Entre los cactus de colección hay un grupo que reúne dos cosas que rara vez van juntas: rareza y facilidad. Los Matucana son cactáceas peruanas poco vistas en centros de jardinería, con una floración de las más llamativas de toda la familia y, sin embargo, con un cultivo que no requiere nada especial más allá de lo que ya sabe hacer cualquiera que haya mantenido vivo un Echinopsis.

Si buscas dar el salto de los cactus de supermercado a plantas con algo de personalidad sin meterte en géneros exigentes, este es el sitio por donde empezar.

De dónde vienen y qué los distingue

El género Matucana es endémico de Perú, y su nombre viene del pueblo de Matucana, en el valle del río Rímac, cerca de donde se recolectaron los primeros ejemplares. Todas sus especies —entre quince y veinte, según el autor que se consulte— viven en las vertientes occidentales de los Andes, en laderas rocosas y muy inclinadas, a altitudes que van de los 1.000 a los 3.500 metros.

Esa procedencia explica dos cosas del cultivo: están acostumbrados a drenaje perfecto, porque en una ladera de pedregal el agua nunca se queda, y a una amplitud térmica grande entre el día y la noche, con inviernos frescos y bastante secos.

Morfológicamente son cactus globosos que con la edad se vuelven cortamente cilíndricos, de 8 a 25 cm de diámetro según la especie. Tienen costillas normalmente divididas en tubérculos poco marcados y una espinación que varía muchísimo: desde ejemplares densamente cubiertos de espinas blancas hasta plantas prácticamente desnudas.

La firma del género está en la flor. Salen del ápice de la planta, son tubulares y zigomorfas, es decir, asimétricas, con el tubo curvado hacia arriba, los pétalos abiertos hacia un lado y los estambres asomando en un penacho. Es la arquitectura floral típica de las plantas polinizadas por colibríes, que en los Andes cumplen el papel que en México hacen los murciélagos o las polillas. Miden entre 5 y 10 cm y suelen ser rojas, escarlata, naranja o rosa.

Hay una excepción notable: Matucana aureiflora tiene flores amarillas y radialmente simétricas, sin el tubo curvado. Es la especie más atípica del género y durante un tiempo se propuso separarla en un género propio.

Matucana haynei con espinación blanca densa

Las especies que merece la pena buscar

Matucana madisoniorum. Probablemente la más popular y la más fácil de identificar: un cuerpo globoso gris verdoso, con costillas anchas y aplanadas y casi sin espinas, que recuerda a un Lophophora o a una piedra. Sobre esa superficie desnuda salen flores escarlata de 8-10 cm de longitud, y el contraste es espectacular. Florece joven, a partir de los cuatro o cinco años, y es de las especies más agradecidas del género.

Matucana haynei. El extremo opuesto: cubierta por completo de espinas finas, blancas o grisáceas, entrelazadas, que envuelven la planta como un ovillo. Con la edad se alarga y puede alcanzar 30-40 cm de altura. Flores rojo carmín. Es la especie más resistente al frío del género, procedente de las cotas más altas.

Matucana aureiflora. Cuerpo aplanado, con tubérculos redondeados y espinas curvadas pegadas al cuerpo, y las mencionadas flores amarillas simétricas. Crece más despacio que las anteriores y es algo más delicada con el exceso de agua.

Matucana roseoalba. Flores bicolores en blanco y rosa, más pequeñas que las del resto, sobre un cuerpo verde oscuro con espinas oscuras. Muy buscada por coleccionistas.

Matucana intertexta y Matucana weberbaueri. La primera con flores naranja intenso, la segunda con espinación amarillenta densa y flores amarillo anaranjado. Ambas de cultivo sencillo.

Un aviso práctico: la nomenclatura dentro del género es un lío considerable. Muchas plantas se venden con nombres que ya no son válidos —Submatucana, Eomatucana, Borzicactus— o con números de campo (KK, FK, HU seguidos de cifras) que corresponden a recolecciones concretas. No te preocupes demasiado por la etiqueta: los cuidados son prácticamente los mismos para todo el género.

Luz y ubicación

Matucana quiere sol directo, y bastante. En su hábitat crece completamente expuesto a una radiación andina muy intensa. En un patio o terraza español, un lugar orientado al sur o al sureste con seis o más horas de sol es lo ideal.

La única precaución es la aclimatación. Una planta comprada en vivero, que ha vivido bajo malla de sombreo, se quema si se saca de golpe al sol de junio: aparecen manchas blanquecinas o amarillas que quedan como cicatriz permanente. Sácala progresivamente durante dos o tres semanas, empezando por unas horas de sol de mañana.

El interior no es un buen sitio para ellos. Tras una ventana la radiación cae drásticamente y la planta se etiola: el ápice produce un crecimiento estrecho, pálido y con espinas raquíticas, un estrangulamiento que ya no se corrige. Si solo dispones de interior, colócalo en la ventana más luminosa que tengas y sácalo al balcón de mayo a octubre.

Sustrato y maceta

Es una planta de pedregal, así que la mezcla debe ser predominantemente mineral. Una fórmula que funciona bien: 60-70 % de material grueso —pómice, arena silícea de granulometría 2-4 mm, akadama, arlita fina o zeolita— y 30-40 % de sustrato orgánico, sea turba, fibra de coco o compost bien maduro. El sustrato comercial para cactus, tal cual sale del saco, retiene demasiada agua para este género; conviene cortarlo al menos a partes iguales con árido.

