Un trasplante mal hecho no mata al cactus en el momento. Lo mata tres semanas después, cuando el interior del tallo ya está podrido y por fuera la planta todavía parece entera. Por eso conviene detenerse en la parte manual de la operación: qué se toca, qué se corta, cómo se planta y, sobre todo, cuánto hay que esperar antes de dar el primer riego.
Cuándo se hace
La ventana buena en la Península va de finales de febrero a mediados de abril, con la planta a punto de arrancar o recién arrancada. Las raíces heridas cicatrizan rápido cuando la temperatura nocturna ya no baja de los 10 °C y el cactus está en fase de crecimiento activo.
La segunda ventana es septiembre, útil en el litoral mediterráneo y en el sur, donde quedan seis u ocho semanas de calor por delante. En el interior, con octubres frescos, es apurar demasiado.
Lo que no funciona: trasplantar en pleno julio, con la planta parada por el calor extremo; y trasplantar de noviembre a enero, con raíces cortadas que no van a cicatrizar y un sustrato nuevo que tarda semanas en secarse. En cuanto a frecuencia, los ejemplares jóvenes agradecen un cambio cada uno o dos años; los adultos, cada tres o cuatro. Las señales para adelantarlo son raíces asomando por los agujeros de drenaje, agua que atraviesa el cepellón sin mojarlo, sustrato compactado y blanquecino por las sales, o una planta que lleva dos temporadas sin crecer nada.
Preparar la planta antes de tocarla
Se deja de regar entre siete y diez días antes. Un cepellón seco se desmenuza solo y las raíces salen enteras; un cepellón húmedo se pega, obliga a tirar y arranca raíz fina. Además, un tejido turgente de agua se magulla con más facilidad al sujetarlo.
Para manipular ejemplares espinosos, los guantes de jardinería no sirven de mucho. Lo que funciona es una tira de papel de periódico doblada varias veces —cuatro o cinco dobleces— pasada alrededor del cactus a modo de cinturón, sujetando los dos extremos como si fueran asas. Para globulares grandes va bien una banda de gomaespuma o un trozo de manguera abierta; para columnares altos, dos personas y una toalla vieja.
Caso aparte son las opuntias y todo lo que lleve gloquidios, esas espinas diminutas en penacho que se clavan por decenas y no se ven. Aquí solo valen las pinzas largas de cocina o unas tenazas. Si alguno se clava, se retira pegando cinta adhesiva ancha sobre la piel y tirando de golpe.
Elegir la maceta
Se sube una talla, no tres. Entre dos y tres centímetros más de diámetro que la anterior, y punto. La idea de poner una maceta grande "para no tener que cambiarla en años" es el origen de una parte enorme de las pudriciones: el volumen de sustrato que las raíces no ocupan permanece húmedo durante semanas después de cada riego, y ese es exactamente el ambiente en que prosperan Fusarium y Phytophthora.
La forma importa más de lo que parece. Las especies con raíz napiforme —muchos Ariocarpus, Lophophora, Astrophytum de pie franco, algunos Turbinicarpus— necesitan macetas profundas, mejor cuadradas y altas, porque esa raíz engrosada tiene que crecer hacia abajo sin doblarse. Los globulares de raíz superficial, como la mayoría de Mammillaria y Rebutia, prefieren macetas anchas y bajas, que además se secan antes.
Barro o plástico depende del clima. El barro poroso evapora por las paredes y seca el cepellón varios días antes: es el material adecuado en zonas húmedas, en el norte, y para especies delicadas propensas a podrirse. El plástico retiene y va mejor en el interior peninsular seco y con verano duro, donde una maceta de barro al sol puede quedar seca en dos días. Agujeros de drenaje, siempre, y generosos.
La mezcla
Un buen sustrato para cactáceas es mineral en más de la mitad de su volumen. Una proporción que funciona con casi todo el género: una parte de mantillo o fibra de coco, una parte de arena silícea gruesa de 1 a 3 milímetros y una parte de árido poroso —pómice, picón volcánico, arlita machacada, zeolita o gravilla de cuarzo—. Para las especies más suculentas y sensibles se sube la fracción mineral a tres cuartos.
Dos materiales que hay que descartar: la arena de playa, por su contenido en sales, y la arena fina de construcción, que mezclada con materia orgánica se apelmaza y termina formando un bloque impermeable. El sustrato universal de saco, solo, tampoco vale: retiene demasiado y al secarse se contrae y despega de las paredes de la maceta.
