Un cactus no tiene por qué crecer hacia arriba. Existe un grupo entero de cactáceas que en su hábitat viven encaramadas a las ramas de los árboles, con los tallos colgando en el vacío, y que en cultivo se comportan igual: puestas en una maceta colgante o en lo alto de un muro, dejan caer una cortina de tallos que puede superar el metro y medio. Son los cactus epífitos, y su manejo se parece más al de un helecho de sombra que al de un Echinocactus del desierto.

Esa es la clave que casi nunca se explica y que arruina más ejemplares que ninguna plaga: proceden de selvas nubosas y bosques tropicales húmedos, no de zonas áridas. Piden sombra luminosa, sustrato ácido y aireado, y riegos regulares durante la temporada de crecimiento. Tratarlos con el manual del cactus de desierto (sol de mediodía y un vaso de agua al mes) los deja amarillos, corchosos y sin florecer.

Qué es exactamente un cactus colgante

No es un grupo botánico formal, sino una forma de vida. Reúne géneros de la tribu Hylocereeae y Rhipsalideae que han abandonado el suelo para instalarse en las horquillas de los árboles, entre musgo y hojarasca en descomposición, o en grietas de roca. Al no tener que sostenerse en pie, sus tallos son laxos, flexibles y colgantes: cilíndricos y finos como cordones en unos casos, aplanados como cintas o eslabones en otros.

La mayoría ha reducido o perdido las espinas gruesas, porque en la penumbra del dosel arbóreo la protección contra el sol y los herbívoros importa menos que captar luz. A cambio, muchos han desarrollado flores enormes en proporción al tallo y en varios casos nocturnas y perfumadas, adaptadas a la polinización por polillas y murciélagos.

Aporocactus: la cola de rata

El clásico de los patios españoles es Aporocactus flagelliformis, hoy aceptado como Disocactus flagelliformis. Es originario de México, donde crece sobre árboles y roquedos, y forma tallos cilíndricos de poco más de un centímetro de grosor que se alargan hasta uno o dos metros, cubiertos de espinas finas y cortas de color pardo dorado. De ahí el nombre popular de cola de rata.

Tallos colgantes de Aporocactus flagelliformis, el cactus cola de rata

Su gran baza es la floración: entre marzo y mayo cubre los tallos de flores tubulares rosa magenta intenso, ligeramente asimétricas, que duran varios días cada una. Para que florezca bien necesita dos cosas que suelen faltarle. La primera, luz abundante sin sol directo de mediodía. La segunda, y más olvidada, un invierno fresco y seco: de noviembre a febrero conviene mantenerlo entre 8 y 12 °C con riegos muy espaciados. Un ejemplar que pasa el invierno a 20 °C en el salón y con riego semanal casi nunca florece.

Es de los epífitos más tolerantes al sol y al frío. En el litoral mediterráneo y en el sur atlántico aguanta el año entero fuera si está resguardado, siempre que no baje de 3 o 4 °C. También es el que más se ve injertado sobre Selenicereus o Hylocereus para hacer ejemplares en pie de cascada.

Epiphyllum y los híbridos de flor grande

Aquí hay que deshacer una confusión muy repetida. El género Epiphyllum agrupa cactus de tallos aplanados, en cinta, con el margen ondulado o festoneado. La especie botánica más conocida es Epiphyllum oxypetalum, la llamada dama de noche o flor de un rato: abre flores blancas de hasta 25 centímetros, muy perfumadas, en una sola noche de verano, y al amanecer ya están marchitas.

Epiphyllum variedad Madras Ribbon con tallos aplanados colgantes

Ahora bien, las plantas que se venden en vivero como "epifilos" con flores diurnas espectaculares en rojo, naranja, fucsia o amarillo no son Epiphyllum puros: son híbridos complejos en los que intervienen sobre todo Disocactus, Selenicereus y Nopalxochia. Se los llama epifilos por costumbre comercial. La diferencia práctica es que los híbridos florecen de día, duran varios días y suelen abrir entre abril y junio, mientras que oxypetalum mantiene su horario nocturno.

