En el expositor de la entrada del supermercado, junto a las cajas, hay una bandeja de cactus fucsia, azul eléctrico, naranja y verde pistacho, cada uno en su maceta de siete centímetros, y varios rematados con una florecita rosa clavada en la punta. Cuestan dos o tres euros. Ninguno de esos colores es suyo, la flor tampoco, y las dos cosas tienen consecuencias sobre la planta.

Qué se pinta y con qué

Los ejemplares que se pintan son casi siempre cactus globosos de crecimiento rápido y producción barata: Echinocactus grusonii juvenil, Gymnocalycium, Parodia, Mammillaria, Notocactus y algún Astrophytum. Se pulverizan con pintura en espray de base acrílica o sintética, la misma clase de producto que se usa para pintar objetos, aplicada en capa fina y uniforme sobre toda la superficie del tallo, y de paso sobre las espinas y las areolas, que es donde la trampa se hace visible si uno se fija.

No es una técnica hortícola ni un tratamiento: es puro marketing de impulso. Un cactus verde de tres euros compite mal en un lineal; uno rosa flúor, no. El problema es que en un cactus el tallo no es un simple soporte.

Por qué la pintura le hace daño

Los cactus perdieron las hojas a lo largo de su evolución —las espinas son hojas transformadas— y trasladaron toda la función fotosintética al tallo. La epidermis verde de un cactus es su órgano de alimentación. Taparla con una capa opaca equivale, en cualquier otra planta, a cubrirle todas las hojas con pintura.

Los efectos son tres y se solapan:

Bloqueo de la luz. La clorofila queda bajo una película que no deja pasar la radiación que necesita. La fotosíntesis cae drásticamente y la planta pasa a vivir de las reservas de agua y azúcares acumuladas en su tejido, que en un cactus son considerables. Por eso no muere en dos semanas: aguanta meses, a veces más de un año, adelgazando por dentro sin que se note por fuera.

Obstrucción de los estomas. Los cactus son plantas de metabolismo CAM: abren los estomas de noche, cuando el aire es fresco y húmedo, para captar CO₂ y fijarlo en forma de ácidos que consumen durante el día con los estomas cerrados. Es la adaptación que les permite perder poquísima agua. Una capa de pintura sella esos poros y corta el intercambio gaseoso, de modo que aunque llegara algo de luz, faltaría el CO₂. También impide la escasa transpiración que refrigera el tejido, así que un cactus pintado al sol se calienta más que uno sano.

Alteración de la cutícula. Sobre la epidermis hay una cutícula cerosa, y en muchas especies una pruina blanquecina, que son su protección frente a la radiación ultravioleta y la deshidratación. Los disolventes del espray la degradan, y la película que queda encima retiene humedad contra el tejido, lo que favorece la entrada de hongos y las podredumbres, sobre todo en la zona baja del tallo y en las areolas.

Cactus de barril en maceta, del tipo que suele venderse pintado con espray

El resultado típico, pasados unos meses, es una planta que no ha crecido nada, con el tejido reblandecido en la base y, si tiene suerte y luz, un brote nuevo verde asomando por el ápice sobre un cuerpo de color chillón. Esa frontera entre el verde nuevo y la pintura vieja es la prueba de que el color no era suyo, y la señal de que la planta está intentando recuperarse.

Las flores de paja pegadas: el problema mayor

Más dañino todavía que la pintura es el adorno que suele acompañarla. Esas flores de colores que aparecen clavadas en la punta son inflorescencias secas de siemprevivas (Xerochrysum bracteatum y parientes), teñidas y pegadas con silicona caliente sobre el ápice del cactus.

El ápice de un cactus globoso es el meristemo apical: el único punto desde el que crece. Un pegote de silicona ahí, aplicado además caliente, puede quemar y matar ese punto de crecimiento de forma permanente. Cuando ocurre, la planta deja de crecer en altura para siempre y responde emitiendo hijuelos laterales, con lo que acaba adoptando una forma irregular y amontonada.

Si compra o le regalan uno así, quite la flor cuanto antes, pero sin tirar de ella: arrancarla en seco levanta la epidermis y deja una herida abierta. Corte el alambre o la varilla a ras, y el resto del pegamento déjelo caer solo con el tiempo, o intente despegarlo con muchísima suavidad ayudándose de un palillo. Es preferible convivir un año con un grumo de silicona a arrancar un trozo de tejido.

No confundirlos con los cactus injertados de colores

Hay una confusión muy extendida que conviene deshacer. Los cactus rojos, amarillos o naranjas que se venden encajados sobre un tallo verde alargado no están pintados: son plantas reales, mutaciones de Gymnocalycium mihanovichii —el famoso «Hibotan» o cactus luna— que carecen de clorofila. Su color es el de los pigmentos que quedan al descubierto en ausencia del verde.

Precisamente porque no tienen clorofila no pueden alimentarse solas, y por eso van injertadas sobre un patrón verde, casi siempre Hylocereus undatus, que fotosintetiza por las dos. El injerto es una técnica legítima, no un truco cosmético. Su punto débil es otro: Hylocereus es una planta tropical que sufre por debajo de 10 °C y no aguanta el sol directo intenso, así que en España estos ejemplares suelen durar dos o tres años y luego se desequilibran. Quien quiera conservarlos puede reinjertar la cabeza de color sobre un patrón más resistente, como Myrtillocactus geometrizans o Echinopsis pachanoi.

Distinguir uno de otro en la tienda es sencillo: en el injertado hay una línea de unión visible entre dos plantas distintas y el color es traslúcido y vivo, con brillo natural. En el pintado el color es opaco y mate, cubre por igual el tallo y las espinas, y si se raspa discretamente con la uña en un pliegue de la base aparece verde debajo.

¿Se puede quitar la pintura?

En la práctica, no del todo. La pintura se adhiere a la cutícula y no existe forma de retirarla sin llevarse con ella la capa protectora del tallo. Lo que hay que descartar por completo es el atajo químico: nada de acetona, aguarrás, alcohol ni quitaesmaltes sobre la planta. Esos disolventes destruyen la cutícula y la epidermis mucho más deprisa que la propia pintura y matan el ejemplar.

Tampoco sirve rascar con estropajo o cepillo duro: cada arañazo es una herida abierta a los hongos y deja una cicatriz corchosa definitiva. Como mucho, puede pasar un pincel seco y suave para retirar las escamas que se hayan desprendido solas.

La vía real es la paciencia. Buena luz, cuidados correctos y tiempo: la planta emite tejido nuevo por el ápice, ese tejido sale verde y sano, y con los años el crecimiento va desplazando la zona pintada hacia abajo hasta que queda reducida a la base. En especies de crecimiento lento el proceso puede llevar tres o cuatro años; en un Gymnocalycium o un Echinopsis, bastante menos.

Cómo recuperar un cactus pintado

La buena noticia es que estas plantas son duras y la tasa de recuperación es alta si se actúa pronto. El plan es este.

Quitar los añadidos. La flor pegada y la capa de gravilla teñida encolada sobre el sustrato, que impide ver la humedad de la tierra y esconde plagas.

Trasplantar en primavera. Casi siempre vienen en turba pura, que en interior tarda semanas en secarse. Cámbielo a una mezcla con un 60-70 % de material mineral —pómice, gravilla volcánica, arena silícea gruesa de 2 a 4 mm— y el resto de sustrato orgánico, en maceta con drenaje y solo dos o tres centímetros más ancha que el cepellón. Trasplante con el cepellón seco y no riegue hasta pasados cinco o siete días.

Dar luz de forma progresiva. Necesita toda la que pueda, pero un ejemplar pintado ha estado meses sin fotosintetizar y sale a la luz debilitado: la aclimatación tiene que ser aún más lenta que de costumbre. Dos o tres semanas en sombra luminosa, luego sol de mañana, y solo después sol pleno.

Regar por el sistema de empapar y secar. Riego abundante cuando el sustrato esté seco en toda su profundidad, de marzo a septiembre, y prácticamente nada de noviembre a febrero, con la planta fresca, entre 5 y 10 °C. Ese reposo invernal es lo que después le hará florecer.

Nada de abono durante el primer mes. Después, fertilizante bajo en nitrógeno a media dosis, cada tres o cuatro semanas y solo en temporada de crecimiento. Cebarlo a base de nitrógeno para «acelerar la recuperación» produce tejido blando y agrietado, justo lo contrario de lo que se busca.

Vigilar la base. Es la zona donde la pintura ha retenido humedad y por donde empiezan las podredumbres. Si aparece un área marrón y blanda, corte con un cuchillo limpio por encima hasta ver tejido blanco y sano, deje cicatrizar el esqueje una o dos semanas al aire y reenraícelo sobre sustrato mineral.

Echinocactus en maceta con su epidermis verde natural y espinas sin pintar

Qué mirar antes de comprar

Las señales de un ejemplar tratado son fáciles de leer una vez conocidas: color opaco y uniforme sin ningún matiz ni degradado, tonos flúor que no existen en la naturaleza, espinas y areolas del mismo color que el cuerpo (una planta nunca produce espinas azul cobalto), restos de pintura salpicada sobre el sustrato o el borde de la maceta, flores vistosas que no encajan con el tamaño ni con la época, y gravilla decorativa pegada con cola.

Un cactus sano de vivero serio se reconoce por lo contrario: verde con sus variaciones naturales, a veces con pruina blanquecina, espinas limpias y de color propio, cuerpo firme al tacto, sustrato con grano mineral visible y ausencia de manchas blandas en la base. Cuesta uno o dos euros más y vive décadas.

En resumen

Pintar un cactus tapa el órgano con el que se alimenta y respira: bloquea la luz que necesita la clorofila del tallo, sella los estomas que abre de noche para captar CO₂ y estropea la cutícula que lo protege. La planta no muere de inmediato porque vive de sus reservas, pero deja de crecer, se debilita y queda expuesta a podredumbres. Las flores secas pegadas con silicona son incluso peores, porque pueden matar el punto de crecimiento del ápice. La pintura no se quita: se retiran los adornos, se trasplanta a sustrato mineral, se aclimata a la luz poco a poco y se deja que el crecimiento nuevo, verde, vaya sustituyendo al pintado. Y conviene no confundirlos con los cactus injertados de colores, que sí son plantas auténticas sin clorofila sostenidas por un patrón verde.


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