Rápido, aplicado a un cactus, no significa lo que significa en un tomate o en un geranio. Un Astrophytum asterias puede tardar seis años en alcanzar el tamaño de una moneda de dos euros; frente a eso, un cactus que engorda cinco centímetros por temporada ya es una exageración. Aun así, dentro de la familia hay un puñado de géneros que crecen a un ritmo verdaderamente distinto: columnares que suben veinte o treinta centímetros al año y opuntias que sacan palas nuevas cada pocas semanas en pleno verano.

Conviene decir de entrada por qué importa. Un cactus de crecimiento rápido sirve para tres cosas concretas: llenar un hueco del jardín sin esperar una década, obtener plantas de tamaño adulto desde semilla en un plazo razonable y —esto es lo que hacen los coleccionistas— servir de patrón de injerto para especies lentas o sin clorofila, que sobre un patrón vigoroso multiplican su velocidad de desarrollo.

Opuntia: el rápido de verdad, con letra pequeña

Ningún cactus le gana en velocidad bruta. Una Opuntia ficus-indica plantada en suelo, con sol y algo de riego los dos primeros veranos, puede ganar entre 30 y 60 cm de altura por temporada y llegar a los tres o cuatro metros. El mecanismo es sencillo: cada pala nueva es una superficie fotosintética completa que se forma en pocas semanas y de la que salen a su vez dos o tres palas más al año siguiente.

El género es enorme y muy variable. Opuntia microdasys (las «orejas de conejo») se queda en 60 cm y sirve para maceta; Opuntia ovata forma cojines bajos y densos; Opuntia robusta hace palas azuladas del tamaño de un plato.

Y ahora la letra pequeña, que en España es importante. Varias opuntias figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras —entre ellas Opuntia dillenii, O. stricta y O. maxima—, lo que hace ilegal su venta, plantación y posesión con fines de cultivo. Han colonizado laderas enteras del sureste peninsular y de Canarias desplazando a la vegetación autóctona. Antes de plantar una opuntia, identifica la especie: no es una precaución teórica.

El segundo aviso es sanitario. Desde 2007 la cochinilla del carmín (Dactylopius opuntiae) ha arrasado chumberas en Murcia, Alicante, Valencia y Andalucía. Se reconoce por las masas algodonosas blancas en las palas que, aplastadas, sueltan un tinte rojo intenso. Una planta infestada se seca en pocos meses y el foco se propaga con el viento a las de alrededor.

Opuntia con sus palas planas creciendo al sol

Pachycereus pringlei: de semilla a columna en pocos años

El cardón de Baja California es el cactus más grande que existe: ejemplares silvestres superan los quince metros y las dos toneladas. En su hábitat tarda un siglo en llegar ahí, pero en cultivo, de joven, es sorprendentemente veloz: las semillas germinan en una semana con calor y humedad, y una plántula bien llevada puede pasar de un centímetro a treinta o cuarenta en tres o cuatro años, con crecimientos de 10 a 20 cm anuales una vez arrancada.

Le gusta la maceta profunda —hace una raíz principal potente—, un sustrato con algo más de materia orgánica de lo habitual en cactus, y riego generoso de mayo a septiembre. Es de los pocos cactus que responde de verdad al abonado.

Su límite en España es el frío. Por debajo de unos -2 °C empieza a marcarse, y una helada seria lo mata. En el litoral mediterráneo y en el sur puede vivir fuera todo el año; en Madrid o en la meseta, en maceta y a resguardo en invierno. Ten presente además que estás plantando algo que, con veinte años, será un tronco columnar de varios metros: elige el sitio pensando en eso.

Cereus repandus (el «peruvianus» de los viveros)

Es el columnar que más se vende en España como planta de interior y de terraza, casi siempre etiquetado Cereus peruvianus, un nombre que no tiene validez botánica: el material de vivero corresponde a Cereus repandus y a Cereus hildmannianus. Crece con facilidad 20-40 cm al año en suelo, ramifica desde la base con los años y llega sin problema a los cinco o seis metros en clima cálido.

Tiene tres virtudes añadidas. Da flores nocturnas blancas enormes, de hasta 15 cm, que se abren al anochecer en verano y se cierran de madrugada. Produce frutos comestibles, rosados o rojizos, de pulpa blanca y sabor suave. Y es el patrón de injerto más usado del mundo junto con Hylocereus, precisamente por su vigor.

Aguanta algo más de frío que el cardón, del orden de -3 o -4 °C puntuales y en seco, lo que lo hace viable al aire libre en buena parte de la costa mediterránea. Su forma monstruosa, el Cereus repandus f. monstruosus o «cactus roca», crece bastante más despacio: si buscas velocidad, quédate con la forma normal.

Cereus peruvianus columnar de costillas marcadas

Cleistocactus strausii: rápido y además resistente al frío

La antorcha plateada boliviana crece hacia arriba a razón de 15-20 cm por temporada manteniendo un diámetro de apenas cinco o seis centímetros, hasta alcanzar los dos o tres metros. Ese porte esbelto la hace utilísima donde no cabe un cereus: macetas estrechas, rincones de terraza, jardineras contra un muro. Las espinas blancas finísimas cubren el tallo por completo y le dan el aspecto plateado del nombre.