Los tallos son quebradizos y pesan mucho cuando la planta es grande. Conviene colgar la maceta con un gancho sobredimensionado y, si el ejemplar es viejo, sujetar los tallos principales a un aro o a una espaldera baja para que no se desgajen por su propio peso durante un golpe de viento.

Schlumbergera: el mal llamado cactus de Navidad

Es el epífito más vendido y el peor entendido. Bajo la etiqueta de cactus de Navidad se comercializan en realidad dos cosas distintas. Schlumbergera truncata tiene segmentos con dientes agudos y marcados en los bordes y florece de forma natural en noviembre; en muchos países se la llama cactus de Acción de Gracias. Los híbridos del grupo Schlumbergera × buckleyi tienen segmentos de borde redondeado y ondulado y florecen algo más tarde, entre diciembre y enero.

Schlumbergera truncata en flor, con segmentos de borde dentado

La floración no depende del calendario sino de dos estímulos combinados: noches largas e ininterrumpidas y temperaturas frescas. A partir de finales de septiembre necesita entre seis y ocho semanas con noches de doce a catorce horas de oscuridad completa y termómetro nocturno entre 12 y 16 °C. Ahí está el fallo más común: la planta puesta en un salón donde se enciende la luz a las once de la noche recibe una interrupción del fotoperiodo suficiente para abortar la inducción floral. Basta con moverla a una habitación poco usada, a una galería fresca o al alféizar de un dormitorio.

El segundo error frecuente llega después. Una vez formados los botones, no se debe girar ni cambiar de sitio la planta: la caída masiva de botones sin abrir casi siempre responde a un cambio brusco de luz, de temperatura o de riego en ese momento. Tampoco hay que dejar que el cepellón se seque del todo con botones puestos.

No conviene confundirla tampoco con el cactus de Pascua, Schlumbergera gaertneri (durante años clasificado como Hatiora o Rhipsalidopsis), que tiene segmentos de borde liso y flores estrelladas y radiales, no asimétricas, y abre en marzo o abril.

Otros colgantes que merecen sitio

Rhipsalis baccifera es el cactus más tolerante a la sombra que se puede cultivar y, como curiosidad, la única cactácea con poblaciones nativas fuera de América, en África tropical, Madagascar y Sri Lanka. Forma una masa de tallos cilíndricos finísimos, casi como cabello verde, con frutos blancos translúcidos parecidos a los del muérdago. Va perfecta en un baño luminoso o en un porche orientado al norte.

Lepismium cruciforme y Rhipsalis paradoxa aportan tallos angulosos de textura muy distinta y toleran igual de bien la penumbra. Selenicereus grandiflorus, la reina de la noche verdadera, es más vigorosa y trepadora que colgante, pero cultivada en cesto alto deja caer tallos costillados de varios metros y abre flores blancas nocturnas de más de 20 centímetros. Hylocereus undatus, la base de la pitaya comercial, funciona igual pero pide bastante más calor y espacio.

Sustrato, riego y agua: donde se decide todo

El sustrato de cactus de garden center, muy mineral y de reacción neutra, no les va bien. Estas plantas viven sobre materia orgánica en descomposición y prefieren un medio ácido, esponjoso y con mucho aire. Una mezcla que funciona: dos partes de fibra de coco o turba rubia, una parte de perlita o pómice, una parte de corteza de pino fina y un puñado de humus de lombriz. El pH ideal ronda 5,5-6,5.

El riego se hace por tacto y no por calendario. De marzo a octubre, cuando los tres o cuatro primeros centímetros estén secos, se riega a fondo hasta que drene y se vacía el plato. En invierno se reduce mucho, pero sin llegar a la sequía total que sí se aplica a los cactus globosos: un tallo aplanado que se arruga y se vuelve flácido está pidiendo agua, no reservando.

Un detalle que marca la diferencia en buena parte de España: son sensibles a la cal. Con agua de grifo dura aparecen a medio plazo clorosis, puntas paradas y costras blancas en la superficie del sustrato. Merece la pena usar agua de lluvia, agua de ósmosis o, como mínimo, dejar reposar el agua y acidificarla ligeramente con unas gotas de vinagre o de ácido cítrico cada varios riegos.

