El cactus cola de rata es uno de esos casos en los que el nombre popular describe la planta con una exactitud casi cruel: tallos delgados, cilíndricos, cubiertos de espinas cortas y colgando en cascada por el borde de la maceta. La comparación es acertada hasta abril. Entonces la planta se llena de flores magenta a lo largo de toda su longitud y deja de parecerse a nada que uno quiera quitar de en medio.

Es, además, una planta con una particularidad que conviene entender desde el principio: no es un cactus de desierto. Y casi todos los fallos de cultivo vienen de tratarlo como si lo fuera.

Qué planta es exactamente

Su nombre científico actual es Disocactus flagelliformis, aunque se sigue vendiendo de forma masiva bajo el nombre antiguo Aporocactus flagelliformis, y en algunas listas aparece como Cactus flagelliformis, la denominación original de Linneo. Es originario del centro y sur de México, de los estados de Hidalgo y Oaxaca, donde crece a entre 1.000 y 1.800 metros de altitud.

Y aquí está la clave: en su hábitat es una planta epífita y litófita. Vive encaramada en las horquillas de árboles y en grietas de roca, con las raíces en un puñado de humus acumulado, protegida del sol directo por la copa del arbolado y recibiendo lluvias regulares en verano. No tiene nada que ver ecológicamente con un Echinocactus del desierto de Sonora.

El epíteto flagelliformis significa «en forma de látigo», y describe bien la forma de crecimiento.

Cómo es la planta

Los tallos son cilíndricos, de 1 a 2 cm de diámetro, y alcanzan entre 1 y 2 metros de longitud en un ejemplar bien cultivado, aunque lo habitual en maceta doméstica es rondar los 60-90 cm. Son verdes al principio y viran a un tono grisáceo con los años. Tienen entre 8 y 14 costillas muy poco marcadas, casi imperceptibles.

Cuando el tallo es joven crece erguido; a medida que gana longitud y peso se arquea y termina colgando. Por eso la planta necesita altura para lucir: en una maceta apoyada en una mesa los tallos se enroscan sobre sí mismos y el efecto se pierde.

Las espinas son numerosas —entre 15 y 20 por areola—, cortas (de 2 a 5 mm), finas y de un color que va del amarillo dorado al pardo rojizo. No pinchan de forma peligrosa, pero se clavan con facilidad y se rompen dentro de la piel, así que conviene manipularlo con guantes o con un trozo de papel de periódico doblado.

Las flores son lo que justifica cultivarlo. Aparecen entre marzo y mayo, según la zona, directamente sobre las areolas de los tallos de dos o más años. Miden de 6 a 10 cm de largo, son tubulares y claramente zigomorfas, es decir, asimétricas, con los pétalos dispuestos hacia un lado y los estambres proyectados hacia fuera, una morfología típica de flor polinizada por colibríes. El color es rosa magenta o carmín intenso, con reflejos violáceos.

Su gran virtud es la duración: mientras la mayoría de flores de cactus abren un día, las del cola de rata se mantienen abiertas entre tres y cinco días, y como no abren todas a la vez, la floración de una planta adulta se prolonga tres o cuatro semanas.

Flor rosa magenta del cactus cola de rata

Si hay polinización cruzada, se forman frutos globosos rojizos de 1 cm cubiertos de cerdas, comestibles aunque insípidos.

Luz: sombra luminosa, nunca sol de mediodía

Este es el punto donde más gente se equivoca. Al ser un cactus, se le coloca en el lugar más soleado disponible, y en el verano de la Península ese lugar lo mata. Los tallos se amarillean, aparecen manchas blanquecinas de tejido quemado que ya no se recuperan y, en casos extremos, se desecan por completo.

Lo que necesita es luz muy abundante pero filtrada: bajo un alero orientado al este, colgado de la rama de un árbol de sombra ligera, en una galería o tras una ventana con visillo. Unas horas de sol suave de primera hora de la mañana son beneficiosas y estimulan la floración; el sol de doce a cinco, no.

El indicador de que le falta luz es distinto: los tallos nuevos salen finos, de un verde muy claro y con las espinas escasas, y la planta no florece.

Sustrato: nada de mezcla estándar de cactus

Una mezcla mineral de las que se recomiendan para cactáceas globosas —arena gruesa, pómice, poca materia orgánica— es demasiado pobre y demasiado seca para esta especie. Su raíz es fina y superficial, adaptada a un sustrato de hojarasca descompuesta.

La mezcla que mejor funciona es algo así como una parte de fibra de coco o turba rubia, una parte de mantillo o compost tamizado y una parte de perlita o pómice fina. Debe retener humedad durante unos días pero drenar de inmediato el agua sobrante. Un sustrato de orquídea epifita fino, mezclado con turba, también da buen resultado.

La maceta ideal es colgante y ancha más que profunda, con agujeros de drenaje generosos. El barro poroso es preferible en interiores húmedos; en exteriores muy calurosos el plástico evita que se seque en cuestión de horas.