Sus flores son distintas de todo lo demás de esta lista: tubos rojo burdeos de unos 8 cm que salen horizontales del tallo y prácticamente no llegan a abrirse, porque en origen las poliniza un colibrí. Aparecen en verano en plantas de más de metro y medio.

Y aquí está su gran ventaja para el interior peninsular: procede de altitudes de 1.500-3.000 m y tolera heladas de hasta -8 o -10 °C siempre que el sustrato esté seco. Es de los pocos columnares que se pueden dejar fuera en Zaragoza o en Valladolid protegiéndolos solo de la lluvia invernal. Necesita, eso sí, tutor cuando pasa del metro: el tallo es flexible y se dobla.

Mammillaria: rápido de otra manera

Ninguna mamilaria va a subir treinta centímetros al año, pero varias especies crecen deprisa en la dirección que importa en una maceta: hacia los lados. Mammillaria bocasana, M. prolifera, M. gracilis y M. elongata emiten hijuelos continuamente y en dos o tres temporadas convierten una bolita suelta en un cojín de veinte centímetros con decenas de cabezas.

Para quien quiere resultado visible en poco tiempo y en espacio reducido, es la opción más razonable de la lista. Además florecen jóvenes, con dos o tres años, en anillo alrededor de la corona, y los hijuelos se separan con la mano y enraízan en un par de semanas: una sola planta te da diez.

M. swinglei, columnar corta y de espinas ganchudas, y M. spinosissima crecen algo más en altura sin dejar de macollar. La contrapartida general del género es que no perdona el encharcamiento: en macollas densas el agua queda retenida entre las cabezas y de ahí salen las podredumbres. Riega al pie, nunca por encima.

Cómo aprovechar ese potencial de crecimiento

Tener una especie rápida no basta: en malas condiciones crece igual de lento que cualquier otra. Estos son los factores que de verdad mueven la aguja.

Calor. Los cactus crecen cuando la temperatura pasa de los 20 °C y se paran por debajo de 12-15 °C. En España eso significa que toda la ganancia del año se produce entre mayo y septiembre. De ahí que un cactus en una terraza al sur crezca el doble que el mismo ejemplar en una habitación interior.

Agua abundante en temporada, sequía absoluta fuera de ella. Durante el crecimiento, empapa el cepellón entero y deja que se seque por completo antes de repetir; en julio eso puede ser cada cinco días. De noviembre a marzo, nada. Regar poco y a menudo es el error clásico: solo humedece la superficie y mantiene la parte alta del sustrato en un estado ideal para los hongos.

Sustrato con algo de estructura. Para especies rápidas no funciona el sustrato ultramineral que se recomienda para cactus lentos. Una mezcla de un tercio de turba o fibra de coco, un tercio de arena silícea gruesa y un tercio de picón, pómice o akadama da drenaje y a la vez retiene lo suficiente para sostener un ritmo alto.

Maceta acorde y trasplante frecuente. Al revés que con los cactus de floración, aquí el objetivo es tamaño: cambia de maceta cada primavera mientras la planta sea joven, subiendo tres o cuatro centímetros de diámetro cada vez.

Abono equilibrado. De abril a septiembre, cada dos o tres semanas, un NPK equilibrado a media dosis. Aquí sí interesa el nitrógeno, al contrario de lo que se busca cuando la prioridad es floración.

Y el reposo invernal, igualmente. Este es el punto que más gente se salta. Intentar mantener el crecimiento en invierno con calefacción y riego produce etiolación: un tramo de tallo delgado, pálido y estirado hacia la luz que ya no se corrige nunca. La planta queda deformada de por vida, con una cintura en el punto exacto donde pasó el invierno. Frío y sequía de noviembre a marzo, sin excepciones.

Por esquejes se gana casi un año

Con opuntias, cereus y cleistocactus el atajo evidente es el esqueje. Corta con cuchillo limpio en primavera o principios de verano, deja cicatrizar el corte al aire, en sombra y en seco, entre una y tres semanas según el grosor, y planta después en sustrato apenas húmedo sin regar los primeros diez días. Enraízan en tres o cuatro semanas y arrancan ya con el tamaño del esqueje, algo que desde semilla costaría dos o tres años.

El error habitual es plantar el corte fresco: se pudre casi siempre. Y no uses hormonas de enraizamiento en cactus, no aportan nada frente a un buen cicatrizado.

En resumen

Si buscas volumen deprisa y tienes suelo y clima suave, Cereus repandus y Pachycereus pringlei son las apuestas claras, siempre calculando el tamaño que tendrán en diez años. Si el frío es un problema, Cleistocactus strausii combina velocidad con resistencia a heladas de -8 °C en seco. Para maceta y espacio pequeño, las mamilarias que macollan dan el resultado más visible en dos temporadas. Y con las opuntias, verifica primero que la especie no esté catalogada como invasora.

En todos los casos, la velocidad la ponen el calor, el agua de verano y el reposo seco de invierno mucho más que la etiqueta de la maceta.


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