El pH ideal es ligeramente ácido a neutro. Si tu agua de riego es muy caliza, como en buena parte de la Península, evita el árido calcáreo y usa preferentemente pómice o arena silícea.

La raíz de muchos Matucana es napiforme, engrosada como una zanahoria corta, así que agradecen macetas algo más profundas que anchas. Y como con toda cactácea de raíz gruesa, la podredumbre empieza casi siempre en el cuello: rodearlo con una capa de 1,5-2 cm de grava gruesa mantiene seca esa zona crítica y evita la mayoría de los desastres.

Riego: la regla del ciclo completo

El método que mejor funciona es el de empapar y secar. Cuando el sustrato esté seco en toda su profundidad, riega hasta que salga agua por el drenaje; luego no vuelvas a tocarlo hasta que se seque otra vez. Los riegos escasos y frecuentes son mucho peores que los abundantes y espaciados, porque humedecen solo la superficie, no llegan a la raíz profunda y mantienen el cuello permanentemente húmedo.

Traducido a un calendario peninsular aproximado, para una maceta de 12-15 cm en exterior soleado:

Marzo-abril: el primer riego de la temporada, cuando las temperaturas nocturnas superen los 8-10 ºC. Luego cada 12-15 días.

Mayo a septiembre: cada 7-10 días, ajustando al calor real. En una ola de calor con más de 38 ºC, muchos cactus entran en parada estival y absorben poco; ahí conviene espaciar y regar al atardecer.

Octubre: espaciar a cada 20 días y suprimir a finales de mes.

Noviembre a febrero: seco total. Ni una gota.

Usa preferentemente agua de lluvia o agua embotellada de baja mineralización. El agua muy dura deja depósitos calcáreos antiestéticos sobre el cuerpo y alcaliniza el sustrato, lo que a medio plazo bloquea la absorción de hierro y produce clorosis.

Temperatura e invernada

Los Matucana son notablemente resistentes al frío siempre que estén completamente secos. La mayoría tolera sin daño temperaturas de 0 a -4 ºC en esas condiciones, y M. haynei aguanta algo más. Húmedos, en cambio, se pudren con solo dos o tres grados positivos.

La invernada correcta consiste en mantenerlos entre 5 y 12 ºC, luminosos y en seco, de noviembre a finales de febrero. Ese periodo no es opcional si quieres flores: es el frío el que induce la formación de los botones. Un Matucana que pasa el invierno en un salón a 21 ºC crecerá deformado y no florecerá.

En el litoral mediterráneo y en el sur pueden quedarse fuera todo el año bajo un alero que los proteja de la lluvia invernal. En la meseta y en el norte, la lluvia es el problema mayor que el frío: hay que meterlos en un invernadero frío, una galería o un porche cubierto.

Abonado, trasplante y propagación

Abonado. De abril a agosto, un fertilizante específico para cactáceas —bajo en nitrógeno, alto en potasio y fósforo— cada tres o cuatro semanas a la mitad de la dosis recomendada. El exceso de nitrógeno produce un crecimiento hinchado, con la epidermis blanda y más vulnerable a hongos y cochinillas.

Trasplante. Cada dos o tres años, en primavera. Saca la planta, retira todo el sustrato viejo de las raíces, revisa que no haya cochinilla en la raíz —muy frecuente y difícil de detectar de otro modo—, recorta las raíces dañadas y espera una semana antes de regar para que cicatricen los cortes. Ese detalle previene casi todas las pudriciones postrasplante.

Propagación. Por semilla es lo habitual, ya que la mayoría de especies no producen hijuelos. Siembra en primavera a 20-25 ºC, sobre sustrato mineral fino esterilizado, sin cubrir las semillas o apenas espolvoreando arena por encima, y mantén el semillero tapado y húmedo. La germinación tarda entre una y tres semanas. Las plántulas florecen a los cuatro o seis años, según especie.

Algunas especies, como M. haynei, sí forman grupos con la edad; en ese caso se pueden separar cabezas en verano, dejar cicatrizar cinco días y enraizar en sustrato apenas húmedo.

Problemas habituales

Base parda y blanda: podredumbre por exceso de agua, mal drenaje o riego en invierno. Si la afección es baja, se puede cortar el ápice sano y reenraizarlo.

Manchas corchosas pardas en la base de plantas viejas: es la suberificación natural de la epidermis con la edad. No es una enfermedad y no requiere hacer nada.

Cuerpo arrugado en verano: falta de agua o raíces dañadas. Comprueba primero las raíces antes de aumentar el riego; si están podridas, más agua acelera el final.

Cochinilla algodonosa en el ápice y en la raíz: la plaga número uno de las cactáceas de colección. Revisa el cuello y la raíz en cada trasplante y trata con jabón potásico o con un insecticida sistémico si la infestación es grave.

En resumen

Matucana es un género peruano de cactus globosos con flores tubulares, curvadas y asimétricas, adaptadas a colibríes, en rojo, escarlata, naranja o —en el caso de M. aureiflora— amarillo simétrico. Son plantas de colección con reputación de raras que en realidad se cultivan como cualquier cactus andino: sol pleno, sustrato con dos tercios de árido, riego generoso pero espaciado de marzo a octubre y sequía absoluta en invierno a temperatura fresca.

Si tuviera que elegir una para empezar, sería Matucana madisoniorum: florece pronto, crece a buen ritmo y el contraste entre su cuerpo casi liso y esas flores escarlata largas es de lo más vistoso que puede tenerse en una maceta de 15 centímetros.


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