Riego y humedad

Aquí también se desvía del cactus tipo. Durante el periodo de crecimiento, de abril a septiembre, quiere riegos regulares: cuando los dos primeros centímetros del sustrato estén secos, se riega a fondo hasta que salga agua por el drenaje. En un balcón español eso puede significar dos veces por semana en pleno julio y una vez por semana en mayo o septiembre.

Lo que no tolera es el agua estancada. Si la cesta colgante lleva plato o cubremacetas, hay que vaciarlo diez minutos después de regar. La podredumbre del cuello es la principal causa de muerte de esta planta, y se manifiesta como un ablandamiento pardo en la base de los tallos que asciende rápidamente.

Agradece la humedad ambiental, cosa infrecuente en cactáceas. Pulverizar los tallos con agua de lluvia o descalcificada al atardecer en verano lo mantiene turgente y ayuda a prevenir la araña roja, su plaga más habitual. No pulverices con agua dura: deja depósitos de cal blanca sobre las espinas que son difíciles de quitar.

En invierno el manejo cambia por completo. De noviembre a febrero hay que reducir el riego a una vez al mes o suspenderlo, y mantener la planta fresca. Ese reposo en seco es el que induce los botones florales: un cola de rata regado y calentito todo el invierno no florecerá en primavera.

Temperatura

Es más friolero que los cactus de desierto. Su rango cómodo está entre 10 y 30 ºC. Tolera puntualmente descensos hasta unos 2 ºC si el sustrato está seco, pero no las heladas: por debajo de 0 ºC los tallos se dañan de forma irreversible.

En el litoral mediterráneo y en el sur atlántico puede quedarse fuera todo el año en un lugar resguardado. En el interior de la Península y en el norte hay que refugiarlo de noviembre a marzo, idealmente en un lugar fresco y luminoso a unos 8-12 ºC: un porche cerrado, una galería sin calefacción o un invernadero frío. Un salón calefactado a 21 ºC no le sienta bien porque interrumpe el reposo.

Abonado, poda y trasplante

Abonado. De abril a agosto, un fertilizante líquido para cactáceas o para plantas de flor, bajo en nitrógeno y con potasio alto, cada dos o tres semanas a la mitad de la dosis indicada en el envase. El exceso de nitrógeno produce tallos largos, blandos y sin flor. En invierno, nada.

Poda. No la necesita para vivir, pero conviene cortar los tallos secos, dañados o demasiado largos justo después de la floración, en junio. Corta con hoja limpia y desinfectada, y deja que la herida cicatrice al aire. No podes en otoño: las areolas que producirán flores el año que viene ya están formadas en los tallos maduros.

Trasplante. Cada dos o tres años, siempre después de florecer, nunca antes. Es una planta que florece mejor algo estrecha en la maceta, así que no pases a un recipiente mucho mayor: dos o tres centímetros más de diámetro son suficientes.

Multiplicación: la parte fácil

Se reproduce por esqueje con una facilidad casi absurda. Corta un trozo de tallo sano de 15 a 25 cm, déjalo secar en un lugar sombreado y ventilado durante cinco a siete días hasta que el corte forme una costra, y clávalo un par de centímetros en sustrato ligeramente húmedo. En tres o cuatro semanas a 20-25 ºC habrá enraizado. La mejor época es de mayo a julio.

Un truco de jardinería clásica: pon tres o cuatro esquejes en la misma maceta, repartidos por el borde. Una cesta con un solo esqueje tarda años en tener volumen; con cuatro, el efecto colgante se consigue en dos temporadas.

También se puede injertar sobre Hylocereus o Selenicereus, práctica habitual en vivero para acelerar el crecimiento, aunque para el aficionado no aporta nada frente al esqueje.

Problemas más frecuentes

Tallos amarillentos con zonas blanquecinas: quemadura solar. Cámbialo de sitio; el tejido dañado no se recupera.

Base blanda y parda: podredumbre por exceso de agua o mal drenaje. Corta por encima de la zona afectada, deja cicatrizar y reenraiza el trozo sano. La planta madre rara vez se salva.

Telarañas finas y punteado plateado: araña roja (Tetranychus urticae), favorecida por el aire seco y el calor. Aumenta la humedad ambiental y trata con jabón potásico o aceite de neem, insistiendo en el envés y en las axilas de las espinas.

Motas algodonosas blancas entre las espinas: cochinilla algodonosa. Se eliminan con un bastoncillo mojado en alcohol de 70º y se trata después con jabón potásico.

No florece: en el 90 % de los casos, invierno demasiado cálido o demasiado húmedo. En el resto, falta de luz o exceso de nitrógeno.

En resumen

El cola de rata (Disocactus flagelliformis) es un cactus epífito mexicano de tallos colgantes y flores magenta tubulares que duran varios días y se suceden durante semanas en primavera. Su cultivo es sencillo si se acepta que no funciona con las reglas del cactus de desierto: quiere sombra luminosa en vez de sol pleno, sustrato con materia orgánica en vez de mezcla mineral pura, riego regular en verano y humedad ambiental.

A cambio, exige lo mismo que casi todas las cactáceas para florecer: un invierno fresco y seco. Colgado a buena altura, con tres o cuatro esquejes en la misma cesta y un reposo invernal a diez grados, es una de las plantas de balcón más agradecidas que se pueden tener.


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