Un ejemplar adulto de Blossfeldia liliputana mide doce milímetros de diámetro: cabe holgadamente en una moneda de dos céntimos y es el cactus más pequeño que se conoce. En el extremo opuesto, un Carnegiea gigantea supera los doce metros. Entre esos dos polos hay un grupo enorme de especies que se mantienen por debajo de los diez o quince centímetros durante toda su vida, y son las que interesan cuando el espacio disponible es un alféizar, una estantería o un pequeño invernadero de balcón.

Enano de verdad frente a enano de tienda

Antes de elegir especies conviene deshacer una confusión que se paga cara. Las bandejas de "mini cactus" en macetas de cinco centímetros que se venden en grandes superficies rara vez contienen especies enanas: son plántulas de dos o tres años de especies que se hacen grandes. Un Echinocactus grusonii —el asiento de suegra— es adorable con tres centímetros y alcanza ochenta con el tiempo. Lo mismo ocurre con Ferocactus, Cereus, Espostoa o Pachycereus. No son plantas malas, pero comprarlas pensando que se quedarán así es garantizarse un problema de espacio dentro de una década.

Un cactus enano de verdad lo es por genética: su tamaño adulto está fijado y no depende de que lo tengas en una maceta pequeña. Los géneros donde encontrarás más candidatos son Rebutia, Mammillaria, Gymnocalycium, Sulcorebutia, Turbinicarpus, Frailea, Parodia y Stenocactus.

La otra advertencia de tienda es la de las flores de paja pegadas con silicona caliente a la corona del cactus. No son flores de la planta, la silicona quema el tejido meristemático y al arrancarlas queda una cicatriz permanente que además es puerta de entrada de podredumbres. Si te regalan uno así, retira la flor con cuidado en cuanto puedas, sin tirar, ablandando el pegamento, y vigila la herida. Otro tanto para los cactus teñidos con pigmento en espray: el color se va con el crecimiento y deja un aspecto irregular durante años.

Coryphantha macromeris

Especie del desierto de Chihuahua, en el norte de México y sur de Texas y Nuevo México. Su rasgo distintivo son los tubérculos largos y separados —de ahí el epíteto macromeris, "de partes grandes"—, cada uno con un surco en la cara superior donde se forman las flores. Los tallos individuales rondan los ocho a doce centímetros de diámetro, pero la planta va formando macollas con los años, de modo que un grupo adulto puede ocupar una maceta de veinte centímetros.

Florece en verano, entre junio y agosto, con flores grandes de un magenta intenso que se abren después de un buen riego. La subespecie runyonii, del bajo Río Grande, es notablemente más pequeña y compacta, con espinas más cortas: es la que interesa si buscas un ejemplar realmente contenido.

Tiene raíz engrosada, casi napiforme, así que necesita maceta profunda y no una jardinera plana. Es de las especies con mejor resistencia al frío del grupo: soporta bajadas a -5 °C, siempre que el sustrato esté completamente seco. Con humedad y frío al mismo tiempo se pudre desde la raíz.

Mammillaria vetula

Procedente del centro de México (Querétaro, Hidalgo, Guanajuato), esta especie es la puerta de entrada clásica al cultivo de cactus. La subespecie gracilis, que durante mucho tiempo se llamó Mammillaria gracilis y en España circula como "dedal", forma tallos cilíndricos de tres a cinco centímetros de diámetro cubiertos de espinas radiales blancas, cortas y no punzantes, que se pueden tocar con la mano sin miedo.

Su particularidad es que los hijuelos se desprenden solos al menor roce, y enraízan por su cuenta apoyados sobre cualquier sustrato. Esa facilidad la ha convertido en la planta de regalo por excelencia, y explica que aparezcan macetas suyas en cocinas y oficinas de media España sin que nadie recuerde de dónde salieron. Si quieres un ejemplar limpio y no una alfombra, retira los hijuelos periódicamente.

Las flores son pequeñas, de un blanco crema o amarillo pálido, y salen en corona alrededor del tallo a finales de primavera. No tiene espinas ganchudas, un detalle práctico cuando hay niños en casa. Es tolerante y perdona errores, pero para que florezca hay que darle el mismo invierno seco y fresco que a las demás.

Rebutia minuscula

Si tuviera que recomendar un único cactus enano por su relación entre tamaño y floración, sería este. Rebutia minuscula procede de las laderas de Salta y Tucumán, en el noroeste de Argentina, entre los 1.200 y los 2.500 metros de altitud, donde crece entre gramíneas y a menudo protegida de la insolación directa.