En abono, de abril a septiembre cada quince días con una fórmula equilibrada diluida a la mitad, y en los dos meses previos a la floración un fertilizante bajo en nitrógeno y alto en potasio. Exceso de nitrógeno significa mucho tallo tierno, propenso a pudrirse, y ninguna flor.

Luz, temperatura y ubicación en clima español

El punto óptimo es sombra luminosa: mucha claridad indirecta, algo de sol suave de primera hora de la mañana o de última de la tarde, y nada de sol directo entre las once y las seis en verano. Un porche orientado al este, la parte protegida de una pérgola o el interior junto a una ventana grande sin sol directo funcionan bien. El síntoma de exceso de luz es un tallo amarillento o rojizo con manchas beis corchosas; el de defecto, tallos alargados, delgados, de un verde oscuro y sin flor.

En cuanto al frío, ninguno tolera heladas. Schlumbergera y Aporocactus aguantan mínimas de 3-5 °C sin daño si están secos; Epiphyllum e híbridos prefieren no bajar de 8 °C. En la costa mediterránea, Baleares, Canarias y el valle del Guadalquivir pueden quedarse fuera todo el año en sitio resguardado. En la meseta, el norte peninsular o cualquier zona con heladas hay que meterlos a partir de noviembre en un lugar fresco y luminoso: garaje con ventana, galería sin calefacción o invernadero frío.

Multiplicación y poda

Se propagan con una facilidad que sorprende. Se corta un trozo de tallo con dos o tres segmentos, o unos 15 centímetros en los cilíndricos, y se deja cicatrizar a la sombra entre dos y cinco días hasta que la herida esté seca al tacto. Después se clava un par de centímetros en sustrato ligeramente húmedo y se mantiene a media sombra, sin riego hasta la primera semana. La mejor época es de abril a junio; en Schlumbergera, también justo después de la floración.

Meter el esqueje en un vaso de agua es el atajo que más fracasos genera: enraíza, sí, pero produce raíces acuáticas frágiles que se pudren al pasar a sustrato. Mejor directamente en tierra.

La poda no busca dar forma sino renovar. Pellizcar el segmento terminal de cada rama en primavera provoca ramificación y, en Schlumbergera, multiplica los puntos donde saldrán botones, porque las flores nacen en los extremos de los segmentos. Y conviene trasplantar poco: son plantas que florecen mejor algo estrechas, así que un cambio de maceta cada tres o cuatro años, subiendo un solo número, es suficiente.

Problemas habituales

La cochinilla algodonosa es la plaga número uno, escondida en las axilas entre segmentos y en el cuello de la planta. Se detecta por las motas blancas algodonosas y la melaza pegajosa. En focos pequeños, bastoncillo con alcohol; en ataques extendidos, jabón potásico o aceite de neem repetido cada siete días tres veces. Conviene revisar también las raíces al trasplantar, porque la cochinilla de raíz pasa desapercibida hasta que la planta se para sin motivo aparente.

Con aire seco y calefacción aparece araña roja, que deja los tallos con un punteado plateado mate. Aumentar la humedad ambiental la frena. Y en exterior, los caracoles y babosas hacen mordeduras semicirculares muy características en los bordes de los tallos aplanados.

Lo más grave es la pudrición basal por hongos del suelo, favorecida por sustrato compacto, maceta sin drenaje o plato con agua estancada. Cuando la base se vuelve marrón y blanda no hay tratamiento fiable: lo práctico es cortar por encima de la zona afectada, sacar esquejes sanos y empezar de nuevo.

En resumen

Los cactus colgantes son cactáceas epífitas de bosque tropical, y todo su cultivo se deduce de ese origen: sombra luminosa en lugar de sol pleno, sustrato ácido y orgánico en lugar de arena, riego regular en lugar de sequía prolongada, y agua sin cal. Aporocactus flagelliformis aporta cascadas de flores rosas en primavera, los Epiphyllum y sus híbridos dan las flores más grandes del grupo, y Schlumbergera florece en pleno invierno si se le respetan las noches largas y frescas de octubre y noviembre. Ninguno resiste heladas, así que en la mitad interior y norte de la Península hay que darles refugio fresco entre noviembre y marzo. Y si algo sale mal, el consuelo es que un simple trozo de tallo cicatrizado unos días vuelve a dar una planta entera.


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