Un detalle que se pasa por alto: la mezcla debe entrar seca. No se humedece antes de plantar.
La operación, paso a paso
Se saca la planta apretando los laterales de la maceta y tirando con suavidad del cinturón de papel, nunca del tallo. Después se retira todo el sustrato viejo, desenredando el cepellón con los dedos o con un pincho de madera. Dejar el cepellón intacto y rellenar alrededor es un apaño, no un trasplante: la tierra vieja agotada y salinizada sigue rodeando las raíces.
Con las raíces limpias toca inspeccionarlas. Las sanas son claras, firmes y elásticas. Se cortan con tijera desinfectada todas las que estén negras, huecas, blandas o secas como hilos, subiendo hasta encontrar tejido blanco. Es el momento de detectar cochinilla de raíz: costras algodonosas blancas pegadas a las raíces y a las paredes de la maceta. Si aparece, se lava la raíz bajo el grifo, se tira el sustrato viejo a la basura (no al compost), se desinfecta la maceta y se trata con jabón potásico o un insecticida sistémico antes de replantar.
Las heridas de corte se espolvorean con azufre en polvo y la planta se deja a raíz desnuda, en sombra seca y ventilada, entre tres y siete días. Este reposo es el equivalente al cicatrizado de un esqueje y es el paso que más veces se omite. Si no se ha cortado nada, basta con unas horas.
Al plantar, se coloca el cactus a la misma altura a la que estaba, marcada por la línea de sustrato que suele verse en el tallo. Enterrar el cuello más de lo debido, en la idea de dar estabilidad, es una de las causas más frecuentes de podredumbre basal. El sustrato se añade alrededor golpeando la maceta contra la mesa para que asiente, sin apretar con los dedos.
El acabado con una capa de gravilla, picón o cuarzo de un centímetro en la superficie no es decorativo: mantiene el cuello seco, evita que el riego salpique tierra sobre el tallo y frena la evaporación en la capa superficial.
Las dos semanas siguientes
Aquí está la regla que más se incumple: no se riega al terminar. Las heridas de las raíces son puerta abierta para los hongos, y regar sobre ellas es sembrar la infección. Se espera de siete a diez días —cinco como mínimo en pleno calor— y el primer riego es abundante, hasta que salga agua por el drenaje, no un chorrito tímido.
Durante ese periodo la planta va a sombra luminosa o media sombra, protegida del sol directo del mediodía, porque sin raíces funcionantes no puede reponer el agua que pierde por transpiración. A las dos semanas se devuelve gradualmente a su sitio habitual.
Tampoco se abona. El sustrato nuevo trae reservas suficientes y el nitrógeno en un sistema radicular herido no aporta nada. Se espera entre cuatro y seis semanas para el primer abonado.
Los ejemplares columnares altos suelen quedar inestables hasta que enraízan: conviene tutorarlos con una caña forrada y una atadura ancha, o arrimarlos a una pared resguardada del viento. Un cactus que se bambolea rompe las raíces nuevas cada vez que sopla aire.
Casos que se salen del guion
Ejemplares muy grandes. A partir de cierto tamaño el trasplante completo es inviable y arriesgado. La alternativa es el recambio superficial: retirar los tres o cuatro centímetros de sustrato de arriba cada primavera y reponer con mezcla fresca.
Grupos e hijuelos. El trasplante es el momento de separar los brotes basales que ya tienen raíz propia. Los que no la tienen se tratan como esquejes: se dejan cicatrizar unos días y se plantan en seco.
Plantas injertadas. Se manipulan por el patrón y nunca por el injerto, y hay que vigilar que el punto de unión quede muy por encima del sustrato.
Paso a suelo, en rocalla. Fuera de maceta hay que garantizar el drenaje profundo: hoyo amplio, capa de grava en el fondo, mezcla mineral y plantación en montículo, con el cuello por encima del nivel del terreno para que el agua de lluvia se aleje de la base.
En resumen
Trasplantar un cactus sale bien si se respetan cinco cosas: hacerlo entre finales de invierno y mediados de primavera, con el sustrato seco desde una semana antes; subir solo una talla de maceta; retirar todo el sustrato viejo y sanear las raíces dañadas dejándolas cicatrizar unos días con azufre; plantar en mezcla seca y mineral, a la misma profundidad que antes y con acolchado de gravilla; y esperar de siete a diez días en sombra luminosa antes del primer riego, más un mes largo antes del primer abono. Los fallos que se repiten son siempre los mismos: maceta demasiado grande, cuello enterrado, sustrato que retiene y riego inmediato.