El cuerpo es globoso y algo aplanado, de cuatro a cinco centímetros, sin costillas marcadas y con tubérculos pequeños en espiral. Las flores son de un rojo anaranjado encendido, de tres a cuatro centímetros, y —detalle característico del género— brotan desde la base del cuerpo, no de la corona, formando un anillo que puede llegar a tapar la planta entera. Florece muy joven, a partir de los dos años desde semilla, y de forma abundante todos los años.

Rebutia minuscula en plena floración con flores rojo anaranjado

La condición para esa floración es un invierno frío y completamente seco, entre 5 y 10 °C, desde noviembre hasta finales de febrero. Al venir de alta montaña, tolera fríos importantes en seco, pero no aguanta el calor extremo del verano peninsular a pleno sol: en Extremadura, el valle del Guadalquivir o el Ebro agradece sombra ligera en las horas centrales de julio y agosto. Vale la pena mirar también Rebutia spinosissima, de aspecto más espinoso y flores igualmente generosas, y las antiguas Rebutia senilis y Rebutia violaciflora, hoy consideradas por muchos autores formas de la misma especie.

Stenocactus multicostatus

Conocido durante décadas como Echinofossulocactus multicostatus, este cactus del norte de México (Coahuila, Zacatecas, Chihuahua) tiene el récord absoluto de costillas de toda la familia: puede superar las cien costillas en un cuerpo de apenas seis a diez centímetros de diámetro. Son finísimas, onduladas y apretadas, como si la planta estuviera plisada, y ese detalle basta para identificarla sin ver la flor.

Stenocactus multicostatus con sus costillas finas y onduladas

Florece pronto, entre febrero y abril, con flores blancas o lilas atravesadas por una banda central magenta. Esa floración temprana es una ventaja: llega cuando el resto de la colección todavía duerme. Requiere sustrato muy mineral y drenaje impecable, porque las costillas retienen agua entre pliegues y favorecen las manchas de corcho si se moja el cuerpo con frecuencia. Riega siempre al sustrato, nunca por encima de la planta.

Otros enanos que merecen sitio

Gymnocalycium baldianum. Argentino, seis centímetros, flores rojo púrpura en verano y una de las especies que mejor tolera la sombra parcial, lo que la hace apta para ventanas menos luminosas.

Mammillaria plumosa. Cubierta de espinas plumosas blancas que parecen algodón. Muy sensible al agua sobre el cuerpo: riega solo por abajo o al borde de la maceta.

Frailea castanea. Apenas tres o cuatro centímetros, aplanada y de color chocolate. Sus flores amarillas se abren solo unas horas y con sol fuerte, y con frecuencia produce semilla sin llegar a abrirse.

Turbinicarpus. Género de miniaturas mexicanas de crecimiento lentísimo que florecen a los tres o cuatro años. Todos ellos están protegidos por el convenio CITES: compra solo ejemplares de vivero con documentación, nunca material recolectado.

Sulcorebutia y Parodia (los antiguos Notocactus). Grupos amplios de plantas pequeñas y muy florecientes, con las mismas exigencias que las rebutias.

Mención aparte para el cactus injertado de colores, esa bola roja, amarilla o naranja sobre un tallo verde. Es un Gymnocalycium mihanovichii sin clorofila, incapaz de vivir por sí mismo, injertado sobre un Hylocereus. Funciona como planta decorativa, pero tiene fecha de caducidad: el patrón es tropical, no soporta menos de 10 °C y suele agotarse en dos o tres años.

Cultivo: lo que de verdad marca la diferencia

Sustrato. Entre un 50 y un 70 % de componente mineral. Una mezcla fiable es un tercio de sustrato de cactus comercial, un tercio de pómice o picón, y un tercio de arena silícea gruesa de dos a cuatro milímetros. Nada de arena de playa ni de arena fina de construcción: compactan y asfixian la raíz. Cubrir la superficie con un centímetro de gravilla —el llamado top dressing— mantiene seco el cuello de la planta y evita muchas podredumbres.

Maceta. Proporcionada al cepellón, con agujeros generosos. Las especies de raíz napiforme (Coryphantha, Turbinicarpus, Ariocarpus) piden maceta honda; las de raíz fibrosa y superficial, como las rebutias, van mejor en macetas anchas y bajas. El barro cocido seca más rápido que el plástico y perdona más los riegos de mano pesada.

Riego. De marzo a octubre, riego abundante y espaciado: empapar hasta que salga agua por abajo y no volver a regar hasta que el sustrato esté seco del todo, lo que en una maceta de diez centímetros en verano suele ser cada ocho o diez días. De noviembre a febrero, ni una gota. Esa sequía invernal no es un capricho: es lo que induce la floración de primavera y lo que impide que la planta se estire.

Invernada. Aquí está el error más extendido. Un cactus enano metido en un salón a 21 °C todo el invierno, con poca luz, no descansa: sigue creciendo con luz insuficiente, se ahíla —se estira y adelgaza en la punta— y no florecerá en primavera. El ahilamiento es irreversible. Lo que necesita es un lugar frío y luminoso: una galería sin calefacción, un invernadero frío, una ventana de un cuarto que no se caliente. En el litoral mediterráneo y en Canarias la mayoría de estas especies pasan el invierno en el exterior sin más protección que la de la lluvia; en la meseta hay que resguardarlas de las heladas, pero manteniéndolas frescas.

Sol. Quieren mucha luz, pero la aclimatación tiene que ser progresiva. Una planta que ha pasado el invierno en interior y sale de golpe al sol de mayo se quema en un solo día: aparecen manchas blanquecinas o pardas que no desaparecen nunca. Sácala en dos o tres semanas, empezando por unas horas de sol de mañana.

Abonado. Bajo en nitrógeno y alto en potasio, tipo 5-10-10, diluido a la mitad, una vez al mes de abril a septiembre. El exceso de nitrógeno produce tejido blando, aguado y propenso a los hongos, además de deformar el crecimiento.

Trasplante. Cada dos o tres años, en primavera. Sacude la tierra vieja de la raíz, revisa que no haya cochinilla, recorta las raíces muertas y deja la planta plantada en seco de cinco a siete días antes del primer riego, para que cicatricen las heridas.

Composiciones en cuenco: cómo no estropearlas

Las composiciones de varios cactus enanos en un cuenco son atractivas, pero fallan por dos motivos recurrentes. El primero es el recipiente sin agujero de drenaje: por muy bien que se ponga una capa de arlita en el fondo, el agua se acumula abajo y las raíces terminan en ella. Si el cuenco no tiene agujero, hazlo con una broca de vidrio y cerámica.

El segundo es mezclar especies con necesidades incompatibles. Meter en el mismo cuenco una Rebutia, que quiere frío en invierno, y un Gymnocalycium mihanovichii injertado sobre Hylocereus, que muere por debajo de 10 °C, condena a una de las dos. Agrupa por origen y por exigencia térmica: las argentinas y bolivianas de altura por un lado, las mexicanas de tierras bajas por otro. Y deja espacio entre plantas: dos ejemplares tocándose se dañan mutuamente por las espinas y crean un microclima húmedo donde arraigan las cochinillas.

Plagas frecuentes

Cochinilla algodonosa. Masas blancas algodonosas en las axilas y entre las espinas. Se retira con un pincel mojado en alcohol y se trata con jabón potásico, repitiendo cada siete días durante tres semanas para alcanzar a las ninfas que van eclosionando.

Cochinilla de raíz. La más traicionera en macetas pequeñas, porque no se ve. La planta se estanca, pierde color y deja de florecer sin síntoma externo. Se detecta al desenmacetar: polvillo blanco algodonoso entre las raíces y adherido a las paredes de la maceta. Se trata lavando la raíz con agua a unos 45 °C, desechando todo el sustrato y la maceta vieja, o con un insecticida sistémico autorizado para ornamentales.

Araña roja. Punteado bronceado en el ápice, típico de invernaderos secos y calurosos. Aumentar la ventilación es más eficaz que cualquier tratamiento.

Caracoles y babosas. En cultivo exterior roen el ápice de las plantas pequeñas en una sola noche, y el daño en el punto de crecimiento no se recupera.

En resumen

Los cactus enanos permiten tener una colección variada en un metro cuadrado, pero solo si se eligen especies genuinamente pequeñas —Rebutia, Mammillaria, Stenocactus, Gymnocalycium, Frailea— y no plántulas de gigantes. Rebutia minuscula es la más agradecida por lo pronto y lo abundantemente que florece; Mammillaria vetula subsp. gracilis, la más fácil e indestructible; Stenocactus multicostatus, la más llamativa por sus más de cien costillas plisadas y su floración de febrero; y Coryphantha macromeris, la que mejor aguanta el frío si se mantiene seca. El cultivo se resume en cuatro decisiones: sustrato mineral con drenaje real, riego abundante pero espaciado de marzo a octubre, sequía total de noviembre a febrero e invernada fría y luminosa. Lo que mata a estas plantas en España no es el frío ni la falta de agua, sino el agua en invierno y el salón con calefacción.


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