alta de la planta. El efecto de corona es inconfundible.

Las flores son pequeñas, de 1 a 2 cm, pero muy numerosas y de larga duración: la corona se mantiene entre una y dos semanas, y en muchas especies se repite dos o tres veces entre marzo y junio. Después llegan los frutos, unas bayas rojas alargadas que persisten meses y son casi tan decorativas como las flores.

Para patio recomiendo Mammillaria zeilmanniana (magenta, florece muy joven), Mammillaria bombycina (espinación blanca sedosa, flores rosa), Mammillaria hahniana (cubierta de pelos blancos, aspecto de bola de nieve) y Mammillaria elongata, la más tolerante a la sombra parcial, con flores crema.

Un aviso importante: dentro del género conviven especies de savia acuosa y especies de látex lechoso. Estas últimas, como Mammillaria heyderi, son bastante más sensibles al exceso de agua. Si al pinchar un tubérculo sale un líquido blanco, riega con la mitad de frecuencia que al resto.

Coryphantha: rusticidad y flores amarillas

Coryphantha se parece mucho a Mammillaria —también tiene tubérculos en lugar de costillas— pero se distingue porque las flores salen del ápice, no de las axilas, y porque cada tubérculo lleva un surco en su cara superior. Son plantas de aspecto más rudo, con espinas fuertes, muy adecuadas para un patio expuesto.

La especie más interesante para el clima peninsular es Coryphantha vivipara (hoy también citada como Escobaria vivipara), originaria de las Grandes Llanuras norteamericanas y probablemente el cactus más resistente al frío que puedes cultivar: en su hábitat aguanta -25 ºC. En un patio de Burgos o de León sobrevive al invierno a la intemperie siempre que el sustrato esté seco y no reciba lluvia continuada. Sus flores son rosa fucsia con estambres amarillos, de unos 5 cm, y abren en junio.

Otras especies del género, como Coryphantha elephantidens o Coryphantha bumamma, dan flores amarillas grandes y son plantas de mucho porte, aunque necesitan más calor y no toleran heladas fuertes.

Un detalle de cultivo: casi todas las Coryphantha tienen raíz napiforme y son especialmente propensas a la podredumbre del cuello. Plantar con el cuello rodeado de una capa de 2 cm de grava gruesa resuelve el problema.

Aporocactus: el cactus colgante para el alero

El cactus cola de rata, Disocactus flagelliformis (todavía muy vendido bajo su nombre antiguo, Aporocactus flagelliformis), rompe el molde: en lugar de una bola espinosa es una planta epífita mexicana de tallos flexibles de un centímetro de grosor que cuelgan hasta metro y medio.

Colocado en una cesta colgante bajo un alero o en la barandilla de un balcón, en abril produce flores tubulares zigomorfas de 8 cm en rosa magenta intenso, distribuidas por toda la longitud de los tallos. Duran cuatro o cinco días, mucho más que la mayoría de flores de cactus, y una planta bien establecida da decenas.

Al ser epífito, sus exigencias son distintas: quiere sombra luminosa o sol filtrado —el sol directo de julio quema sus tallos y los vuelve amarillentos—, sustrato con más materia orgánica que un cactus de desierto (sirve mezclar turba, fibra de coco y perlita a partes iguales) y riegos más frecuentes en verano. Es más friolero que los anteriores: por debajo de 2 ºC sufre daños, así que en la meseta hay que entrarlo en invierno.

Los híbridos de Aporocactus con Epiphyllum, los llamados aporophyllum, mantienen el porte colgante y añaden flores todavía mayores en rojo, naranja o blanco.

Las tres condiciones que hacen que florezcan

Tener las especies adecuadas no sirve de nada si el manejo es el equivocado. Estos tres puntos deciden si un cactus florece o simplemente sobrevive.

Invernada fría y seca. Es el factor decisivo y el que más se incumple. Todos estos géneros necesitan un reposo invernal de dos a tres meses con temperaturas entre 5 y 10 ºC y sin una sola gota de agua. Ese frío es el que induce la formación de botones florales en primavera. Un cactus que pasa el invierno dentro de casa a 20 ºC y con riegos ocasionales crece, se estira y no florece nunca. Si tienes que refugiarlos, hazlo en un porche, un trastero fresco o un invernadero frío, no en el salón.

Luz. Mínimo cuatro horas de sol directo en primavera y verano, salvo el Aporocactus. Un cactus con poca luz se etiola: produce un crecimiento pálido y estrecho en el ápice, con las espinas raquíticas. Ese estrechamiento no se corrige, queda para siempre.

Sustrato y riego. Mezcla mineral, del tipo 50 % de arena silícea gruesa o pómice y 50 % de sustrato de cactus comercial. Riego por inmersión o abundante, dejando secar por completo entre uno y otro: en un patio soleado eso significa cada 7-10 días en julio, cada 15-20 en primavera y otoño, y cero de noviembre a marzo. Un abono con bajo nitrógeno y alto potasio (los formulados para tomate valen perfectamente, diluidos a la mitad) cada tres semanas de abril a agosto mejora mucho la floración del año siguiente.

Y una advertencia sobre las macetas: el barro sin esmaltar es preferible al plástico, porque evapora por las paredes y perdona los excesos de riego. En patios muy calurosos, sin embargo, el barro pequeño se seca demasiado deprisa; ahí compensa el plástico con más proporción de mineral en la mezcla.

En resumen

Rebutia para máxima cantidad de flor en mínimo espacio, Echinopsis para flores espectaculares y perfumadas, Mammillaria para la corona y los frutos rojos que la siguen, Coryphantha para un patio expuesto y frío, y Disocactus flagelliformis para colgar. Con estos cinco géneros se cubre un patio de febrero a agosto sin repetir forma ni color.

Pero el mensaje que conviene retener no es la lista, sino la condición: sin un invierno frío y completamente seco no hay flores. Es un ajuste que no cuesta dinero, solo requiere resistirse a la tentación de meter los cactus en casa y regarlos «un poquito» en enero.


Contenidos